Capítulo 18 — El explorador sin orilla
Llevaba dos días en el Instituto, viviendo entre mapas y obsesos del orden como pez en el agua, repasando el reglamento robado renglón a renglón en busca de la grieta, durmiendo en una mesa de dibujo con un atlas por almohada, cuando me di cuenta de una cosa rarísima.
Esta vez no había aparecido él.
En todas las islas, antes o después, había un sereno, un cerrajero, un afinador.
Aparecía. Me reconocía. Me decía algo críptico, me cerraba la mano sobre algo, me prohibía juntar las letras, y se desvanecía dejándome con cara de tonta y una letra más en el bolsillo.
Era lo más fijo de aquel viaje absurdo, lo único con lo que podía contar.
Y aquí, en la isla de los cartógrafos, llevaba dos días enteros y nada.
Ni una nana colándose por una ventana. Ni unos ojos grises al fondo de un pasillo. Nada.
Y, que conste en mi expediente, lo echaba de menos como una idiota.
Apuntadlo donde apunto lo que no me conviene reconocer: la cataloguista terca, la que rompe tres islas y le planta cara a una Interventora, mendigando en su cabeza la aparición de un funcionario translúcido al que ni siquiera le sabía el nombre entero.
Hay que tener poco amor propio. O mucho amor, a secas, que viene a ser lo mismo de cerca.
—Le falta una letra —me dije en voz baja, mirando mis cuatro fragmentos alineados sobre la mesa de dibujo, bajo la luz blanca—. A. M. A. R. Una letra y lo tengo. Una letra y sé cómo se llama lo que me está rompiendo.
—¿Busca una coordenada?
Levanté la cabeza de golpe, tan rápido que casi tiro el tintero del cartógrafo.
Al otro lado de la mesa había un hombre con ropa de explorador —botas de campo gastadas, una brújula colgada al cuello, un mapa enrollado bajo el brazo— y unos ojos grises partidos por una cicatriz en la ceja izquierda que yo me sabía de memoria.
Solté el lápiz. Se me cayó rodando y ni lo miré.
—Usted —dije.
—Yo. —Lo intentó, lo de la sonrisa, y se le quedó a medias como siempre, solo que esta vez le costaba más, mucho más, porque a la luz blanca y cruel del Instituto se le notaba más gastado que nunca, los bordes casi temblándole—.
Antes tocaba campanas, cortaba llaves, afinaba relojes y movía mareas.
Ahora exploro. Voy bajando de categoría a buena velocidad, como ve.
Para la próxima isla seré barrendero, si llego.
—¿Cómo ha llegado? Yo creía que estaba... —se me cerró la garganta, esa traidora— que la Interventora le iba a...
—Amortizar. Sí. Esa era la idea, y sigue siéndolo.
—Dejó el mapa enrollado sobre la mesa, despacio—.
Pero resulta que para amortizar a un mareógrafo en regla hay que retirarlo primero de su faro, y para retirarlo hay papeleo, y el papeleo lleva su tiempo, formularios por triplicado, un sello aquí, una firma allá.
Me escapé en el tiempo del papeleo. Es lo único bueno de trabajar para una burocracia: que siempre va más lenta que el amor.
Por una vez, su lentitud jugó a mi favor.
—¿Y ha venido aquí? ¿A la isla donde borran lo que no se puede definir? Brillante. De todos los sitios donde esconderse, elige el único que te borra por existir raro.
—La he buscado, Julia. —Lo dijo sin recoger el sarcasmo, mirándome de frente—.
Por primera vez. En seis islas siempre la he traído yo a usted con una marea, tirando de la rueda, eligiendo el cuándo.
Esta vez he venido yo a buscarla a usted.
Con los pies. Andando. Y le aseguro que andar, cuando uno está acostumbrado a mover el mar de una isla entera con la mano, es de lo más humillante que hay. Se me hacen los pies de plomo.
Me levanté. Rodeé la mesa para tenerlo más cerca, para comprobar que era él, que era de verdad, lo que quedara de él. Y entonces lo vi.
El suelo del Instituto era de mármol blanco, pulido como un espejo, y a la luz cenital del mediodía que entraba por los ventanales todo el mundo proyectaba su sombra, nítida, a sus pies.
Él no.
Donde tendría que haber estado su sombra —la de las botas, la de la brújula, la del hombre entero— el mármol estaba limpio, vacío, blanco, como si allí no hubiera nadie.
—Su sombra —dije.
—Ya. —Ni se molestó en mirar al suelo; ya lo sabía—.
El año, en la ciudad del alba. El dedo, en la de las llaves.
El reflejo, en la feria. La solidez, en el faro.
Y ahora la sombra. Voy haciendo colección, como usted con sus letras.
—Se encogió de hombros, y el gesto fue tan suyo, tan cansado, tan de él, que me dolió en un sitio del pecho que no sabía que tuviera fichado—.
Tranquila. Todavía proyecto conversación.
Es lo último que se pierde, dicen. Después de eso, ya solo queda la voz, y luego nada.
—Deje de hacer chistes con esto. Ese es mi trabajo, no el suyo. Cada uno a lo suyo.
—Lo sé. Por eso se lo robo. —Me miró, y por un segundo le volvió algo a los ojos que no era cansancio—. Verá, es un buen reparto: si hago yo los chistes, a usted le toca decir la verdad por una vez en su vida. Y usted, diciendo la verdad, es algo digno de cartografiar.
Y la verdad, maldita sea, me salió sola, sin permiso, como me salen las piernas hacia él.
—No quiero que se le acabe el cuerpo a base de venir a verme. No lo valgo. Nadie lo vale.
—Y yo no quiero acabarme sin haber venido.
