Capítulo 21 — Los fragmentos del nombre
Sostuve el bolígrafo un rato largo, más largo de lo que pienso confesar.
La Interventora esperaba con la paciencia de quien ya ha visto firmar a muchísima gente, a generaciones enteras de corazones rotos que se rindieron en ese mismo mostrador.
Y tenía motivos para esperar tranquila, porque, no os voy a engañar, la oferta era buena.
Era la mejor que me habían hecho en treinta y cuatro años.
Felicidad garantizada, con sello, sin más letra pequeña venenosa que una: olvidarlo todo. Olvidarlo a él.
—Sabe que es la opción sensata —dijo, suave, sin presionar, que era su manera de presionar—.
La que elegiría cualquiera con dos dedos de frente.
Una vida buena entera a cambio de un mal recuerdo.
Hace tres semanas, señorita Gulliver, usted habría firmado esto antes de que yo terminara la frase.
Sola, plantada, en el estante. Habría firmado lo que fuera con tal de no quedarse sin nada en las manos.
—Hace tres semanas, sí. —Dejé el bolígrafo sobre el mostrador, con cuidado, porque las manos me temblaban un poco y no quería que se notara—.
Tiene usted toda la razón, y eso me fastidia.
Hace tres semanas yo era una mujer a la que acababan de devolver por correo certificado, convencida de que se le había pasado el tren para siempre, de que estaba incompleta, de que más le valía agarrar lo primero que pasara para no quedarse sola en la estantería como Eustaquio.
—La miré a la cara lisa—. Esa Julia le firma el alta encantada.
Esa Julia firma cualquier cosa que le prometa, con sello, que no va a estar sola.
—¿Y usted no es esa Julia?
—Esa Julia se quedó por el camino. La fui perdiendo a cachitos, isla a isla, como su mareógrafo perdía los suyos.
—Conté con los dedos, despacio—. En la primera isla toqué una campana porque me harté de esperar a que amaneciera sola.
En la segunda me limé yo misma una llave, porque resulta que no me faltaba ninguna media naranja, que estaba entera desde el principio y nadie me lo había dicho nunca.
En la tercera le dije que no a un hombre bueno, de verdad bueno, que me ofrecía exactamente esto que me ofrece usted ahora: una vida tibia y segura a cambio de no arriesgar lo otro.
Y le dije que no. —Me crucé de brazos—. ¿Sabe lo que he aprendido en seis islas, señora, a campanazos y a limazos?
Que no necesito a nadie para estar completa.
Que puedo ser feliz sola. Su orilla óptima es de verdad: yo, sin él, viviría bien. Larga y tranquila. Lo sé.
—Entonces firme.
A mi espalda, en el rincón, la silueta de Amaro se removió en el suelo.
Lo noté sin verlo, por el cambio en el aire, como se nota que alguien que te importa ha entrado en una habitación.
Giré la cabeza apenas. Movía los labios, despacio, formando algo con un esfuerzo que le costaba todo lo que le quedaba.
Fírmelo , leí. No me debe esto. Sálvese, Julia.
Y ahí, por un segundo, flaqueé. No os voy a mentir.
Verlo así —hecho de humo, sin voz, rogándome con la boca muda que lo olvidara para salvarme— me dobló algo por dentro.
Apreté el bolígrafo otra vez. Las cuentas cuadraban.
Una firma, una vida buena, y se acababa el dolor para los dos.
Era sensato. Era piadoso. Era lo que él me pedía.
Volví a dejar el bolígrafo. Despacio.
—No —dije, y por fin me salió como yo quería que sonara, sin temblor, desde el fondo—.
No firmo. Y no es por lo que usted cree, señora, así que escúcheme bien, que esto va para las dos.
Una cosa es que pueda ser feliz sola, que puedo, lo he aprendido, y otra muy distinta es que tenga que serlo a la fuerza, borrándome a quien quiero para que a usted le cuadren las cuentas del inventario.
No me quedo con él porque lo necesite para estar completa.
Ya estoy completa, gracias, me costó seis islas.
Me quedo con él porque me da la gana. Porque elijo.
—Miré a Amaro por encima del hombro—. Firmaría por miedo, y a mí ya no me queda miedo, me lo gasté todo en el ferri.
Ahora elijo. Y elijo lo imposible. No porque me falte nada.
