10. Los celos que no llegan
Los celos que no llegan
Cambié mi tarjeta por la de Leo antes de que llegara nadie.
En la sala de pruebas del catering habían vestido la mesa para cuatro, con mantel blanco y nuestros nombres escritos a mano en tarjetitas dobladas.
A mí me habían puesto en la cabecera, de espaldas a la cristalera de la cocina, y desde la cabecera a Sergio solo le iba a ver una oreja.
En el hotel había sentado a cientos de suegras y sabía dónde hay que poner a alguien para no perderle la cara: enfrente, un poco en diagonal, con la luz a tu espalda.
Llevaba desde junio esperando que Sergio me doliera en algún sitio.
Leo llegó el primero. Encontró su nombre en la cabecera y dejó su carpeta al lado del plato.
—Me has puesto en la punta.
—En la cabecera.
—En una mesa larga es la punta.
Se sentó igual y sacó la hoja de cálculo.
Carla y Sergio entraron discutiendo si el aparcamiento era de la nave o del taller de al lado. Ella llevaba un vestido de flores y dejó las gafas de sol junto a la panera; él, una camisa de cuadros recién planchada y el móvil ya en la mano. Se sentaron juntos, enfrente de mí. Lo veía entero.
El chef salió de la cocina secándose las manos con un paño.
Era un hombre de cincuenta y tantos, con la chaquetilla cerrada hasta el cuello a pesar del calor y un bolígrafo en el bolsillo del pecho.
Nos explicó el orden de la prueba, dos entrantes, dos pescados, una carne y los postres, y nos pidió diez minutos: el horno iba con retraso.
—Cuéntale lo de Toby —le dijo Carla a Sergio.
Toby era el robot aspirador. Lo habían comprado en abril, y Sergio tardó veinte minutos en presentármelo.
Yo sabía quién era Toby. En 2006 había sido su perro, y me sabía su cumpleaños, el nombre del veterinario y la marca del pienso. Esperé a que el nombre me hiciera algo. Se me ocurrió que era un nombre muy bonito para una aspiradora.
—Tiene dos mil quinientos pascales de succión —me explicó Sergio—. Y un láser arriba. —Dibujó un círculo en el aire con el dedo—. Da vueltas y mide las paredes. La primera semana no hizo otra cosa que medir.
—Estaba conociendo la casa —dijo Carla.
—Hacía el mapa.
Me lo enseñó en el móvil: su piso visto desde arriba, en azul, con unas líneas finitas por donde Toby había pasado esa mañana. La casa donde Sergio vivía con otra. La miré despacio y a propósito, buscando el pinchazo. En el salón cabían tres redondas de diez y una barra para el cóctel.
—Los martes se queda atascado debajo del mueble de la tele —dijo Sergio.
—Porque los martes dejo ahí las zapatillas —dijo Carla.
—Por eso le pongo un ocho.
—¿Y cuánto tarda en hacer la casa entera? —preguntó Leo.
Fueron seis minutos más. Treinta y ocho, y treinta y dos si se cierra el baño. Leo lo apuntó. Llegaron los entrantes y Toby se quedó en su base.
Carla y Sergio probaban por turnos. Uno cogía el tenedor, le daba a probar al otro y los dos ponían nota, y discutían cada medio punto.
Sergio daba las razones por orden, igual que en un informe.
Carla decidía por la cara que se le quedaba.
Yo lo iba apuntando todo en la agenda rosa, plato a plato, con las razones al lado.
Con la crema fría de melón, Carla le acercó a Sergio una cucharada y le puso la otra mano debajo, por si goteaba. Ahí sí, pensé. Aquello me lo había imaginado yo en 2006 con todo lujo de detalles. Me puse en el sitio de Carla con toda la intención y aguanté la imagen hasta el final.
Apunté: «Crema: gotea».
—Ocho y medio —dijo Sergio, del tomate con ventresca—. El tomate sabe a tomate.
—Nueve —dijo Carla—. Por el aceite.
La merluza se quedó en un seis, y la lubina con pisto, en un ocho. La carrillera al vino sacó un nueve de cada uno, la primera nota de la tarde en la que estuvieron de acuerdo sin discutir. Sergio le dio a Carla lo que le quedaba en el plato. Ella se lo devolvió. Lo partieron.
Leo comía sin puntuar. De vez en cuando preguntaba un precio.
—¿Qué tal en la punta? —le pregunté.
—Viendo cómo se ríen los demás.
Le pasé la panera.
Me quedaba un recurso. Saqué el cuaderno del bolso sin hacer ruido y lo abrí en las rodillas, debajo del mantel, por una página de marzo que habría encontrado a oscuras. Allí estaba, con letra redonda y tres subrayados:
«Sergio tiene unos ojos que no son normales».
