La boda de mi novio imaginario 25. Lo de Leo
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25. Lo de Leo

Lo de Leo

—Te cancelé las croquetas sin preguntarte —dijo Leo.

Lo dijo de pie, contra la nevera, antes de que Carla se sentara. Pasaban dos minutos de las doce. Maite tenía en una mano un cuchillo y en la otra la tortilla, y no soltó nada. Carla se estaba quitando el bolso del hombro y no terminó de quitárselo.

Estábamos en la cocina de los padres, la larga y estrecha, la del hule de cuadros y el calendario de la carnicería, porque Maite había dicho que en el comedor hacía un calor que no era normal.

Éramos seis para una mesa de cuatro. El padre de Carla había traído dos sillas del comedor y se había quedado él con el taburete, junto a la ventana.

Sergio, que no sabía dónde poner las piernas, las había metido debajo de la mesa hasta donde llegaban.

Yo había llegado cinco minutos antes que Carla y Sergio, con el táper de las patatas fregado en una bolsa. Maite me lo había cogido en la puerta, había levantado la tapa para mirar dentro y lo había dejado en la encimera. Leo ya estaba en la cocina.

Carla terminó de quitarse el bolso y lo colgó en el respaldo de una silla. No se sentó.

—¿Ya está? —preguntó.

—Ya está.

—Pues ahora me toca a mí.

Leo asintió. No se movió de la nevera.

—Me llamó Ramón —dijo Carla—. A mí. A la novia. Me enteré de mi boda por el de las croquetas, Leo.

Maite dejó el plato de la tortilla en la mesa.

—Si te pregunta el catering, me llamas —siguió Carla—. Si te pregunta mamá, me llamas. Si te pregunta el cura, me llamas. Tengo móvil desde los catorce.

Mientras Carla hablaba, Leo había empezado a doblar los dedos de la mano derecha contra la palma, uno por cada «me llamas». Al tercero se dio cuenta. Abrió la mano y la dejó quieta, plana, contra la puerta de la nevera.

—El miércoles no te dejé hablar porque, si hablabas, lo ibas a arreglar —dijo Carla—. Tú siempre lo arreglas. Yo quería estar enfadada contigo un rato, como una persona... como una hermana normal.

Se sentó. Sergio le acercó un vaso de agua.

Leo esperó a que se hubiera sentado del todo.

—Vale —dijo.

Cogió la última silla, la que quedaba entre su padre y yo, y se sentó en el borde.

Carla sacó del bolso las tres hojas, las del jueves, dobladas en tres, y apartó el frutero para hacerles sitio. Debajo de los melocotones seguía habiendo sobres. Leo no los miró.

—¿Eso qué es? —preguntó Maite.

—Lo de las fotos.

—¿Qué pasa con las fotos?

—Que se cambian.

—¿Y por qué se cambian ahora?

—Porque lo digo yo, mamá.

Carla extendió las hojas en el hule. Yo me sabía las tres de memoria. Tenía preparada una frase para la primera, la de los cinco minutos en la entrada, que era la que le dejaba a Maite su foto como la había soñado. No la dije.

—Ninguna —dijo Carla. Tocó la segunda con un dedo, se lo pensó y lo dejó ahí—. Bueno, esta, pero a mi manera. En el cóctel, nada. Llego a las ocho y cuarto y me voy con mi gente, que para eso la he invitado. A la salida de la iglesia, dos minutos con los abuelos. Dos, Vera.

—Dos.

—Y la de todos, en la pista. A las tres y media. Con los que queden.

—¿A las tres y media? —dijo Maite—. La abuela se acuesta a las diez.

—Por eso los abuelos van a la salida de la iglesia.

—Pero entonces no es la foto. —Maite cogió el plato de la tortilla y empezó a partirla allí mismo, de pie, encima de la mesa—. La de tu tía tiene a todos. Los abuelos sentados y todos detrás. Una.

Le puso a Sergio un trozo delante.

