Capítulo 8 — La puerta que no abre
Me pasé la noche —si es que aquello tenía noches— dándole vueltas a cómo abrirme yo sola una puerta que el único cerrajero del pueblo se negaba en redondo a tocarme.
Resultó facilísimo. Solo había que hacer una cosa que en aquella isla no se le había ocurrido a nadie en siglos: dejar de esperar.
Es curioso. Llevaba dos islas viendo a gente esperar —el alba, una llave, una mitad— y empezaba a sospechar que el truco de aquella Oficina era siempre el mismo.
Te convencen de que te falta algo, te ponen a esperarlo, y mientras esperas no haces ruido, no rompes nada, no molestas.
La espera es el sedante perfecto. Y yo a los sedantes les tengo alergia desde que un señor me durmió dos años con la promesa de una boda.
Bajé a la calle de buena mañana —o de lo que allí pasara por mañana— y fui directa al hombre del manojo, el de las treinta o cuarenta llaves, el de las buenas sensaciones con la del martes.
—Necesito una llave que pueda destrozar —dije.
Me miró como si le pidiera un riñón. El izquierdo, además.
—¿Destrozar?
—Limar, doblar, arañar, lo que haga falta. Una que no le importe perder.
—Pero las llaves no se destrozan. —Apretó el manojo contra el pecho, escandalizado—. Las llaves se prueban. Cada una de estas puede ser la de alguien. Esta —levantó una— podría ser la del amor de mi vida. Y esta. Y esta.
—Lleva nueve años probando, amigo, y la del martes le entra hasta la mitad. Déjeme probar otra cosa a mí, anda.
—¿Qué otra cosa?
—Una herejía. Pero rápida.
Algo en mi cara debió de convencerle —o a lo mejor solo quería ver el espectáculo de la forastera estrellándose, que en un sitio donde no pasa nada en siglos cualquier desastre es entretenimiento—, porque rebuscó en el manojo y me tendió la más vieja, una fea, sin gracia, con la paleta comida de óxido.
—Esta era de mi tío —dijo—. En paz descanse. Nunca encajó en nada ni en nadie.
—Pues su tío estará encantado de jubilarla por fin.
Me senté en el bordillo, delante de mi puerta roja, la del número once, y me puse a limar la llave del tío contra una piedra saliente del empedrado.
Sin plano, sin medidas, sin más ciencia que la que tiene una para sus propias cosas.
Le quité un diente aquí. Redondeé otro allá.
Soplé el polvillo de hierro, que sabe a sangre y a moneda vieja.
Trabajé como trabajo siempre que algo me importa: con la cabeza fría y las manos solas, dejándolas decidir a ellas, que suelen saber más que yo.
Se fue juntando gente. La calle de las puertas en pleno, asomada desde sus umbrales, mirándome con ese morbo respetuoso con el que se mira a quien va a estrellarse de un momento a otro.
—No va a entrar —dijo alguien, con la autoridad de quien lleva décadas sin que le entre nada.
—Esa no es su llave —dijo otro—. Se le nota a la legua que no es su llave.
—Es contra natura —dijo un tercero, muy serio, y ese fue el que más se acercó a la verdad de aquella isla, porque tenía razón: era exactamente contra la naturaleza que ellos habían aceptado como única.
—¿Y si la naturaleza está mal archivada? —dije, sin levantar la vista de la lima—. Pasa más de lo que creen. Yo una vez tuve un paraguas seis años en la sección de bastones. El paraguas no protestó. Pero seguía siendo un paraguas.
No me entendieron. No pasa nada. Las verdades buenas casi nunca se entienden a la primera; por eso hay que decirlas mientras una hace otra cosa con las manos.
Cuando la llave del tío tuvo más o menos pinta de llave, me levanté, me sacudí el polvo de hierro de la falda, la metí en la cerradura roja del once y la giré.
La puerta se abrió.
No con magia. No con fanfarria, ni con un coro, ni con la luz dorada que sale en las películas.
Con el clac de toda la vida de una cerradura que cede, el mismo clac aburrido de cualquier puerta de cualquier portal.
Y ese clac aburrido fue lo más revolucionario que había sonado en aquella calle en siglos.
Porque resultó que mi llave siempre había cabido en mi cerradura.
Cualquier llave cabía, si la limabas un poco con ganas.
Como cabía en la suya la de cada uno de los que llevaban media vida en el umbral esperando que apareciera un desconocido con su mitad exacta.
Lo único que había en aquellas puertas, cerrándolas, no era un misterio romántico.
Era una norma. Y las normas, ya lo había aprendido a campanazos en la isla anterior, se abren tirando.
Hubo un silencio. De esos en los que oyes pensar a una calle entera.
Y después, no el caos feliz que yo esperaba. Algo más raro y más honrado.
El del manojo soltó las cuarenta llaves de golpe contra el suelo, que sonaron como una caja registradora cayéndose por las escaleras, se sentó en su bordillo, eligió una al azar y empezó a limarla contra la piedra con lágrimas en los ojos.
Pero fue el único que se lanzó así, de cabeza.
