5. Las amigas
Las amigas
Tenía el cuaderno abierto sobre la mesa de mi cocina y una aceituna entre los dedos. Noe había arrastrado su silla para leer con ella. Yo dejé la botella de vino junto a los vasos.
—Es su boda con otra —aclaré.
—Eso espero —dijo Bea—. Porque he traído un solo regalo y es el vino.
Noe levantó la cara con una sonrisa enorme.
—Pero ¿cómo no nos lo has contado?
—Os dije que tenía boda.
—Podías haber añadido el apellido —dijo Bea—. Por ahorrar tiempo.
Me senté en la silla que quedaba libre. Llevaba el día entero ordenando presupuestos y tenía el pelo sujeto con una pinza que había perdido dos dientes.
Antes de que ellas llegaran me había cambiado la camiseta por una rosa con la espalda abierta, aunque no iba a salir de casa.
Me apetecía que alguien me viera vestida de algo que no fuera «mujer que recibe un paquete».
El ventilador de la encimera llevaba toda la tarde moviendo el mismo calor de un lado a otro.
Noe me pasó un vaso. Bea empujó hacia mí el plato de aceitunas.
—¿Le has cobrado? —preguntó.
—Claro.
—Pues ya no tengo más objeciones.
Noe volvió al cuaderno. Pasó un dedo sobre un corazón de tinta azul que ocupaba medio margen.
—Este es mío.
—Ya lo sabemos —dijimos Bea y yo a la vez.
Tenía dentro dos iniciales que no correspondían a Sergio ni a mí. Noe acercó el papel para mirarlas mejor, hizo memoria y puso el vaso delante.
—Eso no hace falta leerlo.
Bea le quitó el vaso. Debajo del corazón, la letra adolescente de Bea había dejado, firmado con una B: «Noe, esto es el cuaderno de Vera».
Nos reímos las tres. Noe intentó defender el corazón diciendo que cabían más personas, y Bea empezó a buscar otros delitos de ocupación.
Un clip sujetaba las hojas con mis notas nuevas. Lo de 2026 quedaba cerrado. Aquella noche las había llevado a cenar a las tres chicas de 2006 y ya era bastante gente para mi cocina.
—¿Y la novia? —preguntó Noe.
—Me gusta.
—Vaya —dijo Bea.
—Mucho. Es divertida. Sabe lo que quiere. Me cae bien incluso cuando me dice que no, que me parece un abuso por su parte.
Noe apoyó los codos en la mesa.
—¿Y él?
—Tiene canas.
Las dos esperaron.
—Y lee los contratos enteros.
Bea se llevó la aceituna a la boca.
—Eso sí que es nuevo.
Noe no insistió. Acercó la fuente de queso, se sirvió un trozo y preguntó qué necesitaba.
Aquello me facilitó bastante las cosas. Había ensayado una entrada en la que el trabajo aparecía después de la segunda copa, por casualidad y sin que pareciese que las había invitado por algo. Noe se estaba comiendo el primer trozo de queso y ya había encontrado el centro de la reunión.
—Quiero que hagas las fotos.
Se le cayó el queso del cuchillo.
—¿Yo?
—No, tu prima la de las oposiciones. Tú.
—No me lo digas de broma.
—No es de broma.
Dejó el cuchillo. Se limpió los dedos en una servilleta y cogió el móvil.
Yo la conocía. Aquella era la parte en la que iba a enseñarme algo.
—Tengo una boda de hace dos años que no has visto entera. Te enseñé cuatro fotos, pero hay una serie...
Deslizó el dedo y nos acercó la pantalla. Una mujer se reía con la boca llena. A su lado, otra intentaba quitarle una miga del labio. Había un niño dormido sobre dos sillas y una novia descalza, con el vestido recogido en una mano, mirando algo que quedaba fuera de la foto.
Pasé a la siguiente.
—Esa no —dijo Noe—. Vuelve.
Era una foto de una espalda. La novia abrazaba a un hombre mayor y se le veía la mano apretada contra la tela. Nada de caras sonrientes a la cámara. Esta vez no pasé a la siguiente.
—¿Lo ves? —preguntó.
Lo veía.
Bea ladeó la pantalla porque el reflejo de la lámpara le tapaba una esquina.
—Pues tendrás que dejarla trabajar —me dijo.
—No he dicho que no.
—Tienes cara de haber empezado una lista.
