Capítulo 12 — La oferta de quedarse
La Interventora me había dejado la mano marcada y la cabeza peor.
"Tenemos que hablar de su afinador", había dicho, con esa sonrisa de cara que no era cara.
Y luego se había esfumado entre las máscaras, como se esfuman en este viaje todos los que tienen algo importante que decirme: justo antes de decirlo.
Empezaba a pensar que era una técnica. Que en aquella Oficina les enseñaban a desaparecer en mitad de la frase para dejarte rumiando la otra mitad.
Me froté el dorso de la mano. La tinta nueva no se iba. Azul, encima de la marca borrosa del funcionario de la playa, como una firma sobre otra firma, como si me estuvieran pasando de un departamento a otro.
Así que volví a lo único que en aquella isla no se esfumaba. Volví a la relojería.
Tomás estaba cerrando, bajando una persiana metálica que chirriaba con educación, igual que él. Al verme llegar, la subió otra vez sin preguntar, sin un "¿qué haces aquí a estas horas?", sin nada. Solo la subió.
—Café —dijo—. Tiene usted cara de café.
—Tengo cara cruda. Me lo recuerdan a todas horas en esta isla.
—Tiene cara de día largo. Es distinto, y no se paga recargo. —Puso la cafetera al fuego—. ¿La feria?
—La feria —confirmé, y me senté entre los cuarenta relojes que daban la misma hora y el único que se había parado a las cuatro y diez.
No le conté lo del espejo. No le conté que había bailado un vals con un hombre al que el cristal se negaba a reflejar, ni que ese hombre iba perdiendo el año, el dedo, el reflejo, como quien va dejando propinas por el gusto de estar conmigo un rato.
No le conté que una mujer impecable, con la cara más lisa del mundo, me había sellado la mano y se había llevado, sin decírmela del todo, una amenaza envuelta para regalo.
A Tomás no se le cuentan esas cosas. A Tomás se le cuenta que el café está bueno, y se deja una querer un rato por un hombre que no te va a complicar la vida.
—El café está bueno —dije.
—Es de verdad. Como todo lo de aquí. —Se sentó enfrente, con su cara honrada de cincuenta y tantos y sus arrugas sin pagar—. Julia, ¿pensó lo que le dije ayer?
Y ahí estaba. La oferta de quedarse, otra vez sobre la mesa, entre dos tazas de café de verdad.
Lo había pensado. Vaya si lo había pensado.
Me había imaginado la vida entera en ese renglón, como quien prueba un abrigo que le viene bien y es de su talla: levantarme cada mañana en una casa con cuarenta relojes puntuales, desayunar con un hombre bueno que jamás me dejaría por correo certificado, envejecer a cara descubierta, sin máscaras y sin mareas, en un sitio cálido donde nadie me llamara expediente ni me sellara la mano.
Una vida tibia, segura, posible. Verdadera.
La vida que, tres semanas y unas cuantas islas atrás, le habría arrancado las manos a quien me la ofreciera.
—Tomás —dije—. Es usted lo mejor que me ha pasado en todo este viaje. Y mire que en este viaje me han pasado cosas.
—Eso suena a "no".
—Es que es un "no". Pero es un "no" con muchísimo respeto, si eso sirve de algo.
Asintió despacio. Y por un segundo creí que se lo había tomado bien, con esa calma de relojero que ve venir las horas.
Por un segundo.
Porque entonces dejó la taza en la mesa, con cuidado, y cuando volvió a hablar la voz le salió por un sitio que no había usado conmigo en toda la isla.
—¿Sabe lo que llevo sin decirle a nadie "quédese"?
—dijo, y no me miraba a mí, miraba el reloj parado—.
Veinte años. Veinte años abriendo la persiana cada mañana por si entraba alguien que me diera ganas de decirlo.
Y entró usted, con su cara cruda y su notificación de boda, y se lo dije.
La primera vez en veinte años. —Levantó la vista, y no había reproche, que habría sido más fácil; había solo un hombre al que le acababan de devolver algo a la cara—.
Así que perdone que no le ponga buena cara al "no".
Sé que es el bueno. Pero me ha costado dos décadas atreverme a pedirlo, y usted lo ha rechazado en lo que se tarda en beber un café.
Déjeme al menos que me escueza un minuto.
Y se me cerró la garganta, porque tenía toda la razón. Yo, que sé exactamente lo que pesa un acuse de recibo en las manos, le acababa de mandar uno con la boca.
—Tómese el minuto —dije, bajito—. Se lo ha ganado. Y no voy a hacer ninguna gracia mientras dure, que ya sé que es lo que querría usted que hiciera para soltarme antes.
Se rió, a su pesar, una risa corta y húmeda. El minuto se le pasó en esa risa, que es lo bueno de la gente buena: que ni el escozor les dura mucho.
—Ya está —dijo—. Pregunto, entonces. Por qué. No para discutirlo, que no soy de discutir. Para guardarlo. Me gusta entender las cosas que se me van.
Me lo pensé bien, porque se lo merecía bien pensado, no una de mis salidas rápidas.
—Hace tres semanas —dije— me dejaron a dieciséis días de la boda.
Por correo certificado, con acuse de recibo, para que firmara yo misma que me estaban dejando.
Y ¿sabe lo que pensé? No pensé "qué pena".
Pensé: "se me ha pasado el tren, ya no me va a querer nadie, más vale que agarre lo primero que pase para no quedarme sola en el estante".
