La boda de mi novio imaginario 7. Responsables
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Toño me puso en la mano un huevo relleno, sobre una servilleta de papel doblada en triángulo, y cometí un error de principiante: me lo comí entero.

La yema llevaba atún, pimiento asado y algo más que no supe nombrar. La mayonesa era casera, espesa, de las que se notan en la lengua antes que el huevo. Cerré los ojos sin querer. Cuando los abrí, Toño ya tenía el segundo en la palma de la mano.

Toño lo había preparado todo en la mesa larga donde comían en fiestas, en cinco fuentes tapadas con paños de cocina: champiñones con gamba, tortilla en taquitos, empanadillas de bonito, ensaladilla y los huevos.

Lo probé todo con la agenda rosa abierta al lado, como en el hotel, y todo estaba bueno.

Los champiñones habrían aguantado un sábado por la noche en la Laurel.

Después hice lo que hacía en todas las degustaciones: mirar lo que no estaba en la mesa. Las fuentes no llevaban etiqueta. Las cajas de plástico de la cámara, que Toño me abrió muy orgulloso, tampoco. No había fechas, ni registro sanitario, ni el nombre de ninguna empresa.

—¿Esto de cuándo es? —pregunté.

—De esta mañana.

—¿Y esto?

—También.

—¿Dónde lo pone?

Toño se dio dos golpecitos en la sien.

—Aquí.

—¿Y seguro?

—El de la peña.

Leo estaba apoyado en la puerta de la cámara, con los brazos cruzados. No había probado nada.

Me comí el segundo huevo antes de decir nada más. Después ya no iba a tener derecho.

—Toño, me da muchísima rabia —dije, todavía masticando—, pero en la boda no te lo puedo poner.

Toño se pegó la fuente al pecho.

—¿Por?

—Porque si en septiembre se pone malo un invitado, la finca va a pedir el seguro, el seguro va a pedir el registro y lo único que vamos a poder enseñar es lo buena que estaba la mayonesa.

—Toño da de comer a la peña en fiestas —dijo Leo—. Cinco días. Doscientas personas.

—Ya.

—No se ha puesto malo nadie.

—Que se sepa.

—Que se sepa, nadie.

La otra opción la había encontrado yo: un catering con todos sus papeles, que aceptaba a Ramón friendo en su terreno si traía su propio extintor, y que costaba bastante más. Leo lo sabía. Lo dijo de todas formas, para su primo:

—El de los papeles sale cincuenta y cinco euros más caro por cubierto. Por ciento sesenta, ocho mil ochocientos.

Toño asintió muy deprisa, como quien oye por fin a su abogado.

Ocho mil ochocientos euros eran mucho dinero, y Leo no decía una cifra por decirla. Busqué algo que pesara lo mismo.

—La mayonesa es de huevo fresco —dije.

—Por eso está tan buena.

—Por eso. A las ocho de la tarde, en septiembre, en un jardín.

Durante un rato solo se oyó el extractor. Leo se despegó de la puerta, cogió un huevo de la fuente de su primo, lo estudió de cerca y lo devolvió a su sitio sin morderlo.

—No podemos, Toño.

Toño dejó la fuente sobre la mesa y se limpió en el delantal unas manos que tenía limpias.

—¿Por la mayonesa?

—Por todo.

Y luego, a mí, con su primo delante:

—Tienes razón.

Tenía las orejas rojas.

—Mi madre ya se lo ha contado a toda la familia —dijo Toño.

—A tu madre se lo digo yo.

—Se va a enfadar.

—Conmigo.

Leo cogió el rollo de film para tapar las fuentes.

El plástico se le pegó a los dedos, después a sí mismo y después otra vez a los dedos.

Se lo quité y tapé las cinco en el tiempo que él había tardado en perder la punta del rollo.

En el hotel había tapado miles. Toño me vio hacerlo con los brazos colgando, y cuando terminé envolvió dos huevos en papel de aluminio y me los dio.

—Estos no van a la boda —dijo—. Van contigo.

Salimos a las siete menos cinco, con los dos huevos en mi bolso. Ramón nos esperaba a las siete, antes de abrir, y de la peña a la plaza había cinco minutos andando. El calor subía de las piedras y los vencejos chillaban por encima de los tejados.

En la primera esquina me vibró el móvil. Era un audio de Carla de tres minutos largos. Lo puse en altavoz, con Leo al lado.

«Vera, perdona, perdona, que no me da la vida», empezaba.

Detrás de su voz sonaban un teléfono y una impresora.

«Lo del pasacalles: sí. Sí, sí, sí. Me encanta.

Lo de que entremos nosotros y todo el mundo detrás, me lo imagino y se me pone la piel de gallina.

Y he pensado una cosa, ¿vale? Que entre la charanga también.

Tocando, detrás de mí, hasta la pista. ¿Te imaginas?

Yo entrando y ellos detrás, sin parar... ».

Leo se paró en mitad de la acera.

«¡Voy, voy! Perdona. Otra cosa. Todo lo de proveedores, correos, horarios de montaje, todo eso, lo lleváis vosotros.

Tú y Leo. Lo que veáis. Lo que tú... Lo que veáis vosotros.

Yo no llego, de verdad, estoy hasta aquí.

Eso sí, lo que sea de nosotros o de la gente, me lo preguntáis. Os quiero. Me llaman».

—Hasta la pista —dijo Leo.

