Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 20 — El ascenso
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Capítulo 20 — El ascenso

La marea, por una vez en todo el viaje, me hizo caso.

No me escupió en una playa cualquiera ni me ahogó por pura costumbre.

Me dejó, con una delicadeza que no le conocía, al pie de una escalera que subía hacia arriba, hacia el cielo negro, hecha de peldaños que no se apoyaban en nada, suspendidos en el aire como las notas de una canción.

Miré hacia donde llevaba y se me secó la boca: muy alto, flotando sobre el mar como una luna de feria que alguien hubiera amarrado mal, había un globo enorme, iluminado, lleno de lucecitas que, según subía la vista, dejaban de parecer lucecitas.

Eran fichas. Miles. Colgando de hilos finísimos, encendidas, girando despacio cada una sobre sí misma. Y un rótulo de hierro forjado en la góndola, debajo del globo, con letras que se leían desde el agua: ESTACIÓN DE ASCENSOS.

Hice recuento, que es lo que hago cuando un sitio me da más miedo del que pienso confesar en voz alta.

Reglamento robado: presente, apretado contra el pecho.

Ficha vacía del mareógrafo, dentro, entre las páginas: presente.

Anillo de tres gramos y medio: presente.

La nota de tres líneas: ya ni la cuento, pobre, va de adorno.

Llave de hierro del cerrajero, reloj parado de Tomás a las cuatro y diez.

Y, en el bolsillo, calientes de tanto manosearlas, las cinco letras: A. M. A. R. O.

Todo el equipo en su sitio. Todo el inventario completo.

Solo me faltaba él.

—A reclamar, entonces —le dije a la escalera, porque a esas alturas del viaje le hablaba a cualquier cosa que no me llevara la contraria, y las escaleras son buenas oyentes—. Vamos allá.

Y subí.

Cada peldaño se encendía al pisarlo y se apagaba en cuanto lo dejaba atrás, así que detrás de mí no quedaba escalera, solo aire negro, lo cual te quita muchísimas ganas de mirar atrás y bastantes de seguir.

Subí mirando arriba, fijo arriba, agarrada a un pasamanos que tampoco se apoyaba en nada.

Conté los escalones, claro, que es mi enfermedad incluso al borde del vacío: doscientos doce escalones otra vez, los mismos que el faro, los mismos que mi oficina.

El universo, cuando quiere hacerte un guiño, repite el chiste hasta que lo pillas, sin ninguna delicadeza con tus piernas.

Arriba, la góndola del globo era una oficina.

Cómo no. A estas alturas me habría sorprendido más una playa con palmeras.

Mostradores de madera oscura, archivadores hasta el techo curvo, ventanillas con su numerito, y por todas partes los hilos con las fichas-estrella subiendo despacio, muy despacio, hacia una compuerta redonda en lo más alto del globo, por la que desaparecían de una en una, en silencio, sin un ruido, para no volver jamás.

Tardé poco en entender qué era aquel sitio, porque era pariente del mío y los parientes se reconocen.

Allí no se archivaba nada. Allí se soltaba.

Era el desván del mundo. El sitio adonde la Oficina mandaba lo que decidía no volver a usar nunca más.

Expedientes saneados que ya no servían. Y mareógrafos amortizados.

Cada lucecita que subía hacia la compuerta era alguien que la Oficina daba de baja y soltaba al cielo para olvidarlo.

Una oficina de objetos perdidos al revés: en vez de guardar lo que nadie reclama, lo suelta para siempre.

Y entonces lo oí.

Cuatro notas. Cinco.

La nana. Pero mal. Entrecortada, sin voz, como una radio vieja que se queda sin pilas a mitad de la canción y sigue moviendo la aguja por costumbre.

Corrí hacia el sonido entre los hilos, apartando fichas encendidas con las manos, que me quemaban un poco al rozarlas, y lo encontré en un rincón de la góndola, en el suelo, junto a una ventanilla con un cartel escrito a mano: PENDIENTE DE AMORTIZAR.

Amaro.

O lo que quedaba de él.

Ya no era un hombre translúcido como en el faro.

Era una silueta. Un dibujo de hombre hecho de aire apenas un poco más espeso que el aire de alrededor, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, las rodillas dobladas.

Los ojos grises —lo único todavía nítido en toda aquella figura de humo— clavados en mí desde el primer segundo, como si yo fuera lo último que pensaba mirar en este mundo antes de la compuerta.

