4. Con su gente
Con su gente
La libreta de las croquetas tenía mejor aspecto que mi agenda de empresa.
Era pequeña, azul, con una goma que ya no sujetaba y una mancha de aceite en la esquina. Sergio la había puesto en el centro de la mesa, abierta por una página que llevaba una fecha, un nueve y medio y la palabra «Ramón» rodeada dos veces.
Yo había preparado muestras de mantelería, un plano del jardín y una propuesta de fotografías con una luz preciosa. Ellos habían traído aquello.
Carla dejó el bolso en una silla y se sentó en el suelo, encima de uno de los cojines que yo había comprado el sábado.
Lo hizo sin mirar siquiera dónde se apoyaba, como si llevara años reuniéndose allí y yo hubiese tenido siempre dos cojines rosa y uno verde que había elegido porque estaba rebajado.
No dijo nada de ellos. Los cojines quedaron inaugurados con su culo.
—Antes de empezar —dijo Sergio, señalando la libreta—, esto es importante.
—Lo tengo apuntado para el menú.
—Es que no son unas croquetas cualquiera.
Carla le tocó la rodilla.
—Deja primero hablar a Vera.
Agradecí el orden. Tenía una propuesta en la que llevaba pensando desde el jueves: veinte minutos durante el cóctel, antes de que los novios entrasen con los invitados, para aprovechar la luz de septiembre en la finca.
Veinte minutos bien hechos. Podía ver las fotos: las viñas detrás, el vestido moviéndose, las copas aún llenas, todo a punto de empezar. Giré el plano hacia Carla.
—Aquí hay un rincón que nos vendría muy bien. Con un fotógrafo que sepa aprovecharlo, en veinte minutos tendríamos una serie preciosa.
—¿Durante el cóctel?
—Al principio. No os perderíais casi nada.
En cuanto dije «casi», deseé haber utilizado otra palabra. Carla se subió un poco la falda para cruzar mejor las piernas. Sergio cerró la libreta, dejando un dedo dentro.
—Yo ahí quiero estar con la gente —dijo ella.
—Claro. Después tendríais toda la cena y...
—Pero la cena es sentada. Mi prima va a estar dando vueltas con el niño, mi abuela se cansa, los de Zaragoza se van antes. Quiero coger algo de una bandeja y que alguien me diga que pruebe otra cosa. Y quiero poder hacerle caso.
—Las fotos son lo único que os vais a llevar a casa —dije. Lo había dicho en el hotel unas cuarenta veces.
—¿Y si las fotos bonitas son las de eso? —Carla señaló el jardín vacío del plano—. Las de nosotros con los demás.
Tenía razón, que era una cualidad bastante incómoda en una clienta cuando tú ya habías elegido hasta la tipografía con la que ibas a presentar las fotos en tu web. Sergio apartó el dedo de la libreta.
—A mí me han hecho repetir un brindis.
—¿En una boda?
—En una comunión. Mi vaso era de agua y no quedaba bien.
Bajé el boli al papel. Había dibujado un pequeño sol junto al rincón del jardín. Le puse encima una cruz.
Era la primera novia que me decía que no en mi local, sobre un cojín que había elegido yo, y aquello le daba al asunto una intimidad innecesaria. Le di la vuelta al plano y dejé la cara en blanco delante de Carla.
—Vale. Entonces dibújame el cóctel.
—¿Yo?
—Tú. Pero no las mesas. A tu gente. ¿Dónde se pone tu abuela?
Carla me quitó el boli y se inclinó sobre el papel mordiéndose la lengua.
—A la sombra. Cerca de la entrada, que no le gusta andar por la grava.
—¿Tu prima?
—Donde haya césped. El niño se tira.
—¿Los de Zaragoza?
—Cerca del aparcamiento. Para irse sin despedirse, que es lo que hacen.
Sergio le pidió el boli y añadió un círculo pequeño junto al de la abuela.
—Yo, un rato aquí. Tu abuela me guarda las aceitunas.
