La boda de mi novio imaginario 6. Decibelios
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6. Decibelios

Decibelios

El encargado de la finca nos abrió el salón, encendió cuatro filas de luces y empezó a leer prohibiciones.

Las llevaba plastificadas.

—A partir de las doce no puede haber música en el exterior. Dentro, hasta las cuatro. Las puertas de acceso al jardín deben permanecer cerradas. No se permite sacar altavoces del salón.

Leo miró las puertas. Yo miré la hoja.

Había una nota añadida a boli al final, con dos signos de exclamación. No alcanzaba a leerla, pero me pareció prudente no preguntar todavía.

Estábamos en la finca un miércoles por la mañana.

Carla me había avisado el lunes: su hermano quería llevar una charanga a la boda y necesitaba ver el salón.

Sin mesas ni manteles, el salón era mucho mayor de lo que recordaba.

Olía a suelo fregado y al café que el encargado llevaba en una taza con una grieta junto al asa.

Al otro lado del cristal se veían las viñas y el jardín donde en septiembre habría ciento sesenta personas.

Leo había dejado la funda negra junto a una columna.

—¿Y la charanga? —le pregunté al encargado—. ¿Dónde la ponemos?

Dejó de leer.

—¿Qué charanga?

—Eso —le dije a Leo—. ¿Cuál?

Se agachó y abrió la cremallera.

—La nuestra.

El trombón salió por partes. Primero el metal dorado, luego una pieza larga que Leo sostuvo con una mano mientras terminaba de abrir la funda. En cuanto lo tuvo montado, su equipaje dejó de parecer extraño. Se notaba dónde iba cada cosa.

—Toco con ellos —me dijo—. Quiero que vengan a la boda.

El encargado giró la hoja hacia nosotros y señaló la nota del final. Ahora sí pude leerla: «¡¡Charangas, FUERA!!».

—La última que entró aquí se subió a las mesas —dijo—. Con los instrumentos.

—No era la nuestra —dijo Leo.

—Eso dicen todas.

Apoyó la taza en el borde de una mesa plegada.

—¿Cuánto cuesta traerlos? —pregunté.

Leo encajó la boquilla.

—Lo pago yo.

Esperé una cifra. No llegó.

—¿Todo?

—Es mi regalo a Carla.

Me pasó una hoja con el número de músicos y una propuesta de repertorio. La cantidad figuraba al final. No iba a salir de la cuenta de los novios.

—No es un regalo pequeño —dije.

—No.

—Ni silencioso.

—Tampoco.

El encargado se acercó para mirar la hoja.

—Aquí pone después de la cena.

—Sí —respondió Leo.

—La cena termina sobre las once.

—Sí.

—Pues tendrán una hora.

Leo abrió la boca.

Yo levanté un dedo.

—Menos. Necesito cinco minutos para que estén guardando los instrumentos antes de las doce.

El encargado me señaló con la hoja plastificada, agradecidísimo. No me hizo ninguna ilusión haber formado equipo tan pronto con aquel hombre.

—Y que acaben cuando tienen que acabar —seguí—. He tenido cuatro charangas en bodas del hotel. Ninguna terminó a su hora. A menos cuarto alguien pide otra, el bombo dice que sí y a las doce y diez tengo a un señor como este buscando un enchufe que arrancar.

El encargado asintió con mucha dignidad.

—Siempre hay propina —dijo Leo.

—La propina son diez minutos.

—Siete.

—Que no tenemos.

—Si no hay propina, la gente no se va. Se queda en el jardín pidiéndola. Lo he visto cien veces.

—Pues esta vez se va a ir.

—¿Cómo?

No lo sabía. Leo lo vio en mi cara y no insistió. Levantó la vista hacia el techo alto del salón.

—¿Aquí dentro cómo suena? —preguntó.

El encargado siguió su mirada.

—Bien. Tiene buena acústica.

Leo se llevó el trombón a la boca.

—¿Puedo probar una nota?

—Una —dijo el hombre, que todavía pensaba que estaba en condiciones de negociar el singular.

Yo me aparté de la campana por instinto.

La nota llenó el salón. La oí en el pecho antes de terminar de entender que había salido de un solo hombre. Rebotó en los cristales, volvió desde el fondo y siguió un segundo más después de que Leo hubiese dejado de soplar.

