Capítulo 13 — La torre de las mareas
La marea me dejó en la isla más sola del mundo, y eso que yo había estado ya en una donde la gente envejecía en los balcones esperando un amanecer que no llegaba.
Aquí no había balcones. No había plaza, ni puertas, ni relojería, ni gente con la cara de otro.
No había, de hecho, gente. Había una roca pelada en mitad del mar, sin un árbol, sin una mata, sin una gaviota que rompiera el silencio, y en la roca, un faro.
Uno solo. Alto, blanco y negro, con la linterna apagada allá arriba, esperando una noche que no se sabía cuándo iba a venir para avisar a unos barcos que, sospeché enseguida, no venían nunca a aquella roca dejada de la mano de todo.
Hice inventario, que es lo que hago cuando un sitio me da miedo y no quiero reconocerlo ni delante de mí misma.
En los bolsillos: el anillo de tres gramos y medio.
La nota de tres líneas que ya no servía ni para limpiarse las gafas.
La llave de hierro de un cerrajero que me la dio para que recordara que la tuve antes que nadie.
Una etiqueta con una A, una pieza de cerradura con una M, un matasellos con otra A.
Y, debajo del brazo, apretado, el reloj parado de Tomás, marcando para siempre las cuatro y diez, la hora a la que un viudo bueno dejó de querer saber qué hora era.
Tres letras y dos relojes. Medio nombre y medio corazón. No estaba mal para una mujer a la que dejaron por correo hace mes y pico.
En el dorso de la mano, encima de la marca vieja del funcionario de la playa, llevaba el sello nuevo de la Interventora, el azul que me había puesto en la feria.
Escocía. "Tenemos que hablar de su afinador", había dicho.
Llevaba dos islas esperando esa conversación con el mismo entusiasmo con el que se espera una endodoncia un lunes por la mañana.
Y, a mi lado, fiel como una mala noticia, la maleta.
—Bueno —le dije—. Aquí estamos otra vez. Tú, yo y ningún sitio donde sentarse a quejarse.
Tiré de la cerradura por costumbre, sin ninguna fe, como se prueba un boli que ya sabes que no pinta, solo por darle la oportunidad de demostrarte que tienes razón.
Y la maleta se abrió.
Se abrió ella sola, con un clac educado, igual que el cartel de la primera playa había prometido seis islas atrás, con sus letras que un día fueron doradas: no intente abrirla, se abrirá ella .
Me quedé mirándola con la boca abierta, porque llevaba todo el viaje cargando con aquel trasto que no cedía ni con buenas palabras ni con malas ni con golpes secos de la palma, y ahora, en la roca más sola del mundo, sin que yo le pidiera nada, decidía por fin colaborar.
Dentro no había ropa. Ni provisiones. Ni una toalla, ni un cepillo, ni nada de lo que metería una persona normal en una maleta para sobrevivir a seis naufragios seguidos.
Había un libro.
Uno solo. Grueso, pesado, encuadernado en ese mismo color que no existe en la naturaleza ni en las tiendas, con letras gastadas en la tapa: REGLAMENTO INTERNO. OFICINA DE NAUFRAGIOS SENTIMENTALES. USO RESTRINGIDO.
Me senté en la roca con el libro en el regazo y lo abrí, porque si hay algo que sé hacer en esta vida —además de catalogar paraguas y rechazar a relojeros buenos— es leerme la letra pequeña que nadie se lee.
Y por primera vez en todo el viaje, las cosas empezaron a tener una forma. Una forma horrible, pero una forma, que es más de lo que había tenido nada hasta entonces.
Artículo 1 —leí—. La Oficina procesa expedientes. Se entiende por expediente toda persona que llega a la Oficina con el corazón roto y sin reclamar.
Yo. Expediente 4471. Sin reclamar. Gracias, artículo 1, por el resumen de mi vida en una línea.
Artículo 4. El procesamiento se efectúa mediante mareas. Las mareas conducen al expediente, isla por isla, a través de un circuito de tránsitos correctivos, hasta que el expediente queda saneado y puede desembarcar en su orilla óptima.
Tránsitos correctivos. La ciudad del alba que no llegaba.
El pueblo de las medias personas. La isla de las caras de mentira.
No eran sitios raros porque sí. No eran mala suerte ni casualidad.
Eran tratamientos. A mí me habían estado curando algo, isla a isla, a campanazos y limazos y cafés con un viudo, sin pedirme opinión ni una sola vez, sin que yo firmara el consentimiento.
