Capítulo 15 — Lo que hace el Oficial
—La está moviendo otra persona.
—¿Otra persona? —Me agarré a la barandilla de la linterna mientras el faro entero temblaba bajo nuestros pies—. ¿Hay más gente moviendo mi vida? ¿Tengo un comité y nadie me ha invitado a las reuniones?
Él no me contestó. Se había lanzado a la rueda de bronce, con las dos manos —la buena y la de los cuatro dedos—, y la giraba en sentido contrario, peleándose con el mar como quien tira de una cuerda al otro lado de la cual tira alguien mucho más fuerte y con menos escrúpulos.
Los diales se volvieron locos. La aguja de PLEAMAR subiendo, subiendo, sin que él pudiera frenarla.
El faro crujió como un barco viejo. Abajo, el agua que tres días de tormenta habían mantenido a raya empezó a trepar por la roca, lisa, negra, decidida, con esa puntualidad de funcionario que yo ya conocía demasiado bien.
—No cede —dijo entre dientes, empujando la rueda con todo el cuerpo—. Me están pasando por encima. Alguien con más rango que yo está moviendo esta marea desde fuera, y yo solo soy un mareógrafo de faro, el último escalón. No puedo contra la central. Es como pedirle a un cartero que pare una guerra.
—¿La central? ¿Qué central?
Soltó la rueda. Se le habían quedado los nudillos blancos del esfuerzo, y a la luz del amanecer que empezaba a colarse por los cristales, blancos del todo, transparentes: le vi, otra vez, el mar a través de la mano.
Más que el día anterior. Cada hora un poco más.
Se estaba yendo a ojos vistas, y la culpa, lo supe con el estómago antes que con la cabeza, era yo.
—Julia —dijo, y se volvió hacia mí, y por primera vez en quince capítulos no buscó ninguna coartada, ninguna salida, ninguna de esas frases a medias con las que llevaba seis islas escabulléndose—.
Voy a contárselo todo. Ahora. Porque si quien viene es quien creo que viene, no me va a quedar tiempo después.
Y usted se merece saber por qué la he traído a seis islas para no dejar que la bese en ninguna.
Me senté en el suelo de la linterna, porque hay verdades que es mejor recibir sentada, y aquella, por la cara que traía él, era de las de sentarse. El reglamento seguía abierto a mi lado, en el artículo trece, como un testigo de cargo.
—Soy mareógrafo —empezó—. Eso ya lo ha leído usted.
Muevo las mareas que llevan a cada corazón roto a su sitio.
Pero no las muevo a cualquier sitio, Julia, ese es el detalle.
Cada expediente tiene una orilla. Una sola.
La orilla donde por fin sería feliz, donde lo que le rompieron deja de doler.
Mi trabajo es leer a la persona, isla a isla, ver de qué se va curando, de qué miedo se va soltando, y calcular hacia dónde llevarla.
—Tragó saliva—. Llevo haciéndolo más años de los que recuerdo, más de los que me caben en la bitácora.
Soy muy bueno. Soy el mejor que ha tenido la Oficina. Nunca he fallado un destino. Ni uno.
—Qué orgullo más bonito. ¿Y el mío cuál es? Mi orilla. Ya que es usted tan bueno, deme la dirección.
Ahí se calló. Y el silencio duró lo que duran los silencios cuando dentro llevan una piedra que pesa.
—Ya lo sé cuál es —dijo al fin—. Su orilla.
La calculé en la primera isla, la noche de la campana, en cuanto la vi tirar de aquella cuerda sin pedir permiso.
La tengo aquí. —Tocó el reglamento, una página doblada con cuidado que yo no había visto, escondida entre las otras—.
Es una orilla buena, Julia. La mejor que he leído en toda mi carrera, y mire que he leído corazones.
Una vida entera, larga, tranquila, querida.
Con gente alrededor. Con paz. Una orilla donde usted, por fin, después de todo, sería feliz de verdad.
—Pues lléveme. ¿A qué espera? Llevo seis islas mareada, ahogada y respondona. Deme ya mi final feliz, que me lo he ganado a pulso.
—No puedo.
—¿Por qué no? Es su trabajo. Dice que nunca falla un destino. Pues acierte el mío y a otra cosa.
—Porque en esa orilla —y la voz se le quebró por la mitad, la primera grieta de verdad que le oí en todo el viaje, un crujido como el del faro— usted es feliz sin mí.
El faro se quedó en silencio. Hasta el mar, por un segundo, entre dos embestidas, pareció pararse a escuchar.
—Su orilla óptima —siguió, deprisa ahora, como quien se arranca una tirita de golpe porque despacio no puede— es una vida sin un mareógrafo que se transparenta a la luz.
Sin un hombre que pierde los dedos de uno en uno y los reflejos.
Sin un funcionario condenado a una linterna de la que tiene prohibido salir.
Yo no estoy en su orilla, Julia. No puedo estarlo.
Es la condición de mi cargo, la que firmé sin saber que un día me importaría: yo entrego, no acompaño.
Llevo a la gente hasta la felicidad y me quedo en la torre viéndola desembarcar, viéndola empezar una vida en la que yo no salgo.
—Se miró las manos translúcidas—. Mi trabajo, mi único trabajo, es entregarla a la única orilla del mundo donde usted estaría mejor sin mí.
Y amarla, Julia, amarla es exactamente eso: soltarla allí.
Llevarla a esa orilla y soltarla. Aunque me cueste hasta el último dedo. Aunque me cueste entero.
Yo, que tengo respuesta para todo, que toreo los golpes con chistes desde que tengo uso de razón, que me reí en la cara del acuse de recibo que me rompió la vida, no encontré ni medio chiste en todo el inventario. Lo busqué. No estaba. Por primera vez se me había vaciado el almacén.