El encargado levantó las dos manos. En una todavía tenía el plastificado.

—¡No, no, no!

Leo bajó el instrumento al momento. Nos quedamos los tres escuchando cómo se apagaba.

—Ha sido una —dije.

Me mordí el labio. No era el momento de echarme a reír y perder al único aliado que tenía.

Leo dejó el trombón en la funda abierta y dio una palmada seca, una sola. La siguió con el oído hasta el fondo del salón. Me pregunté cómo sería cuando hubiera alguien más tocando con él.

El encargado recogió la taza.

—Todos a la vez aquí dentro, no.

—Todos no —dijo Leo.

Recuperó la hoja del repertorio, se sentó en una tarima baja y se sacó el lápiz de detrás de la oreja. Leía los nombres de las piezas, movía los labios y ponía rayas.

—Con propina, sesenta y dos —dijo—. Sin ella, cincuenta y dos de música y tres de aplausos.

—Cincuenta y cinco de reloj. No de músico.

—Cincuenta y cinco de reloj.

Tachó la última línea de la hoja con una raya recta.

—Y a las doce menos cinco —dijo— tengo ciento sesenta personas en el jardín pidiendo otra.

Miré las puertas, el jardín, la grava.

—No si a las doce menos cinco no están en el jardín.

Leo levantó los ojos.

—La gente no sigue a la música —dije—. Sigue a la novia.

Si la última pieza la tocáis andando hacia aquí, con Carla y Sergio delante, entra todo el mundo detrás de ellos.

Vosotros os quedáis en la puerta, termináis, y dentro ya está sonando otra cosa.

Nadie se queda fuera pidiendo nada, porque fuera ya no hay nadie.

—Un pasacalles.

—Lo que sea que hacéis andando.

A Carla iba a encantarle.

El encargado le dio permiso a Leo con la taza. Leo empujó la puerta del jardín, salió con el trombón bajo el brazo y fue andando hasta el fondo de la grava. Volvió despacio, contando en voz baja, a un paso que no era el suyo.

—Dos minutos y medio —dijo al entrar—. Con abuela, tres.

Leo no se rio. Lo apuntó.

Volvió a sentarse en la tarima. Me senté a su lado para ver la hoja. Olía a jabón y a metal.

—¿Y la propina? —pregunté.

—Ya no hay.

Lo dijo sin pena. Siguió mirando la raya.

Miré el salón. Los cristales, el techo alto, la tarima donde estábamos sentados.

—Sí que hay —dije—. A las cuatro menos diez. Aquí dentro. Para los que aguanten.

El encargado se volvió hacia mí. Diez minutos antes yo estaba de su lado.

Leo dejó de mirar la raya.

—Con cuatro —dijo—. Sin bombo y sin platos. Sin enchufar nada.

El encargado ya estaba negando.

—Eso no lo puedo autorizar yo.

—¿Quién puede? —pregunté.

Señaló hacia la recepción.

—El gerente. Pero ahora no está.

Saqué el móvil.

—¿Está localizable?

El hombre miró mi teléfono un buen rato.

—Supongo.

Me dio el número de la oficina. El gerente contestó con una voz que parecía tener prisa desde antes de que sonara el teléfono. Me presenté, le recordé la boda del 5 de septiembre y le pedí dos minutos para cerrar una cuestión de música.

—La normativa está en el contrato —dijo.

—Sí. La he leído. Por eso le llamo con una propuesta que cabe dentro.

El encargado cruzó los brazos. Leo dejó de marcar la hoja.

Expliqué el horario exterior, el pasacalles hasta la puerta, los cinco minutos de margen y que la fiesta continuaría dentro con las puertas cerradas. Después fui a la parte difícil.

—Queremos cerrar a las cuatro menos diez con una pieza en directo. Cuatro músicos, sin amplificación.

El gerente respiró al otro lado.

—Las charangas no terminan nunca a su hora. Eso lo sabe usted igual que yo.

Se lo había dicho yo a Leo un rato antes, casi con las mismas palabras. Leo levantó el lápiz y se quedó con él en el aire. Para eso no tenía papel.

—Esta termina —dije—. Yo enciendo las luces del salón a las cuatro en punto. Con las luces encendidas, nadie pide otra.

