13. Lo que estoy escuchando
Lo que estoy escuchando
El primer palito lo hizo Leo en el margen de una partitura, con el mismo lápiz con el que llevaba una hora quitándole notas a Rubén, y siguió escribiendo sin levantar la cabeza.
Había venido a las cuatro a dejar el paquete de las mariposas.
Lo traía sin abrir, con el lazo de la dependienta, y lo dejó en lo alto de una estantería, donde no le daba el sol.
Luego se puso debajo del aire acondicionado, con los ojos cerrados y la cara levantada.
En su piso, me explicó, había treinta y un grados a la sombra de la nevera, y no quería que el papel pasara allí el mes de agosto.
—¿Me puedo quedar? —Levantó un fajo de papel pautado—. Tengo que quitarle notas a Rubén para mañana.
—¿Cuántas?
—Las que no llega.
Le dije que sí sin consultar la agenda. Se sentó en la plegable, al otro lado de mi mesa, y desde entonces solo se oía el lápiz, el aire y, a ratos, un tarareo de tres notas que se cortaba en cuanto él mismo se oía.
El primero era por la madre de Sergio.
Sergio me había mandado un audio. Empezaba con una explicación muy completa de la aplicación con la que lo había grabado, que quitaba el ruido de fondo, y seguía con el encargo: a su madre le hacía ilusión que a la salida de la iglesia sonara la canción de su boda, la de ella, de 1987.
Como nadie en la familia se acordaba del título, me la cantaba su madre.
La cantaba sin letra, con la boca cerrada y mucho sentimiento, y la aplicación no había conseguido quitar del todo una olla exprés.
La reconocí a los cuatro compases. Era el Canon de Pachelbel. Lo había oído en la mitad de las bodas de mi vida, y ninguna madre se acordaba nunca del título.
—Claro —le contesté a Sergio, también en audio—. Se lo pido al organista.
Apunté «organista» en la agenda, que hasta ese momento no teníamos.
La segunda fue Maite, por teléfono. Me preguntó si había comido y, antes de que contestara, entró en materia.
—Hija, ya que estamos. Los primos de Calahorra se han enterado y les ha sentado fatal. Son seis, pero dos son críos. Y la Concha, la del coro, dice que de noche no sale, pero que una boda no es salir. Con su marido.
—Maite, la lista estaba cerrada en...
—Ocho personitas. Una mesa como la otra, que esa ya la tienes hecha. Te guardo unos pimientos.
Sumé en la agenda: ciento ochenta.
—Sí —dije—. Ocho.
Leo hizo otro palito.
Noe llamó desde el coche, con el manos libres y el intermitente puesto.
Quería hacer una serie suya en la boda, la boda por detrás: los cocineros antes del cóctel, los camareros antes de abrir, yo con el pinganillo.
Para su portafolio, no para mi web, y con permiso de los novios. Necesitaba moverse a su aire un rato.
—¿Cuánto rato?
—El que haga falta.
—Sí.
La idea era buenísima y el horario estaba en otra carpeta. No la abrí. Leo, enfrente, hizo el tercero.
La cuarta entró por la puerta, con la campanilla: Lucía, la sobrina de la Puri, que se casaba en junio del año siguiente en la bodega de su tío, en Briones, y venía porque, según su tía, yo a Maite le decía que sí a todo.
—A todo no —dije.
Quería que fuera a ver la bodega el sábado 8. Era una segunda clienta que llegaba sola, por esta boda, con el local abierto hacía dos meses.
—El sábado —dije—. Sí.
Cuando se cerró la puerta, la campanilla sonó otra vez, un poco más fuerte.
Leo giró la partitura hacia mí y puso el dedo en el margen. Cuatro rayas cortas, en fila, entre una corchea y un borrón.
—¿Qué es eso?
—Cuatro.
—Son cuatro cosas distintas.
—Son cuatro síes. Yo solo los cuento.
—Lo del organista es una llamada. Lo de Lucía es trabajo, y del bueno.
—Quedan dos.
No le contesté. En la agenda, junto a los ocho de Maite, escribí «Decírselo a Carla» y lo subrayé dos veces. La carpeta del horario seguía cerrada, debajo de la agenda. La dejé como estaba.
Luego le cogí el lápiz y, lejos de las cuatro, en la otra esquina del papel, hice una quinta raya, más larga.
—Te falta el tuyo. A las cuatro te he dicho que sí al aire acondicionado.
Leo miró la raya un buen rato. No la borró. Recuperó el lápiz y volvió a lo de Rubén.
Yo volví a la agenda. Tardé en acordarme de qué estaba apuntando.
A las seis y media, Carla mandó un audio. Era corto, para ser suyo. Lo puse en alto.
—¡Vera! La última pieza de la noche la elegís Leo y tú, que yo con todas lloro y no acabo nunca. ¡La que veáis! ¡Os quiero!
Leo soltó el lápiz.
—La que veamos —dijo.
Yo ya la sabía. La sabía desde 2006.
—«Muñeca de trapo» —dije—. La Oreja de Van Gogh.
Leo tardó en contestar.
—La de 2006.
—La de 2006.
—Es lenta.
—Son las cuatro menos diez. A esa hora todo el mundo es lento.
—Lo dices por experiencia.
—Por oficio. A las cuatro menos diez ya nadie salta. Se agarran a alguien.
—No es de charanga.
—Tú tienes un trombón y tres músicos más. Apáñate.
Volvió a coger el lápiz y se rascó la nuca con la punta.
—¿Por qué esa?
Podía haberle contado la verdad, con fechas. Me pareció demasiado para un jueves con aire acondicionado.
—Porque es la mejor canción de 2006.
—¿Para quién?
—Para los que aguanten.
Leo sacó una hoja de papel pautado limpia y escribió el título arriba, en mayúsculas. Debajo dibujó una clave de fa con la punta de la lengua entre los dientes.
—La arreglo —dijo.
Se puso a tararear bajito para buscar el principio, como en el audio de Sergio pero sin olla exprés.
Le salía lento y torcido, con paradas para apuntar.
Busqué en el cuaderno la página de mayo.
Era una impresión de mi ventana de Messenger, medio en azul por culpa de la impresora de mi padre: mi nombre y, al lado, el título de la canción. Debajo, con el boli de gel morado:
Leo encontró por fin el principio y ya no se paró. Escribí debajo:
A las siete recogió sus papeles y se puso el lápiz detrás de la oreja. En la puerta se paró, rompió la esquina de la partitura de Rubén, la de los cuatro palitos, y escribió algo por detrás, apoyado en el marco. La otra esquina, la de la raya suelta, se quedó en la partitura y se la llevó él.
Me dio el papel. Ponía el nombre de un pueblo a media hora de Logroño y, debajo, «23:00».
—Mañana tocamos ahí —dijo—. Por si quieres oír la charanga sin cronómetro.