14. Las fiestas
Las fiestas
Yo llevaba el vestido rosa de tirantes que me había comprado para una boda del hotel y no me había puesto nunca, porque en las bodas del hotel yo iba de negro.
—Es trabajo —dije—. Voy a ver el producto.
—Llevas media hora con el flequillo por el producto —dijo Bea, con los ojos en el móvil.
Noe soltó el último mechón, me miró la cabeza de lado, como miraba los encuadres, y me lo revolvió con los dedos para que no quedara como en las fotos de 2006.
Bea se sacó un gloss del bolso y me lo dejó en la mano.
Me lo puse en el espejo del armario. Era del mismo color que los de 2006 y olía igual de dulce.
La plaza estaba llena antes de las once.
Habían colgado bombillas de un balcón a otro, desde el ayuntamiento hasta la torre de la iglesia, y la luz amarilla caía sobre las mesas de plástico de las peñas y sobre una barra hecha con dos tableros y una sábana.
Las señoras habían bajado sus propias sillas de casa y las tenían en fila contra la fachada del banco, con el bolso en las rodillas, mirando la plaza como desde un palco.
Los críos corrían entre las piernas de todo el mundo con pulseras luminosas que vendía un hombre junto a la fuente.
Olía a pólvora de algún petardo de la tarde y a choricillo a la brasa, y cada vez que alguien abría la puerta del bar salía un golpe de aire frío que la gente recibía cerrando los ojos.
Noe sacó la cámara pequeña a los dos minutos.
—Tres calimochos —le dijo Bea al de la barra, sin preguntarnos.
—Dos —dijo Noe—. Y un agua con gas. Conduzco yo.
Con el vaso en la mano y la espalda contra una columna, adopté la postura de una inspectora de Sanidad.
La charanga entró por una esquina de la plaza tocando algo que la gente se sabía mejor que yo.
Eran once, con las camisas verdes y blancas de la peña que los había contratado y pañuelos al cuello, y Leo iba detrás, junto al bombo, con la camisa abierta, el trombón por delante y la espalda empapada antes de llegar a la fuente.
No se parecía nada al hombre que me tachaba partidas en los presupuestos.
Tocaba con todo el cuerpo. Se agachaba en las notas graves, levantaba la vara en las agudas y, entre pieza y pieza, se secaba la cara con el pañuelo y se reía con el del bombo de algo que solo entendían ellos.
Que la camisa se le pegara a la espalda le daba exactamente igual. A mí no.
Me puse a tomar notas de trabajo, de cabeza. Duración media de cada pieza, tres minutos. Volumen, excesivo.
—Estás moviendo los labios —dijo Bea.
—Estoy contando compases.
—No sabes lo que es un compás.
—Por eso tengo que contarlos.
Un abuelo con boina bailaba solo, muy tieso, y no se equivocaba nunca.
En la tercera pieza, a Rubén se le escapó una nota.
La oí hasta yo, que no sé de música, porque fue la única que se fue hacia arriba sin pedir permiso.
Rubén puso los ojos en blanco sin soltar la trompeta.
Leo dio un paso al frente y se puso a tocar él solo, con la vara hasta donde le llegaba el brazo.
Subió, bajó, se paró en una nota larga que hizo gritar a media peña y devolvió la pieza al resto de la charanga como quien devuelve una bandeja.
Rubén le hizo una reverencia con la trompeta. La plaza aplaudió.
Y eso que le había quitado notas.
Yo había hecho aquello cien veces, sin trombón: el brindis que se tuerce, el primo que coge el micrófono, la tarta que llega con un piso hundido. Aplaudí sin soltar el vaso y me mojé la muñeca.
Al terminar la ronda, una chica morena, con la camiseta verde de la peña, salió de entre la gente y se le colgó a Leo del cuello, trombón incluido.
—Atención —dijo Bea a mi lado, sin sacarse la pajita de la boca—. Morena, camiseta de la peña, entra por la izquierda. Se le echa al cuello. Beso en la mejilla.
La chica le dijo algo al oído. Leo le contestó algo.
—Le habla al oído —siguió Bea, con voz de comentarista de golf—. Desde la grada no se oye. Vera, al fondo, deja el calimocho en la barra.
—No lo he dejado.
Lo había dejado. No recordaba haberlo hecho.
—Vera se cruza de brazos. Vera dice que ha venido a trabajar.
—He venido a trabajar.
—Lo confirma la jugadora.
La chica volvió a meterse entre la gente. Leo volvió a colocarse el trombón y no miró hacia nosotras.
