La boda de mi novio imaginario 26. El bar de la plaza
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26. El bar de la plaza

El bar de la plaza

Ramón nos dejó en la mesa dos platos pequeños con tres croquetas cada uno y se fue sin decir de quién eran.

No las habíamos pedido. No habíamos pedido nada.

Leo había ido directo a la barra nada más entrar, y yo detrás, con el bolso en el hombro, viendo el bar abierto por primera vez: las sillas en el suelo, la gente de pie con el vaso en la mano, un partido sin volumen en la tele de la esquina y el reloj de la pared, que seguía yendo dos minutos adelantado y marcaba las nueve y veinte.

Leo había puesto en la barra tres billetes doblados por la mitad, dos de cincuenta y uno de veinte.

—El ayudante —dijo.

Ramón los miró sin tocarlos. Luego sacó la libreta y la abrió por mi encargo. Al lado de «AYUDANTE», que seguía sin tachar, escribió «Leo». Cogió los billetes y se los guardó en el bolsillo del delantal.

—Yo, en la finca, de ocho a nueve menos cuarto —dijo—. En Lardero se queda el chico de mi hermana.

—Se lo digo al catering esta noche —dije yo.

—Díselo.

Eso fue todo. Volvió a la freidora, y Leo y yo nos sentamos a la única mesa libre, una de dos, pegada a la máquina de tabaco. Las croquetas nos estaban esperando.

Las miré. Leo las miró.

—¿Esto es que sí? —pregunté.

—Esto es que están calientes.

Me comí la primera de un bocado y me quemé el paladar, que era lo que había que hacer con las croquetas de Ramón. Leo, la suya, en dos. Al otro lado de la máquina de tabaco, una pareja discutía si el árbitro estaba comprado.

Yo tenía una frase pensada desde el portal. La había cambiado cuatro veces en el coche. Al final dije otra.

—No te enseñé el horario porque me daba vergüenza —dije—. No el horario. Que me vieras hacer mal una cuenta. Tú haces cuentas.

Leo tenía la segunda croqueta en la mano y no se la comió.

—Y la foto la quería yo —seguí—. No para la web. Para mí.

—Ya lo sé.

—Ya, pero no te lo había dicho.

Asintió. Dejó la croqueta en el plato. Se limpió los dedos en la servilleta de papel, uno por uno, y la dobló en cuatro.

—El martes no te llamé porque me ibas a preguntar si Carla lo sabía —dijo—. Y yo no se lo había preguntado.

Esperé.

—Con los míos no pregunto. Lo arreglo antes y así no hay que preguntar. —Volvió a doblar la servilleta—. Con doce años ya le sumaba a mi padre los recibos de la luz, en la mesa de la cocina.

Me comí las otras dos. Ya no quemaban.

—Sigue pareciéndome preciosa —dije—. La foto. Con el viento y la luz de las ocho y media.

—Ya.

—No te lo digo para que me digas nada.

—Y a mí me sigue pareciendo caro pagar a uno para que otro fría cuarenta y cinco minutos. —Volvió a coger la croqueta—. Aunque ya sé lo que son para ellos.

—Lo has pagado.

—Lo he pagado.

Leo apoyó la mano en la mesa, al lado de la mía, sin tocarla, a un dedo de distancia. Estuvo así mientras la pareja de al lado le daba la razón al árbitro. En mi plato no quedaba nada. En el suyo quedaba una.

Alargué la mano por encima de la suya y me la comí yo, en dos bocados.

Movió el meñique hasta tocar el mío. No lo apartó.

—El director lo deja —dijo después—. Se queda en la costa. Me ha ofrecido la charanga desde San Mateo.

—¿Por eso no lo cogías?

—Si lo cogía, tenía que decidirlo. —Apartó el vaso de agua, que no había tocado—. Le voy a decir que sí. No lo sabe nadie.

—¿Ni Carla?

—Tú.

