La boda de mi novio imaginario 15. ¿Llegaste bien?
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15. ¿Llegaste bien?

¿Llegaste bien?

A las cinco y doce el móvil vibró en el fondo del bolso, en la carretera, y no lo oyó nadie. Lo vi en la cocina, al dejarlo en la encimera al lado de los zapatos que me había quitado en el portal.

«¿Llegaste bien?».

Era de Leo. En dos meses no me había escrito nunca: sus recados me llegaban reenviados por Carla, o en papel, en la puerta del local.

Habíamos salido del camino de las huertas a las cinco. Media hora de carretera. A esa hora no había llegado nadie a ninguna parte.

Le mandé un pulgar.

Ahí estaba el pulgar: amarillo, levantado, solo en mitad de la pantalla. Me pareció una respuesta estupenda durante unos cuatro segundos.

El sábado me levanté a las doce y escribí, en este orden: «Sí, gracias.

Muy bueno el solo». Lo borré porque parecía una crítica de prensa.

«He llegado. ¿Y tú?». Fuera: a esas alturas los dos sabíamos que había llegado.

«Bailas mejor de lo que tocas». Mentira.

«Gracias por el pasodoble». Ese lo tuve escrito hasta la hora de comer, con el dedo encima del botón, y lo borré al notar que lo estaba leyendo con su voz.

Por la tarde volvió a escribirme, igual de corto:

«El lunes paso a por ti a las diez. Voy a la finca igual».

—Voy en el mío —le dije al móvil, y empecé a escribirlo.

Entonces me acordé de que el mío estaba en el taller hasta el martes, con una correa que chillaba en las rotondas. Miré cuánto costaba un taxi hasta la finca, ida y vuelta, un lunes de agosto. Le mandé otro pulgar. Amarillo también. Me estaba quedando un estilo muy reconocible.

Por la noche abrí el chat de Leo, solo para ver si había escrito algo más. Debajo de su nombre ponía «en línea». Cerré la aplicación tan deprisa que el móvil se me cayó en el sofá, boca abajo. Ahí se quedó.

El domingo, que seguía sin saber qué hacer con los domingos, fui al local a imprimir un mensaje de WhatsApp. Abrí la persiana hasta la mitad y encendí la impresora, que tardó en calentarse lo justo para que me diera vergüenza.

—Venga —le dije a la impresora—. Que no nos vea nadie.

Tenía treinta y seis años y una impresora nueva, y la estrené con esto. Salió limpio, con la hora. Lo recorté con las tijeras de las muestras y lo pegué en el cuaderno, entre las conversaciones de 2006, en la página donde ponía, con mi letra de dieciséis años, «Sergio aparece como Ausente».

Después busqué la lista del marido ideal. Junto a «Que me escriba primero», añadí: «(5:12)». Guardé el cuaderno y bajé la persiana, aunque no había nadie en la calle para verme.

El lunes a las diez menos cinco ya estaba esperando en la acera, con la carpeta de los autobuses abrazada y el bolso al hombro. Leo llegó a las diez en su coche, con las ventanillas bajadas y la radio apagada. Se estiró sobre el asiento para abrirme desde dentro.

—Buenos días.

—Buenos días.

Durante diez minutos hablamos de autobuses como si nos pagaran por cada palabra.

—Dos de cincuenta y cinco a la ida —dije, con la carpeta abierta—. Salen de la iglesia a las siete y media. Media hora hasta la finca. A las ocho, cóctel.

—Vale.

—A la vuelta, otra vez a la iglesia: uno a la una, para los abuelos y los que madrugan, y el último a las cuatro.

—La Concha no sale de noche —dijo Leo.

—A una boda sí. Dice que eso no es salir.

—Entonces al de la una no la subimos.

Lo apunté en la carpeta, y después ya no quedaba nada que decir sobre los autobuses. Dejamos atrás dos rotondas y un campo de girasoles que miraban todos al suelo. En el último semáforo antes de la carretera, Leo habló sin apartar los ojos de la luz roja.

