La boda de mi novio imaginario 22. La llamada del bar
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22. La llamada del bar

La llamada del bar

—¿Por qué le habéis cancelado las croquetas a Ramón?

Era Carla, a las nueve y media de la mañana, sin buenos días. Se oía una oficina detrás: teclados, un teléfono que nadie cogía y alguien que pedía un cargador.

—Nadie ha cancelado nada —dije.

—Ramón dice que sí. Me acaba de llamar. Que ayer le dijeron por teléfono que ya no fuera a la finca, así, sin más, y que él lleva treinta años en la freidora y quiere saber por qué.

—¿Quién se lo dijo?

—No me lo ha dicho. Me ha dicho «uno de los vuestros».

Me aparté el móvil de la oreja. En la pantalla había una llamada perdida de las nueve y doce, de un fijo que no tenía guardado.

—Esta tarde, a las siete, en casa —dijo Carla—. Tú y mi hermano. A él ya le he escrito.

Colgó antes de que le dijera que sí.

Llamé al fijo. Sonó en un bar vacío hasta que se cortó solo.

Llamé al catering y me dijeron que la coordinadora estaba en una prueba de menú hasta la tarde, que le dejaban el recado.

Le escribí a Leo: «¿Sabes algo de lo de Ramón?

». Tardó una hora en contestar. Dos veces vi que estaba escribiendo, y las dos lo dejó. Al final contestó:

«Fui yo. Esta tarde te lo explico, delante de Carla».

Lo leí tres veces. Me acordé de la peña, de la tuba afinando, de Leo de espaldas junto a la puerta de la calle. No había sido ninguna fiesta de septiembre.

Me pasé la mañana haciendo cosas que podían esperar. Puse en fila mariposas que ya estaban en fila. Debajo de una apareció el pinganillo del lunes, con el cable hecho un ovillo, y lo guardé en su caja. Cada vez que sonaba el móvil, lo cogía antes del segundo tono, y nunca era nadie de la boda.

Por la tarde imprimí todo lo del cóctel, como hago antes de cualquier reunión con clientes, y lo metí en el bolso, al lado del cuaderno.

Carla y Sergio vivían en un tercero nuevo, en una calle de las afueras con los árboles todavía atados a sus palos. Aparqué a las siete menos cinco. Cuando llegué al portal, Leo estaba allí, buscando el piso en el telefonillo, con la camisa por fuera y el lápiz detrás de la oreja.

—Hola —le dije.

—Hola.

Era la primera vez desde el lunes. En la peña me había apoyado la mano en la espalda delante de toda la charanga. Ahora llamó al tercero y se apartó para dejarme pasar primero, como se deja pasar a una vecina.

El ascensor era de los nuevos, pequeño, con espejo. Nos quedamos cada uno en una esquina, que en aquel ascensor quería decir a un palmo. En el espejo se nos veía a los dos mirando la puerta.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Arriba. Una vez, y delante de mi hermana.

Llegamos al tercero. Ninguno se movió hasta que se abrió la puerta, y entonces nos movimos los dos a la vez y nos dimos con el hombro.

Nos abrió Sergio, con un trapo de cocina al hombro, y nos llevó por un pasillo lleno de cajas de regalos sin abrir.

—Carla está terminando una llamada —dijo—. ¿Queréis un café? Tenemos cafetera nueva. Muele el grano en el momento, pero solo si la tapa está bien cerrada, porque si no, no muele, y no avisa. Simplemente no muele.

—No, gracias —dije.

—Yo sí —dijo Leo.

—Te lo digo por si un día la usas —me dijo Sergio a mí, y se fue a la cocina con Leo detrás.

Me quedé sola en el salón. Encima de la mesa estaba la libreta azul de las croquetas, la de la goma floja, que alguien había dejado allí o que nadie había querido guardar.

Leo volvió con su café y esperó de pie. Carla salió del dormitorio guardándose el móvil en el bolsillo y se sentó. Sergio se sentó a su lado. Leo dejó el café sin probarlo y se sentó enfrente, con una silla vacía entre él y yo.

—Ramón ya ha cogido otra cosa para esa tarde —dijo Carla—. Quiero saber quién le dijo que no fuera.

—Yo —dijo Leo.

Lo dijo enseguida. Luego apoyó las manos en la mesa, abiertas, separadas, como si fuera a poner en orden algo que estaba encima.

—El lunes me escribió el catering y después me llamó. Que entrabais en el cóctel a las nueve menos cinco y que el puesto de Ramón cerraba a las nueve menos cuarto. Que si daban el puesto por cancelado. Les dije que sí. El martes por la mañana llamé a Ramón y se lo dije.

—¿Por qué? —preguntó Carla.

—Porque pensé que lo habíais hablado.

—¿Qué nueve menos cinco? —dijo Carla—. Eso no es lo que hablamos.

—El catering tiene otro horario —dijo Leo.

—¿Qué horario?

Nadie contestó. Carla alargó la mano hacia mí, con la palma hacia arriba.

—Enséñamelo.

Saqué las hojas del bolso y se las di. Leyó la primera línea en voz alta:

—«Como me pediste».

Siguió leyendo para ella. Sergio leía a su lado, con la cabeza ladeada. Carla pasó a la segunda hoja, la de mi correo del viernes, y se quedó ahí.

—¿Esto lo confirmaste tú?

—Sí. El viernes.

—Te dije diez minutos.

—Lo sé.

—Esto son cuarenta.

Leo se volvió hacia mí. Después cogió el lápiz de detrás de la oreja y lo dejó en la mesa, muy recto, al lado de la libreta azul, y ya no hizo nada más con las manos.

—Carla... —empezó.

—Ahora no, Leo —dijo, con los ojos en las hojas.

Carla no gritó. Dejó las dos hojas en la mesa, una al lado de la otra, y las alisó con la mano.

—Carla, si vieras el mirador a esa hora... —dije.

—No quiero verlo.

—Noe lo calculó con el paseo, con el montaje y con...

Me callé. Noe había calculado lo que yo le había pedido.

Sergio no había dicho nada desde la cafetera. Puso un dedo encima de la libreta y la acercó un poco hacia él. La abrió por la primera hoja y la volvió a cerrar.

—Las croquetas eran lo único de la boda que sentíamos nuestro —dijo, muy bajo.

Nadie supo qué contestar. A Sergio se le subió el color desde el cuello hasta las orejas.

—Perdón —dijo—. Me estoy poniendo así por unas croquetas. Es que tenían un nueve coma cinco.

Carla le cogió la mano por debajo de la mesa sin mirarlo.

Saqué el cuaderno del bolso y lo abrí en la mesa, junto a las hojas.

—Carla, a la foto al viento me dijiste que sí. Con máquina. Lo apunté ese mismo día. Lo tengo aquí.

Pasé 2006 deprisa, sin mirar, hasta las notas de este verano. Antes de la del 10 de agosto me encontré mi propia letra, con el boli de gel morado, subrayada dos veces, la segunda apretando más:

Se me quedó el dedo encima, en la página de junio. No pasé la hoja. Nadie más la leyó.

Cerré el cuaderno.

—No —dije—. No tengo nada que enseñarte.

Carla alisó otra vez las dos hojas. Luego se levantó, juntó las hojas y me las devolvió.

—Mañana me dices qué se puede hacer.