Capítulo 16 — La marea que sube
—Corregirlo —repetí—. Habla usted de nosotros como de una errata en un impreso.
—Es que lo son. —La Interventora terminó de entrar en la linterna con la calma de quien llega a una reunión que ha convocado ella misma y a la que los demás han venido obligados—.
Una errata de archivo. Un expediente que recuerda lo que debería olvidar y un mareógrafo que se encariña de lo que debería despachar.
Dos infracciones que se alimentan la una a la otra, que es lo peor que pueden hacer dos infracciones.
—Abrió su carpeta con un gesto seco—. Pero no se preocupe.
Para eso estoy yo. Para corregir. Llevo toda la vida corrigiendo.
Es lo único que sé hacer, y se me da muy bien.
El Oficial no se había movido de delante de mí. Lo que le quedaba de cuerpo, translúcido a la luz del amanecer que ya entraba a raudales, hacía de muro entre la mujer de la cara lisa y yo. Un muro a través del cual se veía el mar.
—Déjala fuera de esto —dijo él—. La infracción es mía, solo mía. Yo moví las mareas de más. Yo me acerqué. Amortízame a mí y devuélvela a su tránsito sin tocarle la memoria. Ella no ha hecho nada que no hiciera por mi culpa.
—Ha tocado una campana que no le tocaba tocar.
Ha limado una llave que no era suya. Ha enseñado a media isla a hacerse su propia cara y a la otra media a abrirse su propia puerta.
—La Interventora pasó una hoja de su carpeta, leyendo mi expediente como quien lee una lista de fechorías—.
Su Julia, mareógrafo, ha roto tres islas enteras en seis capítulos de tránsito.
Sistemas que llevaban siglos en pie. Eso no es no haber hecho nada.
Eso es vandalismo sentimental con agravante de reincidencia.
—Gracias —dije, asomándome por el costado translúcido de él—. Lo pondré en el currículum, debajo de "deletreo Gulliver sin que me lo pidan".
No le hizo gracia. A los interventores nunca les hace gracia; por eso son interventores y no otra cosa.
—La corrección tiene dos partes —dijo, y cambió a una voz de prospecto de medicamento, esa con la que se leen los efectos secundarios para que no asusten—.
Parte primera: reinicio del expediente 4471.
Se le retira el recuerdo del tránsito completo.
Todas las islas. La campana. Las llaves.
La feria. El faro. —Levantó la vista hacia mí, sin labios, sin piedad, sin nada—.
Él. Lo olvidará todo, señorita Gulliver.
La depositaremos limpia en su orilla óptima, donde será muy feliz para siempre y no echará de menos absolutamente nada, porque no recordará que hubo nunca nada que echar de menos.
Le sale a usted barato: un olvido a cambio de una vida buena. Firman cosas peores cada día.
Noté que el Oficial, a mi lado, se ponía rígido. Lo del olvido —que yo lo olvidara a él— le dolía más que cualquier cosa que pudieran hacerle a su propio cuerpo. Se le notó en la espalda translúcida, en cómo se le tensó lo que quedaba de hombros.
—¿Y la parte segunda? —pregunté, aunque ya la sabía, porque hay preguntas que una hace solo para retrasar la respuesta.
—Amortización del mareógrafo. —Lo dijo igual que se dice "reciclaje del cartón" o "baja del inmovilizado"—.
Lleva décadas operando con pérdidas. Un dedo.
Un reflejo. La solidez. Hace tiempo que es un activo deteriorado, y un activo deteriorado es un activo que se da de baja.
Se le retira de la torre y se le... archiva. Definitivamente.
—Se le mata.
—Nosotros no usamos esa palabra. —Destapó el sello con un clic—.
Es fea y es imprecisa. Usamos "amortizar".
Es más limpio, más profesional, y no le quita el sueño a nadie.
Y ahora —volvió a tenderme la carpeta y un bolígrafo—, si me firma usted aquí, en la línea de puntos, el consentimiento de reinicio, lo hacemos todo sin dolor, ordenado, como debe ser.
Una firmita y a su orilla feliz. Ni se enterará.
Me tendió la carpeta. El bolígrafo encima, cruzado, esperando.
