Julia Gulliver y las Mareas del Imposible Capítulo 7 — Lo que él no debería saber
27%

Capítulo 7 — Lo que él no debería saber

—No salga a buscarlo —me había dicho la registradora.

Salí a buscarlo.

Lo tengo claro desde niña: cuando alguien me dice que no haga algo sin explicarme por qué, lo que oigo no es "no lo hagas", es "esto se está poniendo interesante".

Mi madre lo sabía. Mi madre, que me cantaba la nana para dormirme y me dejaba un libro abierto en la mesilla por si me despertaba, decía que yo era la única niña que conocía capaz de desobedecer una orden por puro afán de archivo.

Así que crucé el almacén de la cerrajería hacia la puerta del fondo, la que olía a metal caliente y de la que salía el chirrido de la lima y, por encima, la nana.

Cuatro notas. Cinco. La de la habitación con la lámpara baja, la del farol en mitad de la calle, la de la playa.

La empujé con el hombro y entré sin pedir permiso, que es como entro yo en los sitios donde sé que no me van a dejar entrar.

El taller era pequeño y olía a metal y a aceite quemado.

Llaves colgando de cientos de ganchos, ordenadas por tamaños, un torno en el centro, un banco lleno de virutas de hierro que brillaban como limaduras de algo más caro.

Y, de espaldas, inclinado sobre una llave a medio cortar, un hombre con un mandil de cuero.

Dejó de tararear. No se volvió.

—Esto es zona de empleados —dijo.

—Vaya. Ahora corta llaves.

Se quedó muy quieto. Y despacio, como quien teme que el otro desaparezca si se mueve rápido, se dio la vuelta.

Ojos grises. Ese gris de siempre, el que no se decide. Y una cicatriz partiéndole la ceja izquierda en dos mitades que no acababan de coincidir.

—Usted —dije.

—Usted —dijo él.

—El de la campana.

—El de la campana ya no existe. Toqué fondo en aquel oficio. —Y por un segundo se le movió algo en la cara, eso que en otro hombre sería el principio de una sonrisa y en él se quedaba a la mitad—. Ahora corto llaves. Es un ascenso. Tengo torno.

Me reí antes de acordarme de que estaba enfadada. Es lo que tiene este hombre: te desarma por el flanco que no estás vigilando. Vienes preparada para discutir y te saca una broma sobre un torno y ya estás perdida.

—¿Cómo ha llegado aquí antes que yo? —pregunté, recomponiéndome—. Yo salí de aquella ciudad ahogándome, con el agua por la barbilla y su nana en los oídos. Usted se quedó en tierra. Y resulta que está aquí, en otra isla, cortando llaves como si tal cosa.

—Yo siempre me quedo —dijo, y lo dijo sin pena, como un dato de su ficha, como yo diría "trabajo en la dársena cuatro"—.

Y siempre estoy donde llega usted. No me pregunte cómo, porque no lo sé.

Es lo único que sé hacer en este mundo: estar donde usted llega.

Para todo lo demás soy bastante inútil, ya lo ha visto. No supe ni tocar una campana a tiempo.

—La tocó usted.

—La tocó usted. Yo solo dejé de impedirlo. No es lo mismo.

La registradora me había dicho que el cerrajero no era de conversación. Llevábamos ocho frases. A lo mejor el problema de la registradora era que no le tarareaba a él la nana de su madre. A lo mejor a aquel hombre solo había que darle la canción adecuada y se soltaba.

—Necesito que me corte la llave —dije, volviendo a lo mío, porque si me quedaba en el tonteo iba a acabar mal, lo notaba—.

Tengo una cerradura asignada, la roja del once, y según las normas de esta isla soy media persona hasta que aparezca el que lleva mi otra mitad.

Usted corta llaves. Córteme la mía y a vivir.

—No.

—¿Cómo que no? Es su trabajo. Le corta llaves al manojo entero del señor de enfrente, que lleva nueve años probando.

