Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 9 — Correos y casamientos
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Capítulo 9 — Correos y casamientos

Aparecí en una plaza blanca, soleada, con geranios en los balcones, escupida por un agua que esta vez ni siquiera me mojó del todo, y lo primero que pensé fue que aquella isla, por fin, tenía buena pinta.

Lo segundo que pensé fue que toda la gente de la plaza tenía exactamente veinticinco años.

Toda. Los que paseaban, los que vendían fruta, los que tomaban café en una terraza.

Las mismas mejillas tersas, la misma sonrisa de catálogo, el mismo cutis sin una arruga, sin una mancha, sin una sola cosa de las que le pasan a la cara cuando la cara ha vivido.

Una plaza entera de veinticinco años un martes por la mañana.

Daba un poco de susto, como un escaparate de maniquíes que respiran.

Abrí el puño.

Seguía teniendo la llave del cerrajero. La que me había dado "para que recuerde que la tuvo antes que nadie", agarrada tan fuerte durante todo el viaje por el agua que me había dejado la marca de los dientes del hierro grabada en la palma, una huella roja con forma de promesa.

Bien. Por lo menos algo en aquella travesía se quedaba donde yo lo ponía.

Me la metí en el bolsillo, con el anillo, la etiqueta de la A y la nota de tres líneas que ya no servía para nada salvo para recordarme de qué venía huyendo.

Y agucé el oído. Por costumbre. Por si la nana.

Nada. En aquella plaza soleada no tarareaba nadie. Y me fastidió el silencio mucho más de lo que pienso admitir, porque significaba que él no estaba, y descubrir que echo de menos a un hombre que no me da ni su nombre es el tipo de cosa que prefiero no anotar ni en mi propio libro de registro.

—¡Sonría!

Me giré. Una señora —de veinticinco años, cómo no— me apuntaba con el dedo desde detrás de un mostrador, escandalizada.

—Sonría usted también, querida, que va con la cara cruda.

—¿Con la cara qué?

—Cruda. Sin terminar. —Chasqueó la lengua, compadeciéndome—. No puede ir así por la plaza, mujer. Es infracción de aspecto. Vaya a la Junta antes de que la multen, que la primera siempre la perdonan pero la segunda ya no.

—¿Me van a multar por mi cara?

—Por enseñarla así, cruda. Ande, vaya.

Y se puso a atender a otro, dándome por imposible. Y yo, que cuando un sitio me llama "infracción" lo que hago es ir derecha a investigar quién me lo llama y por qué, fui a la Junta.

La Junta de Aspectos ocupaba el edificio más blanco de una plaza ya de por sí muy blanca, y dentro había una cola —otra vez una cola; en este viaje me iba a morir en una cola, ya lo veía venir— de gente esperando con una caja en las manos.

Cada caja, descubrí estirando el cuello, contenía una cara.

Una cara de verdad, suya, de cuando tenían veinticinco años, hecha de no sé qué material —cera, porcelana, promesas, vaya usted a saber—, que se ponían por encima de la cara de verdad como quien se pone las gafas para salir a la calle.

Lo entendí del todo cuando a una señora de delante se le resbaló la máscara apenas un dedo, un instante, y debajo asomó su cara real: setenta años bien cumplidos, con sus surcos, sus manchas, su historia entera escrita en la piel.

Se la recolocó a toda prisa, mirando a los lados con pánico por si alguien lo había visto.

Yo lo había visto. No dije nada. Hay intimidades que una respeta aunque se gane la vida catalogando lo que la gente abandona, y la cara propia es la más abandonada de todas las cosas en aquella isla.

Llegué a la ventanilla. La atendía la presidenta de la Junta, reconocible porque su máscara era la más lisa de todas, tan perfecta, tan planchada, tan sin un poro, que ya no parecía una cara joven sino la idea que alguien tiene de una cara joven.

—Recién llegada —dijo, mirándome la cara cruda con un horror profesional, como yo miraría una urna sin etiquetar—.

Le abro expediente de mantenimiento. Necesita una máscara.

La primera es gratis, faltaría más; las renovaciones se pagan.

Tasa por arruga visible, tasa por ojera, recargo por sonrisa imperfecta y un suplemento si se la pillamos a usted envejeciendo en público.

—¿Es delito envejecer?

—En público, sí. —Me deslizó un formulario por debajo del cristal—. En su casa puede usted hacer lo que quiera. Pudrirse, si le apetece. Pero en la plaza, idoneidad o multa. Aquí cuidamos el aspecto. Es lo que nos mantiene casaderos.

—Casaderos.

—Naturalmente. ¿Cómo va a querer nadie casarse con una cara cruda? —Lo dijo con la lógica aplastante de quien nunca se ha planteado la pregunta de otra manera—. El aspecto es la mitad del matrimonio. La otra mitad la pone Correos.

No me dio tiempo a preguntar qué tenía que ver Correos con casarse.

Porque justo entonces, cuando ya tomaba aire para soltarle una de las mías, entró por la puerta un cartero.

No un cartero normal. Llevaba un uniforme con corazoncitos bordados en las solapas y una saca de cuero llena hasta arriba de sobres color crema.