—Me contestaste con un dedo. Y otro el sábado.

—Con un emoji.

—De un dedo.

—De un pulgar, que no es cualquier dedo. —Cerré la carpeta—. Un pulgar dice que has llegado, que estás viva, que gracias por preguntar y que buenas noches. Cuatro cosas, con un solo toque.

—Eran las cinco y doce. Buenas noches, no.

—Y buenos días. Cinco cosas.

El semáforo se puso verde. Leo arrancó.

—Además, es amarillo —añadí—. El normal. Si llego a elegir un tono de piel, eso ya es otra cosa.

—¿Qué cosa?

—Que lo he pensado.

—O sea, que el amarillo no lo pensaste.

—Me arrepentí a los cuatro segundos.

Leo asintió, como si cuatro segundos le parecieran una cifra razonable para un pulgar. Por la ventanilla pasaban las viñas, con las uvas cambiando de color, en filas que se abrían y se cerraban al pasar a su lado.

—La chica del viernes era muy cariñosa —dije.

Me salió solo. Quería preguntar dónde aparcaban los autobuses.

—Mucho —dijo Leo.

—Con trombón y todo.

—El trombón no se quejó.

Esperé. Leo puso el intermitente para el camino de la finca.

—Eso no me toca contarlo a mí —dijo—. Si me tocara, ya lo sabrías.

Lo miré. Él miraba el camino. Decidí creérmelo.

El encargado nos esperaba en la entrada, debajo del arco de piedra, con la taza de la grieta en una mano y una hoja plastificada en la otra. Se acercó a la ventanilla del conductor antes de que Leo hubiera parado el motor.

—¿Hoy traen la charanga?

—Hoy no —dijo Leo.

—Mejor.

Nos enseñó la hoja por la ventanilla. Arriba ponía «AUTOBUSES» y debajo había seis normas numeradas. Al final, a boli, con la letra del «¡¡Charangas, FUERA!!», alguien había añadido: «¡¡Ni uno en la grava!!».

—¿Qué autobuses traen? —me preguntó.

—Dos grandes.

—Esos no pasan por el arco. —Lo señaló con la taza—. Lo medí yo, con la escalera, el año que se quedó uno encajado con toda una boda dentro. Hora y media estuvieron, de traje, mirando las viñas por la ventanilla.

Abrí la carpeta por la hoja de los que habían pedido autobús. Noventa y ocho a la ida. A la vuelta, cincuenta y dos para la una y treinta y cinco para las cuatro, con la Concha y su marido ya apuntados en el último.

—Pues tres de treinta y cinco —dije—. A la ida, los tres, que son ciento cinco plazas. A la vuelta, dos a la una y uno a las cuatro, que va lleno. Hoy mismo lo confirmo con la empresa.

—Esos sí pasan. Los conductores, que esperen en la bodega vieja, que allí hay sombra y les saco un café.

—Que den la vuelta en el aparcamiento de abajo, no en la grava.

El encargado bajó la taza. En otra persona, aquello habría sido respeto.

—Eso iba a decir yo.

—Ya lo sé —dije—. Lo pone en su hoja.

Bebió de la taza. Luego se acordó de algo y se volvió a agachar a la ventanilla.

—Dice el gerente que lo de la prueba de los cuatro, el miércoles dos de septiembre, a las siete de la tarde. Que lo apunten.

Leo lo apuntó. El encargado nos dijo que nos esperaba dentro, que aparcáramos a la sombra, que no había, y se fue andando hacia el salón con la taza y la hoja.

Leo paró el coche al sol y subió la ventanilla. Yo me desabroché el cinturón y cogí la carpeta y el bolso. Tenía ya los dedos en la manilla de la puerta.

Leo no se movió. Seguía agarrado al volante, con el cinturón todavía abrochado.

Solté la manilla.