La boda de mi novio imaginario 18. La máquina de viento
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18. La máquina de viento

La máquina de viento

Con la ruedecita en la tres y de cara a la estantería, la máquina me tiró al suelo todas las muestras de servilletas y volcó el cojín verde.

El chico del almacén me había jurado por la mañana que era la pequeña.

«Para interiores», había dicho, dándole una palmada en el lomo.

«Esta no despeina». Pesaba lo que una maleta de dos semanas y tenía una rejilla negra del tamaño de una rueda de bicicleta, y yo la había subido del coche al local sola, empujándola por la acera.

La apagué. Recogí las muestras. Apagué también el aire, para que no se mezclaran los vientos, y me quedé mirando la máquina con las manos en las caderas, que es como miro a los proveedores que me van a dar guerra.

Eran las once menos cuarto de la noche. Las mariposas seguían en la mesa, de pie, en sus filas, donde las habíamos dejado el jueves anterior, porque aquella noche íbamos a seguir doblando. A las once el móvil sonó una vez y se calló. Un toque, como en 2006.

Leo esperaba fuera. Venía del ensayo, sin el trombón, con la camisa pegada a la espalda y, en el labio inferior, una marca roja y redonda, la de la boquilla, que se le iba borrando por los bordes. La vi antes de verle la cara entera.

Desde la noche de las mariposas no nos habíamos visto a solas. Nos habíamos escrito poco: él, horas y sitios; yo, pulgares.

—Los vasos los devolví el viernes —dijo en la puerta, como si hubiera venido a eso.

Bajé la persiana del todo detrás de él, como cada noche que me quedaba trabajando.

—¿Esa es la pequeña? —preguntó.

—Para interiores.

Se agachó delante de la máquina como se agacharía delante de un perro grande que no conoce. Giró la ruedecita con un dedo, sin encenderla, hasta el tope, y la volvió a dejar en la primera.

—Tiene cinco posiciones.

—La he probado en la tres.

—¿Y qué tal?

Le señalé el cojín verde, que seguía boca abajo.

Leo se levantó y se frotó las manos.

—Habrá que probarla en serio —dijo.

—Habrá que probarla.

De la caja de muestras saqué un retal de tul de tres metros, blanco, y me lo eché por la cabeza.

Me puse delante de la rejilla, de perfil, con la barbilla levantada y la vista en el extintor, que era lo más importante que había a esa altura.

Era la novia del recorte del velo, la de 2006, más o menos.

Con más años, sin purpurina y con un extintor.

—Cuando quieras —dije.

Leo la encendió en la uno. El tul se levantó por detrás, exactamente como en la foto, y me quedé muy quieta, una mujer de treinta y seis años con un visillo en la cabeza. Durante unos segundos fue la foto.

Leo la puso en la dos. El tul subió hasta quedarse flotando por encima de mi cabeza, y se me olvidó el extintor.

—Una más —dije.

—En la tres has tirado el cojín.

—El cojín no sale en las fotos.

Lo pensó un segundo, con el dedo en la ruedecita, y la giró.

Las mariposas salieron volando de la mesa en bloque, ciento cuarenta y tres de nacarado, en una nube blanca que se fue contra el escaparate y contra mí.

El tul se me enrolló en la cara. Se me llenó la boca de pelo.

Una mariposa me dio en la frente y otra se me quedó en el escote, y yo no bajé la barbilla, por pura profesionalidad.

—¡Muy portada! —gritó Leo, por encima del ruido.

—¡Apaga eso! —dije, con el pelo en la boca.

La apagó.

Sin el aire y sin la máquina, no se oía nada. Arriba, cerca de la lámpara, una mariposa todavía daba vueltas. Bajó de lado, cambiando de idea dos veces, y la oímos tocar el suelo.

Leo cruzó el local pisando con cuidado entre las alas.

Me quitó el tul de la cara. Luego me sacó el pelo de la boca y no retiró la mano.

Se le quedó en mi mejilla, con el pulgar cerca de la oreja.

A un palmo, la marca de la boquilla era más roja y tenía el borde exacto del metal, y yo no conseguía mirar otra cosa.

—Te tengo unas ganas que no son normales —dije—. Y no sé si es buena idea. Tu hermana es mi clienta. Es la primera boda que hago por mi cuenta.

