La boda de mi novio imaginario 20. El horario definitivo
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20. El horario definitivo

El horario definitivo

Me muero de ganas. N.

El correo de Noe llegó el miércoles a las diez y cuarto de la mañana. Lo leí de pie, con la persiana subida hasta la mitad y el primer café en la mano, y después me senté y lo volví a leer desde arriba. «Como me pediste».

Abrí el chat de Carla. Su foto de perfil era de la tienda del vestido, en mitad de una vuelta, borrosa de tanto moverse. Escribí:

«Carla, una cosa de las fotos del cóctel. Noe ha hecho el horario y, con el paseo al mirador, que es donde está la luz buena, se alarga bastante. Sé que dijimos cinco y cinco, pero si vieras el sitio a esa hora...».

Lo borré.

«Carla, ¿tienes un rato? Es por las fotos del cóctel. Hay un cambio».

Lo borré.

«Carla, ¿hablamos?».

Lo borré también. Se quedó el cursor parpadeando debajo de Carla bailando.

Llamé al catering.

—Te repaso el cóctel —le dije a la coordinadora, que tenía la voz de quien lleva una semana entera de bodas de septiembre.

Yo tenía la de las mañanas buenas. Se lo repasé sin dejarle meter baza: ciento ochenta, mesas altas a la sombra cerca de la entrada para la abuela de Carla, agua fría desde el primer minuto, porque en septiembre a las ocho todavía pica el sol, y nada de bandejas por la grava, que se tropiezan los camareros.

A todo me dijo que sí. Entonces, sin cambiar de tono, como quien añade una cosa más a la lista:

—Y si los novios entraran más tarde al cóctel, ¿a vosotros qué os supone?

—Nada, si me lo confirmas el viernes. Montamos el pase con tu hora. —Se oyó pasar una hoja—. Después del viernes ya estamos a menos de quince días, y ahí cualquier cambio de servicio lleva recargo.

—¿Cuánto?

—Depende del cambio. Pero lleva.

—¿Y si no cambia nada?

—Pues el viernes me confirmas lo que hay y en paz.

Le di las gracias con mi voz de hotel y colgué.

Luego abrí en el móvil la hora de la puesta de sol.

El 5 de septiembre el sol se seguía poniendo a las 20:37.

Le quité cinco minutos a la familia y me dije que se los comía la espera, porque la luz no llegaba hasta las ocho y media.

A los quince del mirador no les quité ninguno.

Leo llegó a la una con dos bocadillos envueltos en papel de aluminio y una carpeta debajo del brazo. Bajé la tapa del portátil antes de que dejara los bocadillos en la mesa.

—La tengo —dijo.

Era el arreglo. Me lo contó de pie, con los bocadillos todavía envueltos, y me gustó tanto cómo lo contaba que me olvidé de comer.

No dijo que había quedado bonita. Dijo que la había bajado un tono para que Rubén llegara arriba sin sufrir, que la había dejado en cuatro voces porque en la última pieza solo tocaban cuatro, que había quitado un compás de la entrada porque sobraba y que el estribillo, la segunda vez, entraba un tiempo antes, «para que no te lo esperes».

Contaba los compases con los dedos encima de la carpeta, sin darse cuenta.

Hablaba más deprisa que de costumbre. En las fiestas, cuando arrancaba la charanga, había tenido la misma cara.

—Pareces otro —le dije.

—Es que suena. —Se rio de sí mismo—. Bueno. Va a sonar.

Se sentó por fin y me pasó mi bocadillo.

—¿Y tú? ¿Qué tal la mañana?

—Bien —dije—. Autobuses, catering. Lo de siempre.

Desenvolví el bocadillo. El portátil seguía cerrado entre los dos, con el correo dentro.

Cuando se fue, cogí el coche y subí a la finca. Allí no se me había perdido nada.

Subí al mirador por el camino de las viñas. La uva estaba a medio pintar, verde y morada en el mismo racimo. Me senté en el banco de piedra y esperé a que el sol bajara a la altura que iba a tener el día 5, que aquella tarde era casi a las nueve.

Cuando llegó, me levanté. La luz entró de lado por encima de las cepas, como la había visto en mi cabeza, y todo lo que tocaba se volvió del color de las fotos que yo recortaba a los dieciséis: la barandilla, mis brazos, la piedra del banco.

Me apoyé en la barandilla de perfil y levanté la barbilla, igual que entonces delante del ventilador del salón.

No había nadie para verme. Hice una foto del valle con el móvil. Salió preciosa. No se la mandé a nadie.

Bajé con la última luz.

El viernes llegué al local antes de las nueve. El catering cerraba a las dos.

Subí la persiana y aparté la carpeta del local, la del contrato de alquiler, para dejar el portátil en la mesa.

Abrí la nota «Fotos web» en el móvil. Quedaba un punto, el que me había dejado Noe en junio: «La mesa antes de que se siente nadie». Debajo escribí: «Novia al viento. Mirador. 20:30». Lo dejé escrito.

Antes de que me diera tiempo a nada más, me llegó un audio de Carla, con ruido de oficina detrás:

—¡Mañana prueba! Aviso: pienso bailar.

Le contesté por escrito, «Allí estaré», y un corazón, y no le escribí nada más.

Después escribí el correo a la coordinadora, con copia a Noe. Me salió de un tirón, con mi letra de contrato, aunque fuera en un teclado: «Confirmo el horario del cóctel. Los novios entran a las 20:55. Gracias».

Lo leí una vez. Le dije que sí a la pantalla, en voz baja, como se lo decía a las novias, y le di a enviar.

Luego busqué en el cuaderno la nota del miércoles. Para llegar a ella pasé por delante del recorte del velo, el de la purpurina, y no me paré. Escribí al lado con el boli de la agenda, que es azul.

Cerré el cuaderno. A las diez me llamó Leo.

—El lunes ensayamos las de la boda —dijo—. En la peña, a las seis y media. ¿Vienes?

—Voy.