Capítulo 23 — Tierra
Bajamos juntos por la escalera de peldaños que se encendían, y esta vez, detrás de nosotros, los peldaños no se apagaban. Se quedaban. Aire convertido en escalón, sosteniéndose solo en mitad de la nada, porque por una vez en todo el viaje no había ninguna prisa por borrar el camino de vuelta.
—Se queda la escalera —dije, mirando hacia atrás, hacia los peldaños encendidos colgando del cielo como un collar.
—Es suya —dijo Amaro—. Como yo. Las cosas suyas se quedan, ya lo ha visto. Lo pone en su impreso, en la letra grande esta vez.
Llevaba dos capítulos enteros sin oírle gastar un chiste —los había pasado mudo, hecho de humo— y se me saltó la risa tonta, esa que no controlo, la que me sale cuando algo me alivia por dentro más de lo que sé decir.
Me agarré a su brazo, que pesaba, que era un brazo de verdad, con su volumen y su abrigo viejo y sus cinco dedos otra vez completos, y bajamos los doscientos doce escalones del globo hacia el mar.
Los conté, claro. Por última vez los conté por costumbre; a partir de ahí pensaba dejar de contar tantas cosas.
Solo que el mar ya no era mar.
La marea, que había empezado a bajar allá arriba en la góndola en cuanto sonó el sello, seguía bajando.
Despacio, sin dramatismo, sin esa prisa educada y total con la que me había tragado seis veces.
Bajaba como quien recoge la mesa después de una comida muy larga, sin ganas de que se note que la cena se ha acabado.
Y según bajaba, iba dejando debajo algo que yo no había visto en seis islas de naufragios: tierra.
Tierra firme. Ancha. Con arena primero, mojada y brillante, y luego hierba, y luego más hierba, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, sin una cuadrícula pintada, sin una campana sin tocar, sin un cartel que dijera USO RESTRINGIDO ni LAS MAREAS SON OBLIGATORIAS ni nada.
Tierra a secas. La cosa más extraordinaria que había visto en todo el viaje, precisamente por ser la más normal.
—¿Y esto? —pregunté, pisando arena por primera vez en mi vida sin que nadie me persiguiera, ni me midiera, ni me sellara la mano, ni me asignara un turno—. ¿Qué isla es esta? Porque no me ha llegado ningún cartel de bienvenida ni ningún funcionario a abrirme expediente, y ya casi los echo de menos.
—No es una isla. —Amaro se agachó, cogió un puñado de tierra y lo dejó caer entre los dedos, despacio, como quien comprueba que algo es de verdad y no se lo está inventando—.
Las islas son tránsitos, Julia. Sitios de paso.
Decorados para curar a la gente y soltarla en otro lado.
Por eso se mueven, por eso desaparecen detrás de una cuando la marea sube.
Esto no. Esto no se mueve. —Levantó la vista, y en los ojos grises ya no estaba el miedo del faro ni el cansancio del globo: estaba una cosa nueva, sencilla, tan rara en él que tardé un segundo en reconocerla porque no se la había visto jamás.
Calma. Calma de hombre que ha llegado—. Esto es una orilla.
Tierra firme. El sitio donde uno se queda y deja de despedirse.
—¿Mi orilla óptima? —Se me cerró un poco la garganta sin permiso—. ¿La que usted calculó la primera noche, en la calle del farol? ¿La que era buena porque yo era feliz en ella... sin usted?
—No. —Y sonrió. Entero. Sin que le costara un dedo, ni un reflejo, ni una hora del año. Gratis, por primera vez en una eternidad—. Esa la quemé. O mejor dicho, la rompí. Mire.
Sacó del bolsillo del abrigo un papel doblado en cuatro: el folio del reglamento donde llevaba seis islas guardando mi destino, la página con mi orilla óptima escrita de su puño, la mejor que había leído en toda su carrera.
La desdobló un segundo, para que yo viera que era esa, y luego la rompió.
Por la mitad. Y otra vez. Y otra. Y dejó que la brisa se llevara los pedazos hacia el mar que se retiraba, hasta que no quedó ni uno.
—Esa orilla la calculé cuando todavía tenía que entregarla a usted en ella y darme media vuelta —dijo, viendo irse los trozos—.
Una orilla donde fuera feliz sin mí, porque era la única que yo, desde mi torre, atado a una linterna, podía ofrecerle.
Era lo más que podía quererla: mandarla a un sitio bueno donde yo no estorbara.
