Capítulo 22 — La reclamación
Pero antes de escribir lo que pensaba escribir, cometí el error que comete todo el mundo: probé primero por las buenas. Por lo humano. Que es lo que sale solo cuando quieres a alguien.
—Esto no hace falta —dije, apartando el impreso un dedo—.
Suéltelo y ya está. Es una persona. Tiene los mismos derechos que cualquier empleado de esta Oficina: a que no lo tiren, a que no lo borren, a una orilla suya.
Enséñeme su contrato y discutimos qué le deben.
Porque algo le deben, después de una eternidad moviéndoles el mar.
Y ahí, por primera vez en toda la góndola, la Interventora se rió. Bajito. Sin labios, pero se rió, y fue mil veces peor que su sonrisa.
—¿Su contrato? —Dejó la palabra en el aire, paladeándola—.
No tiene. Ya lo sabe usted, que ha visto la ficha.
No tiene alta, no tiene número, no tiene papeles.
¿Y sabe por qué, señorita Gulliver? No por descuido.
A propósito. A los mareógrafos no se les ficha nunca, es política de la casa, de muy arriba.
Porque una persona fichada tiene derechos, y los derechos dan muchísimo trabajo.
—Se inclinó sobre el mostrador, encantada—.
Pero algo que no consta no es nadie. No tiene derechos porque, oficialmente, no existe.
No puede reclamar, no puede quejarse, no puede exigirme un contrato que nunca firmó.
Por la vía de la persona, querida, no tiene usted nada que hacer.
Nada. Su hombre, como persona, para esta Oficina no ha existido jamás.
Y tenía razón. Esa era la trampa de verdad, la que llevaban siglos montando: lo habían dejado sin papeles precisamente para que nadie pudiera reclamarlo como a un ser humano. Me había estrellado de frente contra el muro, y la cara lisa lo sabía, y disfrutaba viéndome estrellarme.
Me temblaron las manos sobre el mostrador. Por las buenas no había nada que hacer. Por el lado bueno, el justo, el de tratarlo como lo que era, había perdido antes de empezar.
Así que, de rodillas, derrotada por el flanco humano, me quedé el otro. El feo. El que ella misma me había puesto en bandeja sin darse cuenta.
Muy bien. Si para esta Oficina mi hombre no era una persona, si lo habían vaciado de derechos hasta dejarlo en nada con tal de poder tirarlo, entonces era otra cosa. Era un objeto. Y los objetos, señora —pensé, y se me secó la rabia y se me hizo plan—, los reclamo yo.
Porque un impreso solo sirve para lo que pone en el encabezado. Lo demás son casillas. Y los encabezados, amiga, se pueden tachar.
Cogí el bolígrafo. Y taché "EXPEDIENTE".
Con dos rayas. Limpias. Encima de la palabra, igual que tacho en mi libro de registro las categorías que alguien abrió mal por las prisas. Y encima, en mayúsculas, con buena letra, escribí la categoría correcta.
OBJETO HALLADO.
—¿Qué hace? —La sonrisa se le movió por primera vez.
—Reclasificar. —No levanté la vista del papel—.
Es lo primero que se hace con una ficha mal abierta, y esta lo está.
Usted abrió este caso como "expediente".
Y un expediente, según su propio reglamento, es una persona que la Oficina procesa: tiene alta, tiene número, tiene contrato.
—Di unos golpecitos con el boli en la ficha en blanco de Amaro, que tenía al lado, de prueba—.
Pero mire esta ficha. Vacía. Sin alta. Sin número.
Sin contrato. Su propio archivo, sellado por su propia gente, dice que este hombre nunca fue dado de alta como personal de la Oficina.
Y lo que una institución tiene en su poder, usándolo, sin haberlo registrado nunca como personal, señora, no es un empleado.
—Levanté por fin la cabeza y la miré—. Es un objeto.
Uno que tienen ustedes guardado. Usado. Y sin reclamar.
—Eso es absurdo—
—Eso es su reglamento, no mi opinión. —Lo empujé hacia ella, abierto por la página que llevaba doblada desde el faro—.
Usted misma me ha dicho hace un minuto que reclamar un expediente lo amortiza.
Y es verdad, lo pone ahí. Por eso no reclamo un expediente.
Reclamo un objeto hallado. Que es otro trámite distinto.
El mío. El que hago yo doscientas veces al mes detrás de mi mostrador, mientras usted amortiza gente.
—Pasé las páginas hasta la que buscaba—.
Artículo tres de su propio libro, el mismo que rige mi oficina y la suya, porque su Oficina de Naufragios Sentimentales, por mucho globo y mucha compuerta, no deja de ser una oficina de objetos perdidos con ínfulas: "Todo objeto hallado y no reclamado por su propietario en un plazo de noventa días pasa a ser propiedad de quien lo halló y lo custodió. "
La góndola se quedó muda. Hasta los hilos de las fichas-estrella dejaron de subir hacia la compuerta, suspendidos en el aire, como si el desván entero quisiera oír.
—Yo lo hallé —dije, y fui contándolo despacio, con los dedos, como se cuenta lo que no admite vuelta de hoja—.
