9. La mesa de la cocina
La mesa de la cocina
—Ya que estamos —dijo Maite, mientras me servía una segunda cucharada de menestra que yo no había pedido—, los de Haro.
Carla dejó el tenedor en el plato.
—Mamá.
—Son cuatro. Mi prima, su marido y los dos chicos, que ya son mayores y comen como pajaritos.
Sergio los apuntó en el móvil.
—Ciento sesenta y cuatro.
Estábamos en el comedor de los padres de Carla, un tercero sin ascensor del casco antiguo, alrededor de una mesa a la que habían sacado las dos alas, con la persiana a medio bajar por el calor.
Habíamos venido a cerrar la lista de invitados.
Yo había traído la lista impresa en una carpeta, con ciento sesenta nombres y un tío Julián con interrogante, y Maite la había mirado al llegar como se mira una receta que se piensa mejorar.
—Ya que estamos —siguió Maite, y le echó a Sergio más menestra—, la vecina del cuarto y su marido, que nos regaron las plantas el verano que fuimos a Benidorm.
—Mamá, la del cuarto no vino a tu cumpleaños.
—Por eso. Así viene a esto.
—Ciento sesenta y seis —dijo Sergio.
El padre de Carla se sirvió más vino y siguió comiendo. Leo, que en mi local me había preguntado el precio de quinientas croquetas imaginarias, partía pan.
—Ya que estamos, las del coro. Son tres. Bueno, cuatro, pero la Concha no sale de noche.
—Mamá, las del coro no conocen a Sergio.
—Pues que lo conozcan.
—Yo encantado —dijo Sergio, y las apuntó—. Ciento sesenta y nueve.
Lo peor era que yo ya las estaba sentando: a las del coro, lejos de la vecina del cuarto, y a los de Haro, cerca de la puerta. Las del coro, además, iban a pedir una mesa cerca del cura, y el cura no estaba invitado.
Carla me miró.
Era la misma Carla que, sentada en el suelo de mi local, había rechazado tres vestidos sin pedir perdón. Ahora retorcía la servilleta, para que lo dijera yo.
Iba a decir que eso lo decidían los novios. Maite se me adelantó: me puso una mano en el hombro, con la cuchara de servir todavía en la otra.
—Esto nos lo arregla Vera. ¿Verdad, hija?
—Sí, claro —dije—. Hacemos una mesita más y listo.
Carla soltó la servilleta. Su padre me llenó la copa como quien da el pésame. En el hotel, a la madre que me añadía nueve invitados en el primer plato le mandaba el presupuesto actualizado antes del segundo.
—¿Una mesa cuántos son? —preguntó Maite.
—Diez.
Sergio buscó algo en el móvil.
—Aquí pone que caben doce si nadie mueve los codos.
Lo había dicho yo, el día del contrato, y Sergio lo había apuntado.
—Pues el cura y su hermana —dijo Maite—. Y ya que estamos, la Puri.
—El cura ya va a la iglesia —dijo el padre de Carla.
—A la iglesia va a trabajar.
—Ciento setenta y dos —dijo Sergio—. Ciento setenta y tres con mi tío Julián.
Maite se levantó a por el segundo plato. Aproveché que estaba de pie para recuperar algo de terreno.
—Ahora, Maite —dije, con mi voz más dulce—, a partir de aquí la listita la cerramos, ¿eh?
No contestó. Desapareció en la cocina y volvió con una cazuela de barro llena de pimientos rellenos, rojos y brillantes, en una salsa que olía a cebolla pochada durante horas. La dejó delante de mí.
—Maite, de verdad, lo de la lista...
—Pruébalos primero. Son de bacalao, como los hace mi madre.
—Yo ya no puedo más...
—No.
Me puso dos en el plato y se quedó de pie a mi lado, esperando. Sergio dejó de escribir. Hasta el padre de Carla dejó de comer.
Corté un trozo por educación. Lo de la lista se lo terminaba de decir en cuanto tragara. El pimiento estaba asado y pelado a mano, y dentro el bacalao se deshacía en una bechamel que no había visto un brick en su vida. Cerré los ojos.