Ya ve usted. Dos tercos discutiendo de cuánto vale una mujer.
—Desenrolló el mapa sobre la mesa, alisándolo con la mano translúcida—.
Mire. Esto es lo que hago ahora, en mis ratos de fugado.
Mapeo orillas. Las he cartografiado todas, Julia.
Todas y cada una de las orillas óptimas de todos los expedientes que he movido en mi vida.
Sé exactamente dónde es feliz cada corazón roto que ha pasado por mis mareas, en qué playa, con quién, comiendo qué.
—Pasó el dedo por el mapa, lleno de costas dibujadas con primor y nombres minúsculos—. Todas menos una.
—¿Cuál?
—La mía. —Y dio unos golpecitos en una esquina del mapa donde no había nada dibujado.
Un hueco. Un trozo de papel en blanco con una sola palabra escrita al borde, con su letra antigua: INEXPLORABLE—.
He cartografiado la felicidad de medio mundo, orilla por orilla, durante una eternidad.
Y resulta que el único corazón cuya orilla no aparece en ningún mapa, por más que busco, es el mío.
No tengo. Nunca tuve. Por eso me he venido a esta isla, Julia.
Para que me declaren oficialmente Territorio Inexplorable y me borren ellos, limpio, de un sello, antes de que la Interventora me amortice a su manera, que es más lenta y más fea.
—Ni se le ocurra.
—Julia—
—Que ni se le ocurra dejar que lo borren.
—Le agarré la muñeca, la de la mano de cuatro dedos, y esta vez no se apartó; ya casi no le quedaban fuerzas para apartarse, ni ganas—.
Borrarse usted solo para que no lo borren ellos.
Es la cosa más tonta que he oído, y mire que llevo seis islas oyendo tonterías con sello. Mire lo que tengo. Mire.
Puse mis cuatro fragmentos en fila sobre su mapa, justo encima del hueco de su orilla inexistente. La A de la etiqueta de equipaje. La M de la cerradura. La A del matasellos. La R del eje del haz.
—Me falta una letra para su nombre —dije—. Una sola. Y usted lleva seis islas pidiéndome que no lo junte, isla tras isla, "no las junte, Julia", como un disco rayado. ¿Por qué? ¿Qué pasa de verdad cuando lo junte? Dígamelo ya, que estoy a una letra.
Él miró las cuatro letras sobre el papel en blanco de su propia orilla que no existía. Las miró mucho rato, como quien mira una foto antigua. Y, muy despacio, con el dedo translúcido, en el hueco marcado INEXPLORABLE, terminó de escribir lo que faltaba.
Una O .
A. M. A. R. O.
—Amaro —leí en alto. Y el nombre, dicho por fin entero, después de seis islas, me supo a algo concreto en la boca: a mar y a amargo, a las dos cosas a la vez, como si el nombre llevara dentro su propia historia—. Se llama Amaro.
—Me llamaba. —Tenía la voz rota, y por primera vez se le quebró del todo—.
Hace mucho. Antes del faro, antes de la Oficina, antes de empezar a perder cosas de una en una.
Era lo último que me quedaba sin perder, el nombre.
Lo había escondido en cinco islas, en cinco objetos, repartido, para que no me lo quitaran.
Y acabo de dárselo yo mismo, con mi propia mano.
—Me miró con los ojos grises, y nunca lo había visto tan asustado y tan aliviado a la vez, las dos cosas peleándose en la misma cara—.
Le he dado lo único que no debía darle en toda la novela, Julia.
Ahora ya no puede usted fingir que no me conoce.
Y yo ya no tengo absolutamente nada más que esconder.
Estoy entero delante de usted por primera vez. Bueno, entero no. Pero sin secretos.
—Pues entonces escúcheme bien. —El corazón me iba a mil, pero no de pena, ojo: de plan.
Porque mientras él escribía esa O en el hueco de su mapa, a mí se me había terminado de armar la grieta en la cabeza, encajando la última pieza con un clic igual de limpio que el de la maleta al abrirse—.
He encontrado la manera. La manera de verdad.
Lo he leído en su reglamento robado, lo he visto con mis ojos en su ficha vacía en el archivo de esta isla, y lo entiendo perfectamente porque llevo siete años de mi vida haciendo exactamente esto, todos los días, detrás de un mostrador.
Sé cómo recuperarlo, Amaro. Sé cómo quedármelo. Pero necesito dos cosas.
—¿Cuáles?
—Su nombre entero, que ya lo tengo, mire qué oportuno.
Y un plazo. —Sonreí, por primera vez en dos islas, mi sonrisa fea de cuando voy a romperle el sistema a alguien que se lo merece—.
Amaro, dígame una cosa, y dígamela exacta, que de esto depende todo.
¿Cuánto tiempo lleva usted colgado en esta Oficina, trabajando para ellos, sin que nadie, nunca, en toda su existencia, haya venido a reclamarlo como suyo?
Abrió la boca para contestar.
No le dio tiempo.
Porque la puerta del Instituto se abrió de golpe, de par en par, entró un viento frío que olía a sello recién destapado y a tinta azul, y la voz tersa y educada que yo ya odiaba con todo mi corazón dijo, desde el fondo de la sala de mapas, sin levantarla, porque no le hacía falta:
—Qué reunión más bonita. El activo deteriorado y la errata que no quiso firmar, juntitos, haciéndose mapas.
—Tac, tac, tac, los tacones midiendo el mármol blanco, acercándose sin prisa—.
¿Sabéis lo malo de fugarse durante el papeleo, criaturas?
Que el papeleo, tarde o temprano, siempre, siempre se termina.
Y yo soy muy de terminar lo que empiezo.