La boda de mi novio imaginario 12. El aula
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12. El aula

El aula

El conserje probó tres llaves en la puerta del archivo, y con cada una que no entraba explicaba de quién era la culpa.

—Esta es de cuando cambiaron la cerradura del gimnasio. Esta, de los de Tecnología, que se lo llevan todo. Esta no sé de qué es.

—Profe —le dijo el conserje a Leo—, la buena te la di yo en junio, para lo de las actas.

Leo se fue por el pasillo y volvió al minuto con una llave pequeña, atada a una etiqueta de cartón que ponía «ARCHIVO» con su letra.

—En el cajón de los mapas.

—Para que no se pierda —dijo el conserje, y la metió en el llavero, con las otras.

El archivo estaba en el sótano, detrás de la sala de calderas.

Había estanterías metálicas hasta el techo, cajas de actas ordenadas por años, un esqueleto de plástico con un gorro de Papá Noel que nadie se había molestado en quitarle y, contra la pared del fondo, las orlas, envueltas en plástico, una detrás de otra.

Carla quería la de 2006 para el plano de mesas: las caras de entonces al lado de los nombres de ahora de los de la clase, para que se buscaran antes de sentarse.

Leo fue pasando los marcos con el dedo, leyendo los años, hasta que dio con el nuestro.

La sacamos entre los dos y la apoyamos en una mesa de laboratorio que cojeaba. «4.º ESO B. Curso 2005-2006». Veintiocho fotos ovaladas con el nombre debajo y, en el centro, el instituto dibujado a plumilla, más bonito de lo que era.

Me encontré la primera. Estaba en la segunda fila, con un flequillo planchado tan liso que parecía de plástico y los labios brillando de gloss en una foto de carné.

Tenía cara de tener un plan. Sergio salía en la fila de abajo, con los rizos sin una cana y los dientes de alguien al que acaban de decir que puede irse a casa.

Noe, dos fotos más allá, con unas mechas que le había hecho yo en su cuarto con papel de aluminio.

Había flequillos para todos los gustos y ninguno había sido buena idea.

—¿Dónde estás tú? —le pregunté.

No contestó. Me dejó buscarlo.

—¿Este? —Puse el dedo encima de un chico con gafas.

—Ese es Javi. Vomitó en el autobús del viaje. Dos veces.

—¿Este?

—Ese se fue a Australia.

Fui mirando las fotos de los chicos, una por una.

Ninguna cara me dijo nada. Lo encontré por el nombre, en la última fila, el segundo por la derecha.

Tenía el pelo cortado muy corto y la camisa abrochada hasta el último botón, y miraba a la cámara muy serio, a punto de llevarle la contraria a alguien.

Intenté colocar aquella cara en algún recuerdo, en el patio o en aquel autobús. No encajaba en ninguno.

Miré la foto y lo miré a él. A los dos se les apretaba la boca por el mismo lado.

—Tenías la camisa...

—No.

Cargó con la orla escaleras arriba.

—¿Quieres ver la clase?

No esperó a que dijera que sí. Siguió subiendo, saltándose el escalón que tenía el borde roto, y abrió el aula del segundo piso con una llave de su propio llavero. En la puerta había un horario plastificado. Su nombre salía los martes y los jueves.

Dejó la orla apoyada en la pared, debajo de la pantalla, y subió la persiana de un tirón seco, solo hasta la mitad, que era lo que aguantaba sin atascarse.

Luego recogió un estuche que alguien se había dejado debajo de un pupitre y lo guardó en la mesa del profesor, en un cajón que solo se abría tirando hacia arriba.

Los pupitres eran otros, de madera clara, con las sillas boca abajo encima, y donde estaba la pizarra verde había una pantalla blanca enorme.

Pero las ventanas daban al mismo patio, a las mismas canastas sin red, y el sol entraba a la misma altura y caía en la tercera fila, justo encima del radiador.

Me fui hacia allí sin pensarlo. Bajé la silla, me senté y puse las manos sobre el pupitre, como cuando esperaba a que pasaran lista.

