Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 10 — El relojero viudo
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Capítulo 10 — El relojero viudo

La relojería era el único sitio de la isla donde no se mentía, y lo supe nada más entrar, porque dentro había cuarenta relojes y los cuarenta daban la misma hora.

Entré empujada por la curiosidad y por las ganas de pasar cinco minutos en un lugar donde nadie fuera a llamarme "cara cruda".

Una campanilla sonó sobre la puerta, anticuada, de las de verdad.

El hombre sin máscara levantó la vista de un reloj de bolsillo que tenía abierto entre las manos, con esa lupa de relojero encajada en el ojo que les pone a todos cara de pirata educado.

—Buenas. ¿Trae algo que arreglar?

—Traigo una cara cruda y una notificación de boda por correo certificado —dije—. ¿Arregla usted eso?

Se rió. Una risa de verdad, con arrugas a los dos lados, de las que en la plaza pagaban recargo por unidad.

—De eso no entiendo. Yo solo arreglo el tiempo. —Se quitó la lupa y la dejó en el mostrador—. Tomás. ¿Y usted?

—Gulliver.

—¿Solo Gulliver?

—Julia.

Y me sorprendió decirlo sin que me costara, porque venía de un hombre que llevaba dos islas negándome su nombre y haciéndome juntarlo letra a letra como un crucigrama de los difíciles.

Tomás, en cambio, me había dado el suyo en la primera frase, gratis, sin que yo tuviera que ganármelo.

Reconozco que se agradece. Es descansado, un hombre que te dice cómo se llama.

—Pues bienvenida, Julia. —Señaló alrededor con el destornillador, abarcando la tienda entera—. Esto es lo que hay. Cuarenta relojes, cuarenta horas iguales y ni una sola máscara. Soy la vergüenza de la Junta de Aspectos.

—¿Y cómo es que la Junta le deja?

—No me deja. Me multa. —Abrió un cajón del mostrador, lleno hasta arriba de papelitos rosas, doblados y guardados con cuidado, como quien colecciona sellos o entradas de cine—.

Tasa por arrugas, recargo por canas, suplemento por envejecer delante de la clientela.

Las pago todas, una por una. Me sale carísimo tener mi propia cara.

Pero es la mía, y a estas alturas no me voy a poner la de otro.

Me cayó bien al instante, y eso a mí no me pasa.

Soy de las que tardan tres años en decidir si alguien me cae bien, y aun así dejo el expediente abierto por si acaso.

Pero aquel hombre, con su cajón de multas rosas y su cara honrada de cincuenta y tantos, se saltó mis tres años de prueba en cinco minutos.

Me dejó dar vueltas por la tienda. Toqué los relojes —de pared, de pie, de cuco, de bolsillo, de mesilla—, todos vivos, todos puntuales, todos diciendo la verdad sobre la hora en un pueblo que se pasaba el día mintiendo sobre la edad.

Y en una esquina, sobre una repisa alta, vi uno que estaba parado.

Un reloj de pared, bonito, antiguo, de madera oscura, con las manecillas clavadas en las cuatro y diez.

—Ese atrasa —dije, por hacerme la entendida.

—Ese no atrasa. Ese está parado. —Tomás no levantó la vista de su trabajo—. Y va a seguir parado.

—¿No lo arregla? Con lo que le gusta a usted arreglar el tiempo. Es lo único que hace en la vida, por lo que veo.

—Arreglo el tiempo de todo el mundo. —Y por un segundo se le fue la risa de las arrugas, se le cayó como se cae una bufanda—. El mío lo dejo donde se paró. Las cuatro y diez. La hora a la que mi mujer dejó de necesitar saber qué hora era.

Pasó un trapo por el cristal del reloj parado, despacio, con un cuidado que no le había puesto a ningún otro, como se le quita el polvo a algo que no se quiere despertar del todo.

—Hay relojes —dijo— que es una falta de respeto ponerlos otra vez en hora.

No dije nada. Hay cosas que una respeta callándose, y yo, que me gano la vida guardando lo que la gente no se atreve a tirar, esa la conocía de memoria. Hay objetos que no son objetos. Son personas que ya no están, metidas en algo que sí se puede tocar.

—Lo siento —dije, al rato. Sin chiste. Cuando algo va en serio, a mí se me caen los chistes, ya lo he dicho.

—No lo sienta. Fue hace mucho. —Volvió a su reloj de bolsillo, y la sonrisa volvió a su sitio, más despacio que antes, como quien vuelve a una casa después de un susto—.

Por eso no me pongo la máscara, ¿sabe? La gente de aquí se pone la cara de los veinticinco para que no se le note lo que han vivido.

Yo prefiero que se me note. Es lo único que me queda de ella.

—¿El qué?

—Las dos caras. La que yo tenía cuando la conocí, joven, idiota, sin una arruga.

Y la que tengo ahora, de haberla perdido y haber seguido viviendo igual.

Si me tapo las dos con una máscara de los veinticinco, ¿qué me queda?

Un señor guapo sin historia. Y yo prefiero ser un señor con historia, aunque la historia tenga un reloj parado dentro.

