8. No hace falta
No hace falta
La novia del descapotable llevaba veinte años sin despeinarse.
Yo me había hecho un semirrecogido con seis horquillas, pensando en el viento, y había metido en el bolso un pañuelo de gasa rosa para comprobar cómo le quedaría a Carla. Eso me dije mientras me lo probaba por tercera vez.
A las diez en punto, en la calle de los padres de Carla, apareció por el fondo un descapotable rojo, con la capota bajada, a la velocidad de un carrito de la compra.
Lo conducía Leo, con una mano a cada lado del volante, a las diez y diez, como en la autoescuela, en un coche hecho para conducir con un codo fuera.
Era de los setenta y rojo de verdad, con unos cromados que le devolvían el sol a toda la calle y unos asientos de cuero color crema, cuarteados por cincuenta veranos. Paró delante de mí. Olía a gasolina y a garaje.
—Es del padre de Rubén —dijo Leo, antes de que preguntara—. El trompeta.
—¿Y el padre de Rubén sabe que lo llevas tú?
—Me ha dado un trapo para los cromados.
Lo tenía en el otro asiento, doblado en cuatro.
—Vamos a hacerlo a paso de charanga —dijo.
—¿Por qué a paso de charanga?
—Porque Carla sale de casa con la charanga.
Lo dijo mientras ajustaba el retrovisor.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tenía seis años. Es parte del regalo.
—¿Y ella lo sabe?
—Lo pidió ella.
Yo había montado esa boda en mi cabeza minuto a minuto, desde la peluquería hasta la tarta, y en ningún minuto salía la novia de casa con una charanga delante. Lo apunté en el móvil, lo guardé y me puse delante del coche.
—Alguien tiene que marcar el paso —dije—. Si no, vas a ir a tu ritmo.
—Mi ritmo es el de la charanga.
—Tu ritmo es el de un señor que va a por el pan.
Puse el cronómetro y eché a andar.
Era el paso de alguien que iba tocando y no tenía ninguna prisa por llegar.
Detrás de mí, el coche iba en primera y a tirones.
Leo jugaba con el embrague para no echárseme encima, y el motor subía de vueltas y protestaba.
En la segunda calle empezó a oler a algo caliente.
Lo achaqué a la churrería de la esquina, que los domingos no abría.
En la calle más estrecha, el coche no entró a la primera. Leo tuvo que maniobrar dos veces, con un palmo a cada lado, mientras una señora en bata nos miraba desde un balcón lleno de geranios.
—¿Es lo de la hija de Maite? —preguntó.
—Es lo de la hija de Maite —dije.
—¿Y viene la charanga?
—Viene la charanga —dijo Leo.
—Pues ese día me pongo otra bata.
Llegamos a la iglesia en diecisiete minutos. Leo apagó el motor y dio dos golpecitos con el nudillo en el cristal de uno de los relojes del salpicadero.
—¿Le pasa algo? —pregunté.
—La aguja va por libre. Es de los setenta.
Esperó un rato antes de volver a girar la llave.
—Siete minutos más de lo normal —dije.
—Con charanga.
Para la carretera quise conducir yo.
—¿Has conducido uno así? —preguntó Leo.
—No. Por eso. Si el cinco de septiembre pasa algo con este coche, la que va a estar al lado soy yo.
Se bajó, rodeó el capó y se sentó en el asiento del copiloto, con el trapo en el regazo y las manos en las rodillas.
Antes de arrancar me até el pañuelo bajo la barbilla.
Leo no hizo ningún comentario. Salir de Logroño me costó tres semáforos y toda mi atención, porque el embrague de aquel coche bajaba hasta el suelo y no avisaba de nada.
Luego, en la primera recta, metí la cuarta y el aire me dio en la cara de golpe.
A los dos lados había viñas, verdes y ordenadas hasta el monte, con el sol de julio encima, y el coche olía a cuero caliente.
Durante un kilómetro entero fui la novia del recorte, solo que conduciendo yo, sin novio y con un profesor de matemáticas de copiloto que había sacado el codo por la puerta.
Al final de la recta, el pañuelo se desató y salió volando. Lo vi en el retrovisor, enganchado en una cepa. Ya sabía cómo le quedaría a Carla.
—¿Paramos? —preguntó Leo.
—No.
El recogido se me empezó a soltar por mechones, uno detrás de otro, y me dio igual.
Después de una curva, la carretera subía hacia un bar con la terraza ocupada por un pelotón entero. A mitad de la cuesta, a la altura de la terraza, había un stop. Paré. El coche se fue un poco hacia atrás, solté el embrague demasiado deprisa y se caló.
Se giraron treinta cascos.
Saludé.
—¿Los conoces? —preguntó Leo.
—Ahora sí.
Giré la llave otra vez. El coche esperó a tenerme justo delante de la primera mesa para volver a calarse.
En la primera mesa, un ciclista con el casco todavía puesto alzó su tostada hacia mí y la mantuvo en alto, muy serio, hasta asegurarse de que la había visto.
Leo se giró hacia su ventanilla. Le temblaban los hombros.
—Te estoy viendo —le dije.
—No.
—¿Lo coges tú?
Seguía de cara a la ventanilla.
—No.
Eché el freno de mano. El ciclista no había bajado la tostada.
—Apúntalo —le dije a Leo—. Ese viene a la boda.
—Ciento sesenta y uno. Ciento sesenta y dos con el tío Julián.
Entonces se olvidó de la ventanilla y se rio de frente.
Busqué el punto del embrague con el freno de mano puesto, como me habían enseñado a los dieciocho años y no había vuelto a necesitar nunca, y fui soltando el freno despacio.
