Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Epílogo — La oficina nueva
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Epílogo — La oficina nueva

Un año después, más o menos —en aquella orilla los relojes los pongo yo y a veces se me olvida darles cuerda—, abrimos la oficina.

Os la describo, que para eso soy cataloguista y lo mío, ya lo sabéis, es el inventario.

Mostrador de madera vieja, de ese color que solo dan los años y que nadie sabe imitar por mucho barniz que le eche. Estanterías hasta el techo, esperando que alguien venga a perder algo.

Un fichero giratorio enorme que rescaté del Instituto de los cartógrafos antes de que la marea bajara del todo y se lo tragara, porque me dio pena dejarlo allí huérfano de obsesos del orden; ahora gira en mi oficina y le pongo fichas que nadie va a amortizar.

Ventanillas con su numerito. Sellos. Muchos sellos. Los sellos son mi vicio confeso y a estas alturas de mi vida no pienso desintoxicarme de nada que no haga daño.

Por fuera, la oficina es idéntica a la otra.

A la suya. A la Oficina de Naufragios Sentimentales de la que Amaro fue mareógrafo durante una eternidad: la misma luz mortecina y bonita, el mismo olor a papel mojado y a sal, los mismos pasillos largos por los que dan ganas de perderse a propósito un rato.

Por dentro, justo lo contrario. Todo lo contrario. Esa fue la idea.

Porque la Oficina de antes cogía a la gente con el corazón roto, la metía en una marea sin pedirle permiso y la procesaba isla a isla hasta dejarla "saneada" en una orilla óptima donde fuera feliz.

.. a cambio de borrarle el viaje entero.

Te entregaban nueva, sí. Reluciente. Pero nueva como una ficha en blanco.

Sin la campana que tocaste. Sin las llaves que limaste.

Sin el faro. Sin acordarte de quién te lo enseñó, ni de lo que te costó, ni de a qué hora dejaste de tener miedo.

La nuestra no borra nada.

—Es la única norma —le dije a Amaro el día que colgamos el cartel, yo sujetando la escalera y él arriba con el destornillador—.

La única, pero esa es de hierro. Devolvemos a la gente a tierra firme, sí.

Pero con el viaje puesto. Que se acuerden de todo.

De lo que les dolió y de quién les enseñó a tocar su propia campana. Si no, ¿para qué naufragar?

—Para nada —dijo él, atornillando el cartel un poco torcido, porque sigue siendo muchísimo mejor moviendo mareas que manejando un destornillador, y yo se lo recuerdo a diario—. Naufragar sin acordarse es ahogarse dos veces. La segunda, gratis.

Lo besé por decir eso, ahí mismo, con él subido a la escalera y el cartel torcido.

Lo beso bastante, la verdad, no os voy a engañar.

Llevo un año entero recuperando todos los besos que nos cortó un palmo de distancia durante seis islas, uno por cada "casi", y voy con muchísimo retraso, así que no doy abasto.

Es un trabajo ingrato pero alguien tiene que hacerlo.

El cartel de la puerta lo escribí yo, con mi mejor letra de ventanilla, la de los domingos:

OFICINA DE NAUFRAGIOS SENTIMENTALES (en reformas filosóficas) Se atiende a corazones rotos. No se borra a nadie. Eustaquio vigila.

Porque Eustaquio vino con nosotros, claro. Cómo no iba a venir. La urna del estante nueve, la que en mis siete años de dársena cuatro no vino a reclamar absolutamente nadie.

Me lo traje el primer día, envuelto en mi bufanda para que no se golpeara en la travesía, y le busqué el mejor sitio de toda la oficina: encima del mostrador, en alto, presidiéndolo todo con esa autoridad callada que dan cuatro años sin que nadie te reclame.

Resulta —ya os sabéis la lección, es la moraleja de mi vida entera— que un objeto que nadie reclama, si lo guardas más de noventa días, pasa a ser tuyo.

Y yo a Eustaquio lo llevo guardando desde mucho antes de que me dejaran a mí en aquel ferri.

Es de la familia. Vigila las entradas, no cobra, y no opina, que es más de lo que puede decirse de la mayoría de los socios.

Nieves nos escribe. Le mandé una carta el primer mes —por correo normal, ojo, que el certificado lo tengo vetado de por vida por motivos sentimentales y no pienso explicar a estas alturas— contándole que estaba bien, que estaba en tierra firme por primera vez, que había reclamado un objeto en una oficina rara y que el objeto había resultado ser un hombre.

Me contestó tres folios apretados. El primero, entero, regañándome por desaparecer sin avisar y darle el susto de su vida. Los otros dos, pidiéndome detalles. Todos los detalles. Con dibujos, si podía ser. Es mi mejor amiga; las prioridades las tiene clarísimas y por eso la quiero.

El reloj de Tomás está en la repisa de la oficina, de cara a la ventana, parado en las cuatro y diez. No lo he puesto en hora, ni pienso. Hay relojes que es una falta de respeto volver a mover, me enseñó él en una relojería que ya no existe, y este marca la hora exacta a la que dejé de tener miedo.