Pero ya no soy de la Oficina, Julia. Ya no calculo orillas para nadie.
Soy suyo. Reclamado, sellado, registrado, propiedad transferida al hallador.
—Señaló la tierra, la hierba, el horizonte limpio sin una sola línea pintada—.
Y un objeto suyo no manda a la gente a sus orillas.
Vive en la que usted elija. Y esta no la he calculado yo, fíjese.
Esta la ha hecho usted sola. Saltando por ventanas.
Tachando encabezados. Rellenando mi impreso al revés delante de mis narices.
Esta es la orilla que se ganó usted, a pulso, a campanazos.
Y, mire qué casualidad más bonita, a esta sí puedo llegar yo.
Porque ya no la entrego en ella. Me quedo en ella con usted.
Me senté en la arena, porque las piernas, que con este hombre siempre deciden antes que yo, decidieron sentarse.
Él se sentó al lado. Y por primera vez en seis islas no había un palmo entre los dos.
Ni una norma. Ni una marea esperando abajo para arrancarme en mitad de la frase.
Ni un reloj contando en voz baja lo que me iba a costar tenerlo cerca.
Solo dos personas sentadas en la arena, hombro con hombro, sin prisa.
Hice inventario. Por costumbre. Por última vez de la manera vieja, la de antes.
Saqué del bolsillo del abrigo todo lo que había cargado por seis islas, y lo fui dejando en la arena, en fila, a la luz nueva.
La llave de hierro del cerrajero. Esa me la quedo, decidí, y me la guardé otra vez: porque tuve razón, la tuve antes que nadie, y hay cosas que una guarda no porque abran nada, sino porque demuestran que una llegó primero a algún sitio.
El reloj parado de Tomás, las cuatro y diez, la hora a la que dejé de tener miedo. Lo puse de pie en la arena, mirando al mar, que es donde tienen que estar los relojes que marcan las horas que importan de verdad. Que se quedara ahí, marcando para siempre el minuto bueno, de cara al agua.
Las cinco letras —A, M, A, R, O— ya no las necesitaba sueltas, una en cada bolsillo, escondidas.
Porque el nombre lo tenía entero, completo, sentado a mi lado, respirando, con sonido.
Las junté en la palma, las miré, y se las di a él.
Que se guardara su propio nombre, que para algo le había costado seis islas y un cuerpo entero.
Y, al fondo del bolsillo, debajo de todo, lo de siempre. Lo que llevaba ahí desde el primer capítulo. Desde antes del primero, en realidad.
El anillo.
Oro blanco, piedra pequeña, tres gramos y medio.
El que me devolvieron por correo certificado a dieciséis días de la boda.
El que tiré al mar en la primera isla, con mi propia mano, y el mar me devolvió en la segunda, en el bolsillo, como si ni el océano lo quisiera.
El que llevaba seis islas conmigo, archivado en la categoría más incómoda de todas, sin saber dónde ponerlo.
Lo saqué. Lo miré a la luz nueva de aquella orilla que era mía, de verdad mía, ganada a pulso.
—¿Qué es eso? —preguntó Amaro, mirándolo.
—Un objeto sin reclamar —dije—. Lo tengo en custodia desde hace mucho.
Mucho más de noventa días. —Lo sopesé en la palma, una última vez.
Tres gramos y medio de lo que no me supieron querer—.
¿Sabe lo que pasa con los objetos que nadie reclama en noventa días?
Que es un poco la moraleja de todo este lío.
—Empiezo a tenerle cogido el truco —dijo.
—Pasan a quien los guarda. Y entonces quien los guarda, por fin, decide qué hacer con ellos.
Esa es la parte que a mí se me había olvidado: que después de guardarlo, una decide.
—Cerré la mano alrededor del anillo un segundo.
La volví a abrir—. Llevo siete años, y seis islas, con este anillo en la categoría de "pendiente".
Pendiente de qué, nunca lo supe. De que volviera el que lo mandó, supongo.
De saber qué hacer con él. De atreverme a hacer algo.
—Me levanté, fui hasta la orilla, donde el agua todavía lamía la arena al retirarse, despacio, sin tragarse a nadie—.
Pues ya está. Reclasificado. Llevaba seis islas pendiente y ya no.
Categoría: entregado. Que se lo quede el mar de una vez, que para devolverme cosas a la cara ya tuvo su oportunidad y la desaprovechó.
