Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 14 — El guardián
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Capítulo 14 — El guardián

—La he traído yo.

Tres palabras. Llevaba seis islas esperando que aquel hombre dijera una verdad entera, y cuando por fin soltó una, me dieron ganas de devolvérsela por correo certificado.

—¿Que me ha traído usted? —Avancé un paso por la linterna—. ¿A todas las islas? ¿La marea que me sacó del ferri, la que me arrancó de la campana, la que me ahogó en el pueblo de las caras de mentira? ¿Esas mareas?

—Esas mareas.

—¿Y la rueda esta —señalé el mecanismo de bronce, las palancas, los diales de PLEAMAR y BAJAMAR— es el mando a distancia de mi vida?

—Es el mando a distancia de muchas vidas. La suya, últimamente, me ocupa más de lo reglamentario. —Apartó la mano de la rueda, como si quemara—. Lo pone en el libro que ha leído. Artículo trece.

—El de "prohibido encariñarse del expediente".

—Ese.

—¿Y usted lo cumple?

No me contestó. Y un hombre que no contesta a esa pregunta la contesta mejor que con cualquier palabra.

—Lleva seis islas moviéndome el mar para verme llegar —dije, atando cabos en voz alta, que es como ato yo los cabos—. Y cada vez que me ve llegar, pierde algo. El año. El dedo. El reflejo. ¿Me equivoco?

—No se equivoca. Cuenta usted demasiado bien.

—Es mi oficio. —Tragué—. Entonces yo le salgo carísima.

—Es la mejor manera que tengo de gastar lo que me queda —dijo, y lo dijo tan tranquilo, como quien comenta una factura razonable, que tardé un segundo en encajar el golpe.

Fuera, el cielo, que ya venía cargado, reventó. No una tormenta normal: una de esas que parecen tener algo personal contra el faro. El mar se levantó en muros negros, el viento aulló por los cristales de la linterna como si quisiera entrar a por alguien, y la lluvia entró de lado, buscando algo.

—No va a poder bajar —dijo él, mirando la galería azotada—. Ni va a venir ninguna marea con este temporal. Las mareas, con tormenta, no se mueven. Es lo único que esta isla respeta.

—¿Cuánto dura?

—Tres días. Siempre dura tres días.

Tres días. Encerrada en una torre, en mitad del mar, con el único hombre del universo que me sabía el color del vestido de mi madre y se negaba a darme su nombre.

—Genial —dije—. Justo lo que necesitaba. Una escapada romántica con un funcionario translúcido.

—Todavía no soy translúcido.

—Lo de "todavía" lo dice mucho. Empieza a preocuparme su uso del "todavía".

—Es la palabra más honrada que tengo. Todo lo demás que le diga sería mentir, y a usted no le miento. Es lo único que me reservo: no mentirle a usted. A los demás expedientes les he mentido siempre, por su bien. A usted, ni una vez.

—Pues qué detalle. Un hombre que no me da su nombre pero no me miente. Voy mejorando de novios.

Y ahí, por fin, sonrió. Entera. La segunda sonrisa de verdad en catorce capítulos de mi vida, y juro que la apunté en el inventario con fecha y hora, porque pensé que igual no había una tercera.

Resulta que convivir tres días con alguien lo cambia todo, aunque ese alguien lleve un siglo moviendo mareas y no proyecte reflejo.

Aprendí cosas. Que dormía poco y mal, en una hamaca al pie de la lámpara, por si había que corregir una marea de madrugada.

Que hacía un café espantoso, aguado y amargo a la vez, una proeza, y lo servía con una solemnidad que lo empeoraba.

Que cuando creía que no lo miraba se quedaba quieto observándome ordenar la linterna, con una cara rara, la de quien mira algo que sabe que va a echar de menos.

Que tenía, en un cajón bajo la lámpara, un cuaderno donde anotaba todas las mareas que había movido en su vida, con fecha, altura y destino, una por una, miles, con una letra antigua y minúscula de funcionario aplicado.

Lo abrí sin permiso, claro. La intimidad de un hombre, para mí, empieza por su archivo.

—Esto es un libro de registro —dije.

—Es una bitácora.

—Es un libro de registro con ínfulas de mar.

Yo tengo uno igual. Anoto paraguas, dentaduras, una pierna ortopédica, la urna de Eustaquio.

Usted anota mareas. —Pasé las páginas, sobrecogida sin querer ante tanto número, tanta vida ajena empujada de orilla en orilla—.

Somos el mismo desastre, ¿se da cuenta? Dos personas que se pasan la existencia apuntando lo que llega y lo que se va, para que por lo menos quede constancia de que estuvo aquí.

Dos archiveros de la soledad de los demás.