—Qué considerados —dije en alto, a la roca, que era mi única interlocutora y la mejor que había tenido en días, porque al menos no se esfumaba a media frase—. Me operan sin anestesia y sin avisar. Si esto fuera mi oficina, ya les habría caído una reclamación por triplicado.
Seguí pasando páginas. Y entonces llegué al capítulo que me cambió el cuerpo de sitio, que me revolvió por dentro lo que llevaba seis islas intentando archivar como ruido.
Artículo 11. Las mareas no son fenómenos naturales. Son operadas. Cada faro de la Oficina aloja a un Mareógrafo, encargado de mover las mareas que conducen a los expedientes a su destino.
Artículo 12. El Mareógrafo es personal no retornable. Una vez asignado a la linterna, no puede abandonarla. Es la condición del cargo y no admite excepciones.
Artículo 13. Queda terminantemente prohibido que un Mareógrafo se encariñe de un expediente. El expediente está de paso. El Mareógrafo, no. El encariñamiento se considera avería grave.
Releí el artículo 13 tres veces. Una por cada letra de su nombre que ya tenía.
Las mareas que me arrancaban de cada isla justo cuando algo empezaba a doler bonito, justo cuando tocaba a un hombre o casi lo besaba, no eran mala suerte.
No eran el mar haciendo de mar. Las movía alguien.
Alguien desde un faro. Alguien que tenía prohibido, por escrito, en letra pequeña, en el artículo trece, encariñarse de gente como yo.
Y que, a juzgar por los dedos que iba perdiendo, llevaba un tiempo incumpliendo su propio reglamento.
Cerré el libro de golpe. Lo metí en la maleta, que esta vez se dejó cerrar mansa como un gato satisfecho, como si su trabajo de toda la travesía —traerme hasta aquel libro, hasta aquella roca— ya estuviera hecho y pudiera por fin descansar.
Y eché a andar hacia el faro.
La puerta de abajo estaba abierta. Dentro, una escalera de caracol subía y subía, de hierro, gastada en el centro de cada peldaño por unos pies que llevaban subiéndola y bajándola más años de los que yo quería contar.
Empecé a subir. Conté los escalones, claro, que es mi enfermedad: doscientos doce.
Los mismos que tenía mi oficina de estanterías de arriba abajo.
Me reí sola, una risa fea de tan cansada, porque el universo, cuando quiere hacerte un guiño, no tiene ninguna delicadeza con el momento que elige.
A mitad de la torre, lo oí.
Cuatro notas. Cinco.
La nana.
Venía de arriba, de la linterna, bajando por el hueco de la escalera como baja el agua por una tubería, llenándolo todo.
Y me agarré a la barandilla de hierro porque las piernas, que con este hombre siempre deciden antes que yo, querían subir los últimos escalones de tres en tres y plantarme arriba sin aliento ni dignidad.
No lo hice. Subí despacio, contando, respirando. Una tiene su orgullo, aunque le quede poco y lo lleve, como yo, en el bolsillo entre las cosas de otros.
La linterna era una sala redonda toda de cristales, con la lámpara enorme apagada en el centro y, alrededor, una máquina que no había visto en mi vida: un mecanismo de bronce y palancas y diales, con marcas grabadas de PLEAMAR y BAJAMAR y una rueda grande con muescas, gastada, que olía a sal y a aceite y a soledad de muchísimos años, de los que no se cuentan.
Y de espaldas a mí, con la mano puesta en aquella rueda, moviendo el mar de una isla entera con el gesto cansado de quien ficha cada mañana en un trabajo que lleva siglos odiando, había un hombre.
Dejó de tararear.
—Llega tarde —dijo, sin volverse.
Como en la primera isla. Exactamente como en la primera isla, la noche del farol y la campana que no se atrevía a tocar.
—Acabo de llegar —contesté, también como entonces—. Es mi frase, esa. No me la robe ahora, que la tengo registrada.
Se volvió.
Ojos grises, el gris indeciso de antes del alba.
La cicatriz partiéndole la ceja izquierda en dos mitades que no acababan de coincidir.
La mano izquierda con cuatro dedos, posada todavía en la rueda de las mareas.
Mi sereno. Mi cerrajero. Mi afinador. El hombre que sabía el color del vestido de mi madre y no me daba su nombre.
Pero esta vez no dijo "no debería conocerla". No dijo "es imposible". No buscó la coartada de siempre, esa que llevaba poniendo entre los dos desde la primera noche como quien pone un palmo de calle vacía entre dos balcones.
Esta vez me miró de frente, con el mar entero parado en su mano, y dijo la verdad por primera vez en seis islas.
—Ya lo sé que acaba de llegar —dijo—. La he traído yo.