En diez minutos teníamos un cóctel lleno de círculos. Recuperé el boli y tracé por dónde tenían que pasar las bandejas: primero la sombra, luego el césped y luego el aparcamiento, antes de que se escapara Zaragoza. Carla lo estudió con la cabeza muy quieta.
—Así sí —dijo.
Volví a girar el plano. Debajo del sol tachado apunté «reportaje natural» y «buscar otro momento para retratos».
—¿Y vestido? —pregunté—. ¿Lo tienes ya?
Carla sonrió antes de responder.
—Sí.
Aquella sonrisa me dio pie a intentarlo.
—En la lista había una idea que podemos adaptar. Un vestido para la ceremonia, otro para la cena y...
Carla ladeó la cabeza.
—¿La lista del archivo?
—Sí.
—Pues esa no. El mío ya me gusta entero.
Lo dijo sin pedir disculpas. Me gustó mucho cómo lo dijo.
Sergio asintió con una firmeza de hombre que no había visto el vestido pero respaldaba a su futura esposa en la conservación de todas sus piezas.
—Me lo probé y bailé —siguió Carla—. La chica de la tienda me puso música. Yo le dije que no hacía falta y me la puso igual. Es muy pesada. La quiero mucho.
Se puso de pie de un salto, tarareó dos compases de algo que no reconocí y dio una vuelta entera entre la mesa y la pared, con los brazos arriba.
—Quiero ese —dijo, sin aliento—. Toda la noche. Si me pongo otro, estaré pensando que el primero está en una percha mientras yo estoy por ahí.
—Entonces tenemos vestido.
—Tenemos vestido.
Lo rodeé en el papel. El disgusto era exclusivamente sentimental y, por tanto, no procedía facturarlo.
Carla volvió al cojín. Esta vez acercó el verde y se lo puso detrás de la espalda.
—Ahora sí —le dijo a Sergio.
Él abrió la libreta con cuidado. En las primeras páginas había nombres de bares y notas que iban del cuatro a un ocho con un signo de interrogación.
—Empezamos en nuestra primera cita —explicó Carla—. Él dijo que las croquetas estaban bien.
—Estaban bien.
—Tenían el centro frío.
—Por fuera estaban muy bien.
—Pues así llevamos seis años.
Sergio buscó una página y me la enseñó. Bajo un nombre tachado ponía: «Muy caliente fuera. Dentro, sorpresa».
—Es mío —dijo, orgulloso.
Me acerqué la libreta. Había notas sobre el tamaño, la bechamel, el jamón y una que decía «se deja coger sin quemarte». Los nueves eran escasos. El nueve y medio de Ramón destacaba limpio, con la fecha al lado.
—Las del bar de la plaza —dijo Carla—. Las queremos en la boda.
Estuve a punto de contestar que en las bodas las croquetas las pone el catering. Me mordí la frase antes de sacarla.
—¿Cuántas queréis?
Se miraron.
—Bastantes —dijo Sergio.
—Para la gente que hay, bastantes pueden ser quinientas.
Sergio se puso a pensar en quinientas croquetas.
—Qué bonito —dijo, y esta vez no había ningún dinosaurio de por medio.
—Él dice que frías no son suyas —me advirtió Carla.
Ahí estaba el problema de verdad. Unas croquetas que viajan veinte minutos en una bandeja llegan a la finca convertidas en otra cosa, y Ramón, por lo que contaba Carla, no era hombre de firmar otra cosa.
—¿Y si no viajan? —pregunté.
Los dos me miraron.
—Si frías no son suyas, que las fría allí. Con su freidora. ¿Ramón saldría de su bar un sábado de septiembre?
Sergio tardó en contestar.
—Ramón no sale de su bar —dijo al final—. Ramón es el bar.
—Por nosotros, igual sí —dijo Carla, y ya estaba sacando el móvil.
—No le llames todavía. —Le puse la mano encima del teléfono—. Primero miro qué catering nos deja tener a otro friendo en su terreno. Luego hablamos con Ramón. Eso no se pide por WhatsApp.
Carla guardó el móvil con pena. Sergio apuntó algo en su libreta. Lo leí al revés: «Vera: freidora».
Yo acababa de entrar en aquella libreta.
