19. Equipo
Equipo
A las ocho de la mañana el piso de Leo ya estaba a treinta y uno.
Me desperté con el ventilador en la cara y los pies en la almohada, porque habíamos dormido como dormía él, al revés, con la cabeza donde llegaba el aire.
Por la persiana entraba una luz blanca que no parecía de las ocho, y abajo alguien arrastraba las sillas de una terraza.
Leo no estaba. En su sitio quedaba una hoja de papel pautado, arrugada, que se habría llevado por delante al dormir.
Me senté en la cama. El dormitorio era pequeño y estaba lleno de música.
Había partituras en la silla, en el alféizar y en el suelo, sujetas con lo que hubiera a mano: una grapadora, un vaso, una lata de atún sin abrir.
En la mesilla, con las llaves y unas monedas, estaba la boquilla del trombón, plateada, con el borde gastado.
La cogí. Pesaba más de lo que parecía y tenía el tamaño exacto de la marca que le dejaba en el labio.
La devolví a su sitio, al lado de las llaves.
En el estante de encima de la cama, entre libros del instituto, había una carpeta azul, gorda, cerrada con una goma, con «Arreglos» escrito en el lomo. No la abrí. Me costó.
Leo volvió con el pelo mojado y un vaso de agua fría para mí.
—Te llaman a las nueve —dijo.
—A las nueve y cuarto.
Dejó el vaso en la mesilla, al lado de la boquilla, y esperó de pie a ver qué hacía yo. Llevaba una camiseta de unas jornadas deportivas del instituto y nada más.
—Ven —le dije.
Vino. Iba a tumbarse por la izquierda.
—Por ahí no, que me tapas el ventilador.
Dio la vuelta a la cama y se tumbó donde le había dicho, con cuidado de no quitarme el aire.
—Quítate eso.
Se quitó la camiseta, la dobló en cuatro y la dejó en la silla, encima de una partitura. Me eché a reír. Él no: estaba esperando la siguiente.
Le di las siguientes una a una, en voz baja, con el tono que pongo en las bodas cuando hablo por el pinganillo y nadie sabe que estoy hablando. Ahí. Más despacio. Ahí no, ahí. Las cumplía todas, exactas, y con cada una se le notaba más lo bien que se lo estaba pasando.
—Si haces bien los pasos... —dije, con la boca en su hombro.
—Salen.
Luego se me olvidó cómo se daban instrucciones.
El ventilador iba y venía por encima de nosotros, y Leo empezó a moverse con él, como con un metrónomo.
Se lo consentí un par de vueltas. Después le agarré de la nuca y le cambié el paso, y también lo siguió, y el ventilador se quedó solo, sin nadie que le hiciera caso.
Un cuarto de hora después estaba en su cocina, vestida otra vez, sentada en el único taburete.
Leo me había hecho sitio en la mesa empujando las partituras contra la pared, en un montón que se sostenía de milagro, y me había dejado el taburete sin preguntar.
Abrí la agenda rosa donde antes estaba el papel pautado.
La de la empresa de autobuses fue puntual y empezó por lo bueno: tenía apuntados los tres de treinta y cinco y daban la vuelta en el aparcamiento de abajo. Luego carraspeó.
—El de las cuatro te lo tengo que pasar a madrugada con espera.
—¿Y eso qué es?
—El doble.
Leo, que estaba fregando de espaldas a mí, cerró el grifo.
—Es el mismo autobús que me cobras a la ida —dije.
—Por eso. Llega a la finca a las ocho y no se mueve hasta las cuatro. Son ocho horas de conductor parado y luego carretera de noche. No lo pongo yo, Vera. Lo pone el convenio.
Probé con la boda entera contratada con ellos, con los tres autobuses y con que septiembre ya no era temporada alta. Me dijo que no tres veces con la misma voz. Tenía la paciencia de quien ha dicho que no a muchas novias y a todas sus madres.
—¿Quién lo conduce? —pregunté. En el hotel aprendí que, cuando un proveedor no cede, hay que hablar con el que hace el trabajo.
—Félix, que es el que hace las noches.
Leo se volvió con un vaso en una mano y el trapo en la otra.
—¿Grande, con coleta?
Se lo pregunté. Era grande y llevaba coleta.
—Es el del bombo —me dijo Leo en un susurro—. De la competencia. Nos pisamos en San Mateo todos los años.
Le dije a la de la empresa que la llamaba en diez minutos. Leo ya estaba buscando el número. Antes de que lo encontrara, el móvil le vibró en la mano. Desde el taburete leí la pantalla: «Director». Era la misma palabra que le había salido en la pantalla en julio, el día del descapotable.
Leo dejó que vibrara. Le dio la vuelta encima del trapo, esperó a que se callara y lo volvió a coger.
—A ver si Félix me lo coge a mí —dijo.
Casi todo lo de la boda me lo enseñaba con la pantalla hacia mí. Aquello lo tapó, y lo dejé estar.
Félix lo cogió al segundo tono.
—¡Trombón!
—Bombo.
Hablaron un minuto de unas fiestas en las que uno de los dos se había quedado sin voz y el otro sin baquetas. Después Leo le contó lo del autobús. Lo puso en altavoz.
