2. La primera reunión
La primera reunión
Llevaba once minutos de presentación cuando Carla empezó a dibujar en la servilleta.
Carla estaba dibujando un dinosaurio.
En diez años había visto aburrirse a muchas novias y conocía las señales. La primera es mirar el móvil. La segunda, dibujar. La tercera es decir «qué bonito» en el tono que se pone cuando alguien te enseña un bebé feo. Carla se había saltado la primera y le estaba poniendo velo al dinosaurio.
—Qué bonito —dijo.
Carla tenía treinta y dos años, unas gafas de sol en la cabeza aunque eran las seis de la tarde y estábamos dentro, y una forma de sentarse en mis sillas de diseño como si fueran el sofá de su casa. Me había caído bien nada más entrar.
Sergio, a su lado, escuchaba con muchísimo interés. Tenía los mismos rizos, con alguna cana, y la misma manera de ponerse serio cuando algo le importaba. En aquel momento le importaban las mesas.
—Las mesas de diez —preguntó—, ¿son de diez de verdad o caben doce apretados?
—Caben doce si nadie mueve los codos.
Lo apuntó en el móvil. Estaba apuntando lo de los codos. En el instituto yo reconocía su letra en cualquier papel, y ahora él escribía con el pulgar.
Al fondo, en la silla plegable que yo guardaba para las madres de las novias, estaba el hermano de Carla. Tenía una hoja de cálculo impresa sobre las rodillas y un lápiz detrás de la oreja. Carla me lo había presentado al llegar.
—Mi hermano Leo. Es profe de mates y nos vigila el dinero, porque Sergio y yo somos un peligro. —Y luego, sin darle ninguna importancia—: Creo que ibais juntos a clase.
—¡Claro! —había dicho yo.
No me acordaba de él en absoluto.
Desde entonces no había abierto la boca. Escuchaba con la cabeza baja y, cada vez que yo decía una cifra, se sacaba el lápiz de la oreja, la apuntaba en una esquina de la hoja y volvía a dejarlo en su sitio. Siempre en el mismo sitio. A mí ese lápiz me estaba poniendo de los nervios.
—Y para el primer baile —seguí— podemos jugar con la iluminación, bajar las luces del salón y...
Carla le dibujó al dinosaurio un ramo de flores.
El bolso estaba a mis pies, abierto. Dentro, entre la cartera y el neceser, asomaba una esquina de papel de regalo con estrellas plateadas. Lo había metido esa mañana sin pensarlo, entre el cargador y las llaves.
No lo abras, me dije. Eres una profesional.
—Aunque, claro —dije, y noté que la voz me cambiaba de marcha—, todo esto es la base. Lo que la gente recuerda de verdad es la entrada.
Carla levantó la vista del dinosaurio.
—Imagínatelo. Llegas a la iglesia en un descapotable. Antiguo. Rojo. Con un pañuelo en el pelo, gafas de sol, todo el mundo esperando en la escalera, y el coche para justo delante y...
—¡Rojo! —dijo Carla.
Le cambió la cara entera. Se quitó las gafas de la cabeza, se las volvió a poner, se las quitó otra vez. Me agarró del brazo por encima de la mesa.
—Sergio. Rojo.
—Mi tío tiene un Panda —dijo Sergio.
—Sergio, no.
Ya no me hacía falta mirar el bolso. Me lo sabía de memoria.
La capota bajada, el motor parado delante de la escalera, ella bajando sin prisa, porque ese día el mundo entero la está esperando y lo sabe.
Lo conté como lo había imaginado a los dieciséis, con los mismos adjetivos, y Carla me escuchaba con las manos en la boca.
Fue entonces cuando Leo, sin levantar la vista de su hoja, dijo:
—Eso no se te acaba de ocurrir.
Lo dijo bajito, pero lo oímos todos. Sergio dejó de mover la pierna. Carla me soltó el brazo.
—Tengo un archivo de ideas —dije.
Me salió con la seguridad de quien tiene un archivo de verdad, con cajones metálicos y etiquetas. Yo tenía en el bolso un cuaderno forrado de estrellas y el apellido de su futuro cuñado ensayado cuarenta veces en las primeras páginas.
—¡Un archivo! —Carla dio una palmada—. Me encanta. Un archivo.
Lo repitió dos veces más mientras firmaba el contrato, como quien se guarda un caramelo en el bolsillo para luego.
Firmaron a las siete y diez. Carla firmó con una floritura que se salió de la línea.
Sergio se leyó las cuatro páginas enteras, cláusula de cancelación incluida, y me hizo una pregunta sobre el IVA que era muy buena.
Leo no firmó nada. Repasó el total con la punta del lápiz y asintió una vez, como un árbitro que da por bueno un gol que no le gusta.
A Carla la llamaron de Toronto y salió a la calle a contestar. Sergio salió detrás de ella, con la chaqueta de ella en la mano.
Leo se quedó. Había vuelto al contrato.
—¿Algún problema con las cifras? —le pregunté.
—Ninguno. —Pasó una página—. Está muy bien hecho.
—Gracias.
—¿Por qué redondas?
—¿Las mesas?
—Las mesas.
—Porque en una mesa larga siempre hay alguien en la punta. Y el de la punta se pasa la boda viendo cómo se ríen los demás y en las fotos sale cortado. En una redonda no hay punta.
Lo pensó.
—En la boda de mi primo yo estuve en la punta.
—Se nota.
No sonrió, pero apuntó algo en la hoja. Me habría encantado saber qué.
—El descapotable no viene.
—Porque se me acaba de ocurrir.
Levantó la vista. Era la primera vez que me miraba de frente desde que había llegado, y tuve la sensación incómoda de que me estaba poniendo nota.
—Ya —dijo.
—¿Tú vienes a todas las reuniones a corregir, o solo a algunas?
—Solo a las de mi hermana. Ella y Sergio son incapaces de decir que no a nada que brille.
—Pues un coche no brilla.
—Si es rojo, sí.
Sacó el lápiz de la oreja.
—¿Cuánto cuesta un descapotable un sábado de septiembre?
—Depende de lo rojo que sea.
Lo apuntó en la esquina de la hoja: «descapotable, rojo, ¿?». Me incliné para leerlo sin ningún disimulo, y él giró un poco la hoja para que lo leyera mejor.
—Eso no es una cifra —dije.
Le quité el lápiz de la mano. Taché las interrogaciones y escribí debajo, con mi letra de presupuesto: «350-500, con chófer, medio día». Luego le devolví el lápiz. No a la mano. Se lo puse detrás de la oreja, en su sitio.
Se le puso roja la oreja, la del lápiz, y no lo tocó.
—Sin chófer sale más barato —añadí—. Pero entonces conduce tu tío el del Panda.
—No es mi tío.
—Pues peor.
—¿Te lo sabes de memoria?
—Me sé de memoria lo que cuestan las cosas bonitas. ¿Y tú? ¿Siempre lo apuntas todo?
—Casi todo.
—¿Y qué no apuntas?
—Lo que me acuerdo sin apuntarlo.
No tenía réplica para eso. Me había pasado dos cursos en la misma clase que él mirando la nuca de otro.
Carla dio unos golpecitos en el cristal del escaparate, justo encima de mi nombre en dorado, y nos hizo un gesto de que tenía prisa. Leo dobló la hoja de cálculo en cuatro y se la guardó en el bolsillo de atrás del pantalón.
Fue el último en salir. En la puerta se dio la vuelta y miró mi bolso. Justo la esquina de las estrellas.
Cerró la puerta con mucho cuidado, para que no sonara la campanilla, y sonó igual.