Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 17 — La oficina de lo inexplorable
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Capítulo 17 — La oficina de lo inexplorable

La marea me escupió en tierra firme y, por primera vez en seis islas, no me quedé tirada en la arena esperando a entender dónde estaba.

Me levanté antes de toser el agua. Apreté contra el pecho el reglamento robado, que había aguantado el viaje conmigo, empapado pero entero, las tapas hinchadas pero las páginas legibles, y me palpé los bolsillos: anillo, nota, llave de hierro, etiqueta con A, cerradura con M, matasellos con A, y un eje de bronce con una R que me había traído del faro sin pedirle permiso a nadie.

Más el reloj parado de Tomás, marcando las cuatro y diez, la hora a la que dejé de tener miedo.

Cuatro letras y un libro robado. A. M. A. R. y una vacante.

—Vale —le dije al mar, que ya se retiraba con su habitual mala educación—. Esta vez no vengo a naufragar. Esta vez vengo a trabajar.

Porque algo me había cambiado allá arriba, en la torre, mientras un hombre translúcido me empujaba al agua para salvarme de olvidarlo.

Había dejado de ser un expediente que las mareas zarandeaban de isla en isla como a un paquete sin franqueo.

Me había convertido en otra cosa. O mejor dicho: había vuelto a ser lo que siempre fui, antes de que un señor me devolviera el anillo por correo y me convirtiera en una mujer que espera.

Una cataloguista. Una mujer con un libro de registro y muy malas pulgas para los sistemas que no cuadran.

Y aquella Oficina tenía un sistema. Lo había leído entero, renglón a renglón, mientras nadaba. Solo me faltaba encontrarle la grieta. Todos los sistemas tienen una; es lo bueno de que los inventen funcionarios. Donde hay reglamento, hay agujero. Lo sé porque me paso la vida colándome por los míos.

Levanté la vista para ver dónde me había tocado buscarla esta vez.

La isla era plana, ordenada, llena de líneas.

Líneas pintadas en el suelo, líneas en las paredes, una cuadrícula que llegaba hasta la playa, como si alguien hubiera cogido el mundo entero y le hubiera puesto papel milimetrado por encima para que no se saliera.

Hasta las olas, al retirarse, dejaban una marca recta en la arena, disciplinada.

Y en mitad de la cuadrícula, un edificio largo y bajo, blanco, con un rótulo enorme que se leía desde la orilla: INSTITUTO DE LO CARTOGRAFIADO.

Eché a andar hacia él, porque ya lo sabéis: cuando un sitio no tiene ningún sentido, lo primero que hago es buscar la oficina, que es donde el sinsentido está mejor archivado y siempre hay alguien a quien preguntarle las normas para luego incumplirlas con conocimiento de causa.

Dentro, todo eran mesas de dibujo, gente con teodolitos y reglas de cálculo, y mapas.

Mapas de la isla, mapas del mar, mapas de cosas que yo no sabía que se pudieran mapear.

Un hombre con bata blanca medía con un compás la distancia exacta entre dos personas que charlaban en un rincón, anotaba el resultado en una libreta y le ponía a cada una una etiqueta colgada del cuello.

—Disculpe —le dije—. ¿Qué hace?

—Cartografío —dijo, sin levantar la vista del compás—.

Esos dos llevan once minutos hablando a cuarenta centímetros de distancia.

Es una relación de tipo C, subgrupo amistoso-con-posibilidades.

Hay que registrarla y clasificarla antes de que se mueva y se me salga del mapa.

Las relaciones sin clasificar son un caos administrativo.

—¿Las relaciones se mapean?

—Todo se mapea. —Me miró por fin, escandalizado de que lo dudara, como si le hubiera preguntado si el agua moja—.

Lo que está en el mapa, existe. Lo que no está en el mapa, no existe.

Y lo que no se puede definir... —bajó la voz, con el respeto con el que se nombran las enfermedades feas— se declara Territorio Inexplorable. Y se borra.

—¿Se borra?

—Del registro. Y, en consecuencia, de la existencia, que aquí es lo mismo. Si no podemos ponerle un nombre a qué es una cosa, esa cosa no puede estar en la isla. Es de cajón, señora. ¿Cómo vamos a permitir que ande por ahí algo que no sabemos lo que es?

Sentí un frío conocido, de los que ya me sabía de memoria.

En aquella isla, una pareja que no supiera decir "qué somos" no es que se quedara en el limbo, esperando como en las otras islas.

Es que desaparecía. La borraban. Y yo venía de una torre donde no había podido decirle a un hombre ni su propio nombre completo, donde lo único que teníamos los dos era, precisamente, un imposible sin definir, sin categoría, sin etiqueta.

Lo nuestro era Territorio Inexplorable de manual.

Tomé nota mental, en letras grandes. Aquella isla iba a por gente exactamente como nosotros.

—¿Y dónde está el jefe de todo esto? —pregunté, porque al jefe es a quien hay que ablandar.

Me señalaron una puerta al fondo, con vidriera. El cartógrafo jefe resultó ser un hombre pequeño, redondo y feliz, rodeado de mapas hasta el techo, con la cara satisfecha de quien ha conseguido meter el universo entero dentro de una cuadrícula y duerme estupendamente por las noches gracias a ello.

