La boda de mi novio imaginario 16. La noche de las mariposas
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16. La noche de las mariposas

La noche de las mariposas

Leo estaba en la puerta del local a las nueve menos cinco, con un café en cada mano. Eran de la cafetería de al lado, en vasos de cristal que le habían dejado sacar con la promesa de devolverlos al día siguiente. Me dio el mío: con leche, en vaso y templado. Lo supe al cogerlo, antes de probarlo.

El suyo era solo, y ya iba por la mitad.

La noche la habíamos decidido el lunes, en la finca, con el coche parado al sol. Yo había soltado la manilla. Él seguía con el cinturón puesto, agarrado al volante.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó.

—El jueves —dije—. A las nueve.

Abrí la agenda por el jueves y escribí delante de él: «21:00, mariposas». Se quitó el cinturón. Luego bajamos del coche y fuimos a ver al encargado como si no hubiéramos dicho nada.

El jueves me cambié dos veces de vestido para doblar papel. Al final, el de tirantes, y una coleta, para que se viera que aquello era trabajo.

—Hasta las doce —dije, mientras subía la persiana—. Mañana abro a las nueve.

—Hasta las doce.

Dentro quedaba algo del fresco de la tarde y olía a cerrado.

Bajé el paquete de lo alto de la estantería y lo dejé en la mesa grande.

Seguía con su lazo de raso y su pegatina de «¡Vivan los novios!

», y me dio tanta pena romperlo que lo desaté con cuidado y guardé el lazo en un cajón.

Debajo del papel de estraza estaban los siete pliegos de nacarado, tan blancos que daba apuro tocarlos.

Leo había traído del instituto una regla de madera de un metro y un cúter del departamento. Se arrodilló en el suelo, puso el primer pliego delante y lo midió dos veces antes de cortar nada.

—Cinco por siete —dijo, para él—. Sobra una tira de dos centímetros.

Cortaba recto y sin prisa, con la regla sujeta con la rodilla, y los cuadrados le iban saliendo exactos, uno tras otro.

Yo había visto el vídeo cuatro veces la noche anterior, con folios de la impresora, hasta que me salieron mariposas que se sostenían de pie.

Cogí un cuadrado y doblé una. Me salió bien a la primera, y lo dije en voz alta, porque no iba a tener muchas ocasiones de ganarle a Leo en algo de geometría.

Él dejó el cúter y cogió un cuadrado del pliego de prácticas.

Tardó once minutos. Lo sé porque lo cronometré con el móvil. Le salió una cosa con un ala el doble de grande que la otra y el cuerpo torcido hacia un lado, como si la mariposa estuviera intentando irse de la boda. Leo la miró de frente, de perfil y desde arriba.

—Es geometría —dijo—. Debería saber hacerlo.

—Pues no sabes.

Hizo otra. Salió peor. A la tercera le cogí la mariposa de las manos, sin una palabra, la desdoblé hasta el último pliegue, volví a doblar el ala grande hasta que coincidió con la otra y se la devolví.

Él siguió con la siguiente. A la sexta ya no levanté la vista: alargué la mano y él me puso la mariposa en la palma.

Se la devolví arreglada. Así pasamos la primera hora, sin hablar de eso, con su torpeza y mis arreglos yendo y volviendo sobre la mesa.

Las malas las metíamos en una caja de zapatos que Leo bautizó como el hospital. Las buenas las dejábamos en filas, de pie, con las alas abiertas. Los cafés se quedaron en una esquina de la mesa, a medias, y se enfriaron sin que ninguno de los dos se acordara de ellos.

A las once la calle se había vaciado. Por el escaparate se veía la peatonal con las farolas encendidas y las terrazas recogidas, y de vez en cuando pasaba alguien con un perro y se paraba a mirar, a través de mi nombre en dorado, a dos adultos sentados en el suelo de una tienda de bodas, rodeados de papel.

El aire acondicionado hacía un ruido de nevera antigua.