Lo dejé en la arena mojada, en la línea exacta entre el agua y la tierra, entre lo que se va y lo que se queda.
Y la ola siguiente, la primera que subía un poco en aquella marea que bajaba, se lo llevó.
Sin drama. Sin pared negra. Sin acuse de recibo.
Tres gramos y medio que por fin, después de tanto, dejaban de pesarme en el bolsillo y en otro sitio peor.
Volví a sentarme en la arena. Amaro me pasó el brazo por encima de los hombros, y pesaba, vaya si pesaba: un brazo entero de hombre que se quedaba, con su peso de verdad, no el aire del globo.
—Tengo que confesarle una cosa —dije, apoyando la cabeza en él.
—Diga. La escucho. Tengo voz y todo para escucharla, ahora.
—Llevo siete años catalogando lo que la gente pierde.
Paraguas, dentaduras, una pierna ortopédica, urnas, anillos.
Apuntándolo todo, numerándolo todo, poniéndole a cada cosa su estante y su categoría para que el mundo, cuando dolía, doliera al menos en orden.
—Lo miré—. Y resulta que sin darme cuenta yo me había convertido en una de esas cosas.
Un expediente. El número 4471. Algo que el mundo había perdido, había metido en una marea y procesaba isla a isla sin preguntarme.
Me pasé la vida del lado bueno de la ventanilla, el que cataloga, y de repente me tocó ser la catalogada, la del estante, la que espera a que vengan a por ella.
—¿Y?
—Y no pienso volver a serlo nunca. —Me reí, y la risa salió limpia—.
Lo he decidido ahí, viendo irse el anillo.
Se acabó lo de ser un objeto en la marea de nadie, esperando a que me reclamen.
A partir de ahora cataloga la que sabe. —Le di unos golpecitos en el pecho, en el abrigo, donde llevaba cosido en alguna parte, recuperado, su nombre entero—.
Y mi primera entrada de archivo en esta orilla nueva, la primera ficha de mi vida nueva, es usted, Amaro.
A ver, le voy a dictar la ficha: objeto hallado, varón, ojos grises, en perfecto estado tras una reparación integral de seis fragmentos.
Lugar del hallazgo: una calle vacía, de noche, junto a una campana.
Propietaria: Julia Gulliver. Ubicación: aquí, a mi lado.
Categoría... —fingí pensármelo, con el boli imaginario en el aire— . ..definitiva.
—¿Definitiva? —Arqueó la ceja partida por la cicatriz, divertido—. Cuidado con esa palabra, que en su oficio no existe. Usted me lo dijo una vez: nada es definitivo. Todo está siempre pendiente de reclamar, todo vuelve al estante tarde o temprano.
—Eso era antes. Esto no. —Y me acerqué, sin palmo, sin casi, sin espejo que lo borrara, sin reloj contando lo que costaba—. Esto está reclamado y bien reclamado, con todas las de la ley. Tengo el sello que lo demuestra y una funcionaria de testigo. A ver quién me lo discute.
Lo besé yo, esta vez. Y este beso tampoco os lo voy a contar, porque ya os he dicho que hay un par de cosas en la vida que una se guarda fuera del libro de registro, sin número, sin estante y sin categoría, solo para ella.
Pero os diré que esta vez no tuve miedo de que se transparentara en mis brazos, ni de que una marea nos cortara a la mitad, ni de que se me acabara entre los dedos.
Esta vez tenía todo el peso de un hombre que se quedaba, y todo el tiempo del mundo, que es lo único que de verdad se reclama cuando se reclama a alguien.
Detrás de nosotros, la escalera de peldaños encendidos seguía sin apagarse, colgando del cielo, por si algún día queríamos volver a mirar de dónde veníamos.
Delante, la marea seguía bajando, despacio, dejando tierra y más tierra, ganándole sitio al mar.
Y por primera vez desde que un hombre de uniforme me sentó en un ferri de las once y media con un anillo devuelto en el bolsillo del abrigo y una vida por delante que no sabía dónde archivar, no tuve nada pendiente.
Nada en el estante nueve. Nada en la categoría de "por reclamar". Nada esperando una marea que viniera a llevárselo.
Solo tierra firme bajo los pies, un hombre que se quedaba con todo su peso al lado, y una cataloguista de objetos perdidos que, después de siete años y seis islas devolviéndole a todo el mundo lo suyo, había encontrado por fin, ella también, dónde ponerse.