Movió los labios. Tarareó. Y no salió nada. Ni un hilo de voz, ni un susurro. La melodía iba toda por dentro, en la boca, en la forma exacta de los labios formando cada nota, pero el sonido se le había ido por la misma compuerta que las fichas.

—La voz —dije, y se me rompió a mí la mía al decirlo, y me arrodillé delante de él en el suelo de la góndola—. Le han quitado la voz. La nana. Le han quitado hasta la nana.

Asintió. Despacio, que era lo único que ya podía hacer despacio.

Y siguió moviendo los labios, terco, formando la nana muda nota a nota, porque era lo único que le quedaba para decirme que era él, que debajo de todo aquel humo seguía siendo el mismo hombre que me cantó esa canción al oído en una torre, el mismo que la sabía sin saber de dónde.

Me la cantaba sin voz para que yo supiera que seguía ahí.

Le puse la mano en lo que quedaba de cara. La atravesé casi entera, los dedos saliéndome por el otro lado, pero no del todo: todavía había algo. Un poco frío, un poco aire, un poco resistencia. Un poco de él. El suficiente.

—Escúcheme bien —dije, y me limpié la cara con la manga del abrigo, la del número—, que va a tener que escucharme callado, que es como mejor escucha la gente, por cierto, deberían probarlo más.

—Saqué el reglamento, la ficha vacía de entre sus páginas, las cinco letras del bolsillo, y se lo puse todo delante en el suelo, en fila, como quien enseña una buena mano de cartas—.

Lo tengo todo. El nombre entero, mire: Amaro.

El reglamento, su reglamento. Su ficha de alta en blanco, la prueba en papel de que nunca lo dieron de alta, de que para esta Oficina usted es un objeto, no un empleado.

Un objeto sin reclamar. Solo me falta una cosa, y es sellarlo en la oficina competente.

—Miré alrededor, a los mostradores, a las ventanillas, al desván entero—.

Y resulta, fíjese qué casualidad más bonita, que la oficina competente para esto es justo este antro de las narices.

Estamos en ella. Así que aguante. ¿Me oye?

Aguante un poco más, lo justo. No se me amortice ahora, que vengo con el papeleo en regla por primera vez en mi vida.

Él me miró. Y movió los labios otra vez, despacio, marcando mucho, para que yo pudiera leerle.

Váyase , leí en sus labios. Por favor. Váyase.

—Ni de broma. He subido doscientos doce escalones de aire por usted. No pienso bajarlos de vacío.

La va a usar a usted contra mí.

—Que lo intente.

—Ya lo estoy intentando —dijo una voz tersa a mi espalda—. Y, francamente, no me está costando nada de nada.

Me volví sin levantarme del suelo, todavía de rodillas delante de él.

La Interventora estaba en mitad de la góndola, impecable, sin una arruga, sin una gota de mar encima a pesar de que yo había venido nadando, con su carpeta bajo el brazo y su sello en la mano.

Y por primera vez desde que la conocía no parecía tener prisa.

Al contrario. Tenía la calma absoluta de quien juega en su propia casa con sus propias reglas, porque aquella era su casa: el desván donde ella, solo ella, decidía qué se soltaba por la compuerta y qué no.

—Bienvenida a la Estación de Ascensos, señorita Gulliver.

—Abrió la carpeta sin prisa—. La estaba esperando, no le voy a mentir.

Sabía que vendría. Lo supe en cuanto saltó por la ventana.

Es usted, definitivamente, de las que vienen.

—Sacó un único folio, blanco, limpísimo, con una sola línea de puntos al final, esperando—.

Y como sabía que vendría, le he preparado una cosa.

No una corrección, no, eso era antes, en el faro, cuando me caía usted mal y me daba trabajo.

Ahora la admiro, se lo digo de verdad. Una mujer que salta por una ventana al mar abierto, de noche, por un activo deteriorado al que ni siquiera le sabía el nombre completo.

.. esa mujer merece, como mínimo, una oferta decente.

Y yo soy una profesional. Premio el talento.

—No me interesa.

—Sí le interesa. A todo el mundo le interesa.

—Algo le pasó por la cara lisa, rápido, como una corriente bajo el hielo, y por un segundo la voz tersa se le puso de otra cosa—.

¿Sabe por qué no me tiembla la mano cuando sello, señorita Gulliver?

Porque yo firmé esto una vez. Hace mucho.

Tanto que ya no recuerdo qué firmé, ni a quién dejé sin recordar, ni qué cara tenía yo antes.

Solo me quedó el sello y las ganas de que firmen los demás.

—Recompuso la sonrisa que no tenía, deprisa, como quien se recoloca una máscara que se ha movido—.