Hacía calor. Olía a rotulador de pizarra y a polvo caliente, y una mosca se daba contra el cristal una y otra vez.

Desde allí veía en diagonal una silla de la segunda fila.

Me la sabía de memoria: un remolino en la coronilla y una nuca que se ponía roja cada vez que le preguntaban la lección.

A mi espalda bajó otra silla.

—Tú te sentabas ahí —dijo Leo.

—Me acuerdo.

—Y yo aquí.

Me di la vuelta. Estaba sentado en el pupitre de atrás, con las rodillas demasiado grandes para la mesa, justo en el sitio donde mi memoria no tenía a nadie.

—¿Ahí?

—Dos cursos. Desde aquí se ve el reloj.

—No me acuerdo.

—Ya.

—Noe se sentaba detrás de mí —dije.

—Detrás de mí. Tú te dabas la vuelta para hablar con ella. Yo estaba en medio.

Apoyé el codo en su pupitre, como entonces, y me volví hacia el de Noe, que estaba vacío.

—Algo interesante le contaría.

—Todo. —Fue contando con los dedos—. El horario de Sergio. El perro. El bocadillo en tres mordiscos. Lo de limpiarse los dedos en el pantalón.

—Eso último no lo contaba yo.

—Lo contaba Noe. Tú decías que tenía su gracia.

—Y la tenía.

—Eso te lo discutía yo.

—Yo te llamaría amargado.

—Varias veces. Una, a gritos, en el pasillo.

—Te lo ganaste. Llevabas la camisa cerrada hasta arriba.

—Era el día de la orla y me la abrochó mi madre. Tú nos tuviste a todos media hora esperando.

—Me estaba poniendo brillo.

—El fotógrafo se fumó dos cigarros.

—Y salí bien.

—El cuaderno solo lo veían Noe y Bea —dije.

—Y yo.

Se levantó y salió al pasillo.

—Por aquí. Un día se te cayó del bolso y se abrió por una lista. Tenías prisa por salir a la vez que Sergio.

—¿Qué lista?

—La de tu boda. Lo del descapotable rojo.

Me llevé la mano al bolso, a la esquina de las estrellas.

—Te leíste lo demás.

—No. Lo recogí y me lo quitaste de la mano sin mirarme.

—Eso no lo tienes apuntado.

—No.

—Ya. Lo que te acuerdas sin apuntarlo.

—De eso.

Abajo, en el pasillo de la entrada, nos cruzamos con una señora de pelo blanco que llevaba abrazada una carpeta de matrículas y las gafas colgadas de un cordón. Se paró en seco y me miró de arriba abajo.

—¡La del viaje de fin de curso!

Lo dijo con eco, y el conserje sacó la cabeza de la conserjería para ver a quién se refería.

Era la de Física. Tenía la misma voz de dictar problemas.

—La de la carpeta —siguió—. Contabas a los chavales en cada parada, una semana entera. Yo dormía tranquila por ti.

—Era una carpeta muy buena —dije—. Todavía lo es.

Leo se rio apoyado en la pared, con la orla entre los pies.

—¿Usted sabía —le pregunté a la de Física— que Leo le falsificaba la firma?

Leo dejó de reírse.

—Claro que lo sabía —dijo ella—. La hacía más derecha que yo.

Le dio dos palmadas en el brazo, como a un alumno que ha aprobado por los pelos, y siguió hacia secretaría con sus matrículas.

Metimos la orla en el maletero de mi coche, envuelta en una de las mantas que llevo para las mantelerías. El asfalto quemaba a través de las suelas.

—Veinte años —dije—, una empresa con mi nombre en el escaparate, y sigo siendo la del autobús.

Leo encajó la orla con la manta para que no se moviera en las curvas.

—Cuarenta y dos —dijo.

—¿Qué?

—En cada parada te salían cuarenta y dos. Volvías a empezar y te salían cuarenta y tres. Yo iba en el último asiento.

Cerró el maletero. Señalé a Leo con el dedo, como en aquellas paradas.

—Cuarenta y tres —dije.