Capítulo 8 — La puerta que no abre #2
Me guardé el papel, porque tirar una amenaza es de cobardes y porque, en el fondo, un aviso con mi número era lo más parecido a una carta de amor que me habían mandado en mucho tiempo: alguien, en alguna parte, se había fijado en mí lo suficiente como para querer pararme.
Y entonces, detrás de mí, una voz que conocía mejor que mi propio nombre dijo:
—Lo ha vuelto a hacer.
Me di la vuelta. El cerrajero estaba en el umbral de su taller, con el mandil de cuero y la mano izquierda vendada, mirando la calle revuelta como quien mira llover desde un portal seco: sin poder hacer nada, sin querer del todo que escampe.
—Me he abierto la puerta yo sola —dije—. Resulta que no era media persona. Era persona entera con muy mala suerte en correos.
—Ya lo veo. —Algo se le movió en la comisura y se quedó ahí, a medio camino, sin atreverse a más—. Es usted un desastre para los sistemas. Va dejando islas rotas por donde pasa, como un niño con un palo por un seto.
—Es un don. Lo pondré en el currículum, debajo de "deletreo Gulliver sin que me lo pidan".
—Va a hacer que la revisen entera, con esa boca.
—Que revisen. Estoy en regla. Bueno, en regla no, pero al día de disgustos, que es lo que importa.
Se acercó. Despacio, mirando primero el papel del borde rojo que yo me había guardado, como si verlo le doliera más a él que a mí.
Y entonces sacó de un bolsillo del mandil algo pequeño y me lo puso en la palma sin tocármela apenas, dejándolo caer el último centímetro, porque ese hombre y yo no nos rozábamos ni por accidente, era la regla no escrita de todo aquel viaje.
Era una llave. Vieja, de hierro, con la cabeza gastada de tanto manosearla alguien a lo largo de mucho tiempo.
La reconocí en el acto, antes incluso de tenerla del todo en la mano.
Era la del tercer clavo de la cuarta fila.
La del muro de las llaves no reclamadas.
La que había reconocido el día anterior sin saber por qué, igual que reconocí la nana sin haberla oído nunca, igual que lo reconocí a él en la calle del farol.
—Esta estaba en la pared —dije—. En el muro. Con las de los que ya no vienen.
—Sí.
—¿De quién es?
—Mía.
Lo miré. Cuatro dedos en una mano vendada. Los ojos grises de siempre. Una llave suya colgada quién sabe cuántos años entre las de los muertos y los que se fueron.
—¿Y por qué estaba ahí, en el muro de los no reclamados, si usted está aquí, vivo, cortando llaves?
—Porque a reclamar la mía —dijo, y lo dijo sin pena, como un dato más de su ficha, igual que diría la altura de una marea— no había venido nunca nadie.
En todos estos años. Ni una vez. Una llave que nadie reclama acaba en el muro, ya lo sabe usted, que de eso entiende.
Da igual que su dueño siga por ahí, cortándoles las llaves a los demás. Si nadie viene a por ti, al muro.
Se me hizo un nudo en un sitio donde no suelo tener nudos.
—Pero usted me dijo, clarísimo, que no me daría una llave. Que era lo único que no hacía.
—Y no se la doy. —Me miró—. Le doy la mía.
Es distinto. Una llave nueva la haría yo, y eso es lo que no hago, porque hacerle la llave a alguien es decidir por dónde entra.
Pero esto no es hacerle una llave. Esto es darle la que ya tenía.
—Y entonces, por primera vez en dos islas, me cerró los dedos alrededor de ella.
Con su mano. La buena. Un segundo entero, el primero que me tocaba desde la noche de la campana, y el contacto me duró encendido en la palma mucho más de lo que pienso admitir aquí, donde cualquiera puede leerlo—. Quédesela.
—¿Para qué la quiero, si ya me he hecho la mía con la del tío de ese señor?
—No es para abrir nada.
—¿Entonces?
—Para que recuerde —dijo, soltándome la mano despacio— que la tuvo antes que nadie.
Que hubo alguien cuya llave estaba en el muro de los no reclamados, y que la primera persona en toda su existencia que vino a por ella, aunque fuera sin querer, aunque fuera de pasada, aunque no supiera ni que lo estaba haciendo, fue usted.
No supe qué contestar a eso. Por una vez en mi vida, no encontré ninguna de las mías. Y antes de que se me ocurriera nada, la marea subió.
Subió por la calle de las puertas abiertas, lisa y negra y puntual como un funcionario que viene a cerrar la ventanilla justo cuando te tocaba a ti, mientras medio pueblo limaba llaves y el otro medio salía por primera vez de su casa por su propio pie a respirar el aire de fuera.
Me llegó a los tobillos. A las rodillas.
Apreté en el puño la llave suya, la de hierro viejo, que ya no pensaba soltar ni debajo del agua ni en sueños ni muerta.
Lo último que vi, antes de que el mar me tapara la cara, fue su taller. Su fachada. El sitio donde un minuto antes había una puerta sin pomo y, detrás, un hombre con un mandil de cuero que sabía el color del vestido de mi madre y se negaba a decirme su nombre.
Ya no había puerta.
Solo pared. Lisa, recién cerrada, sin junta ni gozne ni rastro, como si en aquella isla no hubiera vivido jamás ningún cerrajero. Como si me lo hubiera inventado yo.
Pero en el puño, debajo del agua, tenía su llave. Tres gramos, calculé, de costumbre. Y por una vez no me importó no saber en qué categoría archivarla.
Esa la tenía clarísima.