La boda de mi novio imaginario 21. La semana buena
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21. La semana buena

La semana buena

Carla bailaba por la tienda con su vestido de novia, y la chica de la tienda le ponía desde el móvil, muy alta, una canción que Carla se sabía entera.

Daba vueltas entre los percheros y los maniquíes, con las manos en alto, y la falda se le abría lo justo para enseñar unos zapatos planos de color hueso.

Cada vez que pasaba por delante del espejo grande se miraba sin pararse.

—Quieta un segundo —le decía la modista, con la boca llena de alfileres.

—Es que no puedo.

Era el sábado a las once de la mañana, la última prueba. Yo estaba sentada en un puf de terciopelo con la agenda en las rodillas, y no apuntaba nada. Carla se movía dentro del vestido como en su propia casa.

—Vera, mira —dijo—. Mira lo que hace.

Dio una vuelta entera y la falda subió y bajó.

—Lo veo.

—Toda la noche —dijo Carla—. Hasta las cuatro.

Me levanté a mirar el bajo. En el jardín de la finca había césped, y el encargado lo regaba por la tarde.

—Con este largo, a las doce lo llevas verde.

—Pues verde.

La modista me buscó con los ojos, porque las modistas siempre buscan a la que lleva la agenda. Le pedí un centímetro. Carla lo pensó, con los brazos todavía arriba.

—Medio.

—Medio.

La modista lo marcó con un alfiler y Carla aprovechó para dar otra vuelta, más pequeña, para no pincharse.

—Yo llego al cóctel —dijo, mirándose en el espejo— y me voy derecha a las croquetas de Ramón. Con el vestido. Con un hambre de tres días. Sergio dice que la primera es para él, pero Sergio no ha visto este vestido.

Me agaché otra vez junto al bajo. Estaba bien. La modista ya lo había marcado.

A la una, en el local, firmó Lucía, mi segunda clienta. Cuando se fue, le hice una foto al contrato encima de la mesa, al lado de las mariposas.

El domingo por la tarde Leo y yo subimos por fin el descapotable a la finca, desde la iglesia, por la carretera que iban a hacer los autobuses.

Conduje yo hasta la mitad. Las cuestas las hizo él, que con ese coche se hacía el entendido.

En la última olió a caliente y la aguja del salpicadero se fue a donde quiso, como siempre, pero llegamos.

Veintiséis minutos, seis más que con un coche de ahora.

Lo aparcamos debajo del arco, rojo contra la piedra, y el encargado salió de la bodega a mirarlo con las manos en los bolsillos.

—Ese sí pasa —dijo.

Lo dimos por bueno.

Al dejar el descapotable en la cochera del padre de Rubén, Leo abrió el maletero de su coche y sacó dos sillas plegables de playa, de rayas azules, con las bisagras oxidadas.

—Esta noche hay cine de verano en el parque del río —dijo—. A las diez y media.

—¿Y las sillas?

—Las de allí cojean. Voy con las mías. Todos los veranos, a la tercera fila.

—¿Solo?

—Con las sillas.

—¿Y qué echan?

Lo buscó en el móvil.

—«El diario de Noa».

Era la de la tapa del cuaderno. La del beso bajo la lluvia, la que Carla había visto a los doce años con su madre y un Cola Cao. Yo la había visto catorce veces, dos en el mismo fin de semana.

—¿La has visto? —preguntó.

—Alguna vez —dije—. ¿Y tú?

—No. Yo voy a lo que echen.

Me puse el vestido rosa de tirantes y metí en el bolso un paquete de pañuelos, porque con esa película lloro siempre en el mismo sitio y no pensaba hacerlo con la manga.

El cine era una pantalla hinchable contra la tapia de un colegio y cien sillas de plástico en filas, sobre la hierba.

Olía a césped regado y a las palomitas de un carrito.

Leo compró una bolsa y se fue derecho a su fila, retiró dos de las de plástico, las apiló contra un árbol y abrió las suyas en el hueco.

Un señor de la cuarta fila lo vio hacer.

—Todos los años igual —dijo.

—Todos los años —le contestó Leo.

Se apagaron las farolas del parque y empezó.

A los diez minutos ya le estaba contando a Leo lo que iba a pasar. No era con mala intención. Me salía solo.

—Ahora se cuelga de la noria —le dije al oído.

—Chis.

Se colgó de la noria. Más adelante le avisé de la carta, y del lago, y de los cisnes.

