Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 11 — La feria de los aspectos
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Capítulo 11 — La feria de los aspectos

La feria anual de la Junta de Aspectos era de asistencia obligatoria, y lo supe porque me llegó la invitación por correo certificado, con su acuse de recibo y todo, que en aquella isla era el único modo que tenían de comunicarte cualquier cosa, desde una boda hasta el horario de la basura.

—Baile de máscaras —leyó Tomás por encima de mi hombro, en la relojería, mientras yo firmaba el dichoso acuse—. Cómo no.

—¿Es obligatorio ir con la cara de otro?

—Es obligatorio ir. Lo de la cara lo dan por hecho.

—Dejó la lupa en el mostrador—. Yo voy con la mía, como cada año, y me multan, como cada año.

Tengo un cajón entero ya solo de multas de feria.

Usted haga lo que quiera, pero le aviso de una cosa: en la feria, bailar con quien no figure en su expediente de idoneidad también es infracción.

Aquí hasta el amor lo tienen tarificado por pieza.

—¿Y con quién se supone que tengo que bailar yo?

—Con quien le asigne Correos. Le habrá llegado en el sobre crema.

No le hice caso. Nunca le hago caso a nadie; es mi rasgo más constante, el único que no se me ha caído por el camino en seis islas.

Fui a la feria con mi cara cruda, mi abrigo con el número cosido a la manga y el bolsillo lleno de cosas de otros: el anillo de tres gramos y medio, la llave del cerrajero, una etiqueta con una A, una pieza de cerradura con una M, un matasellos con otra A.

Medio inventario y media palabra. Me sonaba ya a algo, esa media palabra, pero seguía sin querer terminar de leerla.

La plaza estaba irreconocible. Faroles de colores, guirnaldas tendidas de balcón a balcón, simetría hasta en los puestos de buñuelos, que estaban colocados a distancias tan iguales que daban ganas de descolocar uno solo por fastidiar.

Y la gente, toda con su máscara de los veinticinco, bailando en parejas perfectas, sonrisas idénticas, moviéndose a la vez como las figuritas de esos relojes suizos a los que alguien da cuerda.

Daba gusto y daba grima a partes iguales.

Tomás apareció a mi lado con dos vasos de algo caliente, su cara de cincuenta y tantos al aire, el único rostro de verdad en todo aquel mar de caras planchadas.

—¿Baila? —me ofreció, tendiéndome un vaso primero.

Y entonces lo oí.

Cuatro notas. Cinco.

La nana.

Se me cayó el alma a los pies y se me subió a la garganta a la vez, que es un viaje que solo hace el alma cuando vuelve cierta gente.

Dejé el vaso en el primer sitio que pillé.

La busqué entre la multitud, entre las máscaras idénticas, girando sobre mí misma como una idiota, y lo encontré: en una esquina, con un estuche de herramientas abierto a sus pies y una cara que no se molestaba en disimular absolutamente nada, había un hombre afinando los relojes de la feria uno por uno.

Ojos grises, ese gris indeciso de antes de que salga el sol.

Una cicatriz partiéndole la ceja izquierda en dos mitades que no acababan de coincidir.

Él.

Otra vez él.

—¿Conoce al afinador? —preguntó Tomás, siguiendo mi mirada con esa calma suya que lo veía todo.

—Es una larga historia con muy mal servicio postal —dije.

Crucé la plaza antes de decidir cruzarla. Es lo que me pasa con este hombre: las piernas deciden antes que yo, y cuando quiero darme cuenta ya estoy plantada delante.

—Usted no afina relojes —le dije.

—Hoy sí. —Cerró el estuche con el pie, sin dejar de mirarme—. Antes tocaba campanas y cortaba llaves. Voy ascendiendo en oficios inútiles a buen ritmo. —La boca se le curvó un poco y se le quedó así, a medias, como siempre que estaba conmigo—. Hola, Julia.

—Le falta medio nombre por darme y ya me saluda por el mío. Qué morro.

—Le falta a usted medio nombre por reunir —dijo, bajando la voz, acercándose un paso—. Y le pedí, en la isla de las llaves, que no lo reuniera.

—Llevo tres letras. A, M, A. Como sigan apareciendo, se me va a hacer una palabra sin permiso.

Algo le pasó por la cara. No era miedo, exactamente. Era más bien la prisa de quien ve que se le acaba el tiempo y no sabe en qué gastar lo poco que le queda.

—Déjelo a medias —dijo—. Una letra menos. Concédame esa, que no le cuesta nada y a mí me da otra isla.

—Llevo todo el viaje sin concederle nada. No estropeemos la racha.

La música cambió. Un vals lento, de esos que la Junta ponía para que las parejas idóneas lucieran simetría y se notara quién bailaba bien y quién pagaría recargo por pisar.

—Baile conmigo —dije.

—No figuro en su expediente de idoneidad. Es infracción de aspecto, de las gordas.