Levanté la vista para comprobarlo. Eran verdes, con unas pestañas que en 2006 me parecían un desperdicio en un chico, y estaban clavados en la puerta de la cocina, por donde tenían que salir las croquetas.
Lo único que me entró fue hambre.
El chef salió con un plato que no venía en el programa: seis croquetas de jamón, doradas, en fila.
—Ya sé que en el cóctel van otras —dijo—. Lo ponía en el correo. Pero quiero nota.
El chef esperó detrás de ellos sin moverse. Carla cogió una, la partió por la mitad y le pasó la otra mitad a Sergio. Masticaron mirando al techo, cada uno hacia un lado.
—El rebozado, un nueve —dijo Sergio—. La bechamel, un seis.
—Seis y medio —dijo Carla.
—Seis. Se ha abierto al partirla.
—Se ha abierto porque la he partido yo.
—Seis y cuarto. —Lo pensó—. El jamón, un seis y medio. Siete coma veinticinco.
—Siete —dijo Carla.
Sergio sacó la libreta azul y lo apuntó.
—Siete —repitió el chef, sin sacar el bolígrafo del bolsillo—. Para el cóctel me vale. Saco una bandeja de las mías al lado del puesto, y que la gente compare.
Sergio miró a Carla, y Carla, la libreta. Luego me tocó a mí, que era la que firmaba con el catering.
—Chef, un momentito —le dije—. Un siete en esta mesa es para enmarcarlo. Pero en el cóctel, croquetas, solo las de Ramón.
—Lo ponemos por escrito —dije—, y así no hay dudas.
En la hoja del menú, debajo de los postres, escribí con mi letra de contrato, con el chef enfrente, leyéndolo del revés: «Cóctel: croquetas de Ramón, de 20:00 a 20:45. El catering no sirve croquetas en el cóctel».
Firmé debajo. El chef lo leyó dos veces, sacó por fin el bolígrafo y firmó al lado. Después se llevó el plato con las cinco croquetas que quedaban. No nos dejó ninguna. Me pareció justo, y me dio pena.
Con los postres sonó el móvil de Carla. Resopló.
—Toronto.
Se fue al pasillo con el móvil en la oreja. Sergio se levantó detrás de ella con las gafas que se había dejado en la mesa.
El chef puso en el centro una tabla con tres postres para compartir: peras al vino, un coulant y una torrija de brioche con helado. Se puso a explicarnos el coulant, la temperatura exacta y los segundos de horno. Yo fui directa a la torrija con la cucharilla.
No llegué. Leo había cogido el plato de Carla, había pasado la torrija de la tabla al plato con la pala, en dos movimientos, y lo había dejado otra vez en su sitio, delante de la silla vacía, mientras asentía a lo del coulant.
Mi cucharilla dio en la madera. La llevé hasta el plato, a por una esquina, y Leo lo apartó un palmo.
—Una esquina —le dije en voz baja.
Leo dijo que no con la cabeza.
—Carla está en el pasillo.
Señaló la puerta con la cucharilla y me acercó la tabla de las peras, sin apartar la vista del chef.
Me comí una pera.
El cuaderno seguía abierto en mis rodillas, por la página de los ojos. Mientras el chef terminaba con el coulant, cogí el boli de la agenda y escribí en el margen, con letra pequeña.
Cerré el cuaderno y lo puse junto a la agenda, a la vista.
Carla volvió con el móvil todavía en la oreja, colgó en la puerta y vio su plato.
—¡Torrija! —Y luego, para toda la mesa—: Mi postre favorito del mundo.
No preguntó de dónde había salido. Se la comió entera y le puso un nueve sin consultar a nadie. Sergio le volvió a colocar las gafas en la cabeza.
Con la cucharilla todavía en la boca, Carla vio el cuaderno junto a mi agenda.
—¿Has traído el archivo? ¿Qué había debajo del pósit naranja?
Lo abrí por la lista y se lo giré. Saltó los tres vestidos, que ya me había rechazado, y se paró en la línea siguiente.
—«Cien mariposas blancas al decir sí, quiero». Las mariposas, sí.
—¿Blancas? —preguntó Sergio.
—Blancas.
Leo escribió algo en el margen de su hoja.
Antes de levantarnos les leí el menú que habían ido eligiendo durante la tarde, a fuerza de darse de comer el uno al otro: el tomate, la lubina, la carrillera y la torrija. Había bastado con juntar las notas más altas.
—¿Eso hemos elegido? —preguntó Carla.
—Eso habéis puntuado.
Sergio lo guardó en el móvil. Carla me pidió que se lo leyera otra vez.
Fuera hacía cuarenta grados y el asfalto del polígono olía a neumático. Sergio se fue preguntándole a Carla por qué un nueve y no un nueve y medio. Leo me acompañó hasta el coche con su carpeta.
—Lo de las mariposas —dijo.
—¿Qué pasa con las mariposas?
—Si son vivas, no las presupuesto.