La boda de mi novio imaginario Epílogo. La primera fiesta
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Epílogo. La primera fiesta

Epílogo

La primera fiesta

El cohete se oyó desde la plaza del Ayuntamiento, seco, y después la gente, que se oye más.

Yo estaba en la puerta de la peña, en una calle del casco antiguo que olía a mosto y a fritura, con una blusa que no había elegido para trabajar.

No llevaba carpeta, ni pinganillo, ni la agenda rosa, que se había quedado en casa, en el cajón sin etiqueta.

Llevaba la cámara pequeña de Noe, prestada, y una chaqueta en el bolso por si acaso, porque el cielo estaba de un gris que no se decidía.

Dentro, la charanga se estaba poniendo los pañuelos. Leo salió con el trombón en la mano y la funda colgada a la espalda, vacía.

—¿Quieres que te organice algo? —le pregunté—. El recorrido, los tiempos. Tengo un plano de las calles.

—No hace falta.

Lo dijo como lo había escrito en julio, entre paréntesis.

—Esto lo quiero hacer yo —dijo—. Aunque salga mal.

Se descolgó la funda y me la dio. Pesaba menos que en junio.

—Entonces que salga mal —dije.

Salieron a la calle a las doce y media. Leo iba delante, de espaldas a la calle y de cara a la charanga, marcando con la vara del trombón, y tocaba y dirigía a la vez.

Las dos primeras piezas salieron limpias.

El del bombo, que en el ensayo le obedecía como a un sargento, le sonreía como a un sobrino.

En la tercera parada, frente a un bar con la terraza llena, una señora con una carpeta y la pañoleta de la comisión de fiestas me tocó el brazo.

—Tú eres la de la boda —dijo—. La de la hija de Maite. Soy Charo, estaba en la catorce.

—Esa soy yo.

—Lo de la novia andando con la charanga. Todo el barrio lo ha visto en el móvil. —Sacó un papel de la carpeta—. El año que viene nos tocan a nosotros las fiestas del barrio y no sabemos ni por dónde empezar. ¿Nos las harías tú?

Miré a Leo. Iba tres metros por delante, corrigiéndole algo al saxo con la cara.

—Le llamo el lunes —dije.

Charo apuntó su teléfono en el papel y me lo dio. Me lo guardé en el bolso, doblado.

En la cuarta, el pasacalles se equivocó de calle.

Leo giró a la derecha, la charanga giró detrás y la peña giró detrás de la charanga, y la calle de la derecha no era.

Lo supe yo antes que nadie, porque llevaba el plano en la cabeza aunque no lo llevara en el bolso, y supe también que por allí se llegaba al mismo sitio, con cinco minutos de rodeo.

No dije nada. A media calle había una fuente.

Leo llegó de espaldas hasta ella, se volvió, la vio y se echó a reír con la vara en alto.

—¡Esta no es! —le gritó a la charanga.

Le hice una foto justo entonces. Salió movida. Se le veía la boca abierta de risa, la vara borrosa y medio bombo. Era la mejor foto que había hecho en mi vida y no le servía a ningún cliente.

Luego se llevó el trombón a la boca y tocó otra cosa allí mismo, a la fuente, como si hubieran venido a eso, y la gente fue saliendo a los balcones. Mientras tocaban, saqué el cuaderno y escribí apoyada en una pared.

Entonces empezó a chispear.

La gente se arrimó a los portales. La charanga siguió tocando, con las gotas rebotando en las campanas de los instrumentos.

Yo me quedé en mitad de la calle con la funda del trombón en los brazos, y me la puse encima de la cabeza.

Por dentro olía a metal. La lluvia sonaba en la funda como en una tienda de campaña, y yo marcaba el compás con el pie en un charco.

Leo me vio desde la fuente. Siguió tocando y me señaló con la vara, dos veces, al compás.

Cuando terminó la pieza vino andando bajo la lluvia, se metió conmigo bajo la funda, que no cabíamos, y me dio un beso con el trombón goteándome en los zapatos.

—Nos hemos equivocado de calle —dijo.

—Ya lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Desde la esquina.

—¿Y no me lo has dicho?

—No hacía falta.

Detrás de él, el del bombo empezó la siguiente por su cuenta, y la peña salió de los portales, y Leo tuvo que irse corriendo a ponerse delante de la charanga. Fui detrás, con la funda en la cabeza, empapada de los pies a la rodilla y con el lunes muy lejos.