—Llevo todo el viaje cometiendo infracciones. Es lo único que se me da bien y no pienso jubilarlo ahora. —Le tendí la mano, ahí, en mitad de la feria, delante de todo el mundo—. Una vez. Antes de que se le ocurra otro oficio y desaparezca por una marea como hace siempre.

Miró mi mano. Miró la suya, la izquierda, la del dedo que le faltaba, que llevaba escondida en el bolsillo como siempre. Y, por una vez, contra toda norma suya y de la isla y del universo, la sacó del bolsillo y la puso en la mía.

Bailamos.

No sé bailar. Él tampoco, o hacía como que no, no fuera a notársele que llevaba practicando aquel vals conmigo en cada isla a la que yo llegaba.

Pero nos movimos por la plaza entre las parejas de cera, su mano de cuatro dedos en mi cintura, la mía en su hombro, y por primera vez en todo el viaje no había un palmo entre los dos.

No había norma, ni cerradura, ni campana muda, ni mostrador de por medio.

Solo un hombre que olía a metal y a noche, tarareándome bajito la nana de mi madre al oído, tan cerca que sentí el roce de la cicatriz cuando ladeó la cabeza.

—Esto es muy mala idea —murmuró, sin dejar de movernos.

—La peor —dije—. Por eso me gusta.

—No debería mirarla así.

—Lleva tres islas sin hacerme caso en eso. No empiece ahora a portarse bien, que le queda fatal.

Se rió. Una risa de verdad, corta, baja, la primera que le oía entera, y juro que valió las tres islas y el ahogamiento de propina.

Bajó la cara. Yo subí la mía. El palmo de siempre se hizo medio palmo, un dedo, nada.

Tenía sus ojos grises tan cerca que les vi el fondo, ese color de amanecer que aún no llega, y por una vez, por una vez en seis islas, pensé que iba a saber a qué sabe un imposible cuando deja de serlo.

Y entonces, por encima de su hombro, lo vi.

El espejo grande de la feria. El que la Junta ponía en mitad de la plaza para que la gente comprobara, entre baile y baile, que la máscara seguía recta.

En él se reflejaba todo: los faroles, las parejas de cera, las guirnaldas, Tomás al fondo mirándonos con una cara que me dolió ver de reojo. Me reflejaba a mí, bailando.

Bailando sola.

Porque en el espejo, donde tendría que haber estado él —con su estuche, su cicatriz, su mano en mi cintura—, no había nadie. Mis brazos rodeaban un hueco de aire. Mi cara subía hacia un hombre que el cristal se negaba, sin más, a reconocer.

Me quedé helada en mitad del vals. Él notó que me quedaba helada, siguió mi mirada hasta el espejo y vio lo que yo veía: que ya no tenía reflejo. Que el cristal lo había borrado.

Se separó de mí. Despacio. El medio palmo se volvió palmo, y el palmo, metro, y el beso que no llegó a ser se quedó donde se quedaban todos los nuestros: en el casi.

—¿Qué le está pasando? —pregunté, con una voz que no reconocí como mía.

—Lo que les pasa a las cosas cuando insisten en estar donde no deben. —Recogió el estuche del suelo—. Primero el año, en la isla del alba. Después un dedo, en la de las llaves. Ahora el reflejo. No es grave. Todavía.

—¿Todavía? Deje de decir "todavía", que cada vez que lo dice se me hiela algo.

—Una letra menos, Julia, se lo pido —dijo, ya retrocediendo, perdiéndose de espaldas entre las máscaras idénticas—. Cada vez que me reconoce del todo, me cuesta un poco más. Y se me está acabando el poco.

Iba a ir tras él. Lo juro. Tenía ya el pie levantado.

Pero una mano se posó en mi hombro. Firme. Oficial. Y una voz que no había oído nunca —tersa, amable, de las que dan más miedo cuanto más amables son— dijo a mi espalda:

—Expediente 4471. Qué oportuno encontrarla aquí, y tan acompañada.

Me di la vuelta.

Era una mujer impecable, con la máscara más lisa que había visto en toda la isla, tan perfecta que ya no parecía una cara joven, sino directamente la ausencia de cualquier cara, un óvalo liso donde tendría que haber rasgos.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y un sello en la otra mano, ya destapado, goteando una gota de tinta azul.

En la solapa, una chapita pulida: INTERVENTORA.

—Tenemos que hablar, usted y yo, de las cosas que va dejando rotas por donde pasa —dijo, sonriendo sin que se le moviera la cara—.

Campanas que no se tocaban. Puertas que no se abrían.

Y de su afinador, claro. Pero eso —miró hacia donde él había desaparecido— mejor cuando no nos oiga.

Es de mala educación amortizar a alguien delante de quien le tiene cariño.

Y, antes de que yo pudiera abrir la boca, me cogió la mano y me selló el dorso, encima de la marca vieja del funcionario de la playa, con una tinta nueva, azul, que escocía como si me hubieran puesto encima algo que no se iba a quitar lavando.