Porque me sobra. Porque tengo tanto, por fin, que hasta puedo permitirme gastarlo en una causa perdida.
Amaro cerró los ojos. Lo poco que le quedaba de cara se le rompió en algo que no supe leer, entre el alivio y la pena. Volvió a mover los labios.
No me debe esto.
—Le debo la nana de mi madre cantada entera, una noche, en una torre —le dije, sin volverme del todo, solo lo justo para que me leyera los labios él a mí—.
Le debo seis islas de no haber estado sola del todo aunque lo pareciera.
Y le debo, sobre todo, haberme enseñado a qué hora exacta deja una de tener miedo.
Las cuatro y diez, por si lo había olvidado.
Así que cállese, Amaro, que de deudas también entiendo. Para eso llevo yo los libros.
Saqué del bolsillo los cinco fragmentos y los puse en fila sobre el mostrador, a la luz temblorosa de las fichas-estrella, uno al lado del otro.
La A de la etiqueta de equipaje. La M de la pieza de cerradura.
La A del matasellos de las cartas devueltas.
La R del eje del haz del faro. Y la O que él mismo había escrito con su propio dedo en el hueco de su orilla inexistente.
A. M. A. R. O.
—Mire —le dije a la Interventora—. Su mareógrafo tiene nombre.
Llevo seis islas reuniéndolo, una letra por cada cosa que él perdía por venir a verme.
Amaro. ¿Sabe lo que significa que un expediente tenga el nombre completo, en su Oficina?
No lo sabe usted, pero lo sé yo, porque me he leído su reglamento mientras nadaba.
—Lo abrí de golpe por una página que llevaba doblada desde el faro—.
Artículo cuarenta y uno: "Ningún expediente con identidad completa y verificada podrá ser amortizado sin procedimiento de reclamación previamente abierto.
" —Levanté la vista—. Identidad completa.
Ya la tiene. Acabo de completársela yo, encima de su propio mostrador, con cinco cromos del bolsillo.
Ya no es un activo anónimo que se da de baja por las bravas tirándolo por una compuerta.
Es alguien con nombre. Y a los que tienen nombre, según su artículo cuarenta y uno, hay que reclamarlos por procedimiento. Con papeles.
La Interventora dejó de sonreír. Por primera vez en toda la góndola, la cara lisa se le tensó.
—El artículo cuarenta y uno —dijo, despacio, recuperándose— exige identidad "verificada". Y una identidad la verifica esta Oficina, con sus medios y sus peritos. No una cataloguista de muelle con cinco cromos mojados en el bolsillo del abrigo.
—La verifica el interesado. —Y señalé a Amaro, en su rincón—.
Él escribió la última letra con su propia mano, delante de mí, en su propio mapa.
¿Hay verificación más limpia que esa, señora?
Un hombre que firma su propio nombre. Pero mire, si su Oficina es tan suya de los formularios y los peritos, hagámoslo a su manera, que yo de formularios también sé un rato.
—Cogí el bolígrafo otra vez. Pero no fui hacia el alta.
Le di la vuelta al folio, al lado en blanco—.
Dígame: ¿cómo se abre un "procedimiento de reclamación", según su propio reglamento?
Porque pienso abrir uno. Aquí. Ahora. En la oficina competente, que mire usted qué casualidad, es esta.
—No tiene usted impreso de reclamación.
—Pues deme uno.
—No pienso dárselo.
—Artículo siete. —Pasé las páginas a toda prisa, porque me lo había estudiado renglón a renglón en el mar, braceando con el libro bajo el brazo—.
Aquí: "Toda persona tiene derecho a solicitar, y la Oficina la obligación de facilitar, el impreso correspondiente a cualquier trámite contemplado en el presente reglamento.
" Obligación, señora. La palabra la pone usted, no yo.
—Le tendí la mano abierta por encima del mostrador—.
El impreso de reclamación de objeto hallado.
Por favor. Y no me haga citarle el artículo que sanciona a los funcionarios que incumplen el siete, que también me lo sé.
La góndola entera pareció contener el aliento.
Las fichas-estrella dejaron de subir un segundo, suspendidas en sus hilos.
Hasta los funcionarios grises, sin cara, miraban hacia el mostrador.
Y, en su rincón, Amaro había levantado lo que le quedaba de cabeza, los ojos grises fijos en mí, y por primera vez desde la compuerta no me pedía que firmara, no me pedía que me fuera.
