23. Lo que hizo el otro
Lo que hizo el otro
—Ramón me llamó a mí antes que a nadie, Leo, y ni siquiera se lo cogí.
Estábamos en el portal de Carla, debajo de una luz automática que se apagaba cada medio minuto y que había que encender otra vez con el codo. Habíamos bajado por la escalera, él delante, callado, y en el último tramo había empezado yo.
—Tú tenías un horario de cuarenta minutos —dijo Leo— y no me lo dijiste.
—No era tuyo.
—Era de mi hermana.
La luz se apagó. Le di al botón con el codo, más fuerte de lo necesario.
—Le cancelaste un proveedor a mi empresa por teléfono, sin una explicación. Ramón ha tenido que llamar a la novia para preguntar por qué. Es la primera boda que hago por mi cuenta.
—Pensé que estaba hablado.
—Siempre piensas que está hablado. Llevas desde julio contestando correos por tu hermana.
—Y tú dices que sí a todo y después lo escondes. —Se pasó la mano por el pelo y se le quedó un mechón de pie—. El viernes hablamos por teléfono. Me dijiste «Voy». Nada más.
No supe qué contestar a eso, y contesté a otra cosa.
—Y el martes, cuando llamaste a Ramón, tampoco me dijiste nada a mí. Me ves todos los días.
—Te vi el lunes. —Se calló un momento—. En el local, a mediodía. Y en la peña.
No tuvo que decir más. El lunes había sido el mejor día del verano, y yo no lo quise estropear con un horario.
Pasó una vecina con la bolsa de la basura y nos dio las buenas noches. Se las dimos los dos a la vez, con el mismo tono educado, y esperamos a que saliera a la calle.
—Ramón no se va a volver a fiar de mí —dije, más bajo—. Ni el catering. Para ellos soy la organizadora que no sabe lo que pasa en la boda que lleva.
—Yo le dije a Ramón que no fuera. Con mi voz. —Se señaló el pecho con dos dedos—. Y lo decidí con un horario que tú no le habías enseñado a nadie.
—Lo vio Noe.
—Noe no es mi hermana.
La luz se volvió a apagar. Esta vez la encendió él, por encima de mi hombro, y dejó la mano en la pared un segundo de más.
Estábamos muy cerca y muy enfadados, y aun así me di cuenta de que tenía una pestaña suelta en la mejilla, debajo del ojo izquierdo.
Estuve a punto de quitársela. No se la quité. Olía a la cafetera de Sergio.
—Mi hermana me ha dicho «Ahora no» —dijo—. Me dice que me calle, que no me entero, que me quite esa camisa, y después me escucha. Hoy ni me ha mirado.
Abrió la boca para añadir algo, una cuenta, una cifra, lo que fuera, y la volvió a cerrar.
—A mí me ha hablado —dije—. Quiere que mañana le diga qué se puede hacer.
—Eso es peor.
—Ya lo sé.
—Ramón tenía mi nombre en su libreta —seguí—. El mío. No el tuyo ni el de tu hermana.
—Y mi hermana tenía diez minutos en la cabeza. Diez. —Levantó las dos manos con los dedos abiertos, como para enseñarme cuánto son diez—. Y tú sabías que eran cuarenta, y yo no.
—Tú tampoco me preguntaste.
—No.
No supe por dónde seguir. Él tampoco. Nos quedamos los dos delante de los buzones.
—Cuarenta minutos, Vera —dijo al final—. Para una foto.
—Y tú has cancelado un nueve coma cinco.
Lo dije y lo oí a la vez. A Leo se le movió la comisura de la boca, y a mí también, y los dos lo paramos a tiempo.
La luz se apagó. Esta vez no le dio nadie.
—Me voy andando —dijo él.
—Yo tengo el coche ahí.
Se fue calle arriba. Yo me fui calle abajo, hacia el coche, y no me volví.
En el coche dejé las manos en el volante y no arranqué hasta que se apagó la pantalla del móvil, que tenía en el regazo esperando algo que no llegó.
En casa busqué la primera hoja libre del cuaderno y escribí la fecha.