17. Cinco y cinco
Cinco y cinco
—Esta es la última que tenemos con los abuelos —dijo Maite. Me puso delante de los ojos una foto con los colores ya tirando a naranja.
Era de la boda de su hermana. Había cuarenta personas en tres filas delante de una iglesia, los abuelos sentados en el centro, un niño con pajarita sacando la lengua y Maite detrás de los abuelos, con unas hombreras que le llegaban a las orejas.
—Así —dijo—. Pero aquí.
Con la otra mano sujetaba un táper. Yo le devolví el suyo, el de la comida de julio, fregado y con la tapa puesta, y ella me dio el nuevo sin soltar la foto. Patatas a la riojana, todavía templadas.
—Para luego —dijo—. Que estás en los huesos.
Leo me lo quitó en cuanto su madre se giró. Yo hablo con las manos, y había patatas de por medio. Levantó la tapa y olió.
—¿Y para mí?
—A ti te hago el domingo —dijo Maite, sin volverse—. Como siempre.
Estábamos debajo del arco de piedra de la finca, a las ocho de la tarde de un lunes, porque Maite quería ver dónde iba a salir su foto, Carla había dicho que si iba su madre iba ella, y Leo había traído a las dos.
Yo había venido en mi coche, que ya no se quejaba en las rotondas.
El encargado nos había abierto, había mirado el táper con interés y se había ido a regar.
Maite se puso a medir el arco con pasos, la foto en alto, para comparar. Aproveché para decírselo a Carla.
—Tu madre ha añadido ocho —dije—. Te lo tenía que haber dicho antes.
—Ya me lo dijo ella. Con los pimientos delante.
Miraba a su madre, que iba por el paso once y contaba en voz alta.
—Los abuelos sentados, aquí en medio —dijo Maite cuando volvió—. Los de Calahorra detrás, que son altos. Y la Concha, delante, que es bajita y no ve.
—Cinco minutos, mamá —dijo Carla—. Aquí, cuando lleguemos al cóctel, a las ocho y cuarto. Cinco, y me voy con la gente.
—Con cinco minutitos me apaño.
—Los invitados llegan a las ocho —dije—. Me sobra un cuarto de hora para colocarlos, con una lista y por alturas. Cuando bajéis del coche, solo faltáis vosotros.
—¿Con lista? —preguntó Maite.
—Con lista.
—Pues mejor que en la de mi hermana, que tardamos media hora y el niño de la pajarita se hizo pis.
—Mamá —dijo Carla.
Maite guardó la foto en el bolso como quien guarda un contrato firmado. Carla se cruzó de brazos y miró hacia el jardín, donde dentro de casi cuatro semanas iba a estar toda su gente con una copa en la mano. Leo, a mi lado, sujetaba el táper de su madre sin saber dónde ponerlo.
—Ya que vais a estar todos colocados —dije—, con Noe aquí, la cámara puesta y vosotros dos guapísimos, dame otros cinco. Solo los novios. Tú con el vestido y un poco de viento.
—¿Viento?
—Una máquina. Pequeña. Para que el vestido se mueva.
Carla tardó en contestar, con los ojos en el arco. Yo ya la veía debajo, con la falda en el aire y el pelo hacia un lado, y no dije nada más. En el hotel había aprendido que, si a una novia le enseñas demasiado una idea, empieza a verle lo que no le gusta.
—Vale —dijo, ya sin los brazos cruzados—. Pero cinco.
—Cinco.
Me dije que era el otro momento que le había prometido en junio para los retratos.
Leo seguía a mi lado con el táper.
—Cinco son cinco —dijo, muy bajo, solo para mí.
Le di un codazo. No muy fuerte: el táper le bailó en las manos.
Carla lo vio. Vio el codo, vio el táper y vio que su hermano no se quejaba. Levantó una ceja, una sola, y se fue a buscar a su madre.
—Me ha visto —dije.
—Te ha visto a ti. Yo no he hecho nada.
—Has dicho que cinco son cinco.
—Es que lo son.
Se colocó el táper debajo del brazo y se fue detrás de su hermana, a meter a su madre en el coche, que no quería irse sin explicarle al encargado dónde iban los abuelos.
Cuando se fueron, vi desde el arco un camino que salía entre las viñas, cuesta arriba, y al final, contra el cielo, una barandilla de hierro.
Subí. Eran cinco minutos andando, entre cepas cargadas, con la tierra blanda.
Arriba había un banco de piedra y, debajo, todo el valle: viñas en filas hasta el río, un pueblo con su torre y la sierra al fondo, azul.
A esa hora el sol todavía estaba alto. Busqué en el móvil a qué hora se ponía el 5 de septiembre.
20:37. Sobre las ocho y media, el sol entraría de lado, por encima de las cepas, y a cualquiera que estuviera en aquella barandilla le pondría el pelo de color miel.
Cinco minutos de subida y cinco de bajada. Los conté dos veces, y las dos decidí que andar no contaba: un paseo de los novios entre viñas, con el vestido al aire, también era foto. A Carla ya se lo contaría cuando lo tuviera más pensado.
Abajo sonó un claxon, dos veces. Bajé por el camino, y a mitad de cuesta ya se oía a Carla por la ventanilla del coche de Leo:
—¡Vera, que mi madre se está cociendo!
Ellos arrancaron delante. Me metí en el mío y, antes de encender el motor, abrí el cuaderno encima del volante.
Por la noche, en el sofá, con el táper de Maite en las rodillas y un tenedor, busqué máquinas de viento.
Las había para conciertos, para desfiles y para rodajes, y había una pequeña, «para interiores y exteriores, silenciosa, ideal para sesiones de novia», en un almacén de alquiler de un polígono de las afueras.
Rellené el formulario a mi nombre masticando patata y le di a confirmar con el tenedor en la mano.
El correo llegó cuando todavía estaba masticando: «Recogida: jueves 13/08, de 10:00 a 13:00».