—¿Y fotógrafo tenéis? —pregunté.
Carla negó.
—Nos han mandado dos presupuestos. Uno trae un vídeo con dron y un tráiler.
—Yo tengo una fotógrafa en mente. Os enseñaría su trabajo antes de cerrar nada.
—Si trabaja así, con la gente, sí —dijo Carla—. Para fotos tenemos hasta mil ochocientos. Sin el tráiler.
Lo marqué junto a la otra llamada.
La campanilla pegó un golpe contra el cristal.
Leo apareció en la puerta, de lado, empujando con la cadera una funda negra enorme que se había enganchado al marco. Se paró. Retrocedió. La campanilla volvió a sonar, ofendidísima.
—Perdón —dijo él.
—A mí no —contesté, mirando la campanilla.
Traía el pelo húmedo junto a las sienes y una marca oscura en el cuello de la camiseta. Para sujetar la funda la había abrazado contra un costado, pero seguía ocupando espacio suficiente para que pareciera que llegaban dos.
Carla levantó una mano desde el suelo.
—Te has perdido lo de las croquetas.
—¿Cuántas?
—Quinientas —dijo Sergio, feliz.
—¿A cuánto? —me preguntó Leo.
—Todavía a nada. Es una forma de hablar.
—¿A cuánto la forma de hablar?
No le contesté. Apunté en la agenda «Ramón: precio» y lo subrayé de manera que lo viera.
Dejó la funda apoyada en una esquina. Tenía un extremo ancho, otro alargado y un bulto a media altura que me impidió decidir qué contenía. Podía ser un instrumento o una aspiradora con una vida muy intensa.
No pregunté.
Leo bebió agua de la botella que sacó del bolsillo lateral y se secó la boca con el dorso de la mano. Yo pasé a la página del menú y escribí «bebidas» sin que nadie hubiera dicho nada de las bebidas.
—¿Vienes de tocar? —preguntó Sergio.
—Sí.
Instrumento. Bien. Una posibilidad menos.
Carla le explicó lo de la freidora mientras yo trazaba una línea en el margen. Larga, con un final abierto. Se parecía muy poco a la funda. Añadí el bulto.
—¿Eso qué es? —preguntó Leo.
Tapé el dibujo con la mano.
—Una distribución.
—¿De qué?
—De espacios.
Se volvió hacia la esquina donde había dejado su equipaje.
—Ah.
Me incliné sobre las muestras de mantelería. Habíamos hablado de blanco y verde en la primera reunión. Carla acercó una tela color frambuesa a la libreta azul de Sergio.
—Esta me gusta.
—Podemos ponerla en las servilletas —dije—. La mesa quedaría alegre sin tapar las flores.
Sergio probó a doblar una muestra y Carla se la quitó para hacerlo de otra manera. Leo fue a buscar la silla plegable al fondo.
La funda se quedó sola en su esquina, a medio metro de mi pie.
La empujé con la punta del zapato, solo para saber cuánto pesaba. Pesaba. No se movió con el primer empujón. Con el segundo se inclinó hacia la pared con un ruido de metal. La sujeté con las dos manos antes de que se cayera, y en ese momento volvió Leo con la silla.
Miró la funda y luego a mí, abrazada a ella.
—Pesa —le dije.
—Sí.
Dejó la silla en el suelo, vino hasta la esquina y apoyó una mano en la parte de arriba, lejos de las mías. Esperó a que yo soltara y la dejó recta contra la pared.
Me pareció un gesto demasiado cuidadoso para una aspiradora.
Mientras recogían, guardé la propuesta inicial debajo de las muestras. Cuando se marcharon, el cojín verde seguía apoyado contra la pata de la mesa. Lo dejé allí para la próxima reunión.
Abrí el cuaderno. Todavía tenía en la mano el boli de gel morado.
Subrayé la primera línea. La segunda vez apreté un poco más.
Por la noche, ya en la cama, cerré el correo, abrí el buscador del móvil y escribí: «funda instrumento negra grande».
Me salieron guitarras, escopetas y una oferta de pesca. Añadí «pesada». Salieron más escopetas.