—Prueba, hijo. Que está como a ti te gusta, poco hecha.

Le puso otro a Carla, otro a mí y otro a su marido, que ya había empezado sin esperar a nadie.

—Una foto, Carla. Cinco minutitos. A la luz de la tarde, que sale todo el mundo con buena cara. —Le acercó a Carla el plato con dos dedos—. Prueba.

—Mamá, que no.

—Con lo que te gusta a ti la tortilla.

—Que me la como, pero que no.

Sergio se comió la suya en tres bocados y miró la de Carla. Maite se volvió hacia el otro lado de la mesa.

—Leo. Díselo tú.

Nos volvimos todos hacia Leo. Esperé a que se levantara, a que le pusiera a su madre una mano en el hombro y le encontrara a la foto una hora que les valiera a las dos. Era lo que hacía.

Leo cogió un trozo de tortilla con los dedos.

—Eso es cosa de Carla, mamá.

Se lo comió. Maite se quedó con el cuchillo en la mano, esperando lo que venía después. No vino nada.

—Pues a esa hora yo estoy —dijo el padre de Carla.

—Tú a esa hora estás dormido en una silla —dijo Maite.

Fue a la pila, de espaldas, y abrió el grifo. Se puso a fregar un plato que estaba limpio. Leo no se levantó a secar. Carla se comió la tortilla mirando las hojas.

—Y Ramón —dijo Carla.

—El ayudante lo pago yo —dijo Leo.

—Más te vale.

No había más. Las hojas seguían encima del hule, con la segunda un poco torcida donde Carla había dejado el dedo. Antes de que las recogiera, saqué lo que traía apuntado.

—Noe quiere hacer una serie suya —dije—. La cocina y los camareros, antes del cóctel, sin vosotros. Para su portafolio. Y las mariposas: en la iglesia no se puede tirar nada. Podemos echarlas cuando entréis al salón, al final del pasacalles.

Carla me miró.

—¿Me lo estás preguntando?

—Te lo estoy preguntando.

Masticó con calma.

—Sí a las dos. Que Noe haga lo que quiera en la cocina, pero a mí comiendo no me saca. Y las mariposas, al entrar, que las vea todo el mundo.

—Se lo digo.

—Y tú llama al catering, que lo vuelvan a poner todo como estaba. Hoy. —Dobló las hojas por donde ya estaban dobladas y las guardó—. A Ramón no, que a Ramón ya va este.

Leo asintió, masticando.

Antes de levantarse, Carla metió la mano en el bolso otra vez, sacó un lápiz y lo puso encima del hule, delante de su hermano. Luego fue a darle un beso a su madre en la nuca, por detrás, mientras Maite seguía fregando el plato limpio.

Leo se lo guardó en el bolsillo de la camisa.

En la puerta, Maite le dio dos besos a Sergio, dos a Carla y dos a mí. Me apretó el brazo, como siempre, y no me dio nada. Leo se quedó atrás, con su padre, que le había puesto una mano en el hombro y no decía nada. El táper se había quedado en la encimera, vacío, con la tapa puesta.

La escalera crujía a la altura del segundo, como en julio. Bajé con las dos manos libres, y en el rellano del primero me paré a llamar a la coordinadora. Lo cogió al cuarto tono, con ruido de platos y de alguien que pedía más hielo.

—Dime rápido, que estoy con un arroz para doscientos.

—Los novios entran en el cóctel a las ocho y cuarto y se quedan. Sin fotos. El puesto de Ramón vuelve de ocho a nueve menos cuarto, si él lo confirma. El recargo me lo facturas a mí.

—¿A ti o a la novia?

—A mí.

—Te lo mando el lunes.

Colgó sin despedirse. Arriba crujió el escalón del segundo. Leo bajaba con una mano en la barandilla, y se paró dos escalones por encima de mí.

Desde el miércoles no nos habíamos dicho nada. Teníamos el rellano para los dos.

—Esta noche le pago a Ramón el ayudante —dijo—. ¿Una croqueta?