Me quitó la bitácora de las manos, despacio, con la izquierda, la de los cuatro dedos.

—La diferencia —dijo— es que a su oficina la gente vuelve a veces.

A buscar el paraguas, a llevarse a Eustaquio, a reclamar lo suyo.

A la mía no vuelve nadie. Las mareas que muevo se llevan a la gente a su orilla, la dejan allí feliz, y ya no las vuelvo a ver.

Llevo toda la vida despidiéndome de expedientes en el momento exacto en que empezaban a caerme bien.

—Cerró el cuaderno con cuidado—. Por eso existe el artículo trece.

No es crueldad, Julia. Es piedad. Para que no duela cada despedida como duele. ..

Se calló.

—¿Como duele cuál?

—Buenas noches, Julia.

—Son las cuatro y diez de la tarde. Lo dice el reloj parado que llevo en el bolsillo, que para una vez que un reloj no miente, lo aprovecho.

Sacó la cabeza de aquella conversación como se saca un pie de un cepo, con cuidado de no dejarse nada.

Y yo le dejé escapar, porque tres días dan para mucho y no hay que gastárselo todo el primero.

Lo aprendí esperando colas: el que tiene prisa por llegar al fondo de una persona se queda siempre en la superficie.

La segunda noche me enseñó a leer las mareas.

Me puso la mano —la buena, la derecha— sobre la rueda de bronce, encima de la suya, y me enseñó a notar el tirón del mar en las muescas, ese latido que subía por el metal frío y te decía si el agua quería subir o bajar, como se le toma el pulso a una muñeca.

Estábamos muy juntos. Su pecho en mi espalda, su mano sobre la mía, su voz en mi oreja explicándome pleamares como quien recita una nana a una niña que no quiere dormirse.

—Note el tirón —dijo—. ¿Lo nota? Eso es el mar pidiendo subir. Usted no manda sobre el mar. Solo le da permiso un poco antes de tiempo, o un poco después. Eso es todo lo que hace un mareógrafo: elegir el cuándo. Nunca el qué.

—Como un cataloguista —dije—. Yo no decido lo que pierde la gente. Solo decido en qué estante lo pongo y cuánto lo guardo.

—Exacto. —Su voz, muy cerca—. Por eso la entiendo a usted mejor que a nadie que haya pasado por mis mareas. Hablamos el mismo idioma. El de los que cuidan lo que otros sueltan.

Y entonces, sin darse cuenta, empezó a tararearla. La nana. La de mi madre. La de la habitación con la lámpara baja y la colcha de cuadros.

—La canta entera —dije, sin moverme, sin respirar apenas, por no espantar el momento.

—Es la única que me sé.

—¿De dónde la sacó?

—No lo sé. —Y por una vez le creí del todo, porque lo dijo igual de perdido que yo cuando me preguntan por qué guardo la urna de un desconocido—.

Siempre la he sabido. Como sé el azul del vestido de su madre.

Como sé que duerme con la luz del pasillo encendida.

Hay cosas de usted que llevo sabiendo desde antes de conocerla, Julia, y no sé de dónde me vienen ni a quién preguntárselo, y le juro que es lo más parecido a un milagro y a una condena que me ha pasado en una existencia que ya es larga.

La cantó hasta el final, entera, por primera vez en seis islas, con la boca pegada a mi pelo y el mar entero rugiendo fuera contra los cristales.

Y yo, que llevaba treinta y cuatro años sin que nadie me cantara esa canción —desde que mi madre dejó de poder cantármela, una noche de hospital con la lámpara baja de verdad—, me quedé muy quieta, dejándome cantar, catalogando cada nota por si era la última.

Porque con este hombre todo podía ser lo último.

Era la condición de quererlo: que cada cosa buena viniera ya con su etiqueta de despedida puesta.

Fue al tercer día, ordenando el mecanismo —porque ordenar es lo que hago cuando una emoción me viene grande y no me cabe—, cuando encontré la letra.

Estaba grabada en el eje del haz, en el cilindro de bronce que giraba la luz, con esa caligrafía antigua que ya nadie enseña. Una sola. Limpia. Esperándome, como todas las demás.

R.

Saqué del bolsillo lo que llevaba guardado de seis islas. La etiqueta con la A de la ciudad del alba. La pieza de cerradura con la M de la isla de las llaves. El matasellos con la otra A de la relojería de Tomás. Y ahora, la R, del corazón mismo del faro.

Las puse en fila sobre la repisa de la linterna, a la luz del haz que barría la sala.

A. M. A. R.

—Amar —leí en voz alta, antes de poder evitarlo. Antes de pensarlo.

Detrás de mí, el guardián se quedó muy quieto. Hasta el mar pareció bajar la voz un segundo.

