La boda de mi novio imaginario 24. Lo de Vera
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24. Lo de Vera

Lo de Vera

Las tres hojas estaban en la mesa grande, en fila, al lado de las mariposas.

Las había impreso a las siete de la mañana con la impresora nueva, que se atascó en la segunda.

Cada una tenía un título y debajo lo que suponía, en tres líneas: «Cinco minutos en la entrada», «La de familia, en otro momento» y «Ninguna».

A las ocho me había devuelto la llamada la coordinadora del catering. No me preguntó nada. Me dijo lo que costaba cambiar otra vez el servicio a nueve días de la boda, y yo lo apunté a mano al pie de las tres hojas, con la misma cifra en las tres.

Carla y Sergio llegaron a las ocho y media, antes de entrar a trabajar. Carla, con el pelo todavía mojado. Sergio, con un café para ella en un vaso de cartón. No se sentaron enseguida, y yo no esperé a que se sentaran.

—Me diste diez minutos —dije—. Quise esa foto y confirmé cuarenta sin decírtelo.

Carla soltó el bolso en la silla plegable. Sergio dejó el café al lado de la máquina de viento y se quedó mirándola, a la máquina, no al café.

—¿La foto la querías tú o la quería Noe? —preguntó Carla.

—Yo. Desde los dieciséis. Hay una igual pegada en mi cuaderno.

Carla asintió una vez.

Les enseñé las hojas una a una. La primera era la foto de familia en la entrada, cinco minutos, como había dicho Carla en el arco, y los novios, enseguida en el cóctel.

La segunda movía la de familia: a la salida de la iglesia, o más tarde, en la pista.

La tercera, ninguna. En ninguna de las tres había viento.

—Cualquiera de las tres lleva un recargo del catering por volver a mover el servicio, porque ya estamos a menos de quince días. Son trescientos cincuenta euros. Los pago yo, de mis honorarios. La máquina son ciento ochenta y no me los devuelven. También la pago yo.

—Vera... —dijo Carla.

—Y sigo con vuestra boda, si me dejáis, y sigo cobrando lo que firmamos.

Carla cogió las hojas y las golpeó contra la mesa para igualarlas, como hago yo con los contratos.

—El sábado lo decido en casa de mis padres —dijo—. Con todos.

—Vale.

—Y la próxima vez me lo dices a mí primero. Aunque sea para que te diga que no.

—Sí.

Sergio se había agachado delante de la máquina y estaba leyendo los números de la ruedecita.

—Cinco posiciones —dijo. Luego se dio cuenta de dónde estaba y se levantó, limpiándose las rodillas—. ¿Y Ramón?

—Voy esta tarde.

—Dile... —Lo pensó, con la boca un poco torcida, como cuando puntúa—. No, nada. Mejor no le digas nada de nuestra parte. Que no parezca que te mandamos.

Se fueron a las nueve menos diez. Carla se llevó las hojas dobladas en el bolso.

Pasé el día trabajando en lo que no se había roto, que era casi todo. Confirmé las flores de las mesas. Mandé el plano del aparcamiento a la empresa de los autobuses. El móvil lo dejé boca arriba encima de la mesa grande, que es donde no lo dejo nunca.

La persiana del bar de la plaza estaba a medio subir. Eran las siete menos cuarto. Me paré en la acera, con el bolso agarrado con las dos manos, delante de las mesas de fuera todavía apiladas. Luego me agaché y entré.

El reloj de la pared iba dos minutos adelantado. Ramón estaba detrás de la barra, rebozando.

—Está cerrado —dijo, sin mirarme.

—Ya lo sé. Soy Vera.

—Ya lo sé.

Siguió rebozando. Me acerqué a la barra.

—Vengo a pedirle perdón —dije—. El encargo era mío, está a mi nombre. El cambio de horario lo hice yo y no se lo dije a los novios. Tendría que habérselo dicho yo, en persona, antes que nadie.

Ramón terminó la bandeja. Dejó las dos últimas en su sitio, se limpió las manos en el delantal y me miró por primera vez.

—Ya tengo otra cosa esa tarde.

—Lo sé.

—Un cumpleaños. En Lardero. De siete a nueve. Me llamaron el martes después de comer, y después de comer yo ya no tenía boda.

—¿Y si pudiera volver a la finca?

—Solo no llego a las dos cosas —dijo—. Necesitaría un ayudante.

No dijo nada más del ayudante. Volvió a coger dos croquetas y las pasó por el huevo.

—Tú eres la del viaje de fin de curso —dijo—. Me lo contó Sergio. La que contaba a la gente en el autobús.

—Esa soy yo.

—Pues se te ha perdido uno.

No contesté.

Ramón se limpió otra vez las manos, sacó de debajo de la barra su libreta de tapas negras y la abrió por una página que yo conocía: mi nombre, copiado de mi tarjeta, y debajo «5-9», «20-20:45» y «freidora». No tachó nada. Escribió debajo, en mayúsculas, «AYUDANTE», y guardó la libreta donde estaba.

Luego siguió rebozando. Me fui sin que me dijera adiós. No lo esperaba.

Llamé a Noe desde la plaza, sentada en el banco de la fuente. Se lo conté entero: los diez minutos de Carla, el mirador, el viernes. No me interrumpió ni una vez, y Noe interrumpe siempre.

—¿Diez? —dijo al final.

—Diez.

—Me dijiste «rápido».

—Lo sé.

—Yo hice ese horario de buena fe, Vera. Con mi nombre. Ahora soy la fotógrafa que le robó el cóctel a la novia. —Se le quebró la voz, de rabia—. Y me quedo sin foto. Esa foto era mía también. La llevo pensando desde junio.

—Lo sé.

Se quedó callada. Oí el intermitente de su coche, y luego otro coche que pitaba.

—Y yo podía haber llamado a Carla —dijo, más despacio—. Una llamada. Me fié de ti y no la hice.

—Noe...

—No puedo seguir hablando.

Colgó. Me quedé en el banco con el móvil en la mano hasta que se encendieron las farolas de la plaza, una detrás de otra.

Por la noche, ya en casa, busqué la página del 10 de agosto. Luego volví a la de ayer y escribí en la siguiente.

Leo no había escrito en todo el día. Yo tampoco. A las once me llegó un mensaje de Carla: «Sábado a las doce, en casa de papá y mamá. Las hojas las llevo yo».