Lo dijo sin levantar la voz, con el meñique todavía en el mío.

—¿Cuándo es la primera? —pregunté.

—El cohete. El sábado 19. ¿Vienes?

—Voy.

Leo se rio, por fin, sin taparse. Ramón levantó la vista de la freidora y la volvió a bajar.

Cuando salimos, la plaza estaba llena de gente que no tenía prisa. Leo me esperó en la acera mientras yo le escribía a la coordinadora: «Ramón confirmado. Fríe él, de 20:00 a 20:45». Le di a enviar y me guardé el móvil.

—Mi casa está pasado el puente —dije—. No la has visto.

Era un segundo pequeño, con un salón que daba al río y una cocina abierta en la que había más etiquetas que comida. Leo se paró delante de la estantería de las especias. Veintitrés botes en fila, cada uno con su tira de cinta de carrocero y mi letra.

Cogió uno.

—«Sal» —leyó.

—Tiene etiqueta.

—Entonces es una especia.

—Eso te dije.

Lo dejó en su sitio, con la etiqueta mirando hacia fuera.

En el dormitorio no encendí la luz grande.

Dejé encendida la de la mesilla y el bolso en la silla.

El móvil me vibró en la mano mientras lo sacaba: la coordinadora, «Ok».

Leo estaba en la puerta, sin saber todavía dónde ponerse.

Apreté el botón de un lado hasta que la pantalla se quedó negra y dejé el móvil en la mesilla.

Leo se quitó el reloj y lo dejó al lado.

Me había hecho un recogido para el bar, bajo, con horquillas. Leo me puso una mano en la nuca y con la otra las fue buscando. La primera que encontró fue la rosa. La tocó y la dejó donde estaba.

—Esa, al final —dijo.

Me sacó las otras cinco sin tirar y las fue poniendo al lado del reloj. El pelo se me iba soltando por partes, primero por un lado y después por el otro, y yo no me movía para no ayudarle. Luego sacó la rosa, y se me cayó entero por la espalda.

Empecé por los botones de su camisa, mirándole a la cara. Él me sacó el vestido por la cabeza. Había una cama hecha y una ventana abierta al río, con el ruido de la plaza muy lejos.

En mi cama, la ventana estaba en mi lado. Me pasé al otro. Leo se dio cuenta. Se tumbó en el de la ventana.

Nos besamos mucho rato antes de nada más. Le pasé la mano por el pecho y por la tripa y me paré en el cinturón.

—¿Sigo? —le pregunté.

—Sigue. Pregúntamelo otra vez dentro de un rato.

Seguí. Él me recorrió la espalda con los dedos, vértebra a vértebra, desde la nuca, y en la cuarta noté que me las estaba contando.

—¿Qué cuentas?

—Nada.

—Vas por la seis.

—Siete.

Me reí en su hombro. Él siguió contando. Bajó por la espalda hasta donde se acababan las vértebras y siguió con la boca, por donde la mano ya había pasado, y luego por donde no. Le agarré del pelo. No paró hasta que yo se lo pedí, y se lo pedí tarde.

El cajón de la mesilla no tenía etiqueta, pero yo sabía lo que había dentro. Le pedí que se pusiera encima, con todo el peso.

—¿Te peso? —preguntó.

—Sí. Quédate.

Entró sin apoyarse en los codos. Nos movimos poco y durante mucho tiempo.

Tenía una mano enredada en mi pelo suelto y no la sacó ni cuando empecé a moverme más deprisa debajo de él.

Cuando ya no pude más, le apreté la espalda.

Él aguantó un poco más y luego se quedó quieto, respirándome en el cuello, hasta que dejó de temblarle la espalda debajo de mis manos.

Luego se tumbó del lado de la ventana, de cara a mí, con una mano en mi cadera. La luz de la mesilla seguía encendida. Encima, al lado del móvil negro y del reloj, estaban las seis horquillas en fila, la rosa la última.