Y ahí, en aquella relojería que no mentía, con un viudo amable arreglando el tiempo de todos menos el suyo, me pasó una cosa rara: me sentí a gusto.

A gusto de verdad. Calentita. Como cuando vuelves a casa en invierno y resulta que alguien ha dejado puesta la calefacción.

Llevaba tantas islas a la intemperie —sacando amaneceres a campanazos, abriéndome puertas a limazos, peleándome con un hombre de ojos grises que sabía el color del vestido de mi madre y no me dejaba ni rozarle la mano— que el simple hecho de estar tranquila en un sitio cálido, con un café que olía a café, me supo a vacaciones.

A las primeras vacaciones en mucho tiempo.

Metí la mano en el bolsillo, por costumbre, mientras él trasteaba con un muelle minúsculo. Y, sin darme cuenta, cerré los dedos alrededor de una llave de hierro vieja. La del cerrajero. La que me dio para que recordara que la tuve antes que nadie.

La solté como si quemara.

—¿Le pasa algo? —preguntó Tomás, que veía más de lo que decía.

—Nada. Manías de cataloguista. —Aparté la mano del bolsillo—. Oiga, ¿tiene algo que ordenar? Algo aburrido, repetitivo. Necesito hacer algo con las manos o me da por pensar, y pensar nunca me ha traído nada bueno; lo mío es archivar.

Tomás señaló, con la barbilla, una caja de cartón debajo del mostrador.

—Cartas devueltas —dijo—. Del correo matrimonial.

Las que no se pudieron entregar: gente que se mudó, gente que dijo que no, gente que se murió esperando su sobre crema.

El cartero de los corazoncitos las tira en un saco al final del día.

Yo las recojo. Alguien tiene que guardar lo que no llega a su sitio.

Me agaché a por la caja como quien encuentra agua en mitad del desierto. Cartas. Sin reclamar. Mi especialidad. Mi idioma materno.

Las fui ordenando sobre el suelo de la tienda, por matasellos, por fechas, por destinatarios que ya no existían en ninguna parte, y durante un buen rato fui feliz a mi manera triste, que es la única manera de ser feliz que conozco bien.

Cada sobre, un emparejamiento que no cuajó.

Cada sello, una boda que se quedó por el camino.

Tomás me dejó hacer, sin meterse, que es una de las cosas más bonitas que puede hacer un hombre: dejarte ordenar tus cosas en su suelo sin preguntarte para qué.

Y en uno de los sobres, en el matasellos medio borrado de una carta dirigida a un nadie que ya no estaba, había una letra grande, sola, mordida por la tinta:

A.

La miré un buen rato. En el bolsillo, junto al anillo y la llave del cerrajero, llevaba ya una etiqueta de equipaje con una A y, dentro de una pieza de cerradura que me había traído de la isla anterior, una M.

A. M. A.

—A este paso —murmuré— me sale media palabra.

—¿Decía algo?

—Que tiene usted un sistema de archivo lamentable —dije, y me guardé la cuenta de las letras para mí, porque alguien, en otra isla, con la mano izquierda a la que le faltaba un dedo, me había pedido que no las juntara.

Y yo, que no le hago caso a nadie por sistema, por una vez en mi vida tenía miedo de tener razón.

Estuve toda la tarde en aquella relojería.

Tomás me invitó a un café que sabía a café de verdad —no a la cosa aguada de las terrazas de la plaza, donde hasta el café llevaba su máscara—, me contó tres historias de relojes y media historia de su mujer, y no me pidió ni una sola vez que sonriera bonito, ni que me pusiera una cara que no era la mía, ni que firmara nada.

A las cuatro y diez —la hora del reloj parado, la única que en aquella tienda no se movía nunca— se hizo un silencio cómodo, de esos que no hace falta correr a llenar.

Y entonces Tomás dejó el destornillador sobre el mostrador, me miró con su cara honrada de cincuenta y tantos años bien llevados, y dijo lo que llevaba toda la tarde rondándole por detrás de las arrugas.

—¿Y si se quedara?

—¿Cómo?

—Aquí. Conmigo. —Lo dijo sencillo, sin rodillas ni violines ni grandes discursos, como se ofrece una silla a alguien que lleva mucho de pie—.

No le prometo gran cosa, ojo. Una casa con muchos relojes y un señor que ya no es joven y que paga un dineral en multas por tener su propia cara.

Pero le prometo dos cosas que valen más de lo que parecen: que aquí nadie la va a dejar por correo certificado, porque a mí los certificados me dan grima.

Y que, si se queda, no se quedaría sola.

Tendría que haberme reído. Tendría que haber soltado una de las mías, algo afilado y rápido, y haber seguido ordenando cartas en su suelo.

Pero no me reí.

Por primera vez desde que la marea me sacó de un ferri y me convirtió en expediente, me quedé callada delante de una oferta de quedarme.

Callada de verdad, sin chiste de repuesto.

Y, que Dios me perdone, durante un segundo entero, con la mano otra vez en el bolsillo y los dedos sin saber si buscaban el anillo de un hombre que no me quiso o la llave de otro que sí, pero que se transparentaba, lo pensé. Lo pensé de verdad.