Leo no apartó la mano.

—Yo tampoco sé si es buena idea —dijo—. Llevo desde el domingo del coche pensando en ti.

Esperé a que me dijera cómo lo íbamos a hacer. No lo dijo. Se quedó ahí, con la mano en mi cara, esperando él también.

Lo besé yo.

Tenía la boca caliente y sabía a metal, a la boquilla, y luego ya no. Me sujetó la cara entre las manos y me devolvió el beso, más lento, y yo di un paso atrás para apoyarme en la mesa y oí crujir algo debajo del zapato.

—Esa era la ciento cuarenta y tres —murmuró, contra mi boca.

Levanté el pie. Era una del hospital, torcida, con el ala grande.

—Esa no cuenta —dije—. Es de las tuyas.

Le agarré la camisa. Estaba empapada del ensayo, y se la saqué por la cabeza sin desabrochar más que los dos primeros botones, porque no tenía paciencia para los demás.

Él me buscó la cremallera del vestido por detrás y la bajó entera, con un dedo por la espalda, mientras me miraba a la cara para ver qué hacía yo.

Lo que hice fue tirar de él hacia el suelo.

Caímos sobre los cojines, entre las mariposas, que crujían y se apartaban.

Por las rendijas de la persiana entraba la luz naranja de la farola, en rayas, y le cruzaba la espalda.

Sin aire acondicionado, el local era un horno.

Me daba igual. Le pasé las manos por la espalda mojada y por la nuca, que olía a sudor, y él me besó el cuello y el hombro que el vestido había dejado al aire, sin prisa, entero.

Con el cinturón me costó, porque me reía, y él también, y en algún momento dejamos de reírnos.

—¿Tienes...? —empezó.

—En el bolso. Desde hace dos años. Por si acaso.

Leo alargó el brazo, sacó el bolso de debajo de un montón de alas y encontró el preservativo. Lo giró y leyó la fecha antes de abrirlo.

—Vale hasta 2028 —dijo.

—Eres un romántico.

—Soy de matemáticas.

Luego se apoyó en los codos, encima de mí, y me miró. Ya no le quedaban bromas.

—Vera —dijo, y nada más.

Le aparté de la frente el pelo mojado y le dije que sí antes de que me lo preguntara.

Lo quería dentro y se lo dije así, con esas palabras.

Lo noté entrar y pararse, porque yo había cerrado los ojos.

Los abrí. Solo entonces siguió. Olía a papel y a sudor, y el suelo estaba duro debajo del cojín verde.

Tenía la boca en mi cuello y decía mi nombre bajito, sin terminarlo.

Pensé que llevaba el sujetador de diario y no el bueno, y que me daba exactamente igual.

Le dije que no parara y no paró. A mitad le empujé del hombro hasta tenerlo debajo y me moví encima de él a mi ritmo, más lento de lo que él quería, mirándole la cara, hasta que se le escapó un «joder», el primero que le oía.

Me lo guardé. Cuando le clavé las uñas en el pecho, me agarró de las caderas y me sujetó contra él, y desde ahí marcó él el ritmo, más fuerte y más deprisa.

Yo perdí el hilo del local y de la boda.

Lo recuperé después, tumbada encima de él, con la mejilla contra su hombro y el pelo pegado a la cara.

Luego estuvimos mucho rato tumbados en el suelo, con su brazo debajo de mi nuca.

Al incorporarme, noté algo en la espalda, entre los omóplatos. Leo lo despegó con cuidado y me lo enseñó: una mariposa, pegada por el sudor, abierta como un sello.

—Esta es de las tuyas —dijo—. Tiene las alas iguales.

Nos echamos a reír, los dos, desnudos sobre el suelo de mi empresa, con la máquina de viento mirándonos.

Me vestí a medias. Mi casa quedaba pasado el puente, y no tenía ninguna intención de volver a ella sola.

—¿Tu piso sigue a treinta grados?

—A treinta y uno.

—Vamos.

Subí la persiana lo justo para salir y la volví a bajar con las mariposas dentro, por el suelo, donde habían caído. Su piso estaba a diez minutos. Fuimos andando por la calle vacía.