—¿A que están buenos? —preguntó Maite.
Tenía la boca llena.
—Sí.
—Pues ya está.
Se sentó, muy satisfecha, y le preguntó a Sergio si sus padres traían a alguien.
—Vienen solos —dijo Sergio, con el móvil ya guardado.
Leo me acercó la jarra del agua.
Maite se llevó la cazuela a la cocina. En cuanto salió, Carla se inclinó hacia mí.
—Lo de la gente era cosa mía.
Le ofrecí mi otro pimiento. No lo quiso.
Con el café, Maite sacó una bandeja de pastas y, mientras me ponía la cucharilla en el plato, dijo de pasada que en la boda, ya que iban a estar todos, había que hacerse una foto de toda la familia, que no tenían ninguna con los abuelos desde la boda de su hermana.
—Sí, claro —dije—. Una fotito.
Carla removió el café, que no llevaba azúcar.
Pensé en Noe, que no hacía fotos de escalera ni a su madre, y en cuarenta personas colocadas por alturas, a pleno sol, con los abuelos sentados delante y un sobrino cerrando los ojos en cada disparo.
Después del café, Carla y Sergio fregaron y luego se fueron al salón con su padre, que dormía delante de una etapa del Tour, con el volumen al mínimo. Quise ayudar a recoger lo que quedaba.
—Las visitas no recogen —dijo Maite, y me quitó los platos—. Siéntate en la cocina, que te estoy preparando una cosita.
La cocina era larga y estrecha, con un hule de cuadros en la mesa y un calendario de la carnicería junto a la nevera.
En el centro del hule había un frutero de cristal con dos melocotones encima de un montón de sobres.
Leo estaba sentado delante. Se había remangado para fregar la cazuela de la menestra y no se había vuelto a bajar las mangas.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Las cuentas.
—¿De quién?
—De casa.
Maite llenaba un táper en la encimera, de espaldas, sin preguntarle qué hacía.
Leo apartó los melocotones y vació el frutero encima del hule.
Había recibos y cartas de varios meses, mezclados, y los fue ordenando en montones.
Luego cogió los recibos de la luz y empezó a contarlos.
Tenía el lápiz en una mano, y con la otra doblaba un dedo contra la palma por cada recibo.
Tarareaba muy bajo, al ritmo de los dedos.
—¿Esto también es todos los domingos?
—Cuando se acumulan.
—¿Te ayudo?
—No.
Me senté enfrente igual. Maite cerró el táper y salió a buscar una bolsa.
Cuando se le acabaron los dedos, levanté una mano por encima del hule. Leo miró el lápiz, no lo soltó y siguió en la mía, tocándome la punta de los dedos con la goma. Seis. Siete.
—Tenían que ser seis —dijo, y rodeó una fecha—. Les han cobrado mayo dos veces. El lunes llamo.
Luego cogió el móvil, abrió la aplicación del banco y pagó la cuota de la comunidad, sin comentarlo. La pantalla tenía una esquina rota, una telaraña que le tapaba la hora.
Maite volvió con una bolsa de tela.
—Ay, hijo, ya que estás, mira lo del gas, que no entiendo la carta.
Le dejó el sobre en el frutero vacío, al lado de mi mano, y se puso a envolver el táper en papel de periódico. Retiré la mano. Leo abrió el sobre.
Saqué la agenda rosa. Apunté la mesa nueva, doce, y debajo, «Maite: foto de familia». Añadí, más pequeño, «(¿?)».
En la puerta, Maite me dio el táper, envuelto en dos hojas de periódico y metido en la bolsa de tela. Todavía estaba caliente. Me dio dos besos y me apretó el brazo.
—Para que cenes algo decente.
La escalera era de madera, estrecha, y crujía a la altura del segundo. Bajé despacio, con la bolsa contra la barriga. En el rellano del primero me paré, levanté la mano libre y conté con los dedos, como Leo, doblándolos contra la palma: la mesa de doce, el pimiento, la foto.
Tres.
En la otra mano llevaba el táper.