La gente que entra a perder algo lo mira y me pregunta, por hacer conversación, si está roto.

Les digo que no, que está más exacto que ninguno, que es el único de toda la oficina que marca la única hora que de verdad importa.

No lo entienden en el momento; me miran con cara de "pobre, se le ha ido la cabeza con tanto sello".

No pasa nada. Algunos vuelven años después, ya recompuestos, solo para decirme, desde la puerta, que ya lo han entendido. Esos días cierro antes y lo celebro.

Trabajamos bien juntos, Amaro y yo. Era de esperar, si lo piensas: dos personas que se han pasado la vida entera llevando libros de registro de lo que llega y lo que se va, él en bronce y mareas, yo en papel y paraguas.

Él se ocupa de las mareas —las pocas que todavía movemos, y solo para traer suavemente a tierra a quien llega, nunca jamás para arrancar a nadie de ningún sitio—, y yo me ocupo del archivo, que es lo mío y no lo suelto.

Tenemos clientela. Más de la que querríamos, si os soy sincera, porque corazones rotos hay siempre, en todas las temporadas; es la única materia prima del mundo que no falla nunca.

Llegan en sus ferris de las once y media, con su anillo devuelto en el bolsillo, o su nota de tres líneas firmada con dos iniciales, o su campana que no se atreven a tocar.

Y nosotros no los procesamos. No los curamos a la fuerza, no los metemos en ninguna marea, no los mandamos a ninguna orilla óptima calculada por un funcionario que decide por ellos dónde serán felices.

Les enseñamos dónde está la campana, les explicamos que se toca tirando, y les dejamos decidir a ellos si la tocan o no.

La mayoría la tocan. Cuesta, vaya si cuesta, a veces se pasan tardes enteras mirándola sin atreverse. Pero la tocan. Para eso vienen, en el fondo, aunque lleguen jurando por lo más sagrado que ellos solo pasaban por aquí y que su corazón está perfectamente, gracias.

Os tengo que contar el último archivo. El que cierra el libro. Porque todo libro de registro se cierra con una entrada, y esta es buena.

La semana pasada entró por la puerta una mujer.

Impecable. Demasiado impecable para alguien que acaba de bajar de un ferri con viento.

Traje sin una sola arruga, ni una. Y una cara tan lisa, tan sin un rasgo de más, que tardé medio segundo largo en reconocerla, porque la última vez que la tuve delante llevaba una carpeta bajo el brazo, un sello en la mano y unas ganas enormes de borrarme la memoria y amortizar al hombre que ahora tarareaba en el mostrador de al lado.

La Interventora.

Solo que sin carpeta. Sin sello. Con las manos vacías, colgando a los lados, que en ella era lo más raro de todo el cuadro, como ver a un caracol paseando sin su concha, perdido y un poco indecente.

—Vengo... —Carraspeó. No sabía hacerlo, se le notaba; los interventores no carraspean, sellan, y ella estaba estrenando garganta para la duda—. Me han reasignado. Bueno. La Oficina central cerró. Del todo.

—Bajó la vista un segundo—. Resulta que hace un año un expediente reclamó a un activo por la vía del objeto hallado, en mis narices, con mi propio reglamento.

Sentó precedente. Y a partir de ahí se les vino abajo el sistema entero de amortizaciones, porque cualquiera podía reclamar a cualquiera, y una Oficina que no puede dar de baja a nadie no es una Oficina, es. .. otra cosa.

—Me miró, y por primera vez desde que la conocía no había hielo en aquella cara lisa, solo un desconcierto enorme, de náufraga—.

Ya no hay nada que intervenir. Me he quedado sin reglamento que aplicar.

Y sin reglamento, mire usted qué sorpresa, resulta que no sé hacer absolutamente nada más.

Cuarenta años corrigiendo y no sé ni atarme los zapatos sin una norma que me diga el orden.

—Bienvenida al club —dije, y lo dije sin sorna, porque la conocía bien aquella cara—.

Es exactamente lo que nos pasa a todos la primera vez que se nos cae el sistema encima de la cabeza.

Yo me caí de uno hace año y pico, en un ferri.

¿Sabe lo que se hace entonces, cuando se le viene abajo todo lo que sabía?

—No. —Y lo dijo de verdad. No lo sabía. Era la primera pregunta de su vida que no traía la respuesta en la letra pequeña.

—Se aprende otro oficio. —Cogí un sello de los míos, de los nuevos, de los que no borran a nadie, y lo dejé sobre el mostrador, delante de ella, despacio—.

Mire. Da la casualidad de que necesito a alguien que se sepa los reglamentos al dedillo, de memoria, comas incluidas.

Pero no para cerrarlos. Para lo contrario.

Para encontrarles las grietas. Las puertas que parecen muros.

Los artículos que dicen una cosa y, leídos al revés, dicen la que necesitas.