En la primera isla. La noche de la campana.
Un hombre con los ojos del color del minuto antes del amanecer, perdido, en mitad de una calle vacía, sin saber ni en qué año vivía.
Lo encontré yo. Y lo he custodiado desde entonces, sin saberlo del todo, pero lo he hecho: he guardado su nana, su reloj, su llave, sus cinco letras, su cara.
Seis islas. Mucho más de noventa días, écheme la cuenta.
—Miré a la Interventora a la cara lisa, que ya no sonreía nada—.
¿Vino su propietario a reclamarlo en esos noventa días?
Porque si la Oficina fuera de verdad su dueña, lo habría reclamado, le habría hecho una ficha, un contrato, algo.
Y no lo hizo. Lo dejó moviendo mareas, sin papeles, sin nombre, gastándose por ustedes, colgado de un faro como mi Eustaquio del estante nueve.
Lo abandonaron. Pasaron los noventa días.
Pasaron mil veces. Y lo que se abandona noventa días —cerré el reglamento de golpe, y el golpe sonó— pasa a quien lo guarda.
Rellené el resto del impreso a toda prisa, casilla por casilla, sin levantar el boli, con la letra clara y rápida de quien lleva siete años rellenando exactamente esto y podría hacerlo dormida.
Objeto: uno (1). Descripción: varón, ojos grises, cicatriz en ceja izquierda, responde al nombre de Amaro.
Lugar del hallazgo: isla primera, junto a la campana.
Tiempo en custodia: seis islas, muy superior a noventa días.
Propietario registrado: ninguno (véase ficha de alta adjunta, en blanco).
Reclamante: Julia Gulliver, cataloguista, dársena cuatro.
—No puede —dijo la Interventora, y por primera vez en toda la novela le tembló la voz educada, se le agrietó el barniz—. No puede usted reclamar a una persona como si fuera un paraguas olvidado.
—Ahí está el detalle, señora. Justo ahí.
—Y la miré, y sonreí, mi sonrisa fea de cuando rompo un sistema por dentro—.
Llevan ustedes toda mi vida, y la de él, tratándolo como un paraguas.
Como una cosa. Como un activo a amortizar.
Lo decidió usted, no yo, cuando dijo "es nuestro" en vez de "trabaja para nosotros", allá en el Instituto.
Tiene toda la razón: no se puede reclamar a una persona como si fuera un objeto.
Sería indigno. Pero es que ustedes nunca lo trataron como a una persona.
Lo trataron como objeto desde el primer día, sin alta, sin nombre, sin contrato.
Y a los objetos, señora, los reclamo yo.
Es mi oficio, el único que tengo. —Me incliné sobre el mostrador—.
Así que no pueden tenerlo de las dos maneras.
Elija. O es un empleado, y entonces enséñeme aquí mismo su contrato y su alta y me callo y me voy.
O es un objeto sin reclamar, y entonces es mío desde hace seis islas. Elija usted. Yo espero.
La Interventora abrió la boca. Vi que buscaba la salida, el resquicio.
—Tiene contrato —dijo—. En alguna parte. El archivo central—
—El archivo central lo cerraron ustedes, y la ficha que tengo aquí está en blanco. —Le di un golpecito—. Enséñeme el contrato y me callo. Ahora mismo. ¿Lo tiene?
Silencio.
—No lo tiene —dije—. Porque no existe. Lo dejaron sin papeles a propósito, me lo explicó un cartógrafo encantado de la vida. Así que es un objeto. Lo ha dicho usted: "es nuestro", "se amortiza", "activo deteriorado". Cada palabra suya, un ladrillo de mi reclamación.
—Eso es retorcer mis palabras.
—Eso es citarlas. Las apunté. Es mi oficio.
—Una reclamación así no la ha hecho nadie en la historia de esta Oficina.
—Pues estrena usted página en el libro. Qué ilusión.
Se quedó callada, y en ese silencio entendí que la había ganado, no con el amor —el amor a ella le resbalaba, lo habría amortizado sin pestañear— sino con su propio idioma: sellos, plazos, casillas.
El muro y la puerta son la misma pared. Solo cambia quién se sabe la combinación.
Y la combinación, por una vez, me la sabía yo.
—Necesito un sello de entrada —dije, tendiéndole el impreso relleno por encima del mostrador—. Para que la reclamación conste presentada y registrada. Es su obligación facilitarlo, artículo siete, ya lo hemos visto. ¿O también se salta usted su propio reglamento justo cuando le toca perder a usted?
La góndola entera la miraba. Los funcionarios grises, sin cara, vueltos hacia el mostrador.
Las fichas, quietas en sus hilos. Y Amaro, desde su rincón, había levantado del todo lo que le quedaba de cara, los ojos grises —lo último nítido— clavados en el impreso, en mí, sin atreverse a respirar, si es que aún respiraba.
La Interventora cogió el impreso con la mano lisa. Le temblaba. Lo leyó entero, despacio, línea por línea, buscando el resquicio, la coma mal puesta, la casilla en blanco, el error de novata por el que colarse, como había hecho ella toda su vida, en todas las islas, con todos los demás.
No lo encontró.