Y yo, que llevo toda la vida firmando cosas —entradas de paraguas, salidas de urnas, recibos de dentaduras, el acuse de recibo de mi propio anillo devuelto a dieciséis días de mi boda—, me quedé mirando aquel bolígrafo como se mira una serpiente muy educada que te tiende la mano.
No firme nada , me había dicho él. Aunque se lo pida yo.
—No —dije.
—¿Perdone?
—Que no firmo. —Me crucé de brazos, por si las manos se me iban solas al bolígrafo, que las manos a veces traicionan—.
Mire, señora, yo de formularios sé un rato largo.
Trabajo en una oficina de objetos perdidos, llevo siete años detrás de un mostrador haciendo firmar a la gente.
Y hay una cosa que aprende una enseguida en ese oficio: si usted necesita mi firma para reiniciarme, es que sin mi firma no puede.
Si pudiera hacerlo sin mí, ya lo habría hecho mientras subía la escalera haciéndose la interesante con los tacones, en vez de subir a pedirme permiso.
—Le devolví el bolígrafo por encima del hombro translúcido de él—.
Así que no. No le firmo a usted el permiso para olvidarlo a él.
Antes me como la carpeta, y mire que tengo el estómago revuelto.
Por primera vez desde que la conocía, la cara lisa de la Interventora se movió. No mucho. Lo justo para que se le notara que aquella respuesta no venía en su prospecto, que no se la esperaba.
—Es usted consciente —dijo, muy despacio, recuperando el tono— de que sin su consentimiento el reinicio se puede hacer igual, solo que más.
.. brusco. Menos limpio. Y de que, mientras usted se hace la digna y la valiente, el mareógrafo se sigue amortizando solo, ahí, delante de sus narices, minuto a minuto.
—Lo señaló con el sello cerrado—. Mírelo bien.
Cada segundo que pasa con usted en esta torre le cuesta un trozo.
Cuanto más tarde usted en colaborar, menos quedará de él para devolverle al mundo, si es que decidiéramos devolvérselo, que no.
Así que dígame: ¿qué prefiere? ¿Una firma limpia ahora y una vida feliz mañana, o verlo desaparecer del todo, aquí, hoy, por pura cabezonería?
Miré al Oficial.
Y era verdad. Maldita sea, era verdad. A la luz cada vez más alta del amanecer que él había llamado conmigo seis islas atrás, ya casi no estaba.
Le veía el mar a través del pecho, de los brazos, de la cara, de los ojos grises que seguían siendo lo último nítido que le quedaba.
Se estaba yendo. Delante de mí. Por mí. Por cada minuto que insistía en quedarse a mi lado en vez de soltarme y salvarse.
—Julia —dijo él, y la voz le llegaba ya como desde el fondo de un pozo, como desde otra isla—.
Hágame caso una vez en su vida. Una sola.
No firme. Pero no por mí, óigame bien: por usted.
Si firma, la reinicia, y yo no soporto la idea de que me olvide, de cruzarme con usted en su orilla feliz y que usted me mire como se mira a un desconocido.
Prefiero irme entero a quedarme borrado de su cabeza.
—Se le quebró lo que le quedaba de voz, que ya era poca—.
Pero hay una cosa peor que esas dos. Y es que se quede usted aquí discutiendo de formularios con ella mientras a las dos nos atrapa la marea. Eso sí que no se lo perdono.
Y entonces hizo lo que llevaba seis islas sin hacer.
Se movió hacia mí.
Cruzó el palmo de siempre. Cruzó todos los palmos de todas las islas de golpe, de una vez, todos los que no había cruzado en el farol, ni sobre la cerradura, ni en el baile, ni la noche de la tormenta.
Me agarró por los hombros con sus manos translúcidas, que todavía pesaban, que todavía eran capaces de sujetarme con firmeza, y me miró con los ojos grises una última vez, de cerca, sin un palmo de por medio.
—Voy a sacarla de aquí con su memoria intacta —dijo, deprisa, bajito, solo para mí, de espaldas a la Interventora—.
Es lo único que todavía puedo hacer mejor que ella: mover una marea.
Una sola, la suya, ahora. Va a recordarlo todo, Julia.
La campana. Las llaves. La feria. La nana.
Esto. Me va a recordar a mí, entero, aunque yo no esté.