—No diga "amarla" —conseguí decir, y me salió ronco—.
Usted no dice esas cosas. Usted me hace juntar las letras una a una como un crucigrama de los crueles.
No vale que ahora suelte el verbo entero así, gratis, de una sentada, justo cuando lo que va a hacer es soltarme a mí en una orilla y darse media vuelta.
—Tiene razón. —Y, que Dios lo perdone, se le escapó una sonrisa por un lado, de esas que él nunca dejaba terminar—.
No lo digo. Nunca lo he dicho y no pienso decirlo, ni ahora ni aunque me quede sin cuerpo del todo.
—Me miró con los ojos grises del color del minuto antes de amanecer, que en ese momento, por fin, al otro lado del cristal, amanecía de verdad—.
Solo voy a decirle una cosa, una, y la voy a decir en mi idioma, que es el único que sé hablar sin que me tiemble la voz.
¿Sabe cuántos expedientes he procesado en mi vida, Julia?
Miles. Decenas de miles. Y a todos, a todos sin una sola excepción, llegado el momento, los he cerrado.
He movido su marea, los he llevado a su orilla, los he visto desembarcar y he cerrado su ficha sin que me costara nada, sin perder un dedo, sin perder una hora de sueño.
Porque para eso existe el artículo trece: para no encariñarse. Para poder cerrar y pasar al siguiente.
Se acercó. Un palmo. El de siempre. El de toda la novela.
—Usted es el único expediente —dijo— que no he querido cerrar.
Y eso, viniendo de él, era más grande que un "te quiero".
Era todo un "te quiero" entero, traducido al único idioma que aquel hombre se atrevía a hablar sin temblar: el de los archivos, el de las fichas, el de las cosas que se guardan y las que se sueltan, el mío también.
Me estaba diciendo, en cataloguista, que yo era lo único en una eternidad de despedidas perfectas que él se negaba a archivar.
Que de todos los corazones rotos que habían pasado por sus manos, el mío era el que no quería devolver.
Y para decírmelo, para poder seguir siendo bueno en su trabajo, tenía que soltarme.
—Pues no me cierre —dije, y me oí la voz hecha trizas, sin un solo chiste que la sostuviera por debajo—.
Sea malo en su trabajo por una vez en la vida.
Falle un destino. El mío. Lléveme a una orilla peor, una cualquiera, una con goteras y vistas a un muro, me da exactamente igual, pero lléveme a una donde usted pueda poner un pie sin desaparecer.
—No existe esa orilla.
—Pues la inventamos.
—Julia—
—¡Que la inventamos! —Me levanté del suelo de un impulso—.
Mire, llevo seis islas rompiéndoles los sistemas a base de tocar campanas que nadie tocaba y limar llaves que nadie se atrevía a limar.
¿Y sabe lo que he aprendido por el camino, isla a isla, a campanazos?
Que las reglas de esta Oficina suya son todas mentira.
Todas. Que el alba la llamaba una campana, no la espera.
Que la media naranja era una llave que ya llevabas tú sola en el bolsillo.
Que las caras de verdad no se multan. Todo trucos.
Todo normas que alguien se inventó hace siglos y que nadie, ni una sola persona, se atrevió nunca a desobedecer porque desobedecer asusta más que esperar.
—Le agarré la mano translúcida, y por una vez, por primera vez, no se apartó; ya casi no le quedaba mano con la que apartarse—.
¿Por qué iba a ser de verdad precisamente esta?
¿Por qué iba a ser la única norma cierta del universo justo la que me deja sin usted?
Dígame por qué, y si me convence, me callo.
No me contestó.
No porque no tuviera respuesta. Por algo peor.
Porque en ese momento el amanecer terminó de entrar en la linterna, limpio y blanco y cruel, y con él subió la marea imposible hasta la mismísima base del faro, lamiendo la puerta de abajo como una lengua, y por el hueco de la escalera de caracol subió un ruido nuevo, ajeno, que no era el del mar ni el del viento.
Tac. Tac. Tac.
Pasos. Tacones. Educados, pacientes, sin prisa ninguna, subiendo escalón a escalón los pasos de quien sabe perfectamente que el sitio al que sube no se le va a escapar, porque lo ha rodeado de agua antes de subir.
El Oficial me soltó la mano y se puso delante de mí, entre la escalera y yo, lo que le quedaba de cuerpo haciendo de muro translúcido, un muro a través del cual se veía la tormenta.
—Es ella —dijo, muy bajo, muy deprisa, solo para mí—. Escúcheme, Julia, por una vez en su vida hágame caso en algo. Suba lo que suba, le diga lo que le diga, no firme nada. Aunque parezca razonable. Aunque se lo pida yo mismo para salvarla. ¿Me oye? Pase lo que pase, no firme nada.
Los tacones llegaron al último escalón.
Y entró en la linterna, impecable, sin una gota de agua encima a pesar de la tormenta, con su carpeta bajo el brazo, su sello en la mano y esa cara tan lisa que no era una cara joven sino directamente la ausencia de cualquier cara: la mujer que me había sellado el dorso de la mano en una feria de máscaras dos islas atrás, la que me había prometido esta conversación.
—Expediente 4471 —dijo la Interventora, sonriendo sin labios, porque no tenía—.
Y el Mareógrafo de la torre. Juntos. Cogiéndose de la mano translúcida, qué tierno.
—Destapó el sello con un clic delicado, casi cariñoso—.
Llevaba un tiempo siguiéndoles el rastro a los dos, ¿saben?
Campanas, puertas, espejos, mareas que suben cuando no deben.
Un reguero de averías con el mismo número de expediente detrás.
—Suspiró, como una maestra ante un alumno listo que insiste en portarse mal—.
Qué barbaridad. Esto, me temo, va a haber que corregirlo.