28. La boda (I)
La boda (I)
—No te muevas —dijo Bea—. Ni para respirar. Respira luego.
Me sujetaba la cabeza con una mano en la frente, de pie delante de mí, que estaba sentada en el borde de la bañera de Noe, y con la otra me pintaba la raya del ojo derecho sin que le temblara nada.
A mí, la tarde anterior, probando delante del espejo del local, se me había ido la del izquierdo dos veces por encima de la ceja.
—Hasta las cuatro tiene que aguantar —dije.
—Aguanta hasta el lunes. Cierra.
Cerré. Olía a churros. Bea los había traído, junto con su gloss, y estaban en la encimera de la cocina, en un cucurucho de papel que ya se había puesto transparente, y Noe se los iba comiendo de pie mientras metía baterías en la bolsa de la cámara, contándolas en voz alta.
—Abre.
Abrí. Bea se apartó un palmo, me estudió y no dijo nada, que en Bea es lo mejor que puede pasarte.
—Ahora el otro.
A las diez llegué a la finca, con el pinganillo ya puesto y el vestido azul colgado en el coche de Noe.
Coloqué el plano de mesas en su caballete, a la entrada, con las caras de 2006 en sus mesas y la mía abajo, en la esquina.
Dejé dos cestas de mimbre en la puerta del salón, con las doscientas mariposas dentro, separadas por capas de papel de seda para que no se aplastaran.
Comprobé el sitio del puesto, junto al aparcamiento.
El encargado me siguió toda la mañana a dos metros, con su hoja plastificada contra el pecho, como quien acompaña a un inspector.
En la hoja, a boli, debajo de lo de las charangas, había una línea nueva: «Prueba de sonido miércoles: Conforme».
A las seis menos diez yo estaba sentada al volante del descapotable, delante de la casa de los padres de Carla, con el vestido azul, las gafas de sol en la cabeza y el pinganillo en el bolsillo.
La charanga esperaba en la acera, entera, con los pañuelos al cuello.
Leo, con el trombón apoyado en el pie, iba pasando lista a los demás con los ojos.
Rubén había sacado brillo a los cromados con el trapo de su padre y no paraba de mirarlos.
Carla bajó a las seis y cuatro, con su padre del brazo y el vestido recogido en una mano para no pisarlo en la escalera. Los zapatos eran planos, color hueso. Se sentó detrás, se colocó la falda alrededor y me apretó el hombro.
—Venga.
Giré la llave.
No pasó nada. No hubo ruido, ni tirón, ni olor a caliente. Nada. Las agujas del salpicadero se quedaron quietas, las dos, por primera vez de acuerdo en algo.
Giré otra vez. Nada.
—No —dijo Rubén, desde la acera—. No, no, no. Es de mi padre.
Me oí la respiración. Ya tenía el móvil en la mano.
Tenía el número de un taxi grande, el de un compañero del hotel con una furgoneta blanca y el de la empresa de los autobuses, y los tres en favoritos, porque en diez años de bodas había visto no arrancar a un Rolls, a una calesa y a un caballo. Busqué el primero con el pulgar.
Leo le había dejado el trombón al del bombo y estaba ya en el capó, con las dos manos en el cierre, a punto de levantarlo.
Nos miramos por encima del parabrisas. Yo con el pulgar encima de un número. Él con las manos en el capó.
Bajé el móvil. Él soltó el capó.
Me giré en el asiento.
—Carla, ¿qué quieres hacer?
Carla miró el salpicadero. Miró la calle, que bajaba estrecha y en sombra hacia el casco antiguo, y los balcones, donde ya había gente asomada. Miró a la charanga, que la miraba a ella con los instrumentos a medio subir. Se miró los zapatos.
—Andando —dijo—. Para eso llevo planos.
Abrió la puerta ella sola y se bajó. Su padre le dio el brazo. El del bombo le devolvió a Leo el trombón y Leo se lo llevó a la boca sin mirar a nadie, y la charanga arrancó con el pasodoble que se sabía toda la calle. Rubén tocaba con los ojos clavados en el coche, como si fuera a irse solo.
Dos de la charanga, el de los platillos y uno de los saxos, empujaron el descapotable hasta el vado de la esquina en lo que dura una estrofa.
Le mandé al padre de Rubén la ubicación y una foto, sin texto.
Llamé al primero de los favoritos, el del taxi grande, y lo dejé pedido para que los novios llegaran a la finca a las ocho y cuarto.
Luego me puse el pinganillo y eché a andar detrás de la novia.
Eran las seis y diez.
Por la calle estrecha, la de la maniobra de julio, la charanga iba en fila de dos y aun así rozaba las fachadas.
La gente había bajado a los portales y había subido a los balcones.
Un señor aplaudía con una barra de pan debajo del brazo.