Es lo único que le puedo regalar, y resulta que es justo lo que ella quería quitarle. Es mi última travesura de funcionario.
—No. —Le agarré las muñecas con las dos manos, fuerte—. No me empuje. Ni se le ocurra empujarme, que lo conozco. Tengo un plan. Casi. Lo estoy pensando, se me está armando aquí mismo, deme dos minutos y tengo un plan, siempre tengo un plan, soy de tener planes—
—No hay dos minutos, Julia.
—¡Pues hágame usted dos minutos con su rueda, que para algo es el mejor mareógrafo que ha tenido esta Oficina! ¡Présuma para algo útil!
—Lo siento —dijo.
Y, por primera vez desde la isla de las llaves, sonrió. De verdad. Entera, sin dejarla a medias, sin que se le quedara colgando de una comisura. La tercera sonrisa que le veía en toda mi vida. La última. Y la más cara, porque sonreír así, a esas alturas, también debía de costarle.
—Acuérdese de a qué hora dejó de tener miedo —dijo.
Y me empujó.
No a mí. A mi marea. Con una mano en mi pecho y la otra dando un golpe seco, experto, a la rueda de bronce, mandó subir el agua bajo mis pies, solo bajo los míos, una marea hecha a medida, la última que iba a moverme con cariño.
El suelo de la linterna se abrió en mar debajo de mí, y caí hacia atrás, hacia abajo, hacia fuera de la torre, con sus dedos translúcidos resbalándome de los hombros uno a uno y la cara lisa de la Interventora gritando algo de un protocolo no autorizado a su espalda.
Y aquí es donde tengo que contaros una cosa que no le he contado a nadie. Ni a Nieves.
No solté ningún chiste.
Llevo toda la vida toreando los golpes con la boca, ya lo sabéis.
Me dejaron a dieciséis días de la boda y al rato ya estaba haciendo bromas con Nieves sobre el servicio de correos.
Me ahogó una marea y desperté en una playa pensando "por lo menos vengo entera".
Lo catalogo todo, lo archivo todo, le pongo a cada cosa un número y una categoría para que el dolor venga en orden y haga cola como todo el mundo.
A esto no le puse número.
Caí por el hueco de la linterna hacia el mar, viendo cómo el hombre que sabía el color del vestido de mi madre se quedaba arriba, cada vez más pequeño, cada vez más transparente, cada vez más lejos, entregándome con su última fuerza a un agua que iba a llevarme lejos de él precisamente para salvarme de olvidarlo.
Y lloré. Sin más. Sin chiste de repuesto, sin inventario, sin categoría, sin etiqueta.
Lloré como llora la gente normal, la que no se gana la vida archivando lo que pierde: a lo bestia, sin orden, sin acuse de recibo, sin firmar nada.
El agua me tragó, educada y total como siempre.
Y en el último segundo, antes de que el faro y la torre y él desaparecieran allá arriba, en la superficie que se alejaba, hice dos cosas con las manos.
Con la izquierda, agarré contra el pecho lo único material que me quedaba de aquella isla: el reglamento.
El libro grueso de tapas de ese color imposible, USO RESTRINGIDO, que había salido de mi maleta y que yo, ahora sí, a partir de ese segundo, robaba con todas las de la ley y sin remordimiento ninguno.
Y con la cabeza, mientras el mar me cubría entera, agarré una palabra. Una sola. La que la Interventora había soltado sin darse cuenta de delante de quién la decía, sin saber que se la decía a una profesional.
Amortizar.
Dar de baja un activo. Una propiedad. Una cosa.
Lo estaban tratando como a una cosa. No como a un empleado, no como a una persona, no como a un mareógrafo con derechos: como a un objeto que se tiene y se descarta.
Lo había dicho ella misma, dos veces. Y resulta —pensé, con el agua entrándome ya por la nariz y por los oídos y el plan armándose solo, encajando pieza a pieza como se arman los planos en la cabeza de quien lleva siete años detrás de un mostrador con un libro de registro— que de objetos sé yo un poquito.
De objetos perdidos, abandonados y no reclamados, de hecho, sé yo más que nadie en el mundo.
Y a aquel hombre, en alguna parte de su ficha vacía, lo habían perdido. Y no había venido nadie a reclamarlo en mucho, mucho más de noventa días.
Nadie, hasta yo.