—Chis —dijo Leo.

—Chis —dijo el señor de detrás.

Me eché hacia atrás en la silla de rayas, que crujió, y me crucé de brazos. Con la madre de ella fui a decir algo y los dos, Leo y el señor, se volvieron hacia mí antes de que abriera la boca. La cerré. Me comí las palomitas de Leo para tenerla ocupada.

Hacia la mitad, el móvil me vibró en el bolso. Lo saqué, vi la pantalla y lo puse boca abajo encima de la rodilla. Leo no apartó los ojos de la película.

Llegó la lluvia. La del recorte: el lago, la ropa empapada, el beso que yo había pegado en la tapa con celo a los dieciséis. Saqué los pañuelos.

A mi lado, a Leo le caían las lágrimas y no hacía nada por pararlas.

Tenía los brazos cruzados y la mandíbula muy seria, como un niño que ha decidido no llorar cuando ya está llorando.

Le puse el paquete en la rodilla. Lo abrió sin mirarme, sacó uno y se sonó con un ruido que hizo volverse a media fila.

Cuando volví a la pantalla, ya se habían besado. Quince veces viéndola, y era la primera que me lo perdía.

Con el final, el de los viejos, se gastó tres más.

Se encendieron las farolas. La gente plegó lo suyo y se fue hablando. Al pasar, el señor le dio a Leo una palmada en el hombro, como en un entierro. Leo no se levantó. Yo tampoco.

—Es malísima —dijo él, con la voz todavía tomada.

—¿Malísima?

—Malísima. Y lloro con todas.

—No es malísima. Es preciosa.

—Llueve como si les fuera la vida en ello.

—Es que les va.

—¿Has llorado tú?

—No.

Se volvió hacia mí, con la nariz roja.

—¿Y eso?

No supe qué contestarle. Al fondo, el de la máquina desenchufó el motor y la pantalla empezó a desinflarse. Esperamos a que fuera una lona en la hierba. Nadie nos echó.

Volvimos andando por el río, cada uno con su silla de rayas debajo del brazo, discutiendo si era mala.

Él decía que nadie arregla una casa entera por si vuelve una chica.

Yo me callé lo de mis planos de 2006. Al llegar a mi puente seguí andando hacia el suyo.

No me pillaba de camino, y él no me lo dijo.

El lunes, a primera hora, el padre de Rubén me mandó una foto del descapotable con el capó abierto y un mensaje: «Revisado. Arranca hasta en enero».

El lunes a las dos Leo dio dos golpes en la persiana, que yo había bajado hasta la mitad por el sol, y pasó por debajo agachado, con dos ensaladas de la cafetería de al lado en una bolsa. Las ensaladas acabaron en la estantería, sin salir de la bolsa. A las dos y media yo tenía una llamada.

—Tenemos media hora —dije.

—Veintiocho minutos.

Bajé la persiana del todo. Me senté en el borde de la mesa grande, encima de la agenda, y Leo apartó las mariposas hacia la otra punta con el antebrazo, en bloque, para no perder ninguna de las ciento veintiocho.

Le dije que no había tiempo para tantos miramientos.

Me contestó que había tiempo para todo si se organizaba bien, y me reí.

No esperó a que terminara.

Tenía la boca en mi rodilla y luego más arriba, y yo me agarraba a la mesa, que contestaba a cada movimiento con un crujido de mueble barato. Cuando tiré de él hacia arriba y lo tuve dentro, se me escapó la voz.

—No hagas ruido —le dije—, que la cafetería tiene la terraza pegada al escaparate.

Me tapó la boca con la mano y fui yo la que hizo ruido contra su mano. Se rio contra mi cuello sin dejar de moverse, y eso fue lo que terminó de llevarme.

A las dos y veinticinco yo tenía la agenda abierta debajo de mí, con las hojas arrugadas, y la camisa de Leo estaba en el suelo, al lado del cojín verde.

Me vestí corriendo. Leo, con la camisa a medio abrochar, se puso a devolver las mariposas a sus filas, una a una, mientras yo buscaba el otro zapato. Le tiré una servilleta a la cabeza.

El pinganillo se quedó encima de la mesa, entre las mariposas, con el cable enrollado. Me acordé de él por la noche.

El lunes por la tarde la peña olía a lejía y a la cerveza del sábado, y hacía el mismo calor que en el piso de Leo, pero con más gente.