Solo miraba. Como se mira algo que no creías posible.
Y la Interventora, que llevaba toda la novela ganándome por papeleo, isla tras isla, sello tras sello, se encontró por primera vez atrapada en el suyo.
Porque su poder entero venía de las reglas, solo de las reglas, y las reglas, cuando te las sabes mejor que quien las aplica, dejan de ser un muro y se vuelven una puerta.
Yo eso lo sabía desde la isla de las puertas sin pomo.
Apretó los labios que no tenía. Abrió un cajón del mostrador. Y, muy despacio, como quien se arranca una muela sin anestesia, sacó un impreso. Largo, gris, lleno hasta los bordes de casillas diminutas.
—Aquí tiene su impreso —dijo, y recuperó la sonrisa, solo que ahora era otra, una más fea, la de quien todavía se guarda un as en la manga lisa—.
Rellénelo, está en su derecho, no voy a impedírselo.
Pero antes de que escriba una sola letra en él, señorita Gulliver, hágame un favor: lea usted el encabezado.
En voz alta. Para que conste, ante todos estos testigos, que yo se lo advertí, y que lo que pase después lo hizo usted con su propia mano y a sabiendas.
Bajé la vista al impreso. El corazón me dio un vuelco antes de leer, porque la cara que había puesto ella no era de farol.
Arriba, en letras grandes, mayúsculas, ponía: SOLICITUD DE RECLAMACIÓN DE EXPEDIENTE.
Y debajo, en la letra pequeña, la de siempre, la que esconde el veneno de todos los impresos del mundo: La presentación de la presente solicitud inicia automáticamente el procedimiento de amortización inmediata del objeto reclamado, que se considerará retirado de servicio desde el instante del sello de entrada.
Lo leí dos veces. Tres. Y se me cayó el alma a los pies, despacio.
—¿Lo ha entendido bien? —La Interventora se inclinó sobre el mostrador, encantada, recuperada del todo, otra vez con la sartén por el mango—.
Voy a explicárselo por si las prisas, que es importante y no quiero que diga luego que no se lo dije.
En mi Oficina, querida, reclamar un expediente y amortizarlo son el mismo trámite.
El mismo impreso. La misma firma. En cuanto usted selle esa solicitud, su mareógrafo deja de estar "pendiente de amortizar" y pasa, en el acto, a estar "retirado".
Lo reclama, sí, tiene toda la razón, lo reclama usted con todas las de la ley.
Pero reclama un objeto que en el mismo segundo queda dado de baja.
Una caja vacía. Un nombre sin nadie dentro.
—Empujó el sello hacia mí por el mostrador, hasta dejarlo a un palmo de mi mano—.
Llegará usted a la ventanilla con todo el derecho del mundo a quedarse.
.. con nada. Con la ficha de un muerto. Así que adelante, valiente.
Rellénelo. Séllelo. Ese formulario lo amortiza, no lo salva.
Y lo hará usted misma, con su propia mano, que es, le confieso, lo que más me gusta de todo este asunto. Que lo entierre quien lo quiere salvar.
Miré el impreso. Miré la letra pequeña, el veneno. Miré el sello a un palmo de mi mano. Y miré a Amaro, en su rincón, hecho una silueta de humo, formando con la boca muda un "no" que ya ni a él mismo le quedaban fuerzas para sostener entero, un "no" que se le deshacía en el aire.
Me temblaba la mano. Lo reconozco. Una reclamación que mata lo que reclama no es una reclamación: es una sentencia con membrete.
Pero yo no había subido doscientos doce escalones de aire, ni nadado un mar entero, ni reunido un nombre letra a letra durante seis islas, para rellenar el impreso que ella me ponía delante.
Cogí el bolígrafo. Lo destapé. Y, antes de escribir, miré a la Interventora a la cara que no tenía.
—Va a aprender hoy una cosa, señora —le dije—. Una que no viene en su reglamento, aunque debería. La diferencia entre reclamar una cosa y reclamar a alguien no está en el impreso. No está en la casilla, ni en el sello, ni en la letra pequeña.
Acerqué la punta del bolígrafo al papel.
—Está en quién lo rellena. Y, sobre todo, en qué pone arriba del todo, en el encabezado. Que es lo único de este impreso que pienso cambiar.
Y empecé a escribir.