—Le corto llaves a todo el mundo. La suya, no. —Volvió a inclinarse sobre el banco—. Y tampoco le voy a abrir la puerta. La roja del once. No me lo pida.

—No se lo estoy pidiendo, se lo estoy exigiendo, que es distinto y queda más fino.

—La respuesta es la misma en los dos idiomas.

Cogí una llave del banco, una cualquiera, por hacer algo con las manos, porque cuando me ponen nerviosa necesito tener algo entre los dedos.

La solté enseguida, porque me miró como se mira a quien toca lo que no debe.

Y entonces, sin levantar la vista de su trabajo, con la voz más tranquila del mundo, como quien comenta el tiempo, dijo:

—Duerme usted con la luz del pasillo encendida.

Me quedé sin aire.

—¿Perdone?

—Desde pequeña. No le gusta la oscuridad del todo; le gusta solo un poco, la justa para que el pasillo siga estando ahí cuando se despierte de madrugada y no sepa, el primer segundo, dónde está.

—Pasó la lima por el filo de la llave, una vez, dos, sin mirarme—.

Y su madre tenía un vestido azul de los domingos.

De un azul que a usted le sigue pareciendo el azul de verdad, el que mide a todos los demás azules.

Lo llevaba el día que le enseñó esa canción que finge que no reconoce.

La lima se detuvo.

Yo me había quedado de piedra en mitad del taller, con las virutas crujiéndome bajo los zapatos, incapaz de soltar una sola de mis frases de defensa.

—No me mire así —dijo, todavía sin mirarme él—.

Ya sé que no debería saber esas cosas. Es lo que tiene lo mío.

Sé de usted lo que usted ni se acuerda de haberme contado, porque no me lo ha contado nunca, porque no nos conocemos, porque no hay manera de que yo sepa nada de esto.

Y aun así lo sé. —Por fin levantó un poco la cara—.

Y no sabe cuánto preferiría no saberlo. Saber así no acompaña.

No es un regalo. Solo hace que la pérdida duela un poco más fino, porque ya sabes exactamente qué color tiene lo que vas a perder.

Tragué saliva. Tenía treinta y cuatro años y siete catalogando lo que la gente abandona, y nunca, ni una sola vez, nadie me había descrito el azul del vestido de mi madre.

Ni mi propio novio, que tuvo dos años para preguntármelo.

Sobre todo no mi propio novio, que en dos años no me preguntó de qué color era nada mío.

—Eso no es justo —dije, y me salió más bajo de lo que pretendía, sin una pizca de gracia, que en mí es la señal de que algo va en serio—. Usted sabe de mí el color de los domingos, y yo de usted no sé ni el nombre.

—Mejor así.

—No es mejor.

—Créame que sí. El día que sepa mi nombre, esto se acaba. Y todavía no quiero que se acabe. Es egoísta, lo sé. Es lo más egoísta que hago en todo mi trabajo: alargarlo un poco.

Me acerqué al banco para no quedarme con las manos vacías ni con las palabras tampoco, y fue entonces cuando vi la suya.

La izquierda. La tenía vendada de cualquier manera, con una gasa gris de tanto usarla, y donde tendría que haber cinco dedos había cuatro.

El hueco del que faltaba estaba cosido al guante de trabajo con una puntada, como se cose un descosido que ya no tiene arreglo y al que solo se le puede disimular el roto.

En la ciudad del alba, cuando la marea me arrancó, él había alargado la mano hacia mí. Entera. Con todos sus dedos. Lo recordaba porque cuento las cosas; es mi enfermedad y a veces mi salvación.

—Le falta un dedo —dije.

—Sí.

—No le faltaba. En la otra isla me tendió la mano y estaba entera. Cinco dedos. Los conté.

—Cuenta usted demasiado.

—Es mi oficio. ¿Qué le ha pasado en la mano?

—No me pregunte. —Cambió la llave de mano para que la herida le quedara debajo, fuera de mi vista, y siguió limando con la derecha—. Hoy no toca esa pregunta.

—¿Y cuándo toca?

—Más al fondo del libro.

