29. La boda (II)
La boda (II)
Rubén subió la nota y se quedó allí arriba.
Era la pieza de las fiestas, la de aquella noche en la plaza. Esta vez no se le escapó. La aguantó, con la cara roja y los ojos cerrados, y la soltó cuando tenía que soltarla. El del bombo dio un golpe de más, de puro gusto. Leo, a su lado, ni se movió: siguió tocando lo suyo, más bajo.
Abajo, en la grava, una chica morena con un vestido verde gritó y, al terminar la pieza, se le colgó a Rubén del cuello, con trompeta y todo, y le dio un beso en la boca.
Leo me buscó entre la gente. Yo ya estaba mirando a la chica.
Eran las once y media. La charanga tocaba fuera, subida a la escalera de la bodega vieja, con los invitados bailando en la grava. El encargado se me puso al lado con el reloj en alto.
—Veinticinco minutos —dijo.
—Veinticuatro —dije.
Cuando faltaban diez minutos para las doce arrancaron el pasacalles hacia el salón.
Delante, los novios. Detrás, la charanga.
Detrás de la charanga, todos los demás. Fueron rodeando la casa despacio, por el camino de los olivos, hasta la puerta del salón, y allí la charanga se abrió a los dos lados, sin pisarlo, tocando.
Carla y Sergio entraron. Las cestas estaban donde las había dejado.
Yo incliné una cesta hacia los primeros invitados y el maître la otra.
Metieron las manos como se coge el arroz a la salida de una iglesia, y las mariposas salieron por encima de los novios.
Caían distinto, cada una a su manera, y alguna daba una vuelta antes de llegar al suelo.
Carla se paró en mitad de la pista con la cabeza levantada y los brazos un poco abiertos.
Le cayó una en el pelo y no se la quitó.
A las doce menos cinco en punto, con el último invitado dentro, la charanga dio la última nota y el encargado bajó el reloj.
Recogieron en la grava y a las doce se fueron a los coches.
Se quedaron cuatro, que guardaron los instrumentos dentro, en el almacén de las sillas, como estaba escrito. El encargado los contó al pasar.
—Cuatro —me dijo.
Luego fue una boda.
Trabajé. A la una salieron los dos primeros autobuses, con cincuenta y dos personas.
La Concha estaba en la pista bailando con el tío Julián.
A las dos se rompió un tacón y apareció el pegamento de mi bolso.
A las dos y media, un primo de Calahorra quiso subir a la mesa de los novios a cantar y lo bajé con una mano y una botella de agua.
En el baño de señoras, la madre de Sergio le estaba contando su boda de 1987 a una desconocida.
Hablé por el pinganillo con la cocina, con el encargado y con el de las luces.
A las tres y veinticinco avisé a Noe.
—Cinco minutos —le dije—. Diez, con la familia de Carla.
A la media en punto los tenía en la pista.
Maite los fue colocando ella, por alturas.
Los novios, en medio, despeinados, Sergio con la corbata en el bolsillo, Carla descalza y con los zapatos planos en la mano.
Faltaban los abuelos, que se habían ido en el autobús de la una.
Todos sudaban. A un primo pequeño lo trajeron dormido en brazos y lo pusieron delante, dormido.
Al padre de Carla lo encontré yo en la barra y lo puse en la primera fila sin preguntar.
Maite se colocó al lado de Carla y miró a cámara muy seria, con la cara que ponía en la foto de la boda de su hermana.
Entonces vio a su marido.
Estaba firme, con los ojos muy abiertos, la chaqueta abrochada y el pelo peinado con agua, a esas horas. Despierto.
Maite se echó a reír. Primero por la nariz, aguantando. Luego ya no pudo. Se le saltaron las lágrimas y se apoyó en el hombro de Carla, y Carla se rio con ella, y se rio la Concha sin saber de qué. Noe disparó todo el rato.
—Esa —dijo Noe, con los ojos en la pantalla—. Esa es la buena.
A las cuatro menos diez busqué al encargado. Estaba junto al cuadro de luces, con la hoja plastificada en una mano y la otra ya en el interruptor general.
—A las cuatro en punto —le dije—. ¿Me enciende usted las luces?
—¿Y usted?
—Yo quiero oír la última. Usted estaba delante cuando le dije al gerente que yo en persona. Si me dice que no, las enciendo yo.
Me miró la cara. Asintió.
Los cuatro sacaron los instrumentos del almacén.
Se colocaron a un lado de la pista, sin tarima: Leo, Rubén, el del saxo y el de la tuba.
No había micrófono. Quedaban cincuenta o sesenta personas de pie, descalzas muchas, algunos con la corbata atada a la frente.
Leo miró a los otros tres y contó con la cabeza.
Era «Muñeca de trapo».
Me la sabía de la peña, con el estribillo que entra antes de tiempo, y no me sirvió de nada. Carla se tapó la cara con las dos manos. Sergio la cogió por detrás. Yo estaba al fondo, con el pinganillo puesto y el dedo en el botón, junto a la puerta de la cocina, donde había estado toda la noche.
Cuando entró el último estribillo, Leo se apartó el trombón de la boca.
Lo dejó en una silla de plástico, de lado, con cuidado, como se deja algo que se va a recoger enseguida. Rubén siguió solo arriba con la melodía, sin que se le quedara baja ninguna nota, y el saxo y la tuba debajo. Leo cruzó la pista entre la gente, sin prisa, mirándome.
—Me desconecto —dije por el pinganillo, a quien estuviera escuchando.
Me saqué el pinganillo de la oreja y lo metí en el bolsillo del vestido.
Llegó, me rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano cogió la mía. Bailamos el último minuto delante de toda la boda, y mal, porque yo llevaba diez años sin bailar en una boda. Él seguía llevando el ritmo con la mano en mi cintura, dos golpes por compás.
—Estás contando —le dije.
—Es mi arreglo.
—No cuentes.
Dejó la mano quieta. Tenía delante el cuello de su camisa, mojado, con una mariposa pegada en el pañuelo, y Leo bajó la barbilla hasta mi pelo y ya no la movió. Llevaba horas queriendo hacer exactamente aquello y no lo había apuntado en ninguna parte. Durante un minuto no supe qué hora era.
Por encima de su hombro vi el trombón en su silla, de lado, donde lo había dejado, y a Maite en el borde de la pista, mirándonos. No dijo nada.
Rubén terminó. Los otros dos terminaron con él.
Se encendieron todas las luces del salón de golpe, a su hora, blancas, de limpiar. Nadie pidió otra. Desde el aparcamiento de abajo, el autobús de Félix dio un bocinazo largo, y la Concha fue la primera en ir a por la chaqueta.
Había mariposas por todas partes: en la pista, debajo de las mesas, pegadas a una suela, una dentro de un vaso. Me agaché a recoger las de alrededor de mis pies y seguí con las de la mesa de al lado, y con las que había debajo de la presidencia. Sergio pasó por detrás con una bolsa de basura.
—Toby tardaría treinta y ocho minutos —dijo.
A la noventa me pillé contándolas. Seguí.
Leo estaba a mi lado, en cuclillas, con un puñado en la mano.
—¿Cuántas? —preguntó.
—Ciento noventa y siete, con las tuyas.
Miró alrededor, al salón blanco y casi vacío, a las mesas con las sillas torcidas.
—Faltan tres —dijo, y se metió debajo de la mesa nueve a buscarlas.