—Ocho horas en una bodega —dijo Félix—. Oyéndoos tocar.
—Tocamos bien.
—Tocáis mucho.
Le quité el móvil a Leo de la mano.
—Félix, soy Vera, la que organiza la boda. ¿Tú qué prefieres, esperar o dormir?
—Hombre.
—Pues no esperes. Llevas a la gente a las ocho, te vuelves a Logroño, cenas en tu casa, duermes un rato y a las tres y media estás otra vez en la finca. A las cuatro los subes, a las cuatro y media estás en la iglesia y a las cinco en tu cama.
Félix tardó en contestar. Al fondo se oía una tele.
—Eso es un servicio de ida y otro de madrugada —dijo—. Sin espera.
—Eso es.
—Eso la jefa lo cobra de otra manera.
—Por eso te llamo a ti antes que a ella.
—Si se lo pones así, yo vuelvo. Mejor dormir que oír a este.
Leo levantó el trapo, ofendido.
Volví a llamar a la empresa. Le conté a la de las reservas que ya lo había hablado con Félix y le pedí dos servicios en lugar de uno: la ida a las siete y media y una vuelta de madrugada, con su plus y sin una sola hora de espera. Tecleó mucho rato.
—Así sí —dijo—. Sin la espera, el de las cuatro se queda en tarifa normal con el plus de noche. Te lo mando por escrito.
—Mándamelo hoy.
—Hoy.
Colgué. Leo había dejado de fregar. Se secó las manos en el trapo y tarareó tres notas, las de cuando hace cuentas.
—Félix va a cenar en su casa —dijo—. Le has arreglado la noche.
—Y tú le debes una a la competencia.
—Le debo una al bombo.
Bajó a por pan. Mientras tanto, abrí el cuaderno en la mesa de la cocina, entre el papel pautado, y escribí la página entera.
Salí de su portal a las diez y veinte, con el vestido de ayer, que tenía la cremallera bien subida y todas las arrugas de la noche.
Hasta el local eran diez minutos. Los hice por la sombra y por las calles de atrás, con la sensación de que todo Logroño sabía a qué hora abría una tienda de bodas y que la mía iba tarde.
Noe y Bea estaban en la puerta. Habíamos quedado a las diez y media para hablar de las fotos, y Bea venía porque estaba de vacaciones y decía que no tenía nada mejor. Noe estaba sentada en el escalón, con la bolsa de la cámara entre los pies. Bea, de pie a la sombra, con gafas de sol.
El jueves por la tarde les había mandado al grupo una foto en el espejo del local, con aquel vestido, para preguntarles si era demasiado para doblar papel. Bea había contestado «Sí». Noe, con tres corazones.
Bea se bajó las gafas.
—Es el de la foto —dijo.
Noe se levantó del escalón de un salto.
—¡No!
—Las arrugas son de anoche —dije, y subí la persiana.
—¿Con Leo? —preguntó Noe.
—Noe —dijo Bea.
Dentro estaba todo como lo habíamos dejado.
Las mariposas por el suelo, contra el escaparate, debajo de la mesa grande y encima de los cojines.
El tul, hecho un ovillo junto al extintor.
El cojín verde, aplastado en mitad de la zona de clientes.
La máquina de viento seguía mirando a la estantería, castigada.
Bea se quedó en la puerta.
—Doblar papel —dijo.
Noe ya estaba de rodillas delante de la máquina. La acarició por encima de la rejilla, como a un perro bueno.
—¡La máquina! ¿La habéis probado?
Bea miró el suelo.
—Bastante.
Noe leyó los números de la ruedecita con la nariz casi pegada.
—¿En cuál la pusisteis?
—En la tres.
Silbó.
—En la boda, en la dos —dijo—. En la dos le mueve el vestido y no la despeina.
—Esta no despeina. Me lo juró el chico del almacén.
Bea se agachó, cogió una mariposa del suelo, la miró por los dos lados y la puso de pie en la mesa. Luego cogió otra, y otra.
Noe se sentó en el suelo con la espalda contra la estantería, al lado de la máquina, y sacó el móvil.
—Vale. ¿Dónde la quieres?
Recogí el tul del suelo y lo fui doblando mientras hablaba.
—Familia en la entrada. Y viento en el mirador, con la luz de las ocho y media. Rápido.
—¿Qué mirador?
—Uno que hay encima de la finca, a cinco minutos del arco. Una barandilla de hierro y todo el valle detrás. Viñas hasta el río.
Noe cerró los ojos con el móvil en la mano, viendo algo que yo ya había visto.
—En septiembre, a esa hora —dijo, sin abrirlos—, eso es oro.
Lo apuntó con los pulgares, muy deprisa.
Bea había terminado. En la mesa grande, de pie y en filas, había un ejército blanco. Aparte, en una esquina, quedaba un montoncito de mariposas aplastadas, con las alas abiertas y lisas.
—Ciento veintiocho buenas —dijo—. Quince planchadas.
Noe se colgó la bolsa y en la puerta se volvió.
—La semana que viene te mando el horario.