No supe qué quería decir con eso, así que hice lo que hago cuando no entiendo algo y no me lo van a explicar: lo dejé en su estante, etiquetado como "pendiente", y miré otra cosa.

Sobre el banco había una cerradura abierta en canal, con las tripas de latón a la vista, los muelles y los dientes al aire como un reloj destripado.

Y dentro, grabada en una de las piezas con esa caligrafía antigua que ya nadie enseña, había una letra.

M.

La miré un rato largo. En el bolsillo, junto al anillo, llevaba una etiqueta de equipaje con una A .

—Primero una A, en la otra isla —dije, más para mí que para él—. Ahora una M. A este paso me sale una palabra.

El cerrajero se quedó muy quieto otra vez.

Dejó la lima en el banco, con cuidado, como quien posa algo que podría cortar, y por primera vez en toda la conversación me miró de frente, los ojos grises clavados en los míos.

Y en ellos no estaba la cara de reconocerme de las otras veces.

Estaba una más rara y más triste: la del que ve que el otro ha empezado a juntar las piezas y no sabe si alegrarse o salir corriendo.

—No las junte —dijo—. Por su bien y por el mío. No junte las letras.

—¿Por qué? ¿Qué pasa si las junto?

—Porque cuando tenga la palabra entera —y bajó la voz, y el taller entero, con sus cientos de llaves colgadas, pareció contener el aliento— ya no podrá fingir que no me conoce.

Ni yo podré seguir fingiendo que esto es solo mi trabajo.

Y entonces, Julia, esto se vuelve mucho más difícil para los dos.

Para usted más que para mí, que ya estoy acostumbrado.

Estábamos cerca. Demasiado. La cerradura abierta entre los dos sobre el banco, con sus tripas de latón, su mano buena posada al lado de la mía, ese palmo de siempre que en todas las islas se empeñaba en separarnos como una norma que nadie había escrito pero todos obedecían.

Bajé la vista a su mano. Subí la mía, un dedo, hacia la suya, sin decidirlo, igual que se acerca uno al fuego en invierno sin pensar que quema.

Él retiró la mano. No deprisa. Despacio, que es peor, que da tiempo a verlo apartarse.

—Por favor —dijo—. No.

—Solo era la mano. No le iba a pedir matrimonio. Bastante tengo con un anillo que no se va.

—Ya lo sé. Y de todas formas, no. —Tragó—. Si la toco, me cuesta. No me pregunte qué. Pero me cuesta, y ya voy justo.

Recogí mi dignidad, que se me había caído entre las virutas del suelo, y me la volví a poner como pude, que es la única manera en que se pone una la dignidad delante de un hombre que sabe el azul del vestido de tu madre y no te deja ni rozarle la mano.

—Pues entonces ábrame la puerta de una vez —dije, ya retrocediendo hacia la salida—. La roja del once. Si tan poco quiere tenerme cerca, ciérreme con mi mitad, déjeme completa y a vivir cada uno en su umbral. Es lo que haría cualquier cerrajero normal con dos dedos de frente.

Él recogió la lima. Volvió a inclinarse sobre el banco, de espaldas, como al principio, y empezó otra vez a tararear muy bajito, para él, la nana del vestido azul.

—No le voy a abrir esa puerta, Julia —dijo, sin volverse—. Porque el día que le abra una puerta, usted la cruza.

—Esa es la idea de las puertas, hombre. Para eso están.

—Sí. —La lima rascó el hierro, una vez—. Pero si le abro esa puerta, la pierdo antes.

Lo dijo tan bajo que casi se lo come el chirrido del torno.

Y yo me quedé en el umbral sin pomo, con una A y una M calientes en el bolsillo y la cabeza dándome vueltas, intentando descifrar de quién hablaba aquel hombre cuando decía la pierdo , sin caer todavía —tonta de mí, que cuento paraguas pero no me cuento a mí misma— en que la única cosa de todo aquel taller que él podía perder, la única que le importaba, la única que llevaba seis dedos y dos islas costándole, era yo.