—Di un sorbo al café—. Esa Julia, la de hace tres semanas, le dice que sí sin respirar.
Le dice que sí a usted y a cualquiera que le prometa una casa caliente.
No por usted. Por miedo. Por no quedarse sin reclamar.
—No es el peor motivo del mundo para quedarse con alguien —dijo, con suavidad—. La mitad de los matrimonios de esta isla se hacen por menos.
—Es el peor de todos. —Y lo dije sin dudarlo, porque por una vez no dudaba—.
Lo he ido aprendiendo a base de tonterías por las islas.
En una toqué una campana porque estaba harta de esperar a que amaneciera sola.
En otra me limé yo misma una llave, porque resulta que no era media persona, que estaba entera desde el principio y nadie me lo había dicho.
Resulta que no se me había pasado ningún tren, Tomás.
Resulta que el tren lo conducía yo, y llevaba años parada en el andén pidiéndole permiso a un revisor que no existía.
—Vaya descubrimiento para hacerlo ahogándose en seis islas.
—Los buenos descubrimientos se hacen siempre incomodísima.
Si no, no son de fiar. —Lo miré—. Y si me quedo con usted, que es bueno, que es de verdad, que sería fácil y caliente y sin sobresaltos…
me quedaría por lo cómodo. Y usted no se merece ser el sitio cómodo de nadie.
Se merece que alguien se quede por usted. No por miedo a lo otro.
Tomás se quedó callado un rato. Fuera, la plaza se iba vaciando de máscaras que volvían a sus casas a quitárselas en la intimidad; dentro, los cuarenta relojes seguían a lo suyo, contando la verdad.
—¿Y lo otro qué es? —preguntó al fin—. Porque hay un "lo otro", Julia. Se le nota desde que entró por esa puerta el primer día con la mano metida en el bolsillo como si guardara una brasa.
No le contesté con palabras. Pero metí la mano en el bolsillo, despacio, y cerré los dedos alrededor de la llave de hierro del cerrajero. La que me dio para que recordara que la tuve antes que nadie.
—Lo otro —dije— es imposible. Literalmente. Pierde el reflejo, se le caen los dedos de uno en uno y no me da ni su nombre. Llevo tres letras de cinco y me costó sangre.
—Vaya partidazo.
—Lo sé. —Y me reí, y él se rió, y fue una risa triste pero limpia, de las que no dejan resaca al día siguiente—. Créame que preferiría que fuera usted. Me ahorraría disgustos. Sería todo mucho más sencillo, más barato y más seco.
—El amor —dijo Tomás, recogiendo las tazas con cuidado— nunca elige lo más sencillo. Si lo eligiera, yo no llevaría veinte años con un reloj parado en las cuatro y diez. Habría puesto otro encima, uno que funcionara, y a vivir.
Se levantó. Fue hasta la repisa alta, descolgó el reloj parado —el de su mujer, el de la hora que no quería volver a mover— y me lo puso en las manos.
—No —dije, devolviéndoselo de un empujón suave—. Ese no. Ese es suyo. Es lo único suyo que hay en esta tienda.
—Por eso. —Me cerró los dedos alrededor del reloj, igual que había hecho otro hombre en otra isla con una llave, y por un momento los dos gestos se me mezclaron en la memoria, el del relojero y el del cerrajero, dos hombres cerrándome la mano sobre algo que querían que me llevara—.
Lléveselo. Para que recuerde, cuando dé por fin con su imposible, a qué hora dejó usted de tener miedo.
—Sonrió, con todas sus arrugas a la vez—.
Cuatro y diez. No es mala hora para empezar de cero.
A mí se me paró ahí el mundo; a lo mejor a usted se le pone en marcha.
Lo abracé. Olía a aceite de relojes y a café de verdad, a las dos cosas a la vez, y por un segundo entendí con todo el cuerpo la vida que estaba rechazando, lo caliente y lo buena que era, y la rechacé igual, que es la única manera de que un "no" valga algo: rechazar lo que de verdad te tienta.
—Gracias por la cara —le dije al oído—. Por enseñármela. Por no taparse. Es la única cosa de verdad que he visto en esta isla, y mira que llevo aquí días.
Salí a la plaza con dos relojes encima. El anillo de tres gramos y medio, que mide cuánto pesa lo que no me supieron querer. Y el reloj parado de Tomás a las cuatro y diez, que mide otra cosa, una que todavía no sabía nombrar pero que pesaba distinto, más cálido, en el otro bolsillo.
La marea me estaba esperando al final de la calle. Subía despacio, lisa y negra, sin la prisa de otras veces, como si por una vez tuviera la decencia de dejarme despedirme bien.
Miré atrás una última vez. Tomás, en la puerta de su relojería, con la cara al aire bajo los faroles de la feria que ya recogían, levantó una mano. No la de pedirme que me quedara. La de desearme suerte, que es una mano distinta y se nota.
—¡Oiga! —me gritó, cuando ya me llegaba el agua a las rodillas—. ¡Su imposible! ¿Cómo se llama?
—¡No lo sé! —le grité de vuelta—. ¡Me faltan dos letras!
—¡Pues vaya a por ellas, mujer! ¡Que para eso es usted la que cataloga!
Y el agua me cubrió con esa orden todavía en los oídos, la mejor que me habían dado en todo el viaje, y la única —me di cuenta entonces, hundiéndome con un reloj parado apretado contra el pecho— que pensaba obedecer.