—Le pedí que no las juntara —dijo, bajito.

—No las he juntado. Me las he encontrado. Es distinto. —Pero las miraba, y él me miraba mirarlas, y los dos sabíamos perfectamente que cuatro letras así, en ese orden, en esa torre, formando justo esa palabra, no eran ninguna casualidad de archivo—. Le falta una. Una letra y tengo su nombre entero.

—Y el día que lo tenga —dijo, acercándose, y la voz se le puso ronca de algo que desde luego no era el café malo— ya no podrá fingir que no me conoce.

Ni yo podré fingir que la traigo a las islas por trabajo.

Que no la traigo a cada una solo por el gusto, egoísta y prohibido, de volver a verla llegar mojada y respondona y entera.

Me di la vuelta.

Estábamos cerca. Más cerca que en el baile de la feria, más cerca que sobre la cerradura del taller, más cerca de lo que habíamos estado nunca en seis islas de palmos y campanas y normas y mostradores.

Y por una vez no había Junta, ni Gremio, ni registradora con dedal, ni marea esperando abajo para arrancarme.

Solo la tormenta fuera y nosotros dos dentro de una torre de cristal, con cuatro letras sobre la repisa que decían "amar" y un palmo que, por primera vez en todo el viaje, nadie nos prohibía cruzar.

Lo crucé yo. Porque las piernas, con este hombre, deciden antes que yo, y esta vez decidieron por las dos a la vez.

Le puse la mano en el pecho. Le subí la cara.

Él bajó la suya, despacio, con la respiración rota, y me sujetó la nuca con la mano de los cuatro dedos como quien sostiene algo que lleva un siglo entero queriendo sostener y no se atrevía, y el medio palmo se hizo un dedo, y el dedo, nada, y por fin, después de seis islas de "casi", por fin—

Y entonces lo vi.

A la luz del haz, que en ese instante barrió la linterna de lado a lado, lo vi.

El mar.

Detrás de él. A través de él. Por los hombros, por los brazos que me rodeaban, por el pecho mismo donde yo tenía la mano apoyada: la luz del faro lo atravesó como atraviesa un cristal sucio, y al otro lado, donde tendría que haber estado su espalda, su nuca, su cuerpo, vi la tormenta.

Las olas negras. El cielo roto. Todo, a través de él.

Se estaba transparentando. En mis brazos. Justo ahí, justo entonces. Cuanto más lo abrazaba, más se le veía el mar de detrás, como si abrazarlo lo fuera borrando.

Me quedé helada con los labios a un suspiro de los suyos.

—No —susurró él, y se apartó, sin prisa ninguna, que fue mil veces peor que si hubiera salido corriendo—.

Por eso no, Julia. Por eso nunca. —Se miró las manos, que la luz seguía atravesando como si ya casi no estuvieran—.

Cada vez que me acerco a usted, me cuesta un poco.

Primero el año. Después el dedo. Después el reflejo.

Y ahora, fíjese... —dejó la frase a medias, mirándose el cuerpo que empezaba a no estar del todo —.

Si la beso, no sé cuánto de mí queda después.

A lo mejor nada. A lo mejor el beso más caro de la historia.

—Entonces no se acerque tanto y ya está —dije, con la voz hecha trizas—. Quédese a un palmo. He vivido seis islas a un palmo de usted. Aprendo a vivir a un palmo para siempre. Soy muy apañada, ya me ha visto, limo llaves y todo.

—Usted no sabe vivir a un palmo de nada. Es lo que más me gusta de usted. Cruza todos los palmos que le ponen delante. Y es, exactamente, lo que va a matarme.

Iba a contestarle. Tenía algo afilado preparado, de los míos, porque cuando me rompen por dentro lo que me sale por fuera son chistes, es mi sistema de alcantarillado emocional.

No me dio tiempo.

Porque debajo de nosotros, en la base del faro, donde tres días de tormenta habían tenido el mar quieto y respetuoso, el agua empezó a moverse.

A subir.

El guardián se giró hacia la rueda de bronce de golpe, con la cara descompuesta, y miró los diales como quien mira un electrocardiograma que se dispara solo.

—Eso no lo he hecho yo —dijo.

—¿Qué?

—La marea. Está subiendo. Con tormenta. Eso no puede pasar; es lo único que esta isla no permite.

—Levantó hacia mí los ojos grises, y por primera vez desde que lo conocía vi en ellos algo que no había visto nunca, ni en el sereno, ni en el cerrajero, ni en el afinador: miedo de verdad—.

Y yo no la he movido, Julia. La está moviendo otra persona.

Alguien con más rango que yo. Y solo hay una persona en toda la Oficina con más rango que un mareógrafo.