Funciona. Le doy mi palabra de que funciona.

Una no echa de menos lo que no recuerda.

Por eso se lo ofrezco. No es maldad. Es lo único bueno que sé hacer.

—No la ha oído todavía —se corrigió, volviendo al guion—.

No diga que no a lo que no conoce, que eso es de novata, y usted ya no lo es.

Es un alta. La suya. En su orilla óptima.

La que él calculó para usted en la primera isla, ¿se acuerda que se lo contó en el faro?

La mejor que ha leído en toda su carrera, y mire que ha leído.

Una vida larga. Tranquila. Querida de verdad.

Hijos, si los quiere; y si no, perros, o paz, lo que prefiera.

Una casa que no se mueve, que no es una isla, que está en tierra firme y se queda quieta.

Gente alrededor que no se transparenta, ni pierde dedos, ni se amortiza, ni desaparece por ninguna compuerta.

Felicidad, señorita Gulliver. Felicidad de verdad, garantizada por escrito, con el sello de esta Oficina, que en eso no falla nunca: cuando garantizamos una orilla, se cumple.

—Deslizó el folio un dedo hacia mí, sobre el mostrador—.

Firme ahí, en la línea de puntos, y mañana amanece usted feliz para el resto de su vida.

Es la mejor oferta que va a recibir nunca. La mejor que recibe nadie.

Miré el folio. Miré la línea de puntos, esperándome.

—¿Y el precio? —pregunté, porque las cosas con sello siempre tienen el precio escondido en la letra pequeña, y eso es lo primero que se aprende en mi oficio, antes incluso que a deletrear Gulliver.

—Lista. Siempre tan lista. —La Interventora casi parecía orgullosa de mí, como una maestra de una alumna espabilada—.

El precio es el de siempre, el único que tengo.

Reinicio. Se le borra el tránsito completo.

Las seis islas, enteras. La campana que tocó.

Las llaves que limó. Tomás y su café. El faro.

—Bajó la voz hasta dejarla en un susurro casi cariñoso, que fue lo peor de todo—.

Y él. Amaro. No lo recordará usted. Ni su nombre, ni sus ojos, ni la nana, ni el dedo que le faltaba.

Nada. No le dolerá, esa es la gracia, no le dolerá ni un segundo, porque no sabrá que hubo nunca nada que recordar.

Se irá usted a su vida perfecta limpia como una ficha en blanco, sin una sola arruga en la memoria.

Y él —señaló con el sello la silueta de humo del rincón, sin mirarla— se amortiza igual, eso no entra en la negociación, eso ya está decidido.

Pero a usted le dará exactamente lo mismo.

Porque no sabrá que existió. No se puede echar de menos lo que no se recuerda. Es lo más piadoso que ofrece esta casa.

La góndola se quedó en silencio. Solo se oía el roce suave de los hilos subiendo las fichas hacia la compuerta, una a una, ascensos sin retorno.

A mi espalda, en el suelo, Amaro movió los labios.

No hizo falta que lo oyera, ni que me volviera a mirarlo.

Sabía perfectamente lo que estaba formando con la boca muda, porque era lo único que aquel hombre sabía pedirme desde el faro, lo único que me había pedido en seis islas con voz y ahora sin ella.

Fírmelo. Sálvese. Olvídeme.

Y delante, la Interventora, con el bolígrafo ya tendido sobre el folio, la cara lisa y paciente, la felicidad garantizada por escrito y con sello, y una sola condición: pagarla con toda mi memoria. Con él entero.

Cogí el bolígrafo. Pesaba poco. Las cosas que te lo quitan todo pesan siempre poco; es su manera de engañarte.

—Es la primera vez en mi vida —dije, sin destaparlo— que alguien me ofrece la felicidad por escrito. Con sello y todo. A mí. A la del estante nueve.

—Y es de verdad. —La Interventora se inclinó, casi dulce—. No hay trampa, salvo la que ya sabe. Firme y mañana amanece sin que le duela nada.

—Ese es el problema, ¿sabe? —Miré el folio—. Que su felicidad viene sin él. Y yo a la felicidad sin él ya la he probado. Se llamaba mi vida de antes, y me dejaron en ella por correo certificado.

—Las dos opciones acaban en una vida buena, señorita Gulliver. La diferencia es solo cuánto le va a doler el camino.

—La diferencia —dije— es que en una me acuerdo.

Y de que iba a tener que decidir, ahí mismo, de rodillas, con el bolígrafo temblándome un poco, si la quería.