Los lunes no ensayaban. Aquel ensayo era extra, para las piezas de la boda, y habían sacado las sillas de plástico de la mesa larga y las habían puesto en semicírculo, delante del corcho con los turnos de fregar.

Eran nueve, con Leo. Rubén me recibió en la puerta, con la trompeta debajo del brazo.

—El director está en la playa —me dijo—. Hoy manda Leo.

Carla había venido a oír su pasacalles. Se sentó a mi lado, en una silla de plástico, con las piernas cruzadas y el pie marcando el ritmo antes de que empezaran.

Leo no dirigía como en las películas. No movía los brazos.

Se ponía delante, con el trombón apoyado en el hombro, y contaba con la mano libre, con los dedos, uno, dos, tres, cuatro, y después del cuatro entraban todos.

Si algo no le gustaba, levantaba un dedo y paraban.

Si le gustaba, no decía nada y seguía. El del bombo, que tendría sesenta años, le obedecía como a un sargento.

Lo había visto tocar en una plaza llena y lo había visto doblar mariposas fatal en el suelo de mi local.

Aquello era una tercera manera de moverse, y no sabía que la tuviera.

Tocaron el pasacalles dos veces. Carla lo bailó sentada las dos veces.

Luego se quedaron cuatro, Leo, Rubén, el del saxo y el de la tuba, y los demás se fueron hacia la nevera.

—La de las cuatro menos diez —dijo Leo, sin mirarme.

La reconocí en el segundo compás. En 2006 había tenido esa canción en el Messenger una tarde entera, esperando a que alguien la oyera, y la había oído tantas veces en el cuarto de mi casa, con los cascos y la puerta cerrada, que me sabía los silencios.

En la peña no tenía letra. Tenía un trombón, una trompeta, un saxo y una tuba que hacía de suelo.

El estribillo, al volver, entró antes, como había dicho Leo.

Aun así me pilló. No me moví de la silla de plástico.

Carla había dejado de mover el pie. Por la ventana de la calle se veía pasar a la gente, y nadie se paró, y a mí me pareció increíble que nadie se parara.

En el último estribillo Leo bajó el trombón y lo llevó Rubén, con el saxo y la tuba debajo. Se le notaba el miedo en los hombros. La nota de arriba le salió por los pelos, un poco baja, y Rubén paró en seco.

—Perdón.

—Otra vez desde el treinta y dos —dijo Leo.

Lo repitieron. Le salió un poco mejor. No entendí por qué aquel estribillo era de Rubén, que sudaba solo de pensarlo, y no de Leo, que la había arreglado. Lo apunté en la lista de las cosas que le iba a preguntar algún día.

En la pausa, Leo vino hacia nosotras con el trombón todavía en una mano. Me apoyó la otra, abierta, entre los omóplatos, delante de toda la charanga, y me preguntó qué me había parecido.

—¿QUÉ? —dijo Carla.

Se había puesto de pie. Miraba la mano de su hermano en mi espalda.

—Carla —dijo Leo.

—¡Lo sabía! ¡Desde el codazo! ¡Lo sabía desde el codazo!

—Yo, desde antes del codazo —le dije—. Bastante antes.

Carla se llevó las dos manos a la cara. Rubén, desde la nevera, se llevó la trompeta a la boca y tocó una diana.

El del bombo le dio dos golpes. Carla gritó por encima de los dos, con los brazos arriba como en la tienda, y me abrazó a mí, y abrazó a Leo, y nos abrazó a los dos juntos, y le dio un beso a Rubén, que no tenía nada que ver.

—¡Mi hermano! —le decía a toda la peña—. ¡Con mi organizadora!

—Carla, por favor —dijo Leo, que estaba rojo hasta las orejas y no me había quitado la mano de la espalda.

—¡Se lo cuento a mamá ahora mismo!

—Carla.

—¡Es broma! —Se sentó. Se volvió a levantar—. No es broma.

Le duró la fiesta hasta que la tuba empezó a afinar y ella se fue a contarle a Rubén lo que Rubén acababa de ver.

Leo seguía a mi lado.

—No me has dicho qué te ha parecido.

—Que me ha pillado el estribillo —le dije—. Y eso que me avisaste.

Entonces le sonó el móvil. Se apartó hacia la puerta de la calle, tapándose el otro oído, y me dio la espalda. La tuba seguía afinando. Cuando la tuba paró, le oí:

—Cancelado, sí.

Supuse que a la charanga se le había caído alguna fiesta de septiembre.