—Hasta la pista.

El gerente había contestado «conforme» a un correo en el que la charanga terminaba en la puerta del salón, y el encargado tenía «¡¡Charangas, FUERA!

!» escrito a boli en su hoja plastificada.

Ya eran las siete. Por escrito, cualquier cosa que le contestara a Carla iba a sonar a no, así que grabé allí mismo, con un dedo en la otra oreja.

—Carla, lo de que la charanga entre en el salón no puede ser, porque en la finca...

—Así no —dijo Leo.

Deslicé el dedo hasta la papelera.

—¿Por?

—Si le dices «no puede ser», se pasa la semana buscando cómo.

El segundo lo empecé con la voz que ponía para las novias en el hotel, una octava más alta y con mucha ilusión.

—¡Carla! Qué bonito lo que me cuentas...

Leo levantó las cejas. A la papelera también.

Un repartidor con una carretilla de cajas de cerveza esperaba a que me apartara de la puerta de un bar. Me aparté. Pensé en Carla con su vestido de bailar, entrando en el salón con la charanga a la espalda, y grabé el tercero de una vez.

—Carla: la charanga os trae tocando hasta la puerta del salón y se queda allí, en la puerta, tocando mientras entras.

Tú entras con la música detrás y con todo el mundo detrás de la música.

Lo único que no pisan es el salón, porque eso lo tenemos por escrito con la finca. Hasta la puerta, todo es tuyo.

Solté el botón. Leo echó a andar y yo con él. La respuesta llegó antes de la plaza: «Vale. Pero que suene MUY fuerte».

Llegamos al bar a las siete y diez.

La persiana estaba a media altura. Ramón nos vio agacharnos para pasar por debajo y señaló el reloj de la pared con la espumadera.

—Perdone el retraso —dije.

No contestó. Las sillas estaban patas arriba sobre las mesas y el suelo olía a lejía recién pasada.

Detrás de la barra, la freidora seguía apagada.

Ramón rebozaba croquetas de dos en dos, huevo y pan rallado, sin mirarlas, y las iba colocando en una bandeja en filas tan rectas que daba pena freírlas.

Leo bajó dos sillas sin preguntar. Ramón le hizo un gesto con la barbilla que debía de ser un saludo de hacía muchos años.

Le conté lo que queríamos: la boda del 5 de septiembre, la finca, el cóctel y su freidora allí, en el jardín. Le dije que los novios no querían unas croquetas cualquiera, que querían las suyas, y que ya sabía que frías no eran suyas.

Ramón dejó la última croqueta en su fila y se quedó mirando la bandeja durante un rato muy largo.

Me pareció que estaba consultando con las croquetas.

Yo me callé. Era lo que había aprendido en el hotel para negociar, y nunca me había costado tanto. Mientras Ramón consultaba, me dio tiempo a pensar que él tenía un bar de treinta años y un silencio a juego, y yo un local de cinco semanas y diez minutos de retraso.

—¿A qué hora es el cóctel? —preguntó por fin.

—A las ocho.

—De ocho a nueve menos cuarto.

—¿Y luego?

—A las nueve y cuarto abro.

Hice la cuenta en voz baja: veinte minutos de carretera hasta Logroño y lo que se tarda en aparcar en el casco antiguo un sábado a esas horas.

—Diecinueve —dijo Ramón.

—¿Perdón?

—De la finca aquí. Diecinueve.

Entonces el puesto tenía que estar donde Ramón pudiera marcharse sin cruzar el jardín. Me acordé del cóctel que había dibujado Carla en mi local, con los de Zaragoza junto al aparcamiento para irse sin despedirse.

—El puesto va al lado del aparcamiento —dije—. A las nueve menos cuarto se quita el delantal y en un minuto está en el coche.

—Me lo quito en el coche.

Encendió la freidora.

—El catering pide que traiga su extintor —añadí.

—Traigo dos.

—¿Y la freidora, cuando usted se vaya?

—Se queda apagada. Que no la toque nadie. El domingo la recojo.

Sacó de debajo de la barra una libreta de tapas negras, gorda de tanto abrirla, y buscó septiembre. Había una comunión y una jubilación, cada una con un número de croquetas al lado.

—¿Nombre?

Le di una tarjeta. La dejó junto a la libreta y copió mi nombre en mayúsculas, con un boli que sacó del bolsillo del delantal. Debajo escribió «5-9», «20-20:45» y «freidora». Luego se guardó la tarjeta con el boli.

—¿Y el precio? —preguntó Leo.

Ramón volvió a sacar el boli, arrancó una servilleta del servilletero, escribió algo, la dobló por la mitad y se la pasó por encima de la barra. Leo la abrió, la leyó y asintió. Después la dobló otra vez y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

Yo llevaba desde junio con «Ramón: precio» subrayado en la agenda. Al lado escribí: «Servilleta. La tiene Leo».

Leo había sacado el móvil y estaba contestando al catering del extintor en nombre de su hermana, para confirmarles la fecha.

—Para que no se agobie —dijo, sin dejar de escribir.

Cuando el aceite estuvo caliente, Ramón echó dos croquetas. Las sacó con la espumadera, las dejó en un plato pequeño y lo puso en la barra, entre Leo y yo.

—Para que sepáis lo que contratáis.

Se fue a la cocina sin esperar a ver qué cara poníamos.

Leo giró el plato para que la más grande quedara de mi lado. Eran iguales.