El encargado carraspeó.

—Con el personal de la finca —añadí.

Me lo agradeció descruzando los brazos.

—¿Usted en persona? —preguntó el gerente.

—Yo en persona.

—Lo que no quiero es a todo el mundo entrando y saliendo con los instrumentos.

Leo arrancó con cuidado una esquina de su hoja y se puso a escribir. Esta vez esperé el papel antes de contestar.

«Los cuatro guardan dentro. El resto, al coche a las 12».

—A las doce estarán recogidos —dije—. Los cuatro del cierre guardan sus instrumentos dentro y el resto se va con los suyos. No hay que volver a abrir el jardín.

Leo cogió la esquina de papel cuando se la devolví y añadió una línea. Me la puso delante otra vez.

«Yo reúno a los cuatro».

El gerente quiso saber cuándo se podía probar. Leo escribió dos opciones debajo de la última línea. Le propuse una.

—Prefiero dejarlo cerrado hoy con usted que discutirlo el cinco de septiembre con toda la boda mirando y un trombón —dije.

Hubo un silencio. Leo bajó la cabeza. Vi que estaba sonriendo.

El gerente soltó una risa breve.

—Mándamelo por escrito. Y esa pieza se prueba antes.

—Lo dejamos incluido.

Colgamos. Yo tenía el móvil caliente y la boca seca. El encargado señaló la hoja plastificada.

—Yo es lo que les había dicho.

Leo abrió la boca.

Le di un toque con la punta de mi zapato.

La cerró.

Mandé el correo desde allí mismo. Leo todavía estaba guardando el trombón cuando llegó la respuesta del gerente: conforme, con prueba de sonido.

Yo recogí las hojas que habíamos dejado sobre la tarima. Había una marca de mi zapato en el suelo recién fregado; la borré con la suela antes de salir.

En el aparcamiento pegaba el sol. Leo me miró por encima de la funda.

—Te has apartado de la campana antes de que soplara —dijo.

—Tú has pedido «una nota» con cara de no haber roto nunca nada.

—Era una.

—Era una muy grande.

Apoyé la carpeta en el techo de mi coche. Leo dejó la funda en el asiento de atrás del suyo. Esta vez la acomodó sin pelearse con ninguna puerta. Yo intenté ver cómo se encajaba aquella parte larga sin parecer interesada en una funda por tercera vez en mi vida.

—No pensaba que fueras a conseguir lo de dentro —dijo.

—Qué poca fe.

—No pensaba que fueras a pedirlo.

No supe qué contestar a eso, así que cambié de tema.

—¿Y por eso has traído el trombón? ¿Para ablandarlo?

Leo se rio. Fue una risa sin cuidado, con una mano apoyada en el coche. Me reí con él.

—Quería saber cómo sonaba —dijo.

—Ya lo sabemos. Nos han oído hasta en las viñas.

Cerró la puerta trasera.

—Has estado muy bien al teléfono.

—Tú has estado muy bien pasando papelitos.

—Los hago con buena letra.

—Eso ya lo habíamos establecido.

Recogí la carpeta del techo.

—¿A Carla le hace tanta ilusión? —pregunté.

—Le gusta bailar con nosotros. Desde siempre. A veces no viene al ensayo y luego sabe las piezas mejor que yo. Quería regalarle eso.

Me dieron ganas de preguntarle qué otras cosas le apetecían, pero acabábamos de conseguir música para una boda y me pareció que la mañana ya llevaba bastante.

—La próxima vez cómprale algo con un lazo —dije.

—¿Y quitarte la diversión?

Abrí la boca.

Él esperó.

No se me ocurrió ninguna respuesta que no fuera la verdad, así que le hice un gesto para que se fuera de una vez. Se subió al coche sin ninguna prisa.

Yo entré en el mío. Bajé las ventanillas y tiré la carpeta al asiento de al lado. No tenía ninguna necesidad de apuntar lo que acababa de pasar: estaba todo en el correo. Busqué el cuaderno de todas formas.

Volví a las páginas de 2006. La lista de «Características de mi marido ideal» ocupaba una página entera. El primer requisito que vi decía «Que no discuta nunca».

Le pasé el boli por encima. Una raya limpia.