La boda de mi novio imaginario
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1. La llamada
La llamada
La llave Allen que venía con las estanterías no encajaba en ninguno de sus tornillos. Lo comprobé con los catorce. Luego volví a empezar por el primero, por si alguno había cambiado de opinión.
Era lunes, las nueve y cuarto de la mañana, y yo llevaba cuatro días siendo empresaria.
Tenía un local recién pintado en una calle peatonal del centro de Logroño, mi nombre en letras doradas sobre el cristal del escaparate y dos sillas de diseño para unos clientes que todavía no existían.
Olía a pintura plástica. El pintor me había jurado que el olor se iría «en nada», que en idioma de pintor quiere decir en marzo.
Me había puesto un vestido rosa palo y el sujetador bueno, el que aprieta, porque una empresaria tiene que estar bien sujeta aunque solo la vean las estanterías.
Durante diez años había organizado bodas en el departamento de eventos de un hotel.
Más de trescientas, con sus suegras, sus alergias al marisco y sus primos subidos a las mesas a las tres de la mañana.
Sabía cuántos minutos tarda en enfriarse un solomillo entre la cocina y la mesa catorce y cómo se saca a un tío borracho de un photocall sin que se entere ni el tío.
Todo eso lo había hecho bajo un logo que no era el mío.
Ahora tenía el mío, en dorado, y ni una sola boda en la agenda.
Necesitaba un encargo grande. Uno de verdad, con fotos bonitas para la web y una novia contenta que se lo contara a todas sus amigas.
El móvil sonó dentro de la caja de los zapatos que me había comprado para la inauguración. Número desconocido. Me aclaré la garganta y contesté con la voz que llevaba una semana ensayando delante del espejo del baño: el nombre de la empresa, mi nombre y un «buenos días» con sonrisa.
—Hola —dijo un hombre—. Perdona, ¿eres Vera? ¿Vera, la del instituto?
Reconocí la voz antes de que terminara la pregunta. Me puse de pie. Por lo visto, seguía teniendo dieciséis años y una carpeta forrada con su nombre. La caja de las estanterías crujió. Los zapatos se cayeron al suelo, primero uno y luego el otro, con mucha calma.
—Soy Sergio. Sergio Galán. No sé si te acuerdas de mí.
Que si me acordaba. Me acordaba de su horario de aquel curso, de que su perro se llamaba Toby y de que se comía el bocadillo del recreo en tres mordiscos y luego se limpiaba los dedos en el pantalón.
Me acordaba de su letra. Me acordaba de cómo sonaba su nombre dicho por mí, en mi cuarto, a oscuras y muy bajito, para ver qué tal.
Tenía un cuaderno entero para demostrarlo.
—Algo me suena —dije.
—¡Claro! Tú eras la del viaje de fin de curso.
Esperé el resto de la frase. No había resto.
—La que nos contaba en el autobús —siguió él, muy contento—. Cada vez que parábamos. Uno, dos, tres... Con una carpeta. No se perdió nadie en toda la semana.
—Era una carpeta muy buena —dije.
—¡Era buenísima! Oye, te llamo porque me caso.
Me lo dijo así, de golpe, con la misma alegría que lo de la carpeta.
Se casaba el sábado 5 de septiembre con una chica que se llamaba Carla y que yo no conocía porque era más pequeña que nosotros.
Tenían la finca reservada desde hacía un año, una entre viñas, a veinte minutos de Logroño, y la idea había sido organizarlo ellos solos.
—Pero Carla tiene un trabajo que se la come viva, la exportación de una bodega con clientes en Canadá —dijo—, y yo soy muy bueno comparando presupuestos y muy malo eligiendo.
Y el otro día vi en Instagram lo de tu inauguración, y le dije a Carla: si alguien puede montar una boda en tres meses, es la del viaje de fin de curso.
Mientras hablaba, descubrí que me estaba enrollando un mechón de pelo en el dedo. Lo solté. A los diez segundos lo tenía enrollado otra vez.
Tres meses. Con la finca reservada, era posible.
Difícil, caro en nervios, pero posible. Una vez había montado una boda en seis semanas para una novia embarazada de siete meses que quería casarse antes de que la niña saliera en las fotos.
