La boda de mi novio imaginario 27. La víspera
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27. La víspera

La víspera

Noe se la había llevado el martes sin entrar: me escribió que estaba en la esquina, salí con las llaves del coche y la pasó ella sola al suyo, con manta y todo.

Había fotografiado las caras una por una, sin sacarlas del cristal, y las había impreso en óvalos del tamaño de un sello.

Ahora estaban en una caja de bombones vacía, nueve, al lado de las tijeras.

El plano era una lámina de cartón pluma de un metro, con dieciocho mesas redondas y los nombres de los ciento ochenta y uno en mi letra de imprenta, la de los rótulos.

—Javi, mesa nueve —dijo Noe, y le puso pegamento por detrás a un chico con gafas.

—¿El del autobús?

—Dos veces.

Lo pegó en la mesa nueve, la más cerca de la puerta.

Llevábamos media hora sin hablar de nada que no fuera pegamento.

Yo había empezado el día pagando la factura del recargo, que la coordinadora me había mandado el lunes, como había dicho.

Después había llevado al almacén la máquina, que ya no iba a ninguna boda.

El chico le dio una palmada en el lomo al recibirla y me preguntó qué tal había ido.

Le dije que muy bien y la pagué. A mediodía había dejado una nota en cada portal de la calle estrecha de los padres de Carla, pidiendo que el sábado no aparcara nadie, porque la novia salía a las seis y diez.

Desde el jueves del banco, Noe y yo solo nos habíamos escrito de trabajo.

El sábado le había mandado el horario nuevo del cóctel y el sí de Carla a su serie, y me había contestado con un pulgar.

Esa mañana me había escrito «Hecho» y una hora, las cinco, y a las cinco había llegado con la orla, la caja de bombones y dos cafés. Uno lo había dejado a mi lado.

—Me contestaste con un pulgar —dije.

Noe paró, con el óvalo de Sergio en el aire.

—Era a propósito.

—Ya lo sé. Es mío.

—Por eso.

Pegó el óvalo en la mesa uno, al lado del nombre de Sergio, y le alisó los rizos con la uña.

—¿Qué dijo Carla, exactamente? —preguntó.

—Que hagas lo que quieras en la cocina. Pero que a ella comiendo no la sacas.

—Eso es muy de Carla.

—Mucho.

—Los camareros, antes de que les den las bandejas —dijo—. Es cuando se ríen. Luego ya no se ríen.

—Y yo con el pinganillo.

—Tú con el pinganillo, cuando te pille. No pienso pedirte permiso.

Se sacó del bolsillo otro óvalo y me lo puso delante. Era yo. El flequillo de plástico y el gloss.

—Esta también.

—Yo no me siento.

—Tú vas en la esquina —dijo—. Vigilando.

Le puso pegamento y me pegó en la esquina de abajo del plano, debajo de la mesa dieciocho, donde no había ninguna mesa. No la despegué.

Leo llegó a las seis, del instituto, con una carpeta de horarios del curso debajo del brazo y la camisa del claustro. Saludó a Noe con la mano y se sentó en la otra punta de la mesa grande, al lado de las ciento veintiocho y de los cuadrados que quedaban por doblar.

Faltaban setenta y dos.

Doblaba fatal todavía. Se le torcía la punta de la cabeza y las alas le salían una más grande que la otra.

Pero doblaba deprisa, sin enseñármelas, y las iba poniendo en pie en una fila nueva, al lado de las buenas, con el ala grande siempre hacia el mismo lado, como si lo hubiera decidido. Noe le hizo una foto sin avisar.

—Esa no —dijo él, sin dejar de doblar.

—Esa sí.

A las nueve menos cinco, Leo puso la última en la fila. No dijo ningún número. Saqué el cuaderno y busqué los planos de 2006. Se lo dejé delante, al lado del pliego vacío.

Leo cogió el lápiz del bolsillo de la camisa. Tachó el 143 con una raya limpia, como los otros, y escribió debajo «200». No pasó la hoja. Me lo devolvió abierto.

Esa noche dormí en casa de Noe. Vivía en el mismo piso desde hacía nueve años y en su cama seguía cabiendo exactamente lo mismo que en 2006: dos personas, una con la cabeza en cada punta, para no darse con los codos.

Antes de los viajes del instituto dormíamos así, la víspera, para salir juntas al autobús con las mochilas hechas desde el martes.

Yo había traído la bolsa con todo lo de mañana y el vestido en una funda, el azul, el de los bolsillos, y lo había colgado del armario.

Bea llegó a las diez con dos pizzas y un boli en el bolso. Cenamos sentadas en el suelo, apoyadas en la cama, y Noe sacó la cámara pequeña dos veces y las dos veces Bea le puso la mano delante del objetivo.

—¿Y el de matemáticas? —preguntó Bea.

—Bien.

—Bien —repitió Bea—. Eso no es un dato.

Noe se incorporó sobre un codo.

—¡Un dato! Con hora y sitio, que te conozco.

Lo pensé.

—Las horquillas —dije.

Noe soltó un grito que no se le oía desde 2006 y se tapó la boca con un cojín. Bea tardó en opinar.

—Eso es o muy bueno o muy malo —dijo.

—Es muy bueno —dijo Noe, detrás del cojín.

—Enséñalo —dijo Bea, cuando se acabó la segunda pizza.

No dijo qué. Abrí el cuaderno por los planos y lo puse en el suelo, entre las cajas de pizza.

Lo miraron las dos muy juntas, como miraban en 2006 las páginas que yo les dejaba ver. Noe pasó el dedo por la columna de números tachados.

Luego le pidió el boli a Bea con la mano abierta y escribió debajo, con su letra de redondas grandes. Le devolvió el boli. Bea lo tuvo en la mano mientras leía el plano de la casa sin cocina. Después escribió debajo de Noe.

Bea tapó el boli y lo guardó en el bolso. No nos miró.

—¿Qué? —dijo.

—Nada —dijo Noe.

—Pues eso.

Se fue a las once y media. En la puerta, con el bolso ya al hombro, se volvió.

—Estás enamorada —me dijo, sin retintín—. Y me alegro muchísimo. Muchísimo, Vera.

A Noe se le vio un chiste en la cara. Se lo tragó. Bea me dio dos besos y dijo que a las ocho estaba aquí, con el gloss y con churros, y que si no le abríamos a la primera llamaba a la policía.

Apagamos la luz. Noe tenía los pies a la altura de mi hombro, como en 2006, y los seguía teniendo fríos.

—Tengo una foto del mirador —dije—. Con la luz de las ocho y media. No se la he mandado a nadie.

—¿Es buena?

—Para ser mía.

—Mándamela.

Se la mandé. La pantalla de su móvil iluminó el techo un momento. Noe la estuvo mirando con el brazo estirado.

—Está torcida —dijo.

—Ya.

—Me la quedo.

Puso la alarma a las siete. Yo puse otra en el mío, también a las siete, por si acaso. El vestido azul seguía colgado de la puerta del armario, en su funda.