El suelo estaba lleno de tiras de dos centímetros y de alas sueltas, y en cuanto alguien se movía, los recortes se iban detrás de él por la corriente.

Leo se había remangado. Tenía una tira de nacarado pegada al codo y no lo sabía, y yo no se lo dije, porque me gustaba vérsela cada vez que alargaba el brazo hacia el hospital.

—¿Por qué matemáticas? —le pregunté.

—Porque salen.

—¿El qué?

—Las cuentas. Si haces bien los pasos, salen. —Miró la mariposa que tenía en la mano, que no había salido—. Casi siempre.

—Las bodas no salen nunca —dije—. Sale otra cosa.

—¿Y te gusta?

—Me encanta.

Me contó que en su piso el termómetro no bajaba de treinta y que dormía con la cabeza a los pies de la cama, donde le daba el ventilador.

Yo le conté lo de una novia del hotel que había querido palomas y se había conformado con pompas de jabón.

Él escuchaba las frases enteras, incluso las mías, que son largas.

A las once y media discutimos cuántas llevábamos.

—Noventa y siete —dijo Leo.

—Cien.

—Tres de las tuyas están cojas.

—Esas tres las has doblado tú y me las has pasado para que las arreglara.

Lo pensó.

—Cien —concedió—. Habría que apuntarlo.

Busqué un papel que no fuera nacarado ni una factura y acabé sacando el cuaderno.

Pasé páginas hasta la lista de la boda, la de 2006, con la idea de apuntar la cuenta al lado de las mariposas.

Junto a «Cien mariposas blancas al decir sí, quiero» estaba mi nota de la papelería, la del «nosotros».

Pasé la hoja deprisa, con Leo todavía pendiente de su mariposa.

En la página siguiente estaba la casa.

La había dibujado a los dieciséis, con regla y con el boli de gel morado, un domingo entero. Era un rectángulo grande con las paredes dobles, repasadas muchas veces, y por dentro las habitaciones, cada una con su rótulo.

Leo se inclinó sobre el plano con el lápiz quieto y lo fue recorriendo con la punta, habitación por habitación, sin tocar el papel. Llegó a la terraza, volvió al salón y se detuvo.

—¿Dónde pensabais comer?

En el plano no había ni un fregadero.

—En la boda —dije.

Leo no sonrió. Puso el lápiz en un cuadradito que había pegado a mi vestidor, el grande.

—¿Y aquí no cabía una cocina?

—Ese era el vestidor de Sergio.

Asintió.

—¿Y el columpio?

—Para leer en la terraza.

—¿Qué leías?

—Revistas de novias.

Luego escribió «100» en el margen, a lápiz, debajo del columpio, con la letra pequeña y derecha de quien corrige exámenes. No le quité el lápiz.

Dejé el cuaderno abierto en el suelo, entre los dos, y seguimos.

Leo no mejoró mucho. Mejoró lo justo para que algunas de las suyas pasaran a la fila sin que yo las tocara, y si alguna pasaba me la enseñaba antes de ponerla de pie.

Cada cuarto de hora tachaba el último número del margen con una raya limpia y escribía el nuevo debajo. Ciento catorce. Ciento veintinueve.

En el móvil eran las 00:15 cuando tachó el ciento veintinueve y escribió el último sin anunciarlo. Lo leí del revés. La página se había quedado así:

Leo se puso el lápiz detrás de la oreja. En la mesa quedaban cuadrados cortados, en dos montones exactos. A mí me quedaba una mariposa con un ala sin terminar y la dejé en el suelo, así. No alargamos la mano hacia los montones, ni él ni yo.

Pensé que, si me besaba entonces, iba a ser en el suelo, con la coleta de trabajar y recortes pegados a las rodillas. Yo, que llevaba desde los dieciséis preparando la entrada de todo lo importante.

Él se apoyó en la pared, al lado del hospital, y yo me dejé caer junto a él, con el hombro contra el suyo. Nos quedamos.