No tenía cara. Tenía la lista. Estaba en el móvil, en una nota que se llamaba «Fotos web», y tenía doce puntos.
Noe extendió la mano. Le di el móvil, porque negarlo delante de Bea habría sido peor.
—«Cuatro: centros de mesa con luz de tarde» —leyó—. ¿A qué hora cenan?
—A las nueve y media.
—En septiembre, a las nueve y media es de noche, Vera.
—Ya lo sé.
Lo sabía. Lo había escrito igual.
Noe siguió bajando por la lista. A cada punto le salía una arruga nueva entre las cejas. Bea se sirvió vino, muy tranquila.
—Vale —dijo Noe, y me devolvió el móvil—. Mi precio son mil novecientos. Con IVA. Desde los preparativos hasta el final de la fiesta, con la edición y la galería. Vídeo no hago.
—Precio de amiga —dije.
—A ti te lo dejo en mil quinientos, con lo mismo. —Levantó un dedo antes de que yo respirara—. Los cuatrocientos de diferencia me los pagas en libertad. No me mandas capturas de otras bodas. No me das listas. Yo miro y yo decido cómo.
—Alguna foto necesitaré.
—Una. Elige una.
—¿De doce?
—De doce.
Bea levantó su vaso.
—Está siendo una reunión preciosa.
Cada punto de la lista tenía su razón. Los centros, para que se viera el trabajo de flores. Los novios entrando, para la portada de la web. La mesa dulce, porque a la gente le encantan las mesas dulces aunque luego no se coma nadie un pastel.
—Noe, necesito más de una.
—¿Para qué?
—Para que alguien me contrate en primavera.
Lo dije demasiado deprisa. Noe dejó el vaso y Bea, que llevaba toda la noche haciendo comentarios, se quedó callada.
Yo me puse a deshacer la esquina de la servilleta.
—Con mis honorarios de esta boda pago el alquiler del local hasta primavera —dije.
Noe me cogió la servilleta antes de que terminara de deshacerla. Bea fue la primera en hablar.
—¿Has firmado un alquiler sin enseñármelo?
—Bea.
—Mañana me lo traes. —Me puso un trozo de pan en la mano y empujó el queso hacia mí—. Y vas a cenar. Que te has comido dos aceitunas.
Noe cogió su móvil, buscó otra vez la foto del abrazo y lo dejó en la mesa, entre las dos.
—Esta foto no estaba en ninguna lista de nadie —dijo.
Me comí el pan. Volví a la nota del móvil. Fui borrando los puntos uno por uno. Bea los contaba en voz baja. Dejé uno solo: «La mesa antes de que se siente nadie».
Noe lo leyó.
—Esa te la habría hecho igual.
—Pues la quiero por escrito.
Bea sacó un boli del bolso y se lo tendió a Noe.
Noe buscó una servilleta limpia y anotó lo que entraba en el precio: los mil quinientos, los preparativos, la fiesta entera, la galería y «una mesa sin nadie».
Debajo, después de pensarlo, añadió: «Horarios y montajes, se hablan antes».
Más abajo: «Serie para la web de V., con permiso de los novios y con mi nombre».
Mientras escribía, le mandé a Carla el enlace de la galería de Noe y el presupuesto de mil quinientos, con una línea: «Esta es la fotógrafa de la que os hablé».
Noe tiró del cuaderno hacia ella. La hoja siguiente se resistió al pasar. Un trocito de celo se había quedado pegado al margen. Lo soltó con la uña y apareció un recorte de una novia, de perfil, con el velo levantado por el viento.
La modelo miraba hacia un sitio muy importante que no se veía. El velo ocupaba media página y yo había reforzado el borde con purpurina plateada, porque el vestido, la modelo y el viento debían de parecerme insuficientes. Debajo había una nota.
Noe dejó escapar una carcajada.
—La cortina.
—No empecéis.
—Tu madre pensaba que habíamos abierto la ventana con todo enganchado —dijo Bea.
—Tú no estabas cuando entró.
—Por eso puedo hablar del tema con serenidad.
Noe ya estaba mirando hacia la encimera.
—No —dije.
—Un segundo.
Juntó dos servilletas, me quitó la pinza del pelo y me las sujetó en la cabeza. La pinza, con los dientes que le quedaban, hizo lo que pudo. Bea apartó mi vaso por si aquello progresaba.
—De perfil. Barbilla arriba. Así.
Me giró la barbilla con dos dedos y se echó hacia atrás con el móvil. Aguanté tres segundos.