Los demás no. Los demás se quedaron en sus umbrales, mirándolo limar como se mira a alguien hacer una locura, sin atreverse a imitarlo.
—¿Y si me la cargo? —dijo una mujer, con su llave apretada contra el pecho, como si limarla fuera a hacerle sangre—. ¿Y si limo mal y ya no abro nada nunca?
—¿Y para qué quiero yo abrirme la puerta sola? —dijo un viejo, ofendido casi—. Llevo cuarenta años esperando que venga alguien con mi mitad. Si me abro yo, ¿entonces a qué ha venido toda la espera? ¿La tiro a la basura?
Y ahí lo entendí, de pie en mi umbral, con mi puerta abierta a la espalda.
Que el problema nunca había sido que no supieran abrirse la puerta.
El problema era que abrírsela ellos mismos convertía en tontería toda una vida de esperar.
Que reconocer que siempre tuvieron la llave era reconocer que habían perdido el tiempo.
Y eso duele más que seguir esperando. Por eso no me imitaron en bloque, como yo, ilusa, había imaginado.
Ser media persona era incomodísimo, sí. Pero era lo que sabían ser.
Y a lo conocido, aunque duela, cuesta horrores soltarlo; lo sé porque yo llevaba un anillo en el bolsillo que no terminaba de tirar.
Algunos limaron. Pocos, esa mañana. La mujer de la llave apretada, al final, se sentó al lado del del manojo y empezó, temblando.
Otra detrás. Pero la mayoría volvió a meterse en casa, a esperar, ahora con la duda puesta, que es peor que la espera limpia.
Les había estropeado el consuelo sin darles del todo el valor.
No siempre que rompes una jaula sale volando el pájaro; a veces el pájaro se queda mirando la puerta abierta, asustado del cielo.
Me apoyé en el marco de mi puerta abierta y me permití, durante tres segundos, sentirme la mujer más lista del mundo.
Duraron tres segundos. Las cosas buenas, en aquel viaje, duraban siempre tres segundos; era casi una unidad de medida.
Porque en mi puerta roja, pegado de cualquier manera sobre la pintura todavía con la cola fresca, había un papel que por la mañana no estaba.
Una hoja oficial, sellada, con un borde —rojo y negro, en zigzag— que no había visto en ninguna otra burocracia de aquel viaje, y mira que llevaba burocracia vista.
Decía, en mayúsculas, con una tinta que parecía recién puesta:
EXPEDIENTE 4471 — BAJO REVISIÓN.
Y nada más. Ni firma. Ni nombre. Ni el sello redondo del Gremio o de la Cerrajería, que para todo lo demás eran de sellar por triplicado.
Ni siquiera una de esas frasecitas tranquilizadoras que ponen los avisos para que no te asustes del todo: "no es nada grave", "trámite rutinario", "disculpe las molestias".
Solo mi número y dos palabras. La amenaza más educada y más helada que había leído nunca.
Lo despegué con cuidado, como se despega una tirita de una herida que no sabes lo profunda que es.
Fui con él a la registradora, que estaba en la puerta de la Cerrajería viendo arder su sistema de siglos sin mover un solo dedo del dedal de goma, con una cara difícil de leer: ni triste ni contenta, sino la de quien ve cómo se cae algo que sabía que se iba a caer.
—¿Esto qué es? —pregunté, plantándole el papel delante—. ¿Quién lo pone? Porque borde rojo y negro no he visto en ninguna ventanilla de las suyas.
Lo miró. Y por primera vez desde que la conocía, la mujer del dedal palideció. Le costó hasta dejar de pasar fichas, y eso, en ella, era como si a otra persona se le parara el corazón.
—Eso no lo pone nadie de aquí —dijo, muy bajo, mirando a los lados—.
Eso no es de la isla. Eso lo pone la Oficina.
La de arriba. La que está por encima de los gremios, de los vigías, de las cerrajerías, de todos nosotros.
—Me devolvió el papel deprisa, casi me lo tiró, como si le quemara los dedos—.
Lo ponen cuando un expediente hace algo que no debería.
Cuando se sale del tránsito. Cuando rompe cosas que llevaban siglos sin romperse.
—O sea, cuando hace lo que acabo de hacer yo.
—Exactamente lo que acaba de hacer usted. —Tragó saliva—. Yo de usted, señorita Gulliver, dejaría de hacer cosas que no debería. Por un tiempo. Hasta que se olviden de su número.
—Llevo todo el viaje haciendo cosas que no debería. Es lo único que me sale bien. Si dejo de hacerlas, no me queda nada que hacer.
—Ya. —Miró calle arriba, hacia el caos precioso de gente limando sus propias llaves, abriéndose sus propias casas, abrazándose en los umbrales—.
Por eso vienen. Vienen siempre que alguien empieza a enseñarle a los demás que la puerta se abría sola.
No les gusta. Da mucho trabajo volver a cerrar a la gente.
No me dijo quién venía. No me dijo si era hombre o mujer, ni cómo se llamaba, ni qué cara tenía. No hizo falta. Hay cosas que una entiende por el frío que le entra de pronto en un día de sol, no por las palabras.