Así que eran celos, por un trombonista sudado y una chica que no me había hecho nada. Eran mucho menos elegantes de lo que había imaginado en 2006, y se parecían bastante a tener hambre.
Fui a la barra y pedí un bocadillo de choricillo, por si acaso. Me lo comí de pie, a bocados grandes, y no se me pasó.
Noe levantó la cámara hacia la charanga y, al final, hacia mí, a medio bocado.
—Con esta luz —dijo, encantada— todo esto es portada.
—No me hagas fotos.
—Ya te las he hecho.
A la una subió la orquesta al escenario y la charanga se deshizo en la peña.
Leo guardó el trombón debajo de una mesa y bailó con todo el que se le puso delante: con un niño subido a sus pies y con Rubén, que se dejó llevar muerto de risa.
Bailaba sin ningún sentido del ridículo y con muchísimas ganas.
Bea le puso un siete y medio a cada baile y se negó a explicar el criterio.
Luego la orquesta arrancó un pasodoble. Leo atravesó la pista, se plantó delante de nosotras y me ofreció la mano. Tenía la camisa pegada al pecho y el pelo de la nuca mojado.
—No sé bailar pasodoble —le dije.
—Has visto trescientos.
—Desde la mesa de control.
—Desde aquí es lo mismo, pero al revés.
Bea me quitó el bolso del hombro. Noe ya estaba disparando.
Le cogí la mano y fui yo delante hasta el centro. Me puso la mano en la espalda, a la altura justa, y la otra la dejó abierta para que yo pusiera la mía encima. Yo empecé a contar en voz baja, como cuento a los invitados al entrar en un salón: un, dos; un, dos.
—No cuentes —dijo Leo.
Dejé de contar. Bailaba bien. Se notaba que llevaba bailando pasodobles en las plazas desde que le llegaba la cabeza a la cintura de su madre, y que no había pensado nunca en cómo lo hacía.
Me llevaba sin empujar. Cuando iba a equivocarme, me sacaba de la equivocación antes de que se notara.
La camisa mojada se me pegaba a la palma y no la quité.
Alrededor giraban un par de novios de verdad y el abuelo de la boina, que seguía bailando solo y nos miró al pasar como a dos aprendices.
En la última vuelta me hizo girar una vez, solo una, y me recogió por la cintura sin tropezar con nadie. La orquesta terminó. Nos quedamos quietos mientras la plaza aplaudía.
—Ya está —dijo Leo.
No me soltó enseguida. Yo a él tampoco.
A las cinco menos cuarto la orquesta tocaba para los que no pensaban irse a dormir.
Noe dijo que nos íbamos. Leo vino con nosotras hasta el coche, que estaba en un camino de tierra entre dos huertas, con el trombón al hombro y el pañuelo de la peña en el bolsillo.
Noe y Bea se metieron dentro con una rapidez sospechosa y cerraron las puertas.
Yo me quedé fuera.
—¿Qué tal sin cronómetro? —preguntó.
—Hay que revisarlo. Ha habido una nota fuera de sitio.
—La he tapado.
—Muy bien tapada.
Olía a hierba regada y a la pólvora de la tarde, que no se había ido del todo.
Él tenía la camisa todavía húmeda, abierta hasta el segundo botón, y una gota de sudor quieta en la clavícula.
Estuvimos callados. Di un paso hacia él, por la tierra blanda, hasta quedarme a un palmo.
Detrás de mí, los cristales del coche se iban poniendo blancos.
—Te están mirando —dijo Leo.
—Lo sé.
—Van a empañar el coche entero.
—Que lo empañen.
Leo respiró hondo, una vez.
—Con público, no —dijo, muy bajo.
Dio un paso atrás. Me abrió la puerta de delante y esperó a que me sentara para cerrarla como se cierra una puerta cuando hay alguien dormido dentro. Luego se apartó del coche y levantó una mano. Noe arrancó.
Nadie dijo nada hasta la carretera. Después, Noe soltó un suspiro largo y Bea se echó hacia delante entre los dos asientos.
—Pues no ha pasado nada —dijo.
—No ha pasado nada —confirmé.
Encendí la luz del techo y saqué el cuaderno.
La lista de «Características de mi marido ideal», la que tenía ya dos tachones, la encontré a la primera.
La recorrí con el dedo hasta «Que sepa bailar».
Al lado, con el primer boli que encontré en el bolso, le hice una marca enorme, de las que atraviesan dos renglones y se notan por detrás de la hoja.
Bea me sacó el boli de los dedos. Escribió en el margen con su letra pequeña, la de siempre, y firmó con una B.
«Ya era hora».