—¡Una recién llegada! —Se frotó las manos, encantado—. ¿Viene a definirse? Estupendo. Necesito su categoría. Estado civil, tipo de vínculo, coordenadas afectivas. ¿Casada, soltera, en proceso de emparejamiento certificado, viuda emocional, soltera por convicción, soltera por descarte...?

—Vengo a consultar su archivo —dije, y dejé el reglamento robado sobre su mesa con un golpe seco, en plan funcionaria de respeto—. Soy cataloguista. De la competencia, por así decir. Y busco una cosa muy concreta.

Al cartógrafo jefe se le iluminó la cara como una verbena. Le había caído del cielo otra obsesa del orden, y los obsesos del orden nos reconocemos al instante, como los borrachos en una boda o los que cuentan los escalones al subir.

—¡Una colega! —Apartó tres mapas de un manotazo para hacerme sitio—. Faltaría más, faltaría más. El archivo es sagrado, pero a una colega no se le niega nada. ¿Qué busca? Dígame categoría, subcategoría y, si puede ser, número de referencia, que vamos más rápido.

Lo que buscaba no se lo dije del todo, porque ni yo lo tenía claro del todo.

Buscaba la grieta. Buscaba por qué a un mareógrafo se le podía "amortizar" como a un activo, qué clase de cosa tenía que ser un hombre para que lo dieran de baja como se da de baja una fotocopiadora vieja.

Buscaba, sin saberlo aún del todo, el resquicio exacto por el que se cuela una cataloguista terca cuando quiere recuperar algo que el sistema ha dado por perdido.

Así que dije una verdad a medias, que es mi especialidad de la casa.

—Busco la ficha de un empleado de la Oficina —dije—. Un mareógrafo. Del faro número... —no sabía el número, maldita sea— del faro más solo de todos. El de la roca pelada. Sabrá cuál le digo.

El cartógrafo jefe tecleó en un fichero giratorio enorme, tarareando, feliz como un niño con juguete nuevo. Y de pronto dejó de tararear.

—Qué raro —dijo, y se le borró un poco la verbena de la cara.

—¿Qué es raro? A mí lo raro me encanta. Es mi sección favorita del archivo, la de "varios sin clasificar".

Giró el fichero hacia mí y me enseñó una tarjeta. Una sola. Y la tarjeta estaba casi en blanco.

—Tenemos al mareógrafo registrado en ese faro, sí —dijo, frunciendo el ceño profesional, pasando el dedo por las casillas—.

Opera mareas desde hace... bueno, desde antes de mis mapas, y eso ya es decir mucho, porque mis mapas son muy antiguos.

Pero su ficha de alta está incompleta. Mírela.

No tiene fecha de ingreso. —Pasó el dedo a la siguiente casilla, vacía—.

No tiene número de empleado. No tiene contrato archivado.

—Levantó la vista, y por primera vez aquel hombrecillo redondo y feliz parecía incómodo de verdad, casi asustado de su propio archivo—.

Y no tiene nombre, señorita. La casilla del nombre está en blanco.

El mareógrafo del faro más solo del mundo lleva una eternidad moviendo el mar para esta Oficina y, según mi ficha, oficialmente, no existe. No consta. Es un fantasma con nómina.

Me quedé mirando aquella tarjeta casi en blanco.

Sin fecha. Sin número. Sin nombre. Sin contrato.

Un empleado que la Oficina usaba a diario pero que nunca había dado de alta. Una cosa que tenían en sus estanterías, funcionando, útil, gastándose por ellos, pero que nunca habían registrado como suya. Que nunca habían reclamado como propia con un papel.

—Pero eso es un error suyo —dije—. Un fallo de archivo. Se les olvidó ficharlo.

—No, no. —El cartógrafo jefe negó con la cabeza, escandalizado de que yo pensara que su gremio cometía errores—.

Esto no se olvida. Esto se hace a propósito.

A los mareógrafos no se les da de alta nunca, es política de la casa, viene de arriba.

Un empleado fichado tiene contrato. Y un contrato tiene derechos: descanso, antigüedad, una orilla propia al jubilarse.

—Bajó la voz, casi admirado del invento—.

Pero una cosa sin papeles no tiene derechos de nada.

No puede reclamar. No puede quejarse. No consta que exista, así que el día que se gasta, se tira y no hay que dar explicaciones a nadie, porque oficialmente nunca hubo nadie.

Es el sistema más limpio que he visto. No fichas lo que piensas tirar.

Lo dijo con la tranquilidad del que explica una buena práctica contable, sin caer en que me estaba describiendo a un hombre al que dejaban gastarse hasta los dedos sin más derecho que el de gastarse.

Tomé nota. En letras grandes, de las que no se borran. Y a mí, que llevaba siete años en una oficina de objetos perdidos, una ficha así me sonaba muchísimo. Me sonaba a algo concretísimo. Me sonaba, de hecho, a lo único que se me da bien de verdad en este mundo.

Me sonaba a un objeto sin reclamar.

—¿Le importa —dije, y noté que se me aceleraba algo por dentro que no era el corazón, era el oficio— si copio yo esta ficha? Para mi archivo. Cosas de coleccionista.

—Faltaría más, colega —dijo el cartógrafo jefe, que ya había recuperado la sonrisa porque los de su gremio nunca le niegan una copia a nadie—. Entre archiveros, no hay secretos.

No sabía el pobre lo que me estaba dando. Me estaba dando la primera pieza, en papel, sellada por su propia Oficina, de la reclamación más importante de mi vida.