En el balcón de los geranios estaba la señora de julio, con una bata de flores grandes, rosas y moradas, que no era la de diario. Se había pintado los labios a juego.
—¡Guapa! —le gritó a Carla.
Carla levantó la mano y la saludó. Luego saludó al balcón de enfrente, y al de al lado, y al señor del pan, despacio, con la mano en alto y la muñeca suelta, como la novia del recorte.
Yo levanté la mano también. La bajé.
Noe iba delante, andando hacia atrás con la cámara en la cara, esquivando bolardos sin mirarlos. Se paró en una esquina, se agachó, disparó tres veces seguidas, se levantó y me buscó entre los músicos.
—¡Esto es portada! —gritó.
Por el pinganillo, el encargado de la finca me preguntaba si ya podía abrir la cámara del vino.
Le dije que sí. Llegamos a la iglesia diecisiete minutos después, con el pasodoble terminando en la puerta y el cura asomado al escalón, mirando el reloj y luego la calle, sin entender de dónde salía tanta gente.
La ceremonia la vi desde el fondo, de pie, con un ojo en los novios y otro en la puerta.
A la salida, el organista atacó el Canon de Pachelbel y la madre de Sergio lo fue cantando con la boca cerrada, como en el audio, hasta que se echó a llorar.
En la escalinata, Noe sentó a los abuelos de Carla en dos sillas plegables que había sacado de su coche, colocó a los novios detrás y disparó.
Miré el reloj. Un minuto y cincuenta segundos.
—Dos —dijo Carla, a nadie en particular, y se fue a abrazar a su abuela.
Noe metió las sillas en el maletero y me abrió la puerta del copiloto.
A las siete y veinte íbamos por la carretera de las viñas, yo con el pinganillo en la oreja y la cámara de Noe en las rodillas, sin hablar, porque cada una iba repasando lo suyo.
Al llegar, Noe se metió en la cocina para su serie de los camareros, y no salió hasta que llegó la gente.
A las ocho llegaron los autobuses y la grava se llenó de tacones. Dos minutos después, Ramón ya estaba friendo.
Había llegado media hora antes, sin el chico de su hermana, que cubría el cumpleaños de Lardero, y había montado el puesto sin dejar que nadie le ayudara.
Había puesto un extintor a cada lado de la freidora, como dos guardias.
No me saludó cuando pasé. Freía con las dos cestas de la freidora a la vez, una bajando y otra subiendo, y las iba dejando en bandejas de papel, en filas, y la cola llegaba casi hasta la primera mesa alta.
Carla y Sergio bajaron del taxi a su hora. Hubo aplausos y un grito de los primos de Calahorra. Carla no se paró en el arco. Lo cruzó sin mirarlo, saludando con una mano, y se fue derecha al puesto de Ramón, con Sergio detrás, que iba sacando la libreta azul del bolsillo de dentro de la chaqueta.
Ramón les puso un plato en la mano a cada uno sin que lo pidieran. Leo pasó por detrás de mí con dos platos y me dejó uno sin pararse.
—Come.
El otro se lo dio a su abuela, que estaba a la sombra con un vaso de agua fría, mirando comer a los novios.
Los de Zaragoza estaban junto al aparcamiento.
La prima de Carla, con el niño, en el césped.
Carla iba de un grupo a otro con el plato, dando besos entre bocado y bocado, sin un solo fotógrafo detrás.
Noe hacía fotos desde lejos y bajaba la cámara cada vez que Carla mordía.
Sergio partió la primera por la mitad, se comió primero la costra y después lo de dentro, y abrió la libreta.
—Nueve y medio —dijo.
—Diez —dijo Carla.
Sergio levantó la vista.
—Por el contexto —dijo Carla, y le quitó otra croqueta del plato.
Sergio lo apuntó. Me asomé a la libreta: un diez, con la fecha al lado, debajo del nueve y medio.
Hacia las ocho y media, en la entrada del salón, estaba comprobando con el maître la altura de las sillas de los abuelos, cuando la luz cambió.
Bajó dorada sobre las viñas y se quedó un rato en todo: en la grava, en los vasos, en el pelo de las invitadas, en la barandilla del mirador, allá arriba, vacío.
Me di la vuelta y le pregunté al maître por los cojines de la abuela.
Ramón frió hasta las nueve menos cuarto en punto.
Luego apagó la freidora, se lavó las manos con una botella de agua y echó a andar hacia su coche, desatándose el delantal por el camino.
Al pasar por mi lado me hizo con la barbilla el gesto que le hacía a Leo.
El delantal se lo quitó ya dentro del coche.
A las nueve y media, el maître me hizo una seña desde dentro. Di el aviso por el pinganillo. La gente empezó a entrar. Los de la clase se buscaban en el plano con el dedo. Leo se sentó con su familia, de cara a la puerta de la cocina, que era donde iba a estar yo toda la noche.