La niña no salió. Salió el obstetra, que era primo del novio.
—Déjame que mire la agenda —dije.
Abrí la agenda. Era rosa, de tapa dura, con mi nombre grabado, y estaba en blanco hasta diciembre. Pasé páginas cerca del móvil para que se oyera bien el ruido.
—Me cuadra —dije—. Justo me cuadra. Cuéntame lo básico.
—¿Lo básico?
—¿Iglesia o civil?
—Iglesia. Por la abuela de Carla.
—¿Invitados?
—Ciento sesenta. Ciento sesenta y uno si viene mi tío Julián, que no sabemos si viene porque no sabemos si el Panda llega.
—¿Presupuesto cerrado?
—Eso lo lleva el hermano de Carla. —Bajó la voz, como si pudiera oírle desde donde estuviera—. Es muy suyo con los números.
Lo apunté todo. Iglesia, por la abuela. Ciento sesenta, más uno con Panda. Hermano, números. Era lo primero que escribía en esa agenda desde que la había comprado, y la letra me salió el doble de grande de lo normal.
—¿Y cuándo podemos vernos?
—¿El jueves a las seis? Aquí, en el local. Traed todo lo que tengáis: el contrato de la finca, la lista de invitados, las ideas.
—Ideas, Carla tiene muchísimas. Oye, Vera. Me alegro de que seas tú.
Me alegré de que no pudiera verme.
Colgué y me quedé de pie entre los dos zapatos. Tenía una boda. Tenía la boda de Sergio Galán, que se casaba con otra, y la otra me iba a pagar.
Recogí los zapatos. Me senté otra vez en la caja y escribí en la agenda rosa, en el jueves 4 de junio, a las seis: «Boda Sergio». Lo taché. Escribí: «Boda Carla y Sergio». Lo miré un rato y lo dejé así.
Luego mandé un mensaje al grupo de las de siempre: «Tengo boda». Noe contestó al momento con una fila de fuegos artificiales. Bea tardó un minuto más: «¿De quién?». Dejé el móvil boca abajo encima de la caja.
El trastero de mi madre está en el sótano de su edificio, al fondo de un pasillo con una luz de esas que se apagan solas a los treinta segundos.
Bajé a las once de la noche, todavía con el bolso colgado, y durante cuarenta minutos moví cajas agitando un brazo cada medio minuto para que la luz se acordara de mí.
Había cajas de Navidad, cajas de bañadores y una caja de cartón con «VERA INSTI» escrito en rotulador, con un corazón encima de la i.
Dentro estaban mis carpetas forradas, un diploma de natación y cuatro CD grabados con los títulos escritos a mano.
Uno se llamaba «PARA LLORAR (BIEN)». Lo dejé donde estaba.
El cuaderno estaba al fondo.
Pesaba más de lo que recordaba. Tenía las tapas forradas con papel de regalo de estrellas plateadas y, encima, fotos de revista recortadas y pegadas con celo: vestidos de novia, una playa, un anillo, una pareja besándose bajo la lluvia en una película que entonces me parecía lo más importante del mundo.
El celo se había vuelto amarillo y crujía al tocarlo.
—¿Buscas lo del chico de los rizos? —preguntó mi madre desde la puerta, en bata.
Y se volvió a su casa sin esperar respuesta.
Me senté en la caja de los adornos de Navidad y abrí el cuaderno por la primera página.
Había corazones por todas partes: en las íes, en los márgenes, alrededor de la fecha. Conté las maneras de escribir su nombre que había en aquella página y en la de detrás. Doce, contando una en la que me había equivocado y la había convertido en una flor.
No me reí. Leí las firmas otra vez. La letra era redonda y muy segura, la letra de alguien que sabía exactamente lo que quería y no tenía ninguna duda de que lo iba a conseguir.
La luz se apagó. Agité el brazo. Volvió.
Pasé la página. Arriba, subrayado tres veces con rotulador rosa, ponía «COSAS QUE TIENE QUE TENER MI BODA». Debajo estaba la primera línea: «1. Entrar en descapotable. ROJO».
Saqué el móvil y le hice una foto. Por si acaso.