La boda de mi novio imaginario 11. Doscientas
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11. Doscientas

Doscientas

Leo dejó encima del mostrador un artículo impreso, grapado en la esquina, con un párrafo subrayado a lápiz. Hablaba de una boda: de cien mariposas, la mitad habían salido de la caja ya muertas.

Lo leí dos veces, por si cambiaba.

—Eso será en otro país —dije.

—En Valencia.

Debajo había una foto pequeña de los invitados, todos mirando al suelo.

Habíamos quedado en una papelería del casco antiguo para encargar las minutas, ahora que había menú.

Era de las de antes, con cajoneras de madera para los pliegos, etiquetas de latón y una escalera con ruedas apoyada en la estantería del fondo.

La había elegido yo. Allí había comprado, en 2006, el papel de estrellas plateadas con el que forré el cuaderno, y el boli de gel morado que todavía escribía.

Seguía oliendo igual, a papel nuevo y a virutas de lápiz.

Doblé el artículo por la mitad, con la foto hacia dentro.

—En mi cabeza era precioso —dije—. «Sí, quiero», el cura se calla, abren la caja y salen cien mariposas blancas por encima de los bancos, despacio, con la luz de las vidrieras.

—Salen cincuenta —dijo Leo—. Las otras se quedan en el suelo de la iglesia, delante de mi abuela.

—Vale.

—¿Vale?

—Delante de tu abuela, no.

La dependienta, una señora de unos sesenta años con un lápiz sujetándole el moño, nos escuchaba desde el otro lado del mostrador sin disimular nada. Tenía abierto el muestrario de blancos para las minutas.

—Pues de papel —le dije a ella—. Doscientas.

—¿Por qué doscientas? —preguntó Leo.

—Porque en 2006 tenía dieciséis años y pensaba en pequeño.

La dependienta giró el muestrario hacia nosotros. Había un blanco nieve, un blanco hueso, uno roto y un nacarado que cogía la luz del escaparate y te la devolvía a la cara.

—El nieve es de quirófano —dije—. El hueso parece de una boda que ya ha pasado.

—¿El roto?

—El roto es el de las servilletas del hotel. Diez años. —Puse el dedo en el nacarado—. Este.

—¿Cuánto pesa? —preguntó Leo.

—Ciento veinte —contestó la dependienta, sin mirar la etiqueta.

—Mucho.

—Es para que se vean.

—Es para que caigan.

Le pidió unas tijeras a la dependienta, cortó un cuadrado del nacarado y otro de un papel de ochenta gramos y los soltó a la vez desde encima de su cabeza.

Lo hizo de puntillas, con la solemnidad de un experimento de clase.

El nacarado bajó recto y se quedó quieto en el suelo.

El de ochenta se lo pensó, dio dos vueltas en el aire y aterrizó al lado de mi zapato.

—Lo dice el del cuatro en Física —dije.

—Por eso lo he soltado en vez de calcularlo.

La dependienta recogió los dos cuadrados del suelo.

—Una mariposa doblada cae distinto. Y el de ciento veinte se cuartea en el pliegue: le queda una raya blanca.

Sacó otro pliego del cajón de al lado.

—Este es de noventa. Brilla menos.

Me lo puso al lado del otro. Brillaba menos, sí. Leo leyó el precio en la etiqueta del cajón y lo anotó en el margen del artículo sin comentarlo.

—El de noventa —dije.

—¿Quién os las va a doblar? —preguntó la dependienta—. Conozco a una chica que hace papiroflexia para bodas. Cobra a euro la mariposa.

—Doscientos euros —dijo Leo.

—Por doblar papel —dije yo.

—No.

—Yo tampoco.

La dependienta nos miró a uno y a otro, con el lápiz del moño en la mano.

—Las hacemos noso...

—Sí.

—...tros —terminó Leo.

—Por el presupuesto —añadí.

—Ay, qué bonito —dijo la dependienta, con la mano en el pecho—. Los novios haciéndose sus propias mariposas.

Iba a explicárselo. Leo habló antes, pero de otra cosa.

—Cuadrados de catorce —dijo—. En un pliego de setenta por cien caben treinta y cinco. Seis pliegos.

—De veinte —dije yo—. Que se vean desde el último banco.

—De veinte parecen palomas —dijo ella.

—De catorce —concedí.

—Y siete pliegos, no seis. Las primeras os van a salir fatal. —Abrió el cajón del nacarado y fue sacando pliegos—. ¿Casa ya tenéis?

—Cada uno la suya —dije.

—Eso es lo moderno. —Asintió—. Así os echáis más de menos. ¿Y estáis nerviosos?

—Él, mucho —dije.

—Mucho —dijo él.

Le di con el codo. Me lo devolvió.

La dependienta se fue a la trastienda a por algo. Abrí el cuaderno en la página de la lista. La línea de 2006 seguía allí, escrita por mí a los dieciséis: «3. Cien mariposas blancas al decir sí, quiero». Apunté al lado:

Volvió con una bobina de cinta de raso blanca y una hoja de pegatinas doradas. Cuando entendí lo que iba a hacer, ya había envuelto los siete pliegos en papel de estraza, bien planos, y estaba terminando el lazo. Encima del lazo pegó una pegatina redonda que ponía «¡Vivan los novios!».

—La cinta y las pegatinas van de regalo —dijo—. A los novios, siempre.

Leo ya había pagado. No sé en qué momento. Cogió el paquete en plano, para que no se doblara ninguna esquina, y se lo puso debajo del brazo, con la pegatina hacia fuera.

En la puerta me acordé de las minutas. Volvería otro día.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó Leo.