Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 22 — La reclamación #2
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Capítulo 22 — La reclamación #2

Porque lo había rellenado una profesional. Una que lleva siete años en una ventanilla y se sabe los trucos todos, porque se los hace ella a la gente cada mañana.

—Esto... —dijo, y la cara sin cara se le descompuso por fin, se le cayó el barniz entero de golpe— esto no es como se hacen las cosas aquí.

—Es exactamente como se hacen las cosas. Aquí y en mi oficina y en todas. Lo pone en su libro, con sus palabras, con su sello. —Empujé el impreso el último dedo que faltaba, hasta rozarle la mano—. Selle, señora. Selle de una vez, que se le va a hacer de noche y a mí me espera una marea.

Y la Interventora, la auditora que llevaba toda la novela ganándome por papeleo, sello tras sello, isla tras isla, la mujer cuyo único poder en el mundo eran las reglas, se encontró atrapada en la última verdad de las reglas, la que nunca se había planteado porque nunca le había tocado perder: que las reglas sirven para todos, o no sirven para nadie.

Que si ella podía amortizar a un hombre con un sello, yo podía reclamarlo con otro.

Que el muro y la puerta son exactamente la misma pared, y lo único que cambia es quién de los dos se sabe la combinación.

Levantó el sello.

Lo sostuvo en el aire un segundo eterno, el tampón goteando una gota de tinta azul, buscándome los ojos por si flaqueaba en el último momento, por si me echaba atrás, por si todo había sido un farol.

No flaqueé. Le sostuve la mirada que no tenía. Llevo treinta y cuatro años sin flaquear delante de un mostrador, sentada en el lado de la ventanilla que dice "no". Para algo había servido tanta cola, tanto paraguas, tanto deletrear Gulliver.

Y selló.

El golpe del sello sobre el papel sonó en toda la góndola como suena una campana grande en una isla donde nadie se atrevía a tocarla. Grave. Viejo. Definitivo. Un sonido que no le pedía permiso a nadie.

SOLICITUD DE RECLAMACIÓN DE OBJETO HALLADO — PRESENTADA. ENTRADA REGISTRADA. PROPIEDAD TRANSFERIDA AL HALLADOR.

Y entonces, en el rincón, empezó.

Primero la voz. La oí antes de verlo, antes de volverme siquiera: la nana, que llevaba un capítulo entero sonando muda en sus labios, volvió de golpe, entera, con sonido, como una radio vieja que recupera las pilas justo a mitad de la canción y arranca donde lo había dejado.

Amaro tomó aire —tenía con qué tomarlo otra vez, tenía pecho— y la voz le salió ronca, incrédula, viva, agarrándose a lo único que sabía decir.

—Julia.

Solo mi nombre. Una palabra. Pero con voz. Con su voz.

Después la sombra. Sobre el mármol blanco de la góndola, debajo de la silueta, se dibujó otra vez su sombra de hombre, nítida, recortada, con la forma de sus hombros y de su pelo.

Después la solidez: la silueta de aire se rellenó desde dentro, dejó de verse el mostrador a través de él, y volvió a ser un cuerpo, con su peso y su volumen y su abrigo viejo, un cuerpo que ocupaba sitio en el mundo.

Después el reflejo: en el cristal de una ventanilla cercana apareció su cara, por fin, devuelta, y él la miró de reojo como quien lleva siglos sin saber qué pinta tiene y se reencuentra con un viejo conocido.

Después el dedo: la mano izquierda, la que llevaba cuatro islas con un hueco cosido al guante, cerró el puño despacio, y eran cinco. Cinco dedos. Los abrió y los cerró, mirándoselos, como quien estrena guantes el día de Reyes.

Y por último, lo último que recuperó fue lo primero que había perdido: la brecha del tiempo.

Levantó la cabeza, miró a su alrededor, miró el globo, las fichas, a mí, y supo dónde estaba, en qué año vivía, cuánto llevaba vivo.

Recuperó el tiempo entero de un tirón, todos los años que le habían ido robando isla a isla por el delito de venir a verme llegar.

Se levantó. Despacio. Entero. Un hombre. De carne, de peso, de presente. Mío, según constaba en un papel con sello de entrada: propiedad transferida al hallador.

—Ha reclamado usted un objeto —dijo, y le temblaba la voz recién estrenada, y cruzó la góndola hacia mí sin dejar ni un solo palmo de distancia esta vez, ninguno—. Y sabe usted mejor que nadie que los objetos reclamados no se devuelven. Está en el artículo tres.

—Lo sé. Me lo sé de memoria, ese. —Se me rompió la voz, pero de la buena manera, de la que no necesita pañuelo—.

Es usted mío, Amaro. Hallado, custodiado, reclamado, sellado y registrado.

No pienso devolverlo ni aunque venga su propietario a la ventanilla con la denuncia, que no va a venir, porque nunca lo hubo.

—Nunca lo hubo —repitió, y por cómo lo dijo, aquello que durante toda su existencia había sido una condena —no ser de nadie, no constar, no existir— se convirtió, en su boca, de repente, en lo que lo salvaba.

Y dijo mi nombre otra vez, entero, en voz alta, con los cinco dedos de la mano izquierda en mi cara y los ojos grises del color del minuto antes del amanecer, que en ese instante, por fin, después de seis islas y un nombre reunido letra a letra, amaneció del todo.

—Julia Gulliver —dijo—. La he traído a seis islas por el puro gusto, prohibido y egoísta, de verla llegar mojada y respondona. Permítame ahora, por una vez en toda mi existencia, ser yo el que se queda en la orilla.

Y me besó.

No os voy a contar el beso. Hay un par de cosas en la vida que una cataloguista no archiva, que se guarda para ella, fuera del libro de registro, sin número y sin categoría y sin estante.

Solo os diré que duró lo que dura un imposible en el segundo exacto en que deja de serlo, y que yo, que llevo toda la vida apuntándolo absolutamente todo, contando escalones y pasajeros y gramos, por una vez no apunté nada, no conté nada, y no me importó lo más mínimo perder la cuenta.

A nuestra espalda, la Interventora cerró su carpeta con un golpe seco. No dijo nada. No le quedaba ni un artículo en la recámara, ni una coma, ni un sello. Por primera vez, la mujer que lo archivaba todo se quedó sin nada que decir.

Y debajo de nosotros, por la escalera de peldaños que se encendían, por el mar negro, por todas las islas a la vez, pasó algo que no había pasado en toda la novela, desde la primera página.

La marea bajó.

Por primera vez desde que un hombre de uniforme me sentó en un ferri con un anillo devuelto en el bolsillo del abrigo, el agua, en lugar de subir para arrancarme de un sitio y llevarme al siguiente, bajó.

Despacio. Sin prisa. Sin arrancar nada. Dejando playa.

Dejando arena. Dejando tierra. Dejando, por fin, después de seis islas, dónde quedarse.