El coche subió. Giré hacia el aparcamiento del bar y lo dejé a la sombra de un plátano, con más cuidado del que había tenido en mi vida con nada.
En la terraza aplaudieron dos ciclistas.
El de la tostada, por fin, le dio un mordisco.
Me bajé y me agaché a mirarme en el cromado del parachoques. Del recogido quedaba la mitad. La otra mitad se había quedado en la última rotonda.
Leo rodeó el coche con una horquilla rosa entre los dedos.
—Estaba en el asiento.
—Esa es de las estructurales —dije.
—¿Cuántas llevas?
—Seis.
—Cinco. —Me la dejó en la palma—. Seis.
La terraza tenía mesas de aluminio y sombrillas de una marca de cerveza. Nos sentamos en la última que quedaba a la sombra y Leo le hizo a la camarera un dos con los dedos.
—¿Cómo los queréis? —preguntó ella.
—Con leche, en vaso y templado —dije.
—Uno solo —dijo Leo—. Y dos tostadas.
Hacía calor. Leo se desabrochó los puños de la camisa y se remangó para no mancharse de tomate. Lo hizo como lo hacía todo, con método: dos vueltas en cada manga, hasta el codo, alisando la tela con el pulgar.
Yo le estaba explicando el recorrido. Que diecisiete minutos significaban que Carla tenía que salir de casa antes de lo previsto, que en la calle estrecha habría que avisar a los vecinos para que no aparcaran, que la ceremonia era a las...
No me acordaba.
Leo había apoyado los antebrazos en la mesa. Los tenía morenos hasta una raya exacta, la de la manga corta, y se le movían cada vez que partía la tostada. Años de vara de trombón, adelante y atrás. No seguí por ahí.
En la terraza había treinta ciclistas y sesenta piernas depiladas, con músculos para subir puertos de montaña, y ninguna me hizo nada.
—A las seis y media —dijo Leo.
—Eso.
El móvil de Leo vibró junto a su taza, boca arriba. En la pantalla ponía «Director». Lo dejó vibrar hasta que se cansó y le dio la vuelta.
—¿El de la charanga? —pregunté.
—Sí.
Esperé. No añadió nada.
—¿Y tú qué haces los domingos? —preguntó.
—Todavía no lo sé. En el hotel, los domingos se desmontaba la boda del sábado: los centros, las sillas, lo que se había dejado la gente.
—¿Qué se deja la gente?
—Chaquetas. Un zapato de tacón, siempre uno. Una vez, una dentadura postiza dentro de un centro de mesa.
Leo bajó la taza.
—¿De quién?
—Nunca lo supimos. Estuvo tres años en objetos perdidos, en una caja con una etiqueta que le puse yo: «Dentadura. Boda Ochoa-Pérez». La tiré cuando me fui.
—¿Y si vuelven a por ella?
—¿Después de tres años?
—Ya estarán al caer.
—De momento, etiqueto cosas en casa —dije—. El domingo pasado, las especias.
—¿Cuántas?
—Veintitrés.
—¿Y cuántas usas?
Tuve que pensarlo.
—Sal, pimienta y orégano.
—La sal no es una especia.
—En mi casa, sí. Tiene etiqueta.
Leo cogió el salero y lo examinó por todos lados.
La camarera vino a llevarse los platos.
—¿Os cobro?
—Dos cafés más —dijo Leo.
Yo ya había levantado dos dedos.
El sol fue rodeando la sombrilla hasta darnos de lado, y movimos las sillas.
Los ciclistas se fueron marchando por grupos, con mucho ruido de calas en el suelo, y la terraza se quedó casi vacía.
Cuando la sombra se acabó del todo, ya no movimos nada.
Al sol, Leo entornaba los ojos. Los tenía marrones.
En el local y en la finca me habían parecido negros.
—¿Y los tuyos? —pregunté.
—¿Mis qué?
—Tus domingos.
—Como en casa de mis padres.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Y por la noche?
Tardó en contestar.
—Arreglo canciones.
—¿Qué les pasa?
—Que no están hechas para una charanga. —Marcó el compás en el borde de la mesa, que sonaba a lata—. Las paso a lápiz, en papel pautado, para los que somos. La melodía es lo fácil. Lo difícil es que siga sonando bien si en el ensayo faltan dos.
—¿Y si faltan tres?
—Borro más.
—¿Y las tocáis?
—Algunas.
—¿Y las otras?
—En una carpeta.
—¿Cuántas hay?
—Unas cuantas.
Levantó la mano para pedir otro café.
Al rato, la camarera empezó a poner manteles de papel para las comidas. En nuestra mesa no puso ninguno. Nos rodeó.
—Voy a pagar —dijo Leo.
—A medias.
—Has conducido tú.
Me quedé sola en la terraza, con el hombro izquierdo rojo de sol.
Saqué el cuaderno y el rollo de cinta de carrocero que llevaba siempre en el bolso, por si había que pegar un número de mesa a última hora.
La nota del viernes estaba dentro, entre las páginas de 2026.
La pegué en una hoja nueva, con dos tiras, muy recta, y escribí debajo.
Busqué la lista de 2006 y taché «Ojos claros» antes de que volviera Leo.
Salió con el ticket en la mano. Le tendí la mía.
—Para las cuentas.
—Para las cuentas —repitió, y me lo dio.
Se volvió a sentar mientras yo lo pegaba al lado de su nota. Dos cafés con leche, tres solos, dos tostadas, un zumo de naranja. Al pie, la hora: «13:46».