Repartía por la cola voceando apellidos, y la gente abría sus cartas con las manos temblando, unos con cara de lotería y otros con cara de funeral, porque resultó —lo fui entendiendo sobre la marcha— que aquellos sobres eran los emparejamientos.

En aquella isla no te casabas tú. Te casaba la Oficina de Correos Matrimoniales, por carta certificada, y te llegaba a casa el nombre del cónyuge asignado igual que te llega una multa de tráfico: sin haberlo pedido y sin posibilidad de recurso.

—Gulliver —voceó el cartero.

Levanté la mano por puro reflejo de colegio.

—Tiene usted notificación. Firme el acuse de recibo.

Me tendió un sobre crema y un papelito.

Y se me paró todo por dentro.

Un acuse de recibo. Otra vez.

Lo último que firmé en mi vida anterior, antes de que el mar me convirtiera en expediente, fue el acuse de recibo de un paquete certificado con un anillo dentro y tres líneas mecanografiadas que me deseaban de corazón toda la felicidad del mundo.

Y ahora, en una isla de caras de mentira, un cartero con corazoncitos bordados me pedía que firmara para recibir, también certificada, mi siguiente boda.

—¿Sabe lo que tiene gracia? —le dije, con el bolígrafo en el aire—. A mí ya me dejaron una vez por correo certificado. Con acuse de recibo y todo. Y ahora me van a casar igual, por correo certificado. Hay gente que tiene mala suerte con el amor. Yo, por lo visto, la tengo con el servicio postal.

El cartero no se rió. Los carteros casamenteros no entienden los chistes; los entregan, sellados, y siguen su ruta.

—Firme aquí, por favor. La asignación caduca.

Firmé, porque tenía curiosidad y porque la curiosidad, en mí, siempre le gana al orgullo.

Abrí el sobre. Dentro, en una letra impecable, mecanografiada, ponía que el expediente 4471 había sido evaluado y declarado IDÓNEO, y entraba con efecto inmediato en el mercado matrimonial de la isla, a la espera de asignación de cónyuge por riguroso orden de llegada.

—Idónea —leí en alto—. Vaya. Por lo menos ascienden los adjetivos. He pasado de "disponible" en la isla del alba a "idónea" aquí, sin comerlo ni beberlo. A este paso, en la próxima isla soy "deseable" y me jubilo.

—Es un honor —dijo la presidenta, que seguía allí, pendiente—. Hay quien lleva años esperando una notificación de idoneidad. La señora Pinto lleva en el mercado desde joven y aún no la han casado.

—¿Y eso es malo?

—Es lo peor que hay. Quedarse sin asignar. —Bajó la voz—. Ahora solo le falta a usted la máscara. Sin cara presentable no hay asignación que valga. Nadie acepta un emparejamiento con una cara cruda; lo devuelven al remite.

—¿Y si no quiero máscara? ¿Y si no quiero que me asignen a nadie por correo, que ya me sé el final de esa película?

La presidenta me miró como se mira a quien dice una herejía en voz demasiado alta en mitad de misa.

—Entonces nadie la querrá —dijo, y lo dijo con la naturalidad terrible de quien repite la única verdad que conoce, sin maldad, casi con pena—. Aquí, querida, lo que no se enseña bonito no se reclama. Y lo que no se reclama, se queda en el estante.

Me quedé con esa frase clavada como una astilla, porque venía yo de una isla donde lo que no se reclamaba acababa colgado de un clavo, de luto, entre las llaves de los muertos.

Y de un trabajo donde lo que no se reclamaba acababa en el estante 9, al lado de Eustaquio.

Empezaba a sospechar que todas las islas, por debajo del disfraz, contaban la misma historia: la del miedo a quedarse sin reclamar.

Salí a la plaza con mi sobre crema, mi cara cruda al aire y mi negativa rotunda a ponerme la cara de otra persona de veinticinco años para que un cartero me casara con un desconocido.

Y entonces, entre todas aquellas mejillas idénticas, todas tersas, todas a la misma edad mentida, vi una cara distinta.

Un hombre. En la puerta de una relojería, ajustando la hora de un reloj de pie que le llegaba al hombro.

Tendría cincuenta y tantos, y los llevaba puestos.

Todos. Las canas en las sienes, las arrugas alrededor de los ojos, la papada que empieza, la cara entera de alguien que ha vivido un montón de años y ha decidido, contra toda la isla, que se le note cada uno.

Era el único de la plaza sin máscara. El único con la cara propia al aire, a plena luz, delante mismo de la Junta y de sus multas y de su presidenta lisa, tan tranquilo, como si pagar por tener su cara fuera el dinero mejor gastado de su vida.

Lo miré un buen rato, porque mi oficio es fijarme en lo que no encaja, en lo que se sale de la categoría, en el paraguas que aparece en la sección de bastones. Y aquel hombre no encajaba en nada de aquella plaza.

Una anomalía. Eso anoté, en el sitio donde anoto lo que se sale de todas las casillas.

Él levantó la vista del reloj, me pilló mirándolo y, en lugar de recolocarse una máscara que no llevaba ni pensaba llevar, me sonrió. Una sonrisa imperfecta, con una arruga de más a cada lado, de las que en aquella plaza pagaban recargo por unidad.

Fue la primera cosa de verdad que vi en toda la isla.