La boda de mi novio imaginario 3. El cuaderno en otras manos
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3. El cuaderno en otras manos

El cuaderno en otras manos

—Quiero ver el archivo —dijo Carla.

Lo dijo antes de quitarse las gafas de sol y antes de sentarse. Desde el jueves me había mandado cuatro audios, un vídeo de un perro con pajarita y siete mensajes. Tres de los mensajes decían «¿Y el archivo?».

Yo había llegado al local a las ocho de la mañana para prepararme.

Tenía un plan, y el plan eran los pósits.

Un código de colores por nivel de vergüenza: amarillo para lo que podía sobrevivir a una clienta, naranja para lo que podía sobrevivir a una clienta con una copa de vino y rosa fosforito para lo que, si alguien lo levantaba, me obligaría a cerrar la empresa y mudarme a Soria.

Había gastado un taco entero de los rosas.

El sistema duró cuarenta segundos.

Carla se sentó en el suelo. No en la silla de diseño, que estaba vacía y la esperaba, sino en el suelo, con las piernas cruzadas y el cuaderno en las rodillas. Antes de abrirlo pasó la mano por la tapa, por las estrellas y las fotos de revista.

—¡La del beso bajo la lluvia! —dijo—. La vi con mi madre a los doce años y lloré tanto que me tuvieron que hacer un Cola Cao.

Sergio, de pie detrás de ella, con las manos a la espalda, leía por encima de su hombro como un jubilado mirando una obra. Leo había vuelto a la silla plegable de las madres, con su hoja de cálculo y un café de la máquina de la esquina. Al llegar había dicho «buenos días» mirando el cuaderno.

Carla pasó con cuidado la primera página, que yo había tapado entera con dos pósits rosas, y se detuvo en la lista de la boda. La primera línea estaba destapada. Era la que yo quería que viera.

—«Entrar en descapotable» —leyó—. «Rojo». Con mayúsculas. ROJO.

—Era una niña muy enfática.

—Me encanta.

Debajo de la primera línea, un pósit naranja tapaba el resto. Carla no lo tocó. Lo que tocó, como quien levanta la tapa de una olla en una cocina ajena, fue el pósit amarillo de la página de enfrente.

Debajo había más firmas. Esa mañana, con un café y mucho optimismo, las había clasificado como sobrevivibles.

—«Vera Galán» —leyó Carla—. «Vera Galán», otra vez, con la ge más grande. «Vera y Sergio Galán», con dos anillos dibujados. —Me miró—. «Los Galán». En letra de imprenta. Como en un buzón.

Sergio se inclinó para ver mejor.

—Hacías unas ges preciosas —dijo.

—Practicaba mucho —dije.

Me ardía la cara. Me ardían también, sin ningún motivo, las rodillas.

Leo dijo desde el fondo, con el lápiz en la mano:

—Yo falsificaba la firma de la de Física.

Carla se giró en el suelo.

—¿Que tú qué?

—En la agenda. Notas para mamá: «Leo trabaja muy bien en clase». Firmadas por ella. Me salía mejor que a ella.

—¿Y para qué...?

—Porque llevaba un cuatro.

—¡Un cuatro! —Carla aplaudió, encantada—. ¡En Física! ¡Y ahora da clase de mates!

—Ha prescrito.

Aproveché que Carla seguía con su hermano para estirar la mano hacia el cuaderno. Carla, sin mirarme, lo apretó contra el pecho y pasó la página.

Eran las conversaciones de Messenger.

Las había impreso en 2006 con la impresora de mi padre, que gastaba antes el negro que el color, así que la mitad de las líneas habían salido azules. Estaban grapadas en tres tandas, y al lado, en el margen, había anotaciones mías con boli de gel morado. Había anotado mis propias conversaciones.

Carla carraspeó y leyó con voz de locutora de radio:

—«Vera: hola». «Vera: k tal el examen». Con ka. «Vera: a mí bien». «Vera: bueno, regular». «Vera: tú q pusiste en la tres». «Vera: holaaaa». Con cuatro aes. «Vera: stás?».

Pasó el dedo por la hoja, buscando.

—¿Y él?

En el margen, con el boli morado y mi letra redonda de entonces, ponía: «Sergio aparece como Ausente». Carla lo leyó en voz alta también.

Tres páginas más allá había, por fin, una línea suya. Una. La había subrayado con fosforito, por si se me escapaba.

—«Sergio: jaja» —leyó Carla.

—Yo eso no lo escribí —dijo Sergio.

—Pone que sí.

—Yo nunca he escrito «jaja». Yo escribo «jajaja». Con tres. —Se volvió hacia mí, muy serio—. Con dos parece que te ríes por compromiso.

—Es verdad —dijo Carla—. Con tres. Me lo dijo en nuestra primera cita.

Se hizo un silencio de mirar pisos en Soria. Carla miraba el papel. Sergio miraba a Carla. Leo había dejado de escribir. Yo calculaba cuánto me costaría devolver la señal y si me daría tiempo a quitar el vinilo dorado del escaparate antes de que se enterara todo Logroño.

—Pues a mí, con dos, me dio para un fosforito —dije.

Carla se echó a reír, con la cabeza hacia atrás y el cuaderno abrazado, y me tendió la mano para que me sentara en el suelo con ella. Me senté, con el vestido de lino y todo.

—Tía —dijo, secándose un ojo con el dedo—. Qué fe tenías.

—Mucha.

—Yo a los dieciséis no tenía tanta fe ni en mi flequillo.

Sergio se agachó a nuestro lado y señaló la línea subrayada, sin tocarla.

—De verdad que no es mía. Alguien me cogió el ordenador.

—Sergio, déjalo —dijo Carla.

Se levantó de un salto, con mi cuaderno todavía en la mano, y me lo devolvió con las dos manos.

—El descapotable me lo quedo —dijo.

—¿Y lo demás?

Miró un segundo el pósit naranja que tapaba el resto de la lista.

—Lo demás, ya veremos.

Con la mano ya en el pomo, se volvió.

—Que sea rojo de película.

—Y con presupuesto —dijo Leo, detrás de ella.

—Rojo de película y con presupuesto —repetí, y me lo apunté en la mano porque era lo que tenía más cerca.

Se fueron a las once y media. Carla, hablando ya por teléfono; Sergio, explicándole a alguien por el móvil lo de los tres «ja». Leo fue el último otra vez. Al pasar a mi lado se paró.

—Lo de la de Física era verdad —dijo.

—¿Lo del cuatro?

—Lo de que me salía mejor que a ella.

Y se fue. Esta vez la campanilla no sonó. No sé cómo lo hizo.

Sola en el suelo del local, con el vestido arrugado y el cuaderno en el regazo, busqué un boli en el bolso. El único que encontré era el de gel morado, que se había venido del trastero entre las páginas. Después de veinte años, escribía. Me lo tomé como una señal.

Busqué la primera página en blanco.

Luego volví a la lista. Despegué el pósit naranja con la uña. Debajo seguían, con la misma letra de entonces: «2. Tres vestidos». «3. Cien mariposas blancas al decir sí, quiero».