—Tendrías que cogerlo desde más abajo —dije—. Para que el velo quede contra la lámpara.
—Tres segundos —le dijo Bea a Noe—. Lo que te ha durado la libertad.
Noe no me hizo caso. Buscó el encuadre a su manera, un paso a la izquierda, medio paso atrás. Recuperé mi vaso para tener las manos ocupadas y no colocarle la cámara.
Bea se levantó y puso el ventilador al máximo.
Las servilletas salieron disparadas en el mismo momento en que yo bebía. Una se fue a las aceitunas. La otra me tapó la cara. Me reí con el vino todavía dentro y se me escapó por la nariz.
Noe disparó una ráfaga. Bea me pasó una servilleta de las que habían sobrevivido, apagó el ventilador y habló con voz de acta:
—Probado con el ventilador de la cocina. Resultado: servilleta en las aceitunas, Vera con vino en la nariz, nadie enfadada. Efecto regular.
Noe no se reía. Estaba pasando las fotos de la ráfaga una por una, con la boca entreabierta. Se paró en una y giró la pantalla hacia mí. La servilleta estaba en el aire, a medio camino entre mi cara y la lámpara, y yo salía con los ojos cerrados y la boca abierta de risa.
—Con una novia de verdad y viento de verdad —dijo—, esto es portada.
Lo dijo con una alegría que me hizo volver a mirar el recorte.
—Con una máquina de viento saldría limpio —añadió—. Sin enchufarle a una novia el ventilador de nadie.
—La novia tendría que querer —dije.
—Y yo querría hacerla. Una foto así, bien hecha. Mía.
—Podemos proponérsela.
—Podemos.
Noe fotografió el recorte, sin despegarlo de la página.
El móvil vibró sobre la mesa. Carla había visto la galería.
«Nos gusta. Adelante con Noe. Mañana firmamos la reserva».
Le enseñé la pantalla. Noe dejó su móvil con mucho cuidado y levantó los brazos. Nos abrazamos por encima de la mesa.
—Hay otra cosa —dije cuando volvimos a sentarnos.
Bea dejó el vaso en la mesa.
—El hermano de la novia —seguí.
Noe levantó las cejas.
—¿Tiene hermano?
—Leo. Iba a nuestra clase.
—¿Leo? —repitió Bea.
Repetí el nombre. Noe buscó su cara un instante en algún sitio por encima de mi hombro y acabó negando con la cabeza.
—No me acuerdo bien.
—Pues lleva una funda.
Bea esperó.
—Negra. Grande. Pesa. Viene de tocar. Pero tiene una forma rarísima.
—¿Y por qué no se lo preguntas? —dijo Noe.
—Porque ya le he puesto un lápiz detrás de la oreja y tampoco quiero hacerle un inventario entero.
Noe bajó lentamente el móvil.
—¿Le has puesto qué?
—En una reunión. Estaba ahí.
—¿La oreja? —preguntó Bea.
Les conté el gesto, solo el gesto, y me llevó más tiempo del necesario, porque Noe me hizo repetir dónde tenía él la mano y Bea quiso saber si aquello iba incluido en los honorarios.
—No me lo pongas difícil —le dije—. Estoy intentando hablar de música.
Cogí una servilleta seca y dibujé la funda. Una parte larga, otra más ancha, una curva que me había resultado imposible encontrar en el buscador. Noe estiró el cuello.
Bea ni siquiera se acercó.
—Trombón.
—¿Cómo lo sabes?
—Por la forma.
Miré el dibujo. Luego a Bea. Bea se comió una aceituna.
—Pues en internet me salieron escopetas —dije.
Nadie me contestó. Noe giró la servilleta hacia ella y asintió.
Intenté ponerle a Leo un trombón en las manos. Me salió un hombre muy serio soplando una hoja de cálculo.
—Mira esto —dijo Bea.
Tenía el cuaderno otra vez delante, abierto por la página del recorte. Había una frase pequeña en una esquina, medio escondida debajo de un comentario de Noe sobre el ramo.
Acercamos las cabezas.
«Leo dice que Sergio no es para tanto. Leo es un AMARGADO».
Era mi letra. La mayúscula de «AMARGADO» había traspasado un poco el papel.
—No me acordaba de esto —dije.
Noe negó con la cabeza. Bea volvió a leerlo, esta vez para sí.
Fui a pasar la página y no la pasé.
Bea dio un golpecito en la queja de la esquina.