Usted de eso sabe un rato largo, aunque se haya pasado la vida usándolo para el lado feo.

Cogió el sello. Lo miró por todos lados, como quien sostiene un objeto de un planeta que no es el suyo. Le temblaba un poco la mano lisa, esa que durante seis islas no había temblado ni una vez.

—No sé si seré capaz de hacerlo... al revés —dijo, muy bajo—. Llevo toda la vida cerrando expedientes. Es lo único que se me ha dado bien nunca.

—Por eso, mujer. Por eso justamente. —Le sonreí—.

Nadie sabe abrir una puerta como quien se ha pasado la existencia entera cerrándolas.

Usted conoce todas las cerraduras de este sistema porque las puso usted.

Solo hay que darles la vuelta. —Le señalé una mesa libre, al fondo, junto a una ventana con vistas al mar que ya no arranca a nadie de ningún lado—.

Esa es la suya, si la quiere. Buena luz por las mañanas.

Pero le aviso de una cosa antes, y esta sí que es innegociable, ni con su mejor letra pequeña.

—¿Cuál?

—Aquí no se borra a nadie. Ni para mal ni para bien.

Ni aunque lo pida el cliente, que a veces lo piden, llorando, los primeros días.

Si alguien entra roto por esa puerta, sale acordándose de por qué se rompió y de quién le ayudó a recomponerse.

Sale con el viaje entero puesto. Esa es la norma de la casa. La única que tenemos. ¿La acepta?

Se quedó un rato largo callada, mirando el sello que tenía en la mano. Luego miró el mar por la ventana, el que baja en vez de subir.

Luego, por encima de mi hombro, miró a Amaro, que la saludó desde su mostrador con la mano izquierda, la de los cinco dedos completos otra vez, levantándola sin una pizca de rencor, con una media sonrisa de las suyas, porque querer bien te quita hasta las ganas de cobrarle facturas viejas a quien casi te tira por una compuerta.

Ella le sostuvo la mirada un momento. Algo se le movió en aquella cara lisa, despacio, como se mueve el agua bajo una capa de hielo que empieza a ceder.

—La acepto —dijo al fin.

Y le hice una chapita nueva, ahí mismo, que para eso tengo máquina y me hace ilusión usarla. Se la di antes de que le diera tiempo a arrepentirse, que en los reconvertidos el arrepentimiento es muy rápido los primeros días.

Decía, en letras pulidas: INTERVENTORA. Y debajo, en letra más pequeña, la única corrección que aquella mujer iba a tener que aprenderse de memoria, a fuerza de equivocarse, durante una buena temporada:

en formación.

Se la prendió en la solapa sin una arruga. Y se fue a su mesa del fondo, a aprender, a sus años, a abrir lo que se había pasado la vida cerrando. La primera semana cerró tres expedientes por costumbre y tuvo que reabrirlos pidiendo perdón. La cosa va lenta. Pero va.

Así que aquí estamos. Os hago el inventario final, que es como cierro yo los libros.

Una oficina vieja con la filosofía dada la vuelta del revés.

Un mareógrafo reconvertido en hombre que se queda, malísimo con el destornillador y bueno con todo lo demás.

Una urna que vigila la entrada desde lo alto del mostrador.

Un reloj parado en la hora correcta, de cara al mar.

Una antagonista con chapita de "en formación", aprendiendo a abrir puertas a una edad en la que casi nadie aprende ya nada.

Y yo, Julia Gulliver, treinta y cinco años cumplidos en tierra firme, cataloguista de profesión y, por fin, también de vocación, archivando corazones rotos no para guardarlos en un estante, sino para devolvérselos enteros a sus dueños, con el viaje puesto.

Si alguna vez naufragáis —y vais a naufragar, no os hagáis los valientes, que para eso estamos vivos y queremos a gente—, ya sabéis dónde estamos.

Dársena nueva, la del faro encendido, el único que se enciende para que entréis y no para avisaros de que os larguéis.

Preguntad por la de los sellos. O por el de los ojos grises. Cualquiera de los dos os abre.

Traed el corazón roto, que no os dé vergüenza, aquí entran todos. Traed el anillo devuelto, si lo hay, que ya le buscaremos categoría. Traed la nota de tres líneas. Traed, sobre todo, la campana que no os atrevéis a tocar.

Lo archivamos todo.

No borramos nada.

Y, si tenéis suerte, y mucha cara, y os sabéis los reglamentos mejor que quien os los pone delante, a lo mejor hasta os lleváis a casa, reclamado y bien reclamado, con su sello de entrada y su propiedad transferida al hallador, algún imposible de ojos grises que nadie vino a buscar en noventa días.

Yo lo hice una vez. Taché una palabra en un impreso y escribí encima la correcta.

Y mirad si me salió bien la jugada que todavía, un año y pico después, le estoy recuperando los besos. Voy por la mitad. Calculo que me quedan para toda la vida.

Que era, mira tú por dónde, exactamente lo que pedí.

FIN