Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 19 — El expediente robado
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Capítulo 19 — El expediente robado

—El papeleo se termina —repetí, mirando a la Interventora cruzar la sala de mapas con sus tacones de auditora, midiendo el mármol como si la sala fuera suya y nosotros dos muebles que retirar—. Qué suerte la suya. Porque yo, mire usted qué casualidad, justo acabo de terminar el mío.

—¿Su papeleo? —Se detuvo. Apenas un segundo. Pero se detuvo, y eso, en una mujer que no se detenía nunca, era una victoria pequeña que decidí cobrarme entera.

—El de toda mi vida. Llevo siete años haciéndolo, detrás de un mostrador, devolviéndole a la gente lo que cree perdido.

—Me puse delante de Amaro, igual que él se había puesto delante de mí en el faro, solo que yo todavía proyectaba sombra en aquel mármol blanco y podía permitirme el gesto—.

Trabajo en una oficina de objetos perdidos, señora.

Y usted, sin querer, sin darse cuenta, me acaba de poner en bandeja el caso más fácil de toda mi carrera. Gracias, de verdad.

—No tengo tiempo para—

—Pues sáquelo de donde sea, que esto le interesa más que a mí.

—Y empecé a contarlo, como lo cuento todo cuando algo importa: en voz alta, en orden, contando con los dedos, para no perderme ni una pieza—.

He estado en el archivo de esta isla. Su archivo.

He visto con mis ojos la ficha de su mareógrafo, la de alta, la oficial.

¿Sabe qué pone en ella? Nada. Está en blanco.

No tiene fecha de ingreso. —Dedo—. No tiene número de empleado.

—Otro dedo—. No tiene contrato archivado.

—Otro—. Y no tiene nombre, ni uno, la casilla vacía.

—El cuarto dedo, y lo dejé en alto—. Lo cual significa, según su propio reglamento, el que me dice usted que le robé, que este hombre nunca, jamás, fue dado de alta como personal de la Oficina.

Ni un solo día. Lo han tenido moviéndoles el mar una eternidad entera sin ficharlo una sola vez. Sin papeles. En negro, vamos.

—Detalles administrativos. —La Interventora hizo un gesto de quitarle importancia con la mano del sello, un gesto que no le salió natural, que le salió, por primera vez, un poco nervioso—. El mareógrafo opera para nosotros desde antes que usted naciera. Es nuestro.

—Ahí está. —Sonreí, y noté cómo se me ensanchaba la sonrisa fea, la de cazadora—.

"Es nuestro." Esa es la palabra. La ha dicho usted, no yo, que conste en acta.

No ha dicho "trabaja para nosotros", ni "está contratado por nosotros", ni "es nuestro empleado".

Ha dicho "es nuestro". Como una silla. Como una fotocopiadora.

Como un activo que se amortiza cuando se gasta.

Llevan ustedes toda la conversación, desde el faro, tratándolo como una cosa, no como una persona.

"Amortizar", "activo deteriorado", "darlo de baja".

Pues muy bien, señora. Acepto. Aceptemos que es una cosa.

—Me crucé de brazos—. Porque da la casualidad de que de cosas sé yo.

De cosas perdidas, abandonadas y no reclamadas sé yo más que nadie en este lado del mar.

Y hay una norma, una sola, la primera que se aprende en mi oficio, que está en su reglamento y en el mío con las mismas palabras: lo que nadie reclama en noventa días deja de ser de quien lo perdió y pasa a ser de quien lo guarda.

La sala de mapas entera se quedó muy callada. Hasta los cartógrafos habían soltado los compases y los teodolitos y miraban, con la boca abierta, una escena que ninguna de sus cuadrículas sabía clasificar.

—Su mareógrafo —dije, despacio ahora, saboreando cada palabra como no me había permitido saborear nada en seis islas— es un objeto sin reclamar.

Sin dueño registrado, porque nunca lo dieron ustedes de alta.

Una cosa que tienen en sus estanterías sin papel que lo demuestre.

Y yo lo encontré. Yo. En la primera isla, la noche de la campana, perdido en una calle, sin saber ni en qué año vivía.

Lo encontré yo, y lo he ido guardando desde entonces, isla a isla.

Su nana. Su nombre, letra a letra. Sus cinco fragmentos.

Su reloj. He cargado con él seis islas enteras.

Eso es muchísimo más de noventa días, señora; échele la cuenta.

—Miré a Amaro, que me miraba desde entre los dos funcionarios grises como quien ve amanecer por primera vez después de cuarenta y un años—.

Así que no es suyo para amortizarlo. Dejó de serlo hace mucho, si es que alguna vez lo fue.

Pasó a ser mío. Y usted, por su propio reglamento, no puede dar de baja una cosa que ya tiene dueña.

Por primera vez desde que la conocía, en el faro, la Interventora no contestó deprisa. Abrió la boca. La cerró. Miró su carpeta como si la respuesta fuera a estar escrita en alguna de sus hojas y no estuviera.

—Es un argumento... ingenioso —dijo al fin, y noté que medía cada palabra con el mismo cuidado con que los cartógrafos medían las distancias entre dos personas que se hablan—.

Más de lo que esperaba de un expediente.

Pero le falta lo único que de verdad importa en esta Oficina, señorita Gulliver.

Y es lo que la pierde. Una reclamación no es una reclamación hasta que está sellada.

Hablar no reclama nada. Tener razón no reclama nada.

Usted puede tener toda la razón del universo, puede ser el argumento más bonito que he oído en siglos, que sin un formulario presentado en la oficina competente, con su sello de entrada y su número de registro, su razón no vale ni el papel en el que no la ha escrito.

—Recuperó la sonrisa sin labios, y con ella el control—.

Y da la feliz casualidad de que la oficina competente para una reclamación así está muy, muy lejos de aquí.

En la Estación de Ascensos. Adonde —y aquí volvió a sonreír— me lo llevo ahora mismo a él.

Para amortizarlo. Hoy. Antes de que a usted le dé tiempo a rellenar ni la primera casilla de nada.

Y entonces hizo dos cosas a la vez, deprisa, como quien ha decidido dejar de jugar.

Con una mano chasqueó los dedos, y por la puerta del Instituto entraron dos funcionarios grises, de esos sin cara propia, lisos como la suya, que agarraron a Amaro por los brazos translúcidos sin esfuerzo, porque ya no había casi nada que sujetar.

Y con la otra mano me señaló el pecho, donde yo seguía apretando, sin disimulo, el libro gordo de tapas de aquel color imposible.

—Eso —dijo, y la voz se le puso de hielo educado, de ventanilla que se cierra— es el Reglamento Interno.

Uso restringido. Material reservado de la Oficina.

Y usted no tiene autorización para tenerlo, ni para leerlo, ni para mojarlo en agua de mar.

Eso, señorita Gulliver, es hurto. Robo de documentación reservada, con agravante de premeditación.

—Extendió la mano lisa, la palma hacia arriba—.

Devuélvamelo. Ahora mismo. Y a lo mejor, solo a lo mejor, me olvido de añadirlo a su expediente.

Miré el reglamento, apretado contra mi pecho. Miré su mano extendida. Miré a Amaro, al que dos hombres grises arrastraban ya hacia la puerta grande y que no se resistía, porque ya casi no le quedaba cuerpo con el que resistirse, solo voluntad, y la voluntad no hace fuerza.

—Julia —dijo él, y todavía tenía voz, la voz de siempre, la que me tarareaba la nana al oído en una torre hace tres días y un siglo—.

Por favor. No haga ninguna tontería de las suyas.

Devuélvale el libro. Déjelo estar. Déjeme a mí.

Vaya a su orilla, la buena, la que calculé para usted. Sea feliz sin—

—Cállese, Amaro.

Y dije su nombre entero, por primera vez, en voz alta, delante de todos: delante de la Interventora, de los grises, de los cartógrafos, del mármol blanco.

Y juro que el aire de la sala entera cambió de sabor, como cambia el aire antes de una tormenta, porque un nombre dicho en voz alta por quien lo ha ganado letra a letra pesa distinto que un nombre cualquiera.

—Que se calle —repetí, más bajo, solo para él—. Que estoy trabajando. Y cuando trabajo no me interrumpe ni mi madre, que en paz descanse.

Y eché a correr.

No hacia la puerta grande, que estaba llena de funcionarios grises y de Amaro.

Hacia dentro. Hacia el fondo del Instituto, entre las mesas de dibujo, con el reglamento robado apretado contra el pecho con las dos manos y la Interventora gritando a mi espalda algo sobre un protocolo de recuperación de material y un código que terminaba en cifras.

Y lo que pasó después fue lo más ridículo de todo el viaje, y mira que en seis islas había tenido competencia dura.

Corrí entre cartógrafos que, en lugar de detenerme, me medían. Era más fuerte que ellos.

—¡Sujeto en movimiento! —gritaba uno, persiguiéndome con una libreta—. ¡Velocidad media-alta, trayectoria errática, imposible de proyectar!

—¡No puedo cartografiarla, jefe! —gritaba otro, angustiado de verdad, corriendo detrás con un teodolito en alto—. ¡Cambia de dirección sin avisar! ¡Se sale de todas las cuadrículas!

—¡Si no podemos mapearla —chilló el cartógrafo jefe, mi colega de hacía un rato, desde su puerta de vidriera, más fascinado que enfadado—, hay que declararla Territorio Inexplorable!

—¡Pues declárenme! —les grité de vuelta, saltando una mesa—. ¡Llevo seis islas siendo justo eso! ¡Inexplorable de nacimiento!

Y por una vez, ser una mujer imposible de meter en ninguna casilla me sirvió de algo práctico.

Me metí por donde no había línea pintada, por los huecos del mapa, por los rincones que su cuadrícula perfecta no llegaba a alcanzar, porque hasta las cuadrículas más perfectas dejan huecos, y yo llevo toda la vida viviendo en los huecos.

Volqué una mesa de mapas. Pedí perdón al pasar, que una tiene modales hasta huyendo de una Interventora.

Tiré, sin querer queriendo, un fichero giratorio entero, el grande, y mientras las fichas volaban por el aire como una bandada de palomas de cartón, vi una, de refilón, planeando: la del mareógrafo.

La casi en blanco. La prueba. La agarré al vuelo, sin pensarlo, con dos dedos, como se agarra al vuelo lo único que importa de entre todo lo que se cae.

La metí entre las páginas del reglamento, a salvo. Y anoté, mentalmente, donde anoto lo que no pienso perder ni debajo del agua: ficha de alta, una, en blanco. Categoría: munición. La mejor que he tenido nunca.

Al fondo del Instituto, una ventana grande. Y detrás de la ventana, abajo, el mar.

El mismo mar de siempre. El que me sacó del ferri una noche de martes.

El que me arrancó de la campana recién amanecida.

El que me ahogó tres veces y me empujó otras seis, lisa y negra y puntual.

El mar que, le pesara a quien le pesara, a la Interventora la primera, llevaba todo el viaje llevándome obstinadamente a un solo sitio, contra todas las normas: a él.

Detrás oí los tacones, parándose. Y la voz educada, ahora sí, sin una gota de paciencia:

—Si sale usted por esa ventana, señorita Gulliver, no controlo a dónde la lleva la marea.

Podría llevarla al fondo. Podría reiniciarla el propio mar, del golpe.

Podría perderlo todo de una vez: el nombre, el plan, la ficha, a él.

¿De verdad va a confiar su vida entera, y la de él, a una corriente que no obedece a nadie?

Me paré un segundo en el alféizar, con un pie ya fuera, el reglamento bajo el brazo y los cinco fragmentos —A, M, A, R, O— calientes en el bolsillo, junto al anillo y la llave y el reloj parado de Tomás.

—Señora —dije, sin volverme del todo—, llevo seis islas confiándole mi vida entera a esta corriente sin que nadie me preguntara si quería, sin firmar un papel, a empujones.

Me ha tirado, me ha arrastrado y me ha escupido donde le ha dado la gana.

Por una vez —y subí el otro pie al alféizar— voy a ser yo la que salte.

Por mi propio pie y por mi propia gana. Que para eso, mire usted, he aprendido en su faro a leer las mareas.

Y, antes de saltar, lo busqué a él entre el barullo de fichas que aún caían.

Lo estaban sacando por la puerta grande, casi transparente del todo ya, casi nada, una silueta de hombre sostenida por dos sombras grises.

Pero giró la cabeza. Me encontró desde el otro lado de la sala, por encima de las mesas volcadas y los cartógrafos histéricos, como me había encontrado siempre, en todas las islas, a la primera. Y movió los labios.

No oí lo que dijo. Estaba demasiado lejos y había demasiado ruido. Pero supe leerlo, claro que supe leerlo, porque era lo que llevaba seis islas mordiéndose, tragándose, escondiéndome en cinco fragmentos y un reglamento, y por fin, justo ahora que me perdía, se atrevía a decir.

Tres palabras. Las que él no me había hecho juntar en ningún objeto, en ninguna cerradura, en ningún matasellos. Las que dijo solo con la boca, sin voz, moviendo los labios despacio para que las leyera yo y nadie más.

Te quiero.

—Ya lo sé —le dije, aunque no podía oírme desde tan lejos—. Llevo seis islas sabiéndolo. Y ¿sabe qué? Que se lo voy a reclamar. Con sello y todo.

Y salté.

El mar me recibió frío, ancho, conocido, casi con cariño esta vez.

Me hundió, me revolvió, me arrastró como siempre.

Pero esta vez no lloré. No me dejé llevar como un paquete sin franqueo, como un expediente sin voluntad.

Esta vez nadé. Braceé. Elegí la dirección.

Con un libro robado apretado en una mano, una ficha vacía a salvo entre sus páginas, un nombre completo en el bolsillo y, por fin, un plan armado hasta el último sello.

La Interventora tenía razón en una cosa, y solo en una: una reclamación no vale absolutamente nada hasta que está sellada, presentada, registrada en la oficina competente.

Pues muy bien, señora. Muy bien.

A la Estación de Ascensos, entonces. Adonde se llevan a amortizar lo que nadie reclama.

Que la marea me llevara derecha allí, al sitio exacto adonde van los expedientes que nadie viene a buscar.

